viernes, 6 de diciembre de 2019

Ed Gein en Tinder




Soy un chico apasionado y sensible, con muchas ganas de conocer a personas nuevas.
Uno de mis rasgos más significativos, es la capacidad para ver a través de los ojos ajenos, de percibir el mundo a través de la piel de los demás. Esto me ha permitido siempre, de algún modo, transformar a quienes se acercaron a mí.  Aunque no sé si fue la causa o la consecuencia.
A través de mi innata habilidad para ponerme en su piel, las demás personas han conseguido cambiar mucho, ser algo completamente distinto a lo que eran antes de que nuestros caminos coincidieran. Si debo ser honesto, pocas veces me han agradecido tales cambios. Pero no lo tengo en consideración, no persigo reconocimiento alguno.
Debido a mi pasión, vivo con enorme intensidad todo este proceso. Para mí no se limita a ponerme en la piel ajena, para mí la situación alcanza límites insospechables para otros. Realmente siento que llego a fundirme con el prójimo, que somos una sola persona.
Si crees que nadie te comprende o que hay demasiados problemas en tu cabeza, yo soy tu hombre.  Te ayudaré a vaciarla, a liberarla, para dar cabida a cosas mucho más prácticas que esas molestas preocupaciones y todos esos tráfagos que te oprimen. Solo imagínalo, tu hermosa  cabeza sin esos problemas ocupando todo el espacio.
Podría parecer dadas mis inclinaciones que soy alguna suerte de poeta o filósofo, pero lo cierto que es que tengo aficiones bastante mundanales, que ejecuto con gran alegría y empeño.
Adoro el bricolaje. Me parece muy constructivo decorar mi hogar con los objetos que yo mismo creo. Soy un artesano y tengo un estilo único y muy original. No sabría explicar los pormenores, es algo muy personal, pero sobra decir que estás invitada a mi casa para que puedas llegar a presenciarlo por ti misma. Tal vez a sentirte parte de él. Te invito a un piscolabis, almaceno verdaderos manjares en mi nevera, te encantarán.
Asimismo me sublima la moda. Y del mismo modo, soy yo quien lleva a cabo sus propias creaciones. A veces con la ayuda desinteresada de quienes vienen a mi hogar. Creo mis propios accesorios y prendas, de una fantasía y un buen gusto exquisitos.
Seguro que consigo aprovechar todas tus virtudes dando rienda suelta a mi inspiración. Si te crees merecedora de ello o incluso simplemente curiosa al respecto, quiero que sepas que para mí será un orgullo y un honor ir a todas partes contigo ceñida a mi talle.
Estas son algunas de mis aficiones, de mis maneras para reconvertir a los demás, para canalizar mi don.
Personas que se creían perdidas, ahora despiertan la admiración de terceros, abriendo sus ojos como platos, incrédulos ante los cambios que yo mismo he obrado.
Y es que tengo muchísimo afecto y pasión para volcar en ti. Solo necesitas aceptar mi invitación. Si aún dudas, yo no te lo recrimino, comprendo que mucha gente sienta una hermética cerrazón ante lo desconocido. Pero precisamente ese es un motivo por el que acudir a la casa de un experto en abrir a las personas como lo soy yo.
Si tu sueño ha sido ser protagonista en colecciones de moda rompedora, o formar parte de talleres de ebanistería de un modo totalmente relajado, habiéndote olvidado de todo lo demás, incluso si más allá de todo eso, siempre has deseado hallar a ese ser especial que sepa comprenderte entrando dentro de ti, derribando tus muros y abriéndote de par en par ante la vida, que sepa poner bocabajo tu mundo y darte una nueva perspectiva, entonces, ha llegado el gran día. Ven a mi hogar y seamos felices juntos.
Pon tu corazón en mis manos: yo seré tu ebanista, tu sastre, tu canalizador, aquel destinado a sacar todo lo bueno que hay dentro de ti.
Llámame.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Pantone 428


   «La vida es movimiento»: premisa ejemplificada a la perfección en las migraciones animales. La exuberante estampa de las aves en perfecta formación, copando las nubes y empleando a su favor los vientos alisios, en su milenario propósito de, entre otros, hallar un lugar más cálido en el que yacer a su antojo. Cómete tú el invierno, que no tienes alas. Ellas no se van a esperar ni a titubear siquiera un segundo. Tienen prisa por huir del frío, o a veces del calor, o a veces sencillamente recorren velozmente grandes distancias solo por follar, siempre eso sí pensando en perpetuar la especie; no por vicio. No del todo.
Su convicción y arrojo en estos lances, paradigmas del movimiento vital intrínseco, son admirables. Pero no son rivales para otra veloz determinación mucho más contundente e incontenible: el ansia humana por tirar metros de cemento, de asfalto, de hormigón.
Pueden parecer cosas inconexas entre sí, pero expondré por qué, por desgracia, no lo son.

   Con ambas situaciones dándose a la vez, llegó el día en que la destrucción se anticipó a los propios alados. El afán por desplegar cemento a lo largo y ancho terminó por sepultar, junto a todo lo demás, el destino idílico de nuestros viajeros plumíferos. El lugar al que se dirigían dejó de existir, o por lo menos no pudieron atisbar su existencia bajo aquel manto pétreo.
   Todo cubierto de cemento, por doquier.
Como dijo en un suspiro profundo mi vecino el basurero: «un mundo mortecino a base de mortero». 
   Este frenesí por ataviar todo con argamasa no persiguió ideales estéticos, ni mucho menos éticos. Los sepultureros del mundo siquiera saben lo que es «ética». El afán por cubrir todo de gris fue simple y llanamente afán de lucro y poder.
O al menos así empezó, como afán de lucro y poder. Porque llegó el momento en que la malignidad se apoderó tanto de las entrañas de estos demonios, que se tornó tangible. Se espesó hasta el punto de ocupar espacio físico en sus venas y a paso lento e implacable se apoderó de las mismas. Maldad pura enganchándose a sus órganos, solidificándose. Toda esa vileza ahora palpable, entorpeciendo toda sístole y diástole, terminó por transformar sus corazones en algo parecido a hormigoneras con arterias. «En vez de venas, cables y filamentos; en vez de corazón, un bloque de cemento», así lo describieron los Pituak. Y en virtud de la ley universal de correspondencia, así como sucedió dentro, sucedió también fuera.

   El ingenio ideológico mediante el cual pretendieron justificar el duro velo con el que cubrieron todo, si acaso se molestaron en justificar nada, me fue revelado hace ya bastante tiempo en lo que fuese la zona de Los Naranjos, en Valencia. Allí un intrépido y genuino liberal de pro me espetó: «Los edificios son más rentables que la huerta». 
   –¿Y la comida? –inquirí yo inocentemente, ignorante de mí– a lo que respondió mirándome con suficiencia y arguyendo con brillantez:
   –La comida está en el supermercado. 
Por un instante temí que nos considerara a todos descendientes de la estirpe de Pyernrajzark, legendario comerrocas que nos presentara (y tal vez presintiera) Michael Ende. Y así como lo padeciera el comerrocas, en ese momento vi ante mí a La Nada engullendo voraz el escenario de la realidad.
   A este pretexto se redujo siempre su explicación verbal de la tragedia, a eufemismos como «progreso» y «beneficio económico». 
   Semejante coartada abominable sirvió para afianzar más sus actos y espoleó la solidificación interior que dio paso a la exterior de un modo irrefrenable.
   Conforme la maldad se hizo sólida sobre sus venas, el cemento ocultó los campos. La vorágine destructora no se detuvo ante nada.
   Sepultó maizales, valles, ortigas, huertos, bosques, tomillo y amatistas. Los hundió bajo centros comerciales, calles, vigas, aeropuertos, bloques, ladrillos y autopistas.

   No pararon hasta convertir la tierra en el planeta gris. Sé que otrora fue conocido como el planeta azul por sus grandes masas de agua y comprendo que parezca no encajar, pero resultó que, para pena nuestra, hallaron también el modo de pavimentar el líquido elemento; maravillas de la ciencia al servicio de la demencia.         Cubrieron con su concreto ríos, arroyos, océanos y lagos. Ampliando el célebre silogismo del gran jefe indio Seattle: solo cuando hubieron enlosado el último charco, comprendieron que necesitaban agua para hacer la mezcla.
   Extendieron su sólida alfombra de un modo uniforme sobre prácticamente toda la esfera terráquea, sin escrúpulos ni miramientos, sin sonrojarse.
   Cabe preguntarse: ¿cómo pudo continuar la vida en tales condiciones, sobre una inmensa bola yerma?
   El reino animal, como todo el mundo sabe, se divide en dos grandes ramas: los animales indignos y los dignos. En el primer grupo se encuentran los humanos (salvo contadas y honrosas excepciones que no hacen más que demostrar la regla); en el segundo el resto. ¿Qué sucedió con los animales dignos? Es una situación difícil de exponer aquí... los métodos de la naturaleza para subsistir superan con creces a mi capacidad para explicarlos. Pero sí puedo decir lo que ocurrió con los humanos.
   Cargaron con bombonas de oxígeno en sus espaldas, las cuales solo pudieron rellenar cuando «se portaron bien», concepto volátil y difuso que respondía a los arbitrios caprichosos de los sepultureros. Comieron «comida» sintética creada de cualquier manera en laboratorios fríos e inhumanos. Oh, pero no padezcas por eso, sus estómagos estaban tan acostumbrados a la aberración que apenas se dieron cuenta.

   Casi podría aseverarse que las más afortunadas fueron aquellas aves que permanecieron dando vueltas en círculo sobre la inmensa esfera plomiza y sus sucios humos. Nunca llegaron a su destino pero siempre creyeron que se acercaban y continuaron con enorme tenacidad y coraje su recorrido. De vez en cuando se toparon con algún bosquecillo o algún cuerpo de agua olvidado por despiste por quienes deseaban aplastarlo todo, y entonces se arremolinaron sobre los mismos, graznando endechas estremecedoras. Un verdadero símbolo de la esperanza y la resistencia. Ambas tan inútiles a largo plazo como imprescindibles ante la inmediatez.

   No obstante la corrupción también alcanzó a las aves y su lucha. Era cuestión de tiempo, no cabía siquiera considerar lo contrario: hallarían como edificar sobre el aire. Concluyeron su obra aplastando entonces el firmamento y las estrellas fugaces. Expandieron su horror metro a metro hasta los confines del cosmos, emparedaron los vientos y las nubes, tapiaron los astros, ocultaron la luz solar. Y así quedó el cielo enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará?



domingo, 27 de octubre de 2019

Hécate venida a menos.


Por la mañana me levanto y lo primero que hago es ponerme manos a la obra, a la laboriosa obra de visualizar. Hay tantas ambiciones y expectativas brollando impetuosas en mi ser. Me desperezo, visualizando, me acicalo y una vez atildada, salgo al mundo a por aire. Me desplazo implacable mostrando mi mirada altiva, la de quien ya se siente en los laureles del éxito y está bien despierta en ellos. La gente se deja impresionar, me ve tan exitosa como me veo yo misma y dejo tras de mí la estela de admiración que dejaría un navío en el mar. No cualquier navío, uno de esos mega yates mega exclusivos de cuantiosos metros de eslora. ¿Qué haré? Puedo hacer lo que yo quiera, pues tengo fe y el poder de atraer. Eso es importante: ATRAER. ¡Hay tantas posibilidades!
Siempre me ha gustado observar el cosmos, ese cosmos en el que deposito mi destino. Seré astrónoma, o astronauta, o astróloga, o astrocito, lo que se tercie o mejor se adapte a mis impulsos. Ya lo estoy viendo: nebulosas bautizadas con mi apellido; tener nombradía en el barrio a partir del firmamento. Todo lo que sube tiene que volver a bajar.
O tal vez estudiaré ingeniería. Construiré puentes revolucionarios que no necesitarán sostenerse en nada. Ya veré como me las apaño, con mi fe, seguro que encuentro el modo. ¡La fe los sostendrá! Lo tengo tan claro que empiezo a mirar por encima del hombro. Están en deuda conmigo. Esto es precisamente lo que necesita el mundo: ACTITUD. Lo vi en un publirreportaje sobre Steve Jobs.
Dejaré de beber, de fumar, de olisquear disolvente. Juro solemnemente, que desde este mismo instante toda esa corrupción queda fuera de mi vida y mi ser.
Seré bailarina, cantante, modelo, vedette y titerera. Lo que me salga de la entrepierna. Campeona mundial de Go, pintora hiperrealista o tal vez resuelva la hipótesis de Riemann o la conjetura de Hodge. Desde niña he tenido facilidad, me lo decía mi mamá y también mi profesora de ciencias. Solo carecía del combustible que siempre ha impulsado el motor de los grandes logros humanos: UNA VISIÓN. Y yo no tengo una, las tengo todas a mi disposición. Lo estoy deseando con tanta fuerza que temo llegar a alterar el equilibrio gravitacional interplanetario.
Me ha parado uno a pedirme fuego y pensé que quería un autógrafo, absorta como iba en mis ensoñaciones. He sentido incluso la tentación de ofenderme al ver una demanda tan inapropiada por su parte. Pronto deseará ese autógrafo, pero yo ya estaré en Palaos. Al menos podrá decir que le alumbré cuando más lo necesitó y sin pedirle nada a cambio.
El mundo no es lo bastante perspicaz como para anticipar en qué se convertirá lo que ahora tiene enfrente.
Aún no sé a qué me consagraré, pero sé, SÉ, que irá de la mano con el éxito. ¿Qué haré con tanto dinero? Me compraré un mega yate mega exclusivo y también un Lamborghini Murciélago. Los murciélagos son criaturas mamíferas que vuelan escuché en cierta ocasión. Tal vez me haga bióloga. Además el murciélago es el único animal con las cinco vocales en su nombre. Tal vez me haga filóloga. Hay mucha gente, con mucha menos fe que yo, que estudia varias cosas al mismo tiempo. ¿Por qué razón renunciar al incontenible éxito heterogéneo? Talento multidisciplinar sustentado sólidamente en la capacidad de soñar y de ATRAER. Si salgo a la calle es solo a modo de advertencia, de adelanto, de prólogo del triunfo de la fe sobre la mediocridad. El mundo debe abrir los ojos, estoy aquí pisando fuerte el suelo y con el poder del cosmos empujando en la dirección que a mí me apetezca avanzar.



Por la tarde, aún sigo sumida en mi éxtasis místico aunque este se ha desvanecido un poco entre las brumas de la ñoña y la siestaza. No importa, estoy resuelta, va a ser la ostia. Quedo enseguida con mis seres queridos para hacerles partícipes de mis metas. Llegan, me abrazan y  les devuelvo el abrazo en un despliegue de humildad digno de encomio. Pongo sobre la mesa todas mis cartas y en vez de corresponderme con entusiasmo, realizan pequeñas acotaciones, puñeteras todas, que en el fondo cuestionan todos mis planes. ¿Que hay que estudiar matemáticas cuántos años? Bueno. Mi fe no se deja amedrentar. Mañana mismo, o el lunes mejor, me busco un profesor particular. Que sí, que calcular es una tarea exigente y fatigosa. No importa, compraré una calculadora científica. Mañana mismo. O el lunes. No, no, el martes, el lunes estaré contactando con aquel que debe guiar mi carrera meteórica en sus primeros compases.
Vale. Necesito un carnet de conducir para el yate, es insoslayable. Incluso para el Lamborghini. Eso se hace enseguida, en cuanto me ponga lo hago. ¿Quién sabe? Tal vez el cosmos lo meza suavemente hasta mi orilla del mismo modo en que arrastrará hasta mí cualquiera de mis otros deseos. Es cuestión de cerner cuidadosamente los mismos.
¿Cuatro años mínimo para formarme como bióloga? La madre que me parió. De acuerdo, en algún momento arrancaré. ¿Academias de bellas artes? Por lo pronto me compraré un bloc de dibujo y compondré algunos versos. En cuanto tenga cámara, lo juro, subo alguna de mis canciones a Youtube. Ah, ¡si me prestas tu una cámara podré empezar mucho antes! ¿Lo ves? El universo ya ha puesto en marcha la maquinaria. Pronto su desplazamiento no encontrará oposición. Me quedo más tranquila al saber que el plan divino ya gatea. Os invito a cerveza a todos para celebrarlo, aquí y ahora. Pagadlas y ya os lo devolveré, pronto la abundancia económica será lo único que conozca.


Por la noche estoy sola en mi habitación, borracha y asqueada, y me duelen los pies del peso. Del peso de la máscara ante el mundo, del peso de las excusas ante quienes me quieren. Puedo engañar a cualquiera menos al espejo. El esfuerzo me da alergia, los murciélagos me dan asco, los yates me marean. El Go me da dolor de cabeza y mis aptitudes plásticas no van más allá del “con un seis y un cuatro hago tu retrato”. Pero me pondré eh, me pondré. En cuanto… tenga una calculadora. Hoy ha sido un día agotador. Mañana, mañana sí que sí. Este tipo de espinosos obstáculos forman parte del rosal. Solo hay que desear, con mucha fuerza y ganas, especialmente cuando estás a solas y nadie puede oler las consecuencias de tanta fuerza concentrada en el bajo vientre. Ahora es momento de seguir soñando, esta vez dormida. A ver si me despierta mi madre a tiempo para ir a preguntar por autoescuelas, para luego ir a las autoescuelas para preguntar por horario y precio, para luego ir a preguntar por financiación, para luego... bah.




sábado, 12 de octubre de 2019

Augurio aviar

   Junto a un cimero nido ubicado en las torres del Paine y entre los fríos celajes que suelen envolver las cumbres, un chincol susurra a sus vástagos, aún no llegados a la eclosión, con su característico canto. Les susurra una antigua leyenda, transmitida por generaciones en todas las familias de aves y siempre siguiendo el mismo proceso. Se narra por tradición, cada ave con su propio canto, a las crías cuando aún están en el huevo.
   El objeto del método es evitar distorsiones del lenguaje, confiando plenamente en el subconsciente del nonato y su predisposición a asimilar el importante apólogo que atañe al futuro de todas las aves venideras.
   Podría uno pensar que esta manera de proceder no asegura la integridad de la misiva con el paso de los años, las décadas y los siglos; y sin embargo, sorprendentemente, el mensaje no ha hecho sino enriquecerse. Pareciera que determinadas criaturas aladas llevasen una parte del mismo en su ser y por ello siglo tras siglo la leyenda se ha ido nutriendo de detalles y episodios, adicionados espontáneamente por los más inesperados mensajeros, que se han sorprendido a sí mismos relatando para sus crías en estado embrionario nuevos matices de una antiquísima tradición.
   Por alguna desconocida razón, de vez en cuando la leyenda es narrada, tal vez por error o por un fallo en la planificación, a otras especies. Los ñus, los manatíes o incluso los humanos puede que lleguen a escuchar esto mientras están en el interior de sus madres, aunque pronto lo olvidan porque es algo que no les incumbe ni afecta en modo alguno.  
Pero yo tengo buena memoria y si bien es cierto que no me compete todo este asunto en lo más mínimo, recuerdo la historia de cabo a rabo. Esto es lo que el chincol solfeaba ufano desde su pico, lo que tantas veces corearon petirrojos, alondras y pingüinos. Lo que también escuché yo por casualidad poco antes de asomarme a la luz del mundo:

«El mundo, a diario más hostil, nos depara a las aves un largo tormento, un cruel suplicio. Está marcado nuestro destino por la crueldad y la avaricia ajenas: ser víctimas del infierno de la explotación. Pero no todo está perdido.
   Nacerá una muchacha de la que poco podrá asegurarse su condición humana. Nacerá entre ellos, pero tendrá un corazón hecho de viento que le empujara a la búsqueda de los cielos. Como Ícaro huyendo de Creta, pero mucho después en el tiempo. Sin embargo, no alcanzará esos cielos... por no tener –aún– alas.
   Duros serán los años en los que se explorará e intentará comprender a sí misma. Un duro trance mirando a las nubes, preguntándose ¿por qué no subes?, soñando con no necesitar caminar para alcanzar las cimas.
   Pero de algún modo deberá arrostrarlo. No queda más remedio y quien nació para surcar vientos no se permite un semblante acibarado. O por lo menos no permite que este le impida avanzar, así como tampoco permite la inmovilidad del llanto.
   He aquí que empleará sus fuerzas, las energías ahorradas en los nunca cumplidos vuelos, en liberar a sus hermanos plumados, en abrir jaulas, en destruir cepos y en sentirse feliz alentándolos mientras se elevan.
   Cuantiosos episodios de alada revuelta se ejecutarán bajo su impulso.                         Sorprenderá a los amantes de la cetrería, y los halcones y los azores ya estarán en el horizonte antes de que los dominadores puedan reaccionar, pues todo será breve y fugaz, cuestión de segundos.
   Ni un solo ganso más será torturado por el negocio del foie y todas las instalaciones para ello erigidas, una vez vaciadas, serán destruidas. Cada uno de esos gansos se irá, todo habrá quedado atrás y podrán empezar una nueva vida.
   Abrirá todos los zoológicos. Ni exhibiciones de aves exóticas, ni tropicales, ni de ningún otro tipo. Todas volando libres, entregándose al que siempre debió ser su destino.
   Tampoco permitirá que sus hermanos sean considerados máquinas de expender plumas. No más colchas, no más abrigos, no más arrancar queratinosos apéndices a su familia mientras esta grazna el desgarro, aunque en derredor nunca nadie escucha.
   No más gallinas hacinadas, no más pollitos triturados. No más canarios enjaulados por su grácil canto, no más peleas de gallos.
   Se acabará usar a las palomas como correo ordinario, se acabará asar "pollos". Ni una sola criatura destinada a adornar la bóveda celeste será objeto de tormento o privación mientras ella pueda librar su guerra, mientras pueda dar rienda suelta a la furia contra el expolio.
   Tras la liberación, todas esas criaturas celícolas reconocerán a su libertadora, y ofrecerán su apoyo presto a la causa, como si fueran una sola.
   Una gran asonada, desde abajo hasta arriba, devolviendo a su sitio a quienes vuelan, a quienes pertenecen a las alturas, desde donde cantan y trinan.
   Un movimiento así no pasará inadvertido. Un ejército de plumíferos rebelándose al unísono y colmando los cielos infundirá, claro está, un temor supino. Cuánto dinero se perderá, cuántos explotadores patalearán, incapaces de aceptar lo sucedido. Cuántos caprichos egoístas y desconsiderados expirarán entre berrinches y vagidos.
   El Poder se opondrá, y perseguirá a la muchacha, la cual a estas alturas empezará a tener plumas en lugar de su sedeña piel, aunque seguirá –aún– sin tener alas. Cubrirá sus plumas con velos, por no delatarse, pero seguirá entregada a su deber, sin miedo al Poder ni a tener que enfrentarle.
   Reclutarán los Estados a los más necios y descerebrados, a los tarugos que solo sirven para dar palos. Los entrenarán, los insuflarán de odio y les pondrán hombreras y cascos, como medida preventiva ante los más que previsibles picotazos.

   Y al amanecer del quinto año exacto de sublevación, la chica será acorralada. Ni todas las aves unidas podrán evitarlo, ni agradecerle como lo desearían, es decir, pudiendo liberarla. Aunque en el fondo ella no desea que se pongan en peligro, por eso desde la distancia, impotentes, sus hermanas liberadas simplemente observarán la escena entre su hermana y el enemigo. 
   Será torturada y humillada, objeto de burlas y afrentas, le arrancarán las incipientes plumas, le escupirán en la cara, se burlarán de ella.
   Y entre sornas y agresiones, sus cabezas huecas concebirán la última de las ideas, abrirle la ventana e invitarle entre risitas a saltar por ella. "A ver si vuela".
   Ella se negará, pero entre empellones concluirá que es preferible morir en libertad a vivir sujeta por el enemigo y siendo su presa. Y se lanzará. Y los catetos se asomarán a contemplar el violento fin, pero sus ojos serán solo nistagmos cuando no vean nada al mirar hacia abajo, pues ella no estará allí. Ellá podrá al fin volar.

   Al roce con el vacío se convertirá en millones de aves y pajaritos, en ánsares y calaos, en tecolotes y albatros. En halietos y lechuzas, en palomas y halcones. En petirrojos, en búhos, en cernícalos, mirlos y en grajos. En cigüeñas y chorlitejos, en cuervos y codornices, en faisanes y guardabarrancos. En colibríes y azulejos, en águilas y vencejos. Será una y millones a la vez, grullas y gavilanes. Y nunca más podrán apresarla, y esta nueva y multitudinaria legión, será para siempre bulliciosa e imparable, allende los aires. 
   Recuperaremos así nuestra libertad y jamás volverá a mancillarla nadie».


domingo, 4 de agosto de 2019

La Loba Feraz


Allá donde los vientos dan la vuelta (como dijera Abarca), en los confines del mundo, donde todos los mares van a encontrarse y mezclarse, hay una pequeña porción de tierra que siempre se escabulle a la mirada de satélites y cartógrafos. Allí solo se llega mediante invitación, invitación que como esa misma tierra, rehuye a quien la persigue. Si la reclamas o exiges, te será negada.
Esta porción de tierra ignota, de forma insular, es pequeña, sí, pero tan fecunda como diminuta. Es la fuente de toda fertilidad, el manantial del que nace toda creación en este planeta. Su nemorosa silueta, sus feraces suelos y valles, podrían ser considerados una cornucopia, la promesa de la abundancia inagotable. Sus esfuerzos por preservarse de ser descubierta o conquistada son vitales para el devenir de la existencia, y en aras de esos esfuerzos se deja envolver de forma magistral por el remoto ponto, aunque, de vez en cuando, permita la visita puntual de seres afortunados.

No es un lugar deshabitado, pese a lo que pueda parecer dadas sus circunstancias. Se aposentan allí esencias no descriptibles según el actual conocimiento humano, que se encargan de que todo fluya cuando debe, atávico cometido que dominan a las mil maravillas. Incluso, ante las eventuales visitas, se molestan en tomar forma humana, por no despertar suspicacias. Las personas que alguna vez son allí citadas, al decir verdad, son tan privilegiadas como ignorantes de la naturaleza de su llamamiento. ¿Cómo iban a conocer algo que como primer requisito exigía ser ignorado?
Estos cálidos y amables entes que pueblan la fértil isla, pueden ser reconocidos vagamente por los vagos nombres que procura otorgarles, insuficientemente, la siempre insuficiente mente de las personas: Creatividad, Imaginación, Audacia, Germinación, Proliferación y un largo etcétera. Puedes llamarlos como quieras e intentar entenderlos hasta donde alcances. Aquel es su hogar y donde se empeñan pacientemente en que todo discurra como es menester.
No puede decirse que sean grandes amantes de las jerarquías, siempre tan obstruyentes y limitantes, tan obstaculizantes para la expansión personal y la conquista de nuevos horizontes. Y sin embargo, tienen una líder.
Si pretendieses señalar a la fertilidad en este mundo, ella sería la referencia ineludible. La Loba Feraz, otrora también llamada Sobek por los egipcios, Hun-Hunahpú por los mayas, y de mil formas más. Su nombre carece de importancia, ella fluye así como fluye su obra. Mientras la imaginación o cualquiera de sus otras hijas adopta una discreta y conveniente forma humana ante las visitas, ella siempre sale al paso con su aspecto lupino, aunque debe entenderse que es la encarnación de la isla misma. Ella y la fértil isla son la misma cosa, la fertilidad hecha carne.
¿Por qué causar tanta frustración escondiéndose? ¿No sería mucho más noble entregarse sin mesura a una existencia humana que de algún modo es fruto de su intervención? Espero que si alguna vez somos invitados casualmente a una audiencia con ella, tengamos la sensatez de no olvidar preguntas de tanta relevancia, aunque temo que nos veremos tan colmados y desbordados que no nos quedará espacio para dudas fuera de lugar.

Cuántas veces no habrán apelado a ella, aún sin conocerla, todos esos indigenas estafados por Monsanto y sus semillas modificadas para no dar fruto, obligados a comprar semillas nuevas una vez finalizada la cosecha. O los jóvenes perdidos y atemorizados por la vida, que en un patético intento por esconder el pánico que les supone existir, se disfrazan de nazis y pretenden sembrar miedo en los demás, ladrando tan terroríficamente como lo hacen los perros mas acongojados, deseando combatir su miedo propio mediante la concitación de un miedo ajeno aún mayor. La sed de descubrir cerebro o valor en su interior, de que surja el empuje que les permita abandonar su absurda solución pasajera carcome a esta juventud, pero a diferencia del espantapájaros o el león de Frank Baum, los nazis de mierda no saben dónde está Oz.
Así como las parejas ilusionadas por transportar su carga genética a una nueva generación, con el sueño de verse reflejadas en nuevas personas fruto de su ser, a las que les es negado dar a luz por causas que no está en nuestras manos comprender; si acaso, en el mejor de los casos, intentar explicar con toscas elucubraciones científicas que relegan al triste olvido 
cualquier consideración sobre lo justo de las mismas. Tengo una explicación biológica que no responde a: ¿por qué mi vecina sí ha tenido suerte biológica y yo no?
También claman al cielo todos los escritores aherrojados por el insondable abismo de la hoja en blanco. Incluso en momentos en que la fuerza bulle dentro y no alcanza a materializarse de un modo satisfactorio; hay una diferencia insalvable entre la ilimitada capacidad de imaginar y la limitada capacidad de la expresión.
Mucho sufrimiento por omisión de auxilio, en todas esas veces en que la Loba Feraz está demasiado ocupada atiborrando de dicha a otros. Podrías llamarla La Loba Feral entonces. Pero así es el equilibrio cósmico y no seré yo quien lo discuta o cuestione.

Con todo, cabe mencionar excepciones concedidas a esas personas invitadas a las tierras de la abundancia. Personas que, sin pretenderlo, apelan a toda esa fertilidad de manera humilde, paciente y sensible. Que aceptan los designios asignados para ellas por la balanza de la existencia. A veces, estas personas prudentes y mansas, despiertan dentro de su sueño y lo hacen en volandas, en brazos de la Loba Feraz y toda su corte. Y luego vuelven en sí y se ha obrado el “milagro” (la tosca elucubración científica no llega a encontrar un término mejor). Mi vecina sí y de repente yo también. Puede que sean casos muy excepcionales y puede que parezca injusto y hasta horrible o discriminatorio hacia aquellas personas todavía olvidadas. Pero en el fondo son concesiones tan bellas como esperanzadoras.
Existen inclusive personas de una sensibilidad tal que ni siquiera precisan de ser transportadas hasta allí.
Este tipo de personas tienen suficiente con sentarse ante el mar y esperar, respirando hondo hasta que la brisa marina venga de vuelta (como dijera Abarca), y cargada de las lejanas y ocultas tierras de la abundancia. Esta tal vez sea la manera más adecuada, si acaso junto al deleite de observar quietamente su obra (ya sean las montañas, las flores, los oseznos o las nubes), de recibir la gracia Feraz.