viernes, 16 de abril de 2010

Aurelicántropo.










En una distante aldea,
por la verde falda de una montaña,
pastorea Aurelio a sus cabras.

Es Aurelio un cateto de la vieja escuela,
de ideas fijas y mente estrecha,
un machito facha.

No es que en la aldea le aprecien en demasía,
no podría decirse que destaca,
y no es por que no ponga empeño,
es solo que la mayoría son igual de carcas.

Mas no gozan de tiempo
para solazarse en su estupidez,
pues de un tiempo a esta parte algo les quita el sueño:
un monstruo sigiloso ataca a sus borregos.
Y se caga en sus arados.
Todo a la vez.

“Maldita bestia inmunda”,
exclaman en la asamblea,
“¡quien la cace nos rescata!”
Y esto a Aurelio se la levanta,
su ceja, una,
clavada en la escopeta.

“¡Lo tiraremos del campanario!”,
“¡Le prenderemos fuego!”,
“¡Le llevaremos al bibliotecario, que le lea textos!”

Dejábanse llevar por el frenesí,
sopesando castigos crueles,
y Aurelio ya lejos de allí,
buscaba a la bestia entre vaivenes.
La idea del éxito le hacía sonreír,
y saboreaba ya sus mieles.

Mas tropezó como un idiota,
en realidad como lo que era,
y sangró su boca,
y se descargó su escopeta.

Así, de pronto,
pues no dejaba de ser un machito,
se sintió tonto,
asténico y desprotegido.
Se le encogió aún más el pito.

Miró hacia atrás,
predispuesto a poner pies en polvorosa,
y mientras se incorporaba, sin más,
emergió de entre los arbustos,
“la cosa”.

¡Acabáramos tanto revuelo!
Se había dejado llevar por la inventiva el pueblo,
No era un monstruo sino un lobo,
aunque grande desde luego.

Se conoce que aquella criatura,
quedo abandonada a su suerte,
pues diez cazadores de algún pueblo vecino,
dieron a su manada fin, que no sepultura,
y tan sólo él había escapado a la muerte.

Aurelio se relajó ligerísimamente,
al no tener al diablo enfrente,
y aunque aún temblaba por ir desarmado,
concluyó que debía saberlo la gente.
Entre todos ya arreglarían el desaguisado.

Sin tiempo para más cábalas,
el lobo se lanzo sobre el muy necio,
y hundió los colmillos en sus carnes blandas.

El cateto en un alarde intelectual, hizo lo mismo,
combinando así en su gesto,
la sandez con el desprecio,
la pataleta con el garrulismo.

Ambos seres retrocedieron al instante,
con expresiones nauseabundas,
el lobo estaba sucio de tres meses,
y aunque Aurelio si se había duchado antes,
quien tanta idiocia acumula,
a cualquiera hace rechinar los dientes.

Vomitaban con violencia,
se rehuían como cobardes,
y resplandeciente lucía la luna llena,
se había hecho ya bastante tarde.

Así, en plena medianoche,
sometidos a su influjo,
la bestia y el fantoche,
tornáronse licántropos,
como por obra de algún brujo.

El Aurelio por fin tenia tranca,
aunque ahora le importara menos,
y el lobo se percató de que pensaba,
había conciencia refleja en su cerebro.

Ambos en la noche desaparecieron,
espantados, confundidos,
huyeron durante un tiempo

Y tras llorar el pueblo a Aurelio,
suponiendo que había muerto matando al monstruo,
una vez finiquitadas pompas y sepelios,
consiguieron en dos días,
olvidar al pobre tonto

Pero al cabo de algunos meses,
volvió la bestia por la aldea,
y no fue con ninguna sana intención.
Volvió follando nenes y degollando abuelas,
sembrando caos y destrucción,
poniendo patas arriba la villa entera.

Es que el lobito había adquirido rasgos humanos,
desarrollando la crueldad, el egoísmo y la venganza,
y ahora cual bestia despiadada,
escupiendo a los cadáveres y cagando en las camas,
disfrutaba como enano.

El lobo-hombre destruía por doquier,
a merced de su nueva conciencia,
y ya había huido media aldea,
pues los catetos ni relacionaban al bicho con la luna llena,
ni tenían puta idea de que hacer.

Organizaron cierta resistencia,
con antorchas y rastrillos,
y prendieron fuego incluso a sus propias casas,
pero nada pudieron contra el monstruo,
ni dejaron de temblar ante la visión de sus colmillos.

Al final llegó a un acuerdo con el alcalde,
bestia mucho más inmunda que él,
se haría militar o policía,
que a la porquería el uniforme le sienta bien.
Total podría seguir dando rienda suelta a la crueldad,
pero al menos ya no en balde,
sino “cumpliendo con su deber”.

Por su parte Aurelio, de por si tonto, perdió facultades cognitivas,
y eso le convirtió en un ser aún más simple,
con ideas claras y definidas y de espíritu libre.
Su otrora idiota vida, habíase vuelto digna.

Ya no se sentía superior a nadie,
ni pegaba a su mujer,
vivía buscándose el sustento,
pues las noches de luna llena,
le hacían sentir contento,
y sacaban “lo mejor” de él.


Así sucedió que Aurelio
perdió el raciocinio,
y al actuar solo por instinto,
se pareció ligeramente,
a lo que se entiende por criatura noble.

Por vez primera,
actuó (casi) como un hombre.

Es bien sabido que a fin de cuentas,
la bestia no es la que vive guiada por su instinto,
sino la que teniendo conciencia,
actúa sin compasión ni benevolencia
hacia el resto de seres vivos.



viernes, 9 de abril de 2010

Más temática con pena: la matemática condena.





Golpearon su puerta con una fuerza de 7’5 newtons, y profiriendo alaridos a unos terribles 70 decibelios, consiguieron activar las 2 neuronas que conservaba en la región cerebral encargada de alertarle, despertándole así.
Sus tímpanos y trompas de Eustaquio, con esfuerzo y 6 miligramos de cerumen mediante, consiguieron descifrar, entre las vibraciones que arrastraba el aire, el siguiente conjunto de 38 letras y en el siguiente orden: “Joder, ya vas teniendo una edad, ¡baja a por zanahorias!”***.
Resopló, desplazando 15 millones de ácaros en suspensión, y tras asir 2 zapatos del número 42 cada uno, alivió los 200 muelles de su cama de la resistencia de 60 kilogramos que su masa les había ofrecido durante 374 minutos y 38 segundos.
Tras incorporarse y elevar su punto de gravedad hasta los 160 cm desde el suelo del 4to piso que habitaba, cogió 5 piezas de ropa, que sumaban un total de 425% algodón y el 75% restante polyester, y se las puso por encima, para evitar denuncias según el artículo G-235 del código penal, que trata sobre el exhibicionismo. Se calzó los mencionados 2 zapatos y bostezó poniendo a prueba la elasticidad de sus comisuras.
Giró unos 24 grados el pomo de su puerta, y tras dar 7 pasos un poco torpes hasta el lavabo, giró otro pomo 17 grados esta vez, entro en la estancia, levanto una tapa hasta los 45 grados y sosteniéndola en aquella posición, descargó 0’18 litros de orina.
Se apresuró en girar sobre su propio eje antes de que le espetaran más lindezas relativas a la escala de valores, y tras recorrer la distancia de 15 pasos que le separaba de la puerta principal, introdujo la llave, de una composición metálica con un 80% de aluminio en una ranura de escasos 1’6 x 0’9 pulgadas, y girándola 180 grados, consiguió un espacio mediante el cual atravesar la pared de 230 centímetros de altura que se interponía en su camino hacia la verdulería.
Pulsó el 3er botón, y el ascensor se desplazó diligente hasta su posición, rechinante, evidenciando la falta de lubricante en las poleas que empleaba para equilibrarse con el contrapeso de 350 Kg y que le permitían alejarse o acercarse a sus 2 límites, el superior y el inferior.
Al salir a la calle, la brisa le acarició la cara a unos afables 6 m/s, y eso le ayudo a combatir los 36º Celsius que los 152 000 000 Km que separaban el sol de la tierra imponían con dureza.
Se cruzó con un canis lupus familiaris, vertebrado, mamífero, cuadrúpedo, reino animal, un chucho en definitiva, que no parecía dispuesto a mover sus 4 patas de la sombra en que las había apalancado, pues esta le evitaba el impacto directo de la longitud de onda ultravioleta del orden de 15 000 000 de angstroms, tan perniciosa para los millones de células epidérmicas. La sombra, por cierto, provenía de un naranjo de 3 metros de altura, común en la flora local, junto a 24 especies geraniáceas y algunas malas hierbas. La fauna se componía de elevados porcentajes de palomas, siendo el número de individuos de esta población 500 000 aproximadamente, aunque también se contaban múltiples insectos y alguna que otra rata dentro de la misma.

Tras avanzar 0’32 yardas hasta alcanzar la verdulería, situada en un enclave con un 10% más de humedad que el camino previo, dada su cercanía a un estanque de unos 72 metros cúbicos, apartó las 55 cadenas suspendidas de una barra de hierro en el marco superior, que habían dispuestas a modo de cortina, e hizo vibrar sus cuerdas vocales hasta que las ondas se propagaron en el aire cargado de polen y otras materias volátiles orgánicas: “Buenos días”.
El verdulero, hizo una mueca consistente en alzar los 700 000 pelos de 15 mm que conformaban su mostacho con desgana.
Una vez hubo pedido 1 galón de agua y 0’001 toneladas de zanahorias, pagó con aproximadamente 300 céntimos de la moneda en curso, el euro, otrora peseta o ducado, y aún más distante en la línea cronológica, doblón, o denario, o a saber.
Otra vez, aún con 5 legañas aproximadamente en sus ojos, se dispuso a reducir la distancia que le separaba de la intimidad cúbica de su habitación, donde los 15 cm de espesor de sus paredes le separaban de los 24 ojos de sus vecinos de enfrente, y los millones de peatones que pudieran atravesar el segmento de ciudad que conformaba su calle rectilínea.
Sonrió al perro, que aun seguía allí pese a los 3 crí=s que despilfarraban bastantes centilitros de agua entre gritos estridentes a escasos 2 metros de la criatura, y esta no pareció prestar importancia al tamaño de su colmillo, molares e incisivos diestros, pulcramente dispuestos por pura casualidad.
Tras avanzar entre un insoportable caos sonoro ocasionado por el parque móvil de 40 000 coches existente en la ciudad, que debía rondar los 110 impertinentes decibelios, y que iba acompañado de una densidad de CO2 del 7’5% en el aire, tornándolo semi opaco alcanzó por fin su objetivo, y por la pereza de no sacar la llave del bolsillo mientras ejercía a la vez la fuerza contraria a la gravedad indispensable para sostener en alto su carga, pulso un botón que hizo recorrer los amperios suficientes mediante los circuitos allí colocados para tal menester, hasta un martillo que repicó con insistencia una campana metálica, a razón de 25 veces por segundo.
Así, mediante las maravillas de la ciencia, la puerta de abajo se abrió automáticamente tras la pulsación del pertinente botón 4 pisos más arriba.
Empezó a subir, por las escaleras esta vez, pues quería desgastar algunos centenares de calorías y exigir esfuerzo a su sistema cardiovascular, y mientras contaba los escalones, 1, 2, 3, … 35, … tuvo un súbito mareo  y se sentó.


Y al perder la cuenta de los escalones, mareado, se preguntó para que carajo los había estado contando, y de repente se dio cuenta de lo estúpido que era el afán humano por medirlo, contarlo y calcularlo TODO, y lo corto que se le habría hecho el mismo camino y el texto hasta las zanahorias sin ese estúpido impulso, necesario a veces, pero definitivamente estúpido en su exceso.

Y así, olvidó de sopetón y voluntariamente sus dimensiones y longitudes. Y se alegró de ser como era, por estar.

Olvidó la cifra de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros y décadas que había existido, y se emocionó con todos aquellos intensos momentos que recordaba.
Y se alegro de ser quien era, por ser.

El mundo de repente se sacudió de ecuaciones y fórmulas a sus ojos y se torno algo próximo, cercano y cómplice.

Se había quitado un peso incalculable de encima.



Incalculable.








***”Ya tienes edad de...”, sólo es una fórmula chantajista para exigir tu sometimiento y obediencia, mediante la que debería ser tu conducta prototípica en base a lo establecido. No importa cuantos años cuentes, puedes oírla cuando no te sometas. No hagas caso, la edad no existe. 





jueves, 1 de abril de 2010

¡Cereales cerebrales y a celebrar!











A tientas por el tubular pasillo estrellado, cuento puertas, grandes, pequeñas, triangulares. La tercera, de madera a rombos, es la mía.
El pomo se deshace en mis manos, parece caucho sometido a temperaturas extremas. Y tras darle doscientas cincuenta y tres vueltas, me dice “me he mareado”, y la puerta desaparece y tras dar un saltito sobre el abismo sin mirar hacia abajo, entro en mi habitación.

No lo recordaba yo todo así, ni recuerdo como lo recordaba, pero así era como estaba, y al mal tiempo buena cara.
La cama está intratable, bravía, con su intempestivo oleaje, con las sabanas bramando y agitándose diabólicamente. Y eso que las había puesto limpias dos días antes. Siempre las preferí impías que limpias, aunque ahora no me puedo permitir ese tipo de reflexión, porque amenazan con inundar de textil los jardines bocabajo que me rodean.
Del corcho cuelgan tampones, ristras de ajos y cáscaras de nueces que suplantan a las típicas cuentas del rosario. Nada parecido ni de lejos a recortes de prensa, ¡pues esta será mi protección ante las embestidas del edredón! El corcho me sirve como escudo y me siento algo mejor, más protegido, incluso me infunda cierta sagacidad imprudente, y aunque me cae un poco la baba, me gustaría poseer una lanza, o una espada, o cualquier otro arma blanca contundente.
Avanzo haciendo unas minúsculas eses en apenas un metro cuadrado, o circular, que huele a geranios pero sabe a polvo, y el somier muaré, el mar de arrugas, se amansa porque ya no le presto importancia y los sapos de trapo hacen carreras absurdas sobre el escritorio. ¿Qué motivo os empuja a competir de un modo tan feroz? Pregunté. Croaron el “Movimiento perpetuo” de Strauss y no sin talento la verdad. Aunque no me sirvió en absoluto para comprender la enjundia de su omnium. Les observé un rato más y tras mucho esfuerzo me percaté de dos cosas. Bueno, tres.
1) Sapos de trapo los hay de muchos colores, pero el tamaño es uniforme hasta el punto de que parecen estar hechos con molde los muy hijos de la gran puta.
2) No corrían hacia adelante, sino hacia atrás. Sucede que sin fijarme en la dirección, mi cabeza asentía en sentido contrario a la órbita que describían. Supuse que no competían por quedar primeros sino últimos pues.
3) En un soleado rincón del escritorio un sapo de trapo permanecía absorto en sus cosas, ajeno a los vaivenes de su especie. Absorto en sus cosas y practicando el pecado de Onán. Y es que según pude entender en su mirada, así como el pazguato hebreo original, el también estaba jodido, y dije jodido sin buscar tres pies al gato.
Bueno, este último detalle quizás no fuera de mi incumbencia, ya podía darse palillo sobre mis muebles aquella criatura, mientras no me salpicase. Ese era sin duda el motivo de las tonalidades fluorescentes de verde, añil y beige que constantemente aparecían y desaparecían de mis paredes. Que manera de reír, me dolía la barriga. Me hacia gracia que gotearan colores fosforitos de unos testículos de trapo. Aun así, no era una lefa viscosa en exceso. Sí que goteaba por mis paredes túrgidas e inundaba la vegetación de los zócalos, sin embargo observé que al impactar tal semen sobre mis altavoces se formaba una especie de densa malla que impedía huir a las semicorcheas y las claves de sol.
Estas retrocedían atropelladamente, pisándose, insultándose, presas de la ansiedad y el pánico, y formando un estruendo insufrible, un galimatías sonoro que laceraba mis tímpanos, que oprimía mis sienes y que me recordaba vagamente a una vieja canción de King África. Las pobres notas musicales se envolvían en los pentagramas e iban a morir sin conseguir ser melodía, todo por el sabo de sapo. Maldito.

Me fijé también en que el póster que solía decorar mis paredes curvas había huido ante la fosforescencia, y me pregunté como demonios lo habría conseguido, porque la ventana no había Dios que la abriese. Si me acercaba, veía el cristal mirarme burlón. Con ojos enajenados enojados y rojos, que supuse serían los míos y me alegre de poder seguir haciendo suposiciones un ratito más, dilatando el colapso neurotransmisor.
Me veía reflejado, con las mil bestias, los colores y los gansos revoloteando a mis espaldas, con la puerta detrás de mí acercándose y alejándose a una velocidad pasmosa. Entonces, seguía la ventana cerrada. Sí. Pero donde a veces la brisa me abrazaba con la ventana abierta en noches de verano, ahora el viento me abrasa con la ventana cerrada en un confín fuera de estación o límite temporal, en el espacio entre las dimensiones.
 Era un viento sofocante, que secaba la boca y la garganta, que hacia que el sudor  sólido se evaporase y que obligaba a la manada de gansos a interrumpir sus danzas griegas para permitirse un solaz y refugiarse unos a otros cubriéndose mutuamente con plumas y nylon.

En cuanto a los sapos, no querían saber nada de todo esto al decir verdad. Bastante tenían con lo suyo, pues tras precipitarse trece de ellos por los lindes del escritorio, únicamente quedaban el pajillero que ahora eyectaba pétalos de alguna extraña flor tropical saxífraga que se enganchaban de un modo repulsivo sobre la argamasa de lefazos coloridos, y un solo sapo corredor.
Un solo sapo corredor que decía que lo importante era participar y le avergonzaría ganar y que no sabría consentir la derrota porque habían muchas expectativas depositadas en él. Su destino era morir corriendo hacia atrás completamente solo, hasta que el trapo de sus órganos simétricos e irregulares cediese y se desgarrase.
Me senté, esperando con paciencia tal momento y la silla casi me absorbe. Pensaría que se había vuelto una insociable antropófaga insaciable, pero es que el cojín se hundía muy por encima de sus posibilidades. Muy por debajo según se mire. Así que mosqueado, le recriminé su actitud y me remitió al armario. Se excusó jurando que llamaba mi atención en busca de ayuda. El armario, un ser monstruoso y vil, había robado sus ruedas mediante la fuerza bruta, y ahora estaba recorriendo el mundo, con dos cajones. Pero estaba obligado a volver porque se había dejado aquí el cajón de la documentación, y era cuestión de tiempo que la requirieran las autoridades mobiliarias. Que el armario siempre había sido bastante timorato a la hora de hacer frente a ese tipo de adversidades.

 Bien, ahora que ya estaba clara la línea de actuación, podía soltarme ya la puta silla. Debía pensar que huiría al otro lado de la ventana, a los jardines de fuentes secas, y me olvidaría de su problema, pero eso no era cierto.
Tras forcejear y chamuscarla con un encendedor que más que fuego expelía cava y chispas de vainillina, conseguí zafarme. Y para hacer tiempo hasta que el sapo muriese estúpidamente o el armario regresase de Kuala Lumpur, decidí hacer una orgía con la pléyade de ánades, poetas en su mayoría.
Así pues, follamos hasta que el viento árido y la fricción terminaron por desplumarlos, y así fue como sus plumas se unieron a los pétalos tropicales de las paredes iridiscentes donde también se juntaron mis lefas humanas con las del sapo que se la meneaba como un maníaco.
Fumamos unos cigarrillos de después y otros de después del cigarrillo, y así nos pilló el armario, que entraba hecho una furia, discutiendo y divagando sobre las connotaciones empíricas de la negación del ego y su trascendencia.
Rápidamente, sostuve el corcho con firmeza, y asestando el mechero rimbombante hacia sus puertas, aseveré:
- “Nefando villano, ¡torna a mi silla aquello que le arrebataste con tan poca honra, y póstrate en busca de su perdón, o haré astillas la espuma, ¿espuma?, de tu cuerpo amorfo!
Pareció consternado, pero pronto replicó:
- “Stultorum infinitus est numerus”
La virgen. Por ahí si que no pensaba pasar.
- Sucio imbécil, ¿que carajo dices? ¿Cómo osas?
- "Timeo hominem unius libri" -Suspiró-  "Tolle, lege".
Y me ofreció un tomo que a simple vista no tenía portada ni tapa alguna, pero que una vez abierto no contenía páginas en su interior, y que llevaba por título “Las sillas depresivas, se atiborran de novocaína y saltan al vacío”.
Y en efecto, mi silla antropófaga, pisoteando al único sapo corredor de mi escritorio y ahorrándole un interminable suplicio, sí había hallado el modo de abrir la ventana y se había arrojado a la acera de azúcar y plomo sin poder ser rescatada por los siluros con hélices que patrullan las alturas precisamente con el objeto de evitar tales percances.
Ahora las cortinas de moleskín bailaban cada una a su bola, cada una según su propio ritmo, gracias al (o por culpa del) gélido aire que entraba, que además escarchaba los fluidos que ornamentaban mis paredes cóncavas.
Al girarme noté la ausencia del cajón de la documentación y de su dueño de conglomerado, y vi también una manada de gansos desplumados muertos por culpa del frío polar que recorría la estancia. Nunca debimos follarnos tanto, pobres animales, cuantos versos se iban para no volver.
Sin gansos, ni sapos, sin tanto somatén, con las paredes recuperando su color y firmeza en principio gracias al soplo siberiano, con la cama en calma y la calma en cama, solo con bastante frío, pensé que debía meditar, una vez más.

 Tras soliloquiar desde el solipsismo y la fatiga, recuperé mi escasa sindéresis y concluí, merced al propincuo hueco, que el bagaje había sido el siguiente: Una silla chamuscada y lanzada a través de la ventana, un armario empujado hasta el pasillo, paredes expuestas a mi eyaculación, un corcho arrancado de la pared y el boquete en la misma, cigarrillos tirados por los suelos tras la orgia y millones de delirios.

 Por suerte, aún me quedaba hambre y algunos residuos del LSD recorriendo mis sinapsis, y gracias a estos últimos pude ver mi balón de baloncesto botar por su propia voluntad indicándome el camino hacia la cocina otra vez.
El desayuno es la comida más importante del día, todo el mundo sabe eso.







sábado, 27 de marzo de 2010

Insulto a la consulta, insulsa y sin culto I. (Divinidad en el diván)



Querido especialista, agradezco su disposición a atenderme y espero pueda serme de ayuda, pues debo confesar que no atravieso mi mejor momento, es más, directamente es que he dejado de creer en mi mismo.

Como sabrá, desde que creé todo cuanto usted conoce y desconoce, era mi única finalidad el establecer una vida justa y armoniosa, que honrase la intención de mi obra, que coexistiese satisfactoriamente y de un modo íntegro.
Es y fue siempre mi único propósito, y sinceramente me entristece sobremanera que una creación basada en metas tan nobles, derive en esa especie de holocausto social, emocional y espiritual al que asisto atónito de un tiempo a esta parte.
Cuando les otorgué el libre albedrío, fue a modo de muestra de confianza. Claro que podría obligarles a actuar de un modo honrado, pero luego carecería de sentido mi buena voluntad. Siempre supe que emplearían esa potestad para decidir en realizar esporádicamente actos reprobables, pero se están pasando de la raya. ¡Se están pasando de la raya!
Intento recordarles cuanto de maravilloso he puesto a su disposición. Manjares, familiares, paisajes y criaturas hermosas. Autosuficiencia y libre albedrío, tierra fértil y cielos azules. Y no es que espere que me lo agradezcan. Tanta deferencia es solo parte de mi afán por establecer la sinergia universal. Simplemente me gustaría que lo aprovechasen.

Pero por más que me esfuerce en satisfacer y compensar sus necesidades, incluso dejando espacio para el sacrificio que les haga sentirse realizadxs y las cosas negativas que les ayuden a valorar las positivas, ell=s se muestran impertérritxs, diabolicxs, si es que los demonios fuesen capaces de resultar ajenos a todo.
En una ocasión llegué a enviar a mi hijo a pagar por sus pecados, en un intento supremo de erradicar el mal, de hacer borrón y cuenta nueva. Pues debería usted de ver en que condiciones me lo devolvieron, hecho papilla. Torturado, vejado, humillado y crucificado. Y eso en tiempos en que no disponían de tecnología, y en que aun gozaban de cierto valor moral. ¿Qué no harían a día de hoy? Si es que aún obtienen ganancias y se pisotean entre ellos rememorando los ultrajes a los que sometieron a mi prole.
Pero yo, no sin cierta carga de frustración, insisto en obsequiarles con virtudes y presentes, con la cada vez más tenue esperanza de que recapaciten.
Y es que soy de carácter bondadoso y piadoso, quien me conoce lo sabe, pero es que en ocasiones me sacan de mis casillas.
Me enervo, me siento furibundo y descargo mi ira sobre sus cabezas, y no crea usted estimado doctor que les afecta en absoluto. Simplemente analizan las catástrofes y plagas a las que lxs someto en busca del modo de obtener algún rédito económico. Es decir, que me veo obligado a castigar a justxs por pecadorxs, les impongo brutales desgracias para intentar sacudir sus espíritus descarriados, y ell=s, ¡intentan lucrarse!
¿Qué debo hacer? ¿Lxs convierto en unxs autómatas que cumplan a rajatabla mi deseo, que vivan según unas pautas impuestas? Insisto, carecería de sentido mi buena voluntad, con el añadido de que habrían sido milenios perdidos en balde.

A ratos, en mi atemporalidad, me dedico a ahondar en estas cuestiones, y no consigo sacar nada en claro. Tengo la sensación de que ser omnisciente es inútil, de que mi ubicuidad solo me ayuda a constatar que se han tornado unas bestias infames hasta en el último rincón del orbe.
Mis presentes son convertidos en mercancía, mis castigos en negocio.
Mi huella en sus vidas es cada vez más insignificante, porque cada vez les importa menos todo. ¿Y que es eso de cagarse constantemente en mí? Deleznable.
¿Por qué debería seguir preocupándome por ellxs? Es imposible mantener mi sentido del deber ante semejante desidia.
Me equivoque de lleno y me siento inútil. Si es que aún soy capaz, escribiré recto sobre renglones torcidos: “No quiero saber nada más de esa panda de necixs. Buscaré algo para lo que realmente valga, o donde al menos me valoren. O me dedicare a los sudokus por los siglos de los siglos. Me harté. Dimito”.



Insulto a la consulta, insulsa y sin culto II. (Satán en el diván)



Oye loquero de medio pelo, igual no sabes muy bien que pinto aquí. Te costará de creer, pero estoy A-CO-JO-NA-DO.
Paseaba el otro día por un caminito que tenemos ahí en el averno, que me gusta bastante la verdad, y me sentí un poco nostálgico.
Antes solía pasearme yo mismo por la Tierra, tocando los cojones, tentando a la gente buena, sembrando el caos más injusto, dando masajes a los banqueros y las juezas, que son mis prim=s hermanxs por aquellos parajes, y ese tipo de cosas. Lo que pasa es que uno se hace viejo, ya se sabe, y por eso "sabe más el diablo", yo.
Un día de tantos, sin motivo aparente, preferí quedarme aquí arreglando los registros del lago de azufre, inspeccionando que todo estuviera en orden, conversando con Gloria Fuertes o el Fary, actuando de un modo sensato en definitiva.
Así fue como empezaron a subir a realizar los encargos mundanos mis vasallos. Y yo paulatinamente, me apoltroné en mi butaca a otear el tétrico horizonte.
Sin embargo el otro día como te decía, me sentí nostálgico. Un arrebato propio de la pasión juvenil, me indujo a sentir curiosidad por tantear la superficie terrestre tanto tiempo después.
Así que preparé la excursión y me dispuse, con una sonrisa y cargado de malas intenciones a visitar a lxs mortales.
Durante el camino desde el sheol, alguna advertencia me dieron mis serafines, en especial Asmodeo. Pero como es un cachondo y siempre está de guasa, pues no le presté demasiada atención. Y debí hacerlo.
Cuando asomé la tranca, porque ya iba verga en ristre como hacía en mis tiempos mozos, perdí mi erección al tiempo que me caían los huevos al suelo. ¡Que malditxs salvajes, por todos los mariconazos de los santos!
Me di un voltio, medio agazapado y con las canillas vibrando a causa de los temores que me infundían los humanos, ¡¡pero en que se han convertido!!
No, no, no, así no. Yo siempre les insté a hacer el bestia, a blasfemar, pecar, bueno, es mi profesión. Pero de la maldad que les infundía, esa que se reflejaba en sus ojos y que tanto me enorgullecía, al bestial vacio de su mirada, hay muchísimo trecho. Es que cometen fechorías que incluso a mí me ruborizan sin inmutarse, casi empujados por una especie de despiadada memoria quinestésica. Es que se mofan hasta de la maldad.
Si es que siempre me quejé, pero comprendo a la perfección que necesito del bien para subsistir. Sin escala de valores, no habría mal ni yo tendría réprobos a quienes atormentar en mis abismos.
Pero cojones, es que reniegan de todo, de cualquier escala de valores, para bien y para mal, se mean en ellas. La madre que los echó al mundo joder.
Ya lo decían mis allegados ya, vete al loro Luci, que ahí arriba no se andan con chiquitas últimamente, mucho ojito con meterte en según que barrios…
Pues sí. De hecho es que me volví a mis dominios cagando leches. Y no solo porque no podía soportar más la infame visión de esa especie de vertedero superfluo, es que encima unos cafres que me vieron pasear por allí, y haciendo caso omiso a mi expresión de horror, pretendían introducirme sus porras en el recto, ¿¿pero como osan?? ¡¡A mí, al señor de las tinieblas!!
Desde luego, mezquindades enrevesadas al margen, tengo que hacer a esos tales “mossos” lugartenientes de mis salas de tortura cuando hayan descendido a las profundidades, que además hace tiempo que el patizambo de Olivier me pide unas vacaciones.
Aunque no se que se supone que debo hacer con el resto, porque dudo muchísimo, en primer lugar, que tenga espacio para tanto hijoputismo en el pozo sin fondo.
Y sobretodo, es que me van a montar un pollo ahí abajo que podré darme con un canto en los dientes si consiguen sobreponerse mis huestes a semejante cúmulo de psicópatas. Si ya nos da faena el puto Wojtila por si solo. ¿Que vamos a hacer con tantísimo energúmeno?
Sinceramente, nunca pensé que me llegaría a cansar de esta faena. Cuando planté cara a Dios, y el muy cabrón me dio la patada en el culo, incluso me alegré de poseer estos confines tenebrosos y la facultad de ir a molestar y corromper a la humanidad.
Pero la situación se me ha ido completamente de las zarpas. Esas criaturas se han vuelto aún más peligrosas que yo. Mi aliento huele a lavanda si vas a compararlo con el olor que expelen sus almas vacías. Si es que ya no pinto nada, si es que casi me enganchan para prostituirme en un ratito que subí a ver como estaba el patio.
Paso, no consigo levantar cabeza, me retiro. Que gobiernen ellos el mundo y los infiernos. Yo pinto menos que Georgie Dann, y mis demonios, tiempo ha tan temidos, ahora parecen colegiales, y quiero decir colegiales de los de antes, no los monstruos modernos.
Comprende que solo piense en olvidarme de todo. Soy un don nadie. A la mierda.





Insulto a la consulta, insulsa y sin culto III. (A tomar pol culo el diván)





Vaya jornadita me han dado. Primero el pirómano que me ha chamuscado el diploma y luego estos dos.
Uno con el hedor a azufre y el otro al que intentabas hacerle reaccionar y solo era capaz de ponerte la otra mejilla.
Uno con la impotencia de no saber hacer el mal y el otro con la impotencia de no poder hacer el bien. ¿Y que coño se esperan? Si al menos se pusieran de acuerdo… aunque creo que solo se pusieron de acuerdo para crear a Paquirrín, obra a la cual no me atrevería a diagnosticar autoría precipitadamente.
Con todo, este par de inútiles me han dado el día, y encima uno se ha ido diciéndome que me pagase Dios, y el otro que bienaventurados los pobres. Hijos de puta.
Creo que les voy a re-redoblar la medicación, total tienen razón, ya no pintan mucho, aquí mandan los "Bilderburguers" como los Rotschild y los Agnelli, y hablar de valores y moral es como hablar de pterodáctilos y mamuts, tiene cierto aire arcaico, antediluviano.
Así que a base de benzodiazepinas y prozacs, les evitaré hostigarse fútilmente, y sobretodo, que anden dando la murga a lxs demás, porque joder que paliza.

A mí, que soy ateo.

Me voy al bar, yo también estoy hasta los huevos.































Coño ya.















domingo, 21 de marzo de 2010

Raíles con punto de fuga rahez





Silbaba tonadillas populares que le recordaban a su infancia, melodías alegres y contagiosas. Iba en el vagón número siete del tren que le conducía, dos lustros después, a su hogar. ¡Y que dos lustros!

Al avanzar hacia su asiento, no se esforzaba en absoluto en reprimir una sonrisa de honda satisfacción. Al contrario, mostraba efusivamente su júbilo con aspavientos que eran bien recibidos por algun=s viajerxs, y no tanto por otr=s, como siempre sucede en esos casos.
Al llegar, y tras sentarse con comodidad, inspiró aire profundamente, y lo exhaló del modo en que alguien lo hace cuando se quita un cargado costal de las espaldas, un suspiro de alivio que por desgracia, muy pocas personas han podido realizar con tanta paz en este mundo.

Hacía diez años, tuvo que huir de su tierra de un modo penoso, tanteando la línea que separa la pobreza de la miseria, alejado por obligaciones circunstanciales de su familia, de toda su familia. Incluidas su mujer y sus dos hijas.
 Humillado, harapiento y enfermo, la única alternativa era probar fortuna en aquel remoto país.

Ahora, tanto tiempo después, volvía con paso firme y triunfal, en las antípodas de la situación que le empujo al ostracismo emocional y al exilio patrio.

Volvía vestido como un dandy, con carísimos ropajes que evidenciaban una holgada bonanza económica. Con complementos que valían por si mismos mas que el atuendo en su totalidad de algunxs viajerxs de lxs que hallábanse a su vera. Y con algunos regalos excepcionales, al alcance de muy pocas personas, no solo por su elevado valor comercial, sino también por la dosis de fortuna necesaria para topar con ellos. También en eso le había sonreído la vida.
Se hubiera gastado veinte veces más en tales presentes, no habría tenido reparo alguno. La sola idea de agasajar a su familia, de verla, de respirar sobre su piel mientras la abrazaba, le hacía perder toda noción matemática y sentido del ahorro. ¿Que era el dinero en comparación a su maravilloso destino?
Además, aún otorgándole importancia, era poseedor de una fructífera empresa con enormes expectativas de desarrollo, y había tenido la dicha de ganar no en una sino en dos ocasiones la lotería. Por lo tanto, le resultaba completamente indiferente el dinero, por activa y por pasiva.

Ya había fijado la hora y la fecha para su reencuentro, había concretado el instante para el que llevaba quinientas semanas y pico aguardando. Con voz trémula, había prometido a su esposa dar el más fuerte abrazo jamás compartido sobre la tierra, y vaya si estaba dispuesto a cumplir con su palabra.
Por lo menos, vigoroso sí se sentía, sin duda. Con una refinada y nutritiva dieta en los últimos tiempos y un médico particular haciendo un seguimiento personalizado a sus dolencias, había conseguido recuperar toda su salud, y se sentía como un jocundo jovenzuelo. Con fuerzas para dar mil abrazos de envolvente contundencia.
En cuanto a sus padres, prefería omitir las divagaciones acerca de abrazarles o sencillamente verles de nuevo, tal era la emoción que le embargaba. Prefería cerrar los ojos y sonreír sosegadamente.

El tiempo se mofaba de él. Pasaba rápido cuando se distraía fantaseando con estos mágicos momentos que le esperaban, y se hacía pesado y denso en cuanto los valoraba desde la objetividad, acechando como un depredador su elegante reloj de bolsillo. Hubiera jurado incluso que el mecanismo no funcionaba por momentos, aunque solo fuese producto de su ansiedad.
Ojalá hubiese sido siempre esta la ansiedad que le acosó otrora a todas horas, especialmente durante las noches frías. Pero bueno, todo quedó atrás.

Así, un poco ansioso pero rico, sano, contento y de camino al hogar, de vuelta a casa, silbaba tonadillas joviales. Algo así como “Las ruinas de Atenas” de Beethoven debía estar silbando cuando escuchó un estruendo, y unas décimas de segundo después todo se oscureció para no volver a esclarecerse nunca más
.






domingo, 14 de marzo de 2010

Cita diáfana bajo un límpido cielo azul




Que afable mañana de primavera con los pajaritos haciéndole coro a la calidez que transmitía el astro rey. Me invitaste a dar un paseo, y yo acepté, dispuesto a emplear mi tiempo en algo agradable.

Te vi llegar con aquel sutil vestido de lino pensado para provocar al más casto desde la apariencia de la inocencia. Cogiste mi mano y caminamos con pausado sosiego hasta tu hogar. Me sorprendió que conocieras mis preferencias culinarias, y que te molestases en prepararlas con el único afán de complacerme. Comí hasta la saciedad, y tras reposar confiadamente en tu sofá, propusiste dar otro paseo, esta vez acompañando al río en su digna marcha hasta el mar, al menos durante un breve trecho de su recorrido y desde la seguridad de su orilla.
Acepté, y te acompañé. Volviste a coger mi mano y sonreíste con mirada distraída. Escuchaba a las criaturas disfrutar del buen tiempo como nosotr=s y veía las nubes mansas intensificar el azul telón en que eran expuestas. Propusiste sentarnos en un banco situado a la sombra de un bello y en apariencia antiguo ciprés, y allí nos quedamos, con la calma de quien se deja llevar.

Cuando de repente, aquella curiosa criatura asomó sus antenas a modo de preámbulo, y poco después, con gesto noble, su cabeza de entre dos piedras. Observó a su alrededor, en mi opinión con inteligentísima actitud, sopesando sus posibilidades. Yo enseguida me planteé sus razones para aparecer allí. Podría perfectamente ser un padre de familia, o un intrépido aventurero en busca de nuevos confines por conquistar. Tal vez estuviera desarrollando una tesis sobre las propiedades minerales del entorno en que nos encontrábamos, o tan solo anotando la actitud social de quienes frecuentaban aquel rincón cercano al río, en un intento de acercarse a las motivaciones de la especie humana.
Me pregunté si aquel insecto de escasos tres centímetros estaría enamorado o lo habría estado alguna vez. Sus cortas alas parecían dotarle de la capacidad de superar cualquier obstáculo, aunque solo fuera la sensación que transmitía. Quizás las habría usado para acudir raudo al encuentro de su amada. O para transportar comida para su progenie bajo las más adversas condiciones climatológicas, o quizás solo estaban de adorno, y nunca tuvo deseo de conocer el amor o la paternidad. Me encantaría poder preguntárselo al decir verdad.

Mientras la observaba, trepó a un banco próximo, desde donde parecía gozar de una perspectiva mucho más satisfactoria, fuesen cuales fuesen las metas de su visita. Una vez en su atalaya de madera, y aunque parecía parco en mostrar sus intenciones, se dejó dominar por la necesidad y se acercó a roer los restos de un bocadillo que algún ser ya saciado había abandonado allí. Parecía gustarle el aguacate tanto como a mí. Quizás ser un insecto no implicaba necesariamente tener mal gusto, o por lo menos tener que limitarse a comer escoria. Parecía estar disfrutando del aguacate, y eso me alegró. Puede que su olfato le empujase hasta allí precisamente en busca de aquellos desechos, esas criaturas a veces gozan de unas facultades que ya las quisiera yo para mí.
Pronto hubo dado cuenta del tentempié y aunque si se tomó su tiempo en saborear y permitir que su organismo asimilase, al menos en parte, la ingesta, prefirió no ocupar mucho mas su tiempo en permanecer allí.  Tras evidenciar sus espiráculos, agitados durante el proceso digestivo, decidió seguir adelante con su camino, ese que tan incierto y divertido me resultaba a mí.
No pude despedirme, aunque no me dio la impresión de que le importase demasiado, quien sabe que se traía aquel ejemplar de blattodea entre manos, o mejor dicho, patas.
Me giré, ligeramente desalentado, aunque satisfecho, y tú ya no estabas ahí.

Debiste irte cuando me viste divagar, te debí parecer bastante ingrato. Y no es eso, de veras, agradezco tu intención y tus esfuerzos, y además lo hago con sinceridad. Pero es que me llamó más la atención la cucaracha, es mi deber ser honesto.
 Y es que eres tonta. Tonta con avaricia. Tonta hasta la extenuación. Tonta de cojones vamos. No podía soportar oírte hablar de estupideces mucho rato más. Por suerte acudió aquel grácil y vivaz insecto hemimetábolo a rescatarme del sopor intelectual, y fue la compañía más interesante y gratificante que hallé al repasar la jornada.









sábado, 6 de marzo de 2010

Entrevista a Carl Lewis, "El hijo del viento"





- Buenas tardes, Carlete. Parece que no pasan los años para usted.


- Buenas tardes. La verdad es que las largas temporadas de deporte siempre ayudan a mantener un aspecto vigoroso aunque la losa de los años se agrande por momentos...

- Su leyenda aún sigue viva. Nuestras retinas conservan perfectamente el recuerdo del “Hijo del viento” atravesando las pistas de atletismo como una exhalación.

- Sí, fueron unos años grandiosos. Aunque me alegra que saque a colación el asunto de mi apodo. Con la distanciada calma que me otorgan los años y la experiencia, quizás deba explicarte su verdadero significado.

Todo lo empezó un antiguo entrenador, Charles Rednose, un tipo bastante jocoso de Wisconsin, que al detectar mi gravísima aerofagia, me dijo: “Chico, Eolo mora en ti. ¡Eres el hijo del viento!” jajaja.

- ¿Su aerofagia? Quiere decir que durante todos estos años…

- Oh si, el apodo trascendió y se popularizó. Obviamente, entre la ingenuidad de la gente y mis resultados deportivos, nadie sospechó nunca de la verdadera y hedionda realidad. Incluso cuando estas influían directamente sobre los resultados deportivos, casi siempre a mi favor.

- ¿Cómo puede la aerofagia afectar al rendimiento de un deportista de élite de un modo positivo?

- En primer lugar, la aerofagia crónica me acompañó siempre, aunque yo inicié mi carrera con unos diez años. Por aquel entonces yo practicaba el salto de longitud, y ya te puedes imaginar. Las gradas vacías, una carrera en solitario, un concierto de vientos estruendoso… Con esa edad me sentía bastante abochornado, así que pensé que sería más sencillo de sobrellevar participando en carreras, rodeado de gente, donde nadie sabría exactamente el origen del concierto de viento.

- Así, podríamos decir que sus flatulencias marcaron su destino.

En efecto, aunque retomando el asunto de su influencia sobre mi rendimiento, enseguida lo comprenderá. A la velocidad a la que nos desplazábamos, cualquier pequeño empuje era bienvenido, y puedes imaginarte lo que significa tener detrás un propulsor de metano, etano y butano. Con todo, y contrariamente a lo que la gente pueda pensar, la verdadera ventaja no era esa, sino los brutales efectos perniciosos que tenían estos gases sobre mis perseguidores.

- ¿Se quejaron alguna vez?

Yo creo que nunca llegaron a deducir que demonios había pasado. En medio de aquel esfuerzo físico pocas personas saben percatarse de sutilezas como que los gases del negrata de enfrente están menguando la cantidad de oxígeno que aviva tu sangre.

- ¿Entonces incluso buscaba esta pequeña ventaja?
 - Bueno, yo pronto me acepté con mis problemas intestinales. Dejé de llamarlo aerofagia y pase a llamarlo meteorismo. Incluso me despreocupé y comí con rapidez, tragando aire. Tomaba leche, cuando siempre fui intolerante a la lactosa. Me hartaba a comer alimentos ricos en fibra, tan peculiares ellos cuando de la digestión se trata. Tuve pancreatitis, y además adquirí síndrome de colon irritable que se aunó al que ya arrastraba de mala absorción intestinal. Claro que para colmo, me atiborraba a antibióticos. Así que en fin, era una especie de bomba fétida bípeda.

Podrías decir que no buscaba la ventaja de mis emisiones de gases, pero que tampoco me molestaba mucho en combatirlas precisamente.

- Pues muchos puristas del deporte pondrán el grito en el cielo por sus avezadas estrategias gástricas…

- Pues les invito a subir conmigo en ascensor a la planta más alta del rascacielos más alto, a ver si al llegar el cielo aún pueden poner allí grito alguno.

- Ahora que lo menciona, su vida con esta severa afección no debió ser nada fácil en el resto de aspectos del día a día.

- No creas, cuando aprendí a convivir con ello, me sentí bastante liberado. Y así, con el tiempo, incluso poco a poco me fue resultando divertido. Pensé, que demonios, si la mofeta puede, yo también.

Y buscaba nuevos lugares donde dar rienda suelta a la dilatación de mi ojete. Me gustaban particularmente las escaleras mecánicas, tanto subiendo como bajando. Los ascensores, las reuniones formales, hacer que la bañera pareciera un jacuzzi, dar la alarma por tsunami cuando acudía a la playa en verano, desalojar restaurantes, etc. Ciertamente mi vida siempre fue muy divertida desde que aprendí a reírme jodiendo al prójimo.

- ¿Y a día de hoy?

- Bueno, ahora ya me retiré y vivo aquí, sosegado, en el trópico. Me gusta provocar tormentas en alta mar, con las piernas bien abiertas desde mi tumbona.

- Parece un emplazamiento idílico sin duda. Seguro que tiene mil rincones maravillosos, y una exquisita gastronomía. En cualquier caso, lamentablemente, creo que no disponemos de mucho tiempo más, y debemos dar por finalizada la entrevista. Ha sido un placer Carlete. Cuídese y mantenga vivo a Eolo…

- Si, es un paraje de ensueño, y en cuanto a la gastronomía, figúrese que tienen un plato llamado “Ventolaui”, que es una fabada pero tropical, bien cargada de kiwis. Sin ir más lejos, hace escasa hora y media he acabado con una fuente entera de Ventolaui, regada con tres litros de coca-cola. Agradeciendo su visita y a modo de despedida, le hare una demostración de mi poder. Pida una mascara anti-gas de las que siempre tienen preparada ahí atrás, y acérquese a ver lo que hago con esa palmera sin siquiera moverme del sitio…






sábado, 27 de febrero de 2010

NASA cómica VS raza cósmica






Hallábanse aquella tarde de martes estival tan aburridos como cualquier otra los microorganismos que habitaban aquellas dependencias de la NASA. Y, como cualquier otra tarde, miraban apáticos los paseos de aquellos gigantescos y estúpidos humanos, con sus prisas, sus gruñidos y sus egolatrías. Los pobres microbios vivían sumidos en la mas soporífera resignación, con el escaso aliciente de renegar sobre la idiocia humana, que por su parte mostrose siempre bastante empeñada en combatirles.



Se reunieron, por hacer algo, y dieron vueltas y vueltas a su anodina situación. En un destello de inspiración, un iluminado creyó dar con la solución, que no era otra que largarse. Oh sí, "largarse", ¿pero es que no iban a ver la misma rutina y a idiotas, sino idénticos, desesperanzadoramente similares conformándola? Bueno, otro iluminado propuso aprovechar su inmejorable ubicación para largarse al espacio exterior. Esto creó un gran bullicio en el sanedrín microbiano, los sectores más escépticos decían que como debate para pasar la tarde estaba bastante bien, pero que era imposible tanto conseguir acceder a los trastos que los idiotas lanzaban al espacio, como sobrevivir una vez allí. El sector más asqueado del planeta tierra y sus habitantes, empezó por el contrario a excitarse dando forma a la idea en sus cabezas. Con una buena preparación, gozarían por fin del espacio y la libertad que requiere cualquier especie superior (al menos en cuanto a dignidad) para desarrollarse.


Pese a las críticas y las ironías despectivas de quienes no hacen ni dejan hacer, que también los hay entre los organismos microscópicos, se pusieron manos a la obra con enjundia y sin dilación.


Aprendieron a soportar mil Fairys emulando a Rasputín, se sometieron a pruebas extremas aprovechando las carísimas y hasta aquel instante prácticamente inútiles instalaciones humanas, y empezaron a concienciarse sobre el riesgo que estaban a punto de asumir al aventurarse en aquel periplo micro-cosmonáutico.
Fijaron una fecha razonable, para no mucho después, ya que total, por fin tenían sentido sus vidas, e incluso llegaron a convencer a alguno de los eruditos incrédulos para que les acompañase hacia tan arriba, con el pretexto de que no había mucho por perder ya.


Llegado el día D, comenzó su odisea. Tras vencer las durísimas condiciones desinfectantes impuestas por los botarates humanos, y no sin apuros y alguna baja, consiguieron acceder a un nuevo y caro cachivache espacial, una tal "sonda Cockfinder II", igual de absurda que el resto de basura espacial, pero tan y tan practica para los ambiciosos fines de libertad de los microbios.
Así, comenzó una ascensión que algún tiempo después, tiempo bastante más emocionante que el vivido hasta entonces por los bichejos, les llevo como polizones hasta el planeta rojo.


No fue nada fácil su adaptación a aquel nuevo entorno hostil, y los más entendidos en la materia sabrán exactamente por qué, pero la naturaleza es caprichosa y más poderosa que cualquier entendido en ella, y acabó por consentirles vivir allí.
Es más, las condiciones del entorno les hicieron crecer y mejorar sus cuerpos no tan microscópicos ya, en una lección Darwiniana como cualquier otra, a fin de sobrevivir y hacerlo con garantías.
Sus cuerpos se agrandaron y adquirieron un tono rojizo, sus extremidades se achataron y aprendieron a masticar polvo sin dañarse las muelas, surgidas de la nada precisamente para tal menester.
Tras unas cuantas generaciones de vida marciana en paz y sin soportar majaderos, aquellos bichejos, cuyo hastío les enroló en tal empresa, habían sacado el máximo provecho de la misma.


Ahora tenían su propia civilización, que aún no siendo tan retorcida y maquiavélicamente compleja como la humana, si era en cambio, justa, honrada y efectiva.
Y así vivieron bastante tiempo, celebrando el haber decidido desvincularse de la bípeda e imbécil especie humana.







Mas no resultó ser todo tan sencillo ni apacible como consideraban. Porque durante aquellos años, el ser humano había seguido mirándose al ombligo en un afán por ser dueño de todo. Habían seguido los dirigentes ignorando a las personas, fomentando el hambre y la guerra, y centrándose en conquistar y devastar el espacio infinito, jugando a ser mayores que Dios, cual Lucifer en pleno narcisismo rebelde. Y cómo no, se atrevían a mancillar los planetas colindantes con su sucia presencia y mediante sus nuevas y mezquinas tecnologías.


Pronto ellos también estuvieron en Marte.


En otra tarde aburrida del equivalente a martes en Marte, llegaron los "dueños de las galaxias" a explorar y hacer "suyos" aquellos confines.

El revuelo que pudo armarse al topar con los supuestos "marcianos" no pudo ser mayor.


Enviaron rápidamente misivas a la tierra solicitando presto armamento militar espacial, y pretendieron secuestrar a más de un microbio, por suerte demasiado escurridizo para ellos.
Empezaban a hablar del "mayor descubrimiento de la historia", de "vida extraterrestre" y a razonar como podrían explotarla y obtener algún rédito económico.


Los muy majaderos no alcanzaban a comprender que sólo eran bichejos que llegaron hasta allí huyendo precisamente de su majadería y valiéndose de sus propios medios, y que a tenor de la demacración y decadencia a las que habían sometido a la tierra en éste tiempo las personas, habían obrado con muy plausible criterio.
No hubo tiempo siquiera para el debate, el instinto humano afloró y enseguida comenzó una cacería alrededor de aquel planeta. Infructuosa en cualquier caso, porque los bichos conocían de sobra aquellos parajes y porque eran mucho más veloces, amén de no necesitar tecnología alguna para desplazarse a toda velocidad.
Desde el planeta otrora azul, pero por aquel entonces ya gris negruzco, se sumieron en la ansiedad que les generaba el concepto del poder supremo, y quisieron enviar tantos trastos a la vez a reforzar sus estrategias de conquista y dominación sideral, que chocaban entre ellos y caían sobre sus cabezas.


Así que allí siguieron dando vueltas y vueltas a la superficie marciana los humanos, persiguiendo a unos microbios antaño terrestres sin ton ni son. De hecho aún están corriendo allí, jurando y perjurando masacre, para regocijo de unos cuantos de los bichejos de mayor sapiencia, que subiéndose a una loma y sabiéndose allí a salvo, pasan la tarde refocilándose a costa de la estupidez humana, mofándose con sorna y saña, conscientes de que tarde o temprano ya se cansaran de hacer el memo.
Murmuran entre carcajadas verdades tristes, como la de que el progreso y la ambición humanas habían exterminado a su propia especie y que aun así no parecían haber saciado su apetito destructivo, como que no ven más allá de sus propias ínfulas de grandeza autocomplacientes, y como que incluso el bichejo más insignificante llegaba a aprender al alejarse de su destructiva presencia como vivir en paz y armonía antes que ellos.


Ahora los humanos tomaban de su propia medicina haciendo el ridículo galáctico, sin saber aún que los microbios habían saboteado la ostentosa patera cósmica que les llevó allí y que jamás volverían a aquel invernadero gigantesco y purulento al que llamaban ingenuamente "hogar".





miércoles, 10 de febrero de 2010

Ós sol sense consol







Ja fa dos anys que varen segar la meva vida, i tot i això, aquí estic encara, respirant, sospirant, fent allò que es coneix com a viure, nomes per inèrcia.



Demà, que hi arribarà, farà dos anys que algú va decidir sobre mi, i que tot es va ensorrar sense cap mena d ‘explicació, sense la més mínima deferència per tot allò que jo pugues sentir o estimar al món.


Trobo a faltar els meus fills, i és la ràbia que bull quan penso en rodolar entre les seves rialles la que fa que els meus ulls no sàpiguen estar secs, la única capaç de mirar endavant i sense mirar res allunyar-se milions de pams i arribar on estan ells, per rodolar entre les seves llàgrimes i espantar la confusió que tenen per únic pare des fa dos anys.


Se que els presoners solen tenir raons. Potser els han engarjolat per les seves idees i això els hi dona forces. De vegades els tanquen per error i la recerca de la justícia els manté vius, de vegades la gent fa coses lletges segons la moral però necessàries per a la seva supervivència, i fins i tot per la supervivència dels demés.


Jo no pertanyo a cap mena de empresonament justificat. Nomes soc un hostatge rentable, un maniquí de qui creuen no pot estimar, de qui donen per fet que no sent res i alhora produeix diners. Doncs s’equivoquen. A diferencia d’ells jo soc capaç d’alegrar-me de produir alguns diners que serviran per alegrar els fills del neci que m’ha tancat, que no tenen culpa de res, i ja prou hi ha amb que pateixin els meus.


Jo no vull cap mena de venjança personal, no desitjo que s’admeti públicament el clamorós greuge al que em sotmeten. Això no pot redimir una tristor que es basa en la absència dels meus ni el tràngol de l’enyorança. Podria renunciar a la meva llibertat voluntàriament per fer feliços els meus cadells, però no entenc que els facin orfes intencionadament privant-me de la meva llibertat per quatre calerons bruts que tant de bo com a mínim serveixin per alguna cosa mes que per comprar capricis o la captura d altres essers per tal de prostituir també els seus sentiments. Podria comprendre una tristor justa o amb algun objectiu noble, però no pas això.


Els funcionaris del zoo passen per aquí a diari, alguns amb contradictòria vocació, d altres amb freda professionalitat, i em tiren algunes coses per menjar i em raspallen els cabells, en aquest càlid pol nord de reduïdes dimensions en que m obliguen a habitar. La mà que em considera rentable els ha d exigir mantenir-me viu dedueixo, i no se si es recrea en la humiliació de sotmetre'm al dolor un dia rere l'altre, però no vull pensar que sigui res personal.


Aquells barrots que travesso amb la mirada, fan pudor a indiferència i incomprensió, i em fan somriure si penso que els meus fills potser han corregut millor sort. M’alegro de que no estiguin amb mi en aquest horrible i sàdic cau i em moro de apatia i malenconia per no poder ser amb ells.


Com els hi hauria d’explicar que els pares de l’espècie humana porten els seus cadells a contemplar el patiment aliè? Que pot sentir un noble osset polar, ple de coratge i bondat si veu l’horror com a espectacle per als humans? Que en pensarà dels que paguen diners no per venir a rescatar-nos, sinó per a donar la única espurna de llum que coneixen els nostres ulls amb els seus flaixos. Dels bèsties que ens assenyalen com si no fossin animals, com si tinguessin dret no a tancar-nos, sinó a riure de tenir-nos tancats. Tant de bo algun dia tornin a ser animals, i es preocupin d’estimar les seves cries en comptes d buscar satisfacció en tractar amb crueltat els cadells dels demes.


Mentre tant van passant els dies, les setmanes, els mesos i els anys, i la meva mirada immòbil segueix travessant aquest mar de rialles despectives, i buscant-los a ells.


Fins que les persones no siguin humanes això no canviarà, perquè ser persones les fa incapaces de preguntar-se que vol dir la immobilitat de ma mirada, sempre que la seva mirada encuriosida se senti sorpresa i excitada. Ni idea del que jo pugui estimar o sentir, nomes mirar-me amb altiva arrogància com si fos tan diferent a ells com per justificar degradar-me d aquesta manera.


En un mon d’ossos polars o de hipopòtams, o de iguanes, ells serien lliures, i podrien abraçar les seves cries, i tant de bo arribi el dia en que puguem observar-los fer-ho en llibertat.


Això es ridícul i cruel, i jo només desitjo que tot acabi i tornar a casa. Tornar amb ells i ensenyar-los que no s’ha de fer mal a ningú. Tornar a rodolar i riure, a plorar del goig de viure.

lunes, 1 de febrero de 2010

De retinas derretidas


Registro 1. Captura de «el rubio». 

Tras una importante y delicada operación propia de una guerra de guerrillas, por fin hemos podido dar captura a Euclides Méndez, personaje conocido como «el rubio». Este individuo es poseedor de una gran cantidad de importantísima información para los intereses patrios, tanto en asuntos de defensa y seguridad nacional, como en asuntos relacionados con el progreso de la industria armamentística.
Es este el motivo por el cual lleva tanto tiempo siendo vigilado y perseguido por la C.I.A. y el F.B.I. y no ha sido sino hasta hoy, cuando ha cometido un error conforme a las leyes internacionales que impedían su captura, que hemos podido darle caza y trasladarlo aquí a nuestra base, donde pronto pasara a disposición del coronel Masstoy, el más astuto y feroz de nuestros interrogadores.
Masstoy, «el brocas» (sobrenombre adjudicado por su afición a utilizar estos instrumentos en sus interrogatorios), lleva ya cuarenta años«sonsacando» información a los prisioneros de un modo bastante fiable, aunque a menudo se vea envuelto en problemas con los tribunales encargados de velar por los derechos humanos. Los mismos hilos mueven un poder que otro y milagrosamente siempre acaba volviendo a casa con total impunidad.
El rubio por su parte también goza de una acreditada reputación por su astucia sibilina, por tanto es de esperar que el coronel Masstoy se vea obligado a emplearse a fondo si es que pretende realmente conocer hasta el último dato que atesora.



Registro 2. Primeros contactos.

Esta mañana, diez horas después de haber capturado al rubio y tras haber superado toda la burocracia que obstaculiza el proceso en estos casos, el coronel se ha dispuesto a dar comienzo a los interrogatorios. Pero algo inesperado le ha enfurecido bastante. Por algún motivo el gobierno exigía el uso de métodos amistosos como primera opción. Ha tenido que dejar su cajón de herramientas en el despacho y dedicarse a ofrecer lisonjas y ventajas al prisionero a cambio de su información.
-Rubio, sea usted razonable, confiese cuanto sabe y recibirá una condena menor, tan cómoda y lujosa como la podamos hacer y protección para usted y los suyos de por vida.
Pero el rubio ni puto caso. La verdad es que ha salido de tal humor el coronel que hemos pasado el día escurriéndonos a su paso por el cuartel.



Registro 3. La cosa se endurece.

Aunque a regañadientes, el coronel ha vuelto a dirigirse al rubio en tono negociador, dispuesto a escuchar condiciones y a proponer y facilitar ventajas. El rubio se reía con la mirada, y tras una llamada telefónica rebosante de reniegos y blasfemias, el coronel ha gruñido textualmente «a la mierda que se vayan» y se ha dirigido raudo a por su caja de herramientas. Creo que en el fondo tiene mucho de sádico ese hombre, la manera en que fruncía la comisura izquierda de sus labios le delataba.



Registro 4. Inicio de los «métodos expeditivos». 

No sin antes calificar de hipócritas y «saquitos de pus» a los centinelas de los derechos humanos, probablemente para justificar el horror que iba a liberar en la sala a costa del rubio, el coronel ha empezado a enseñar su colección de brocas al señor Méndez, que desde luego no se ha mostrado alterado en lo más mínimo. Admiro la valentía de ese hombre.
Acto seguido, se ha dedicado a propinar una paliza al prisionero hasta que le han dolido las manos, hasta jadear del cansancio. El rubio, de espíritu inquebrantable, hacía mutis por el forro.



Registro 5. Aumento de la hostilidad a «nivel 2» en la escala propia del coronel.

El coronel no se ha molestado en realizar vistosos preámbulos, o siquiera en excusarse en voz alta. Hoy ha pasado rápidamente a la acción, y se ha decantado por la tortura psicológica. Ha puesto al rubio debajo de un potente foco, delante de un espejo y ha ordenado a un cabo que le mantuviese en pie en todo momento, impidiéndole dormir o descansar. Ha dado instrucciones concisas de que le mantuviesen en ese estado hasta que suplicase piedad.  De vez en cuando Masstoy pasaba por ahí y le escupía o le dedicaba alguna lindeza verbal.



Registro 6. El rubio resiste.

Han pasado varios días y el rubio ha hecho gala de una fuerza de voluntad, una resistencia y una entereza que han provocado la admiración de todo el cuartel. Por supuesto, también la indignación del coronel. Gruñendo y jurando entre dientes, ha cogido sus brocas y ha jurado que no pararía sin haberle sacado antes hasta la última palabra.
A continuación, una película gore habría parecido de Disney.
El coronel ha taladrado diversos puntos del cuerpo del rubio, tales como la planta de los pies o el hueco que hay entre los huesos que conforman las articulaciones.
Le ha arrancado las uñas con unas tenazas y ha exprimido unos limones sobre la carne viva que quedó al descubierto. Le ha metido electrodos por los oídos y le ha achicharrado los tímpanos.
Pero el rubio ha preferido no decir nada.


Registro 7. Rayando el límite humano.

El coronel empieza a sentir que su eficacia está siendo puesta en entredicho en el cuartel, aunque lo cierto es que todos sentimos cierta empatía y lastima por un prisionero tan valiente y corajoso como Méndez.
El coronel, tras todo tipo de pruebas y casi a la desesperada, ha decidido poner en práctica métodos experimentales, como el uso de drogas muy específicas, aunque la verdad es que una vez más no ha tenido mucho éxito y Méndez sigue terco en su silencio.


Registro 8. Maytoss se pasa de la raya.

El coronel ha solicitado permiso para poner en marcha un proyecto secreto de la C.I.A. para hacer «cantar» a los prisioneros más duros y persistentes. Tras solicitar permiso y también la garantía de que será protegido después con una nueva identidad, a fin de evitar las sentencias por el crimen contra la raza humana que estaba a punto de realizar, ha colocado al rubio ante una pantalla de televisión.
A continuación, el rubio ha conocido el infierno.
El coronel le ha sometido a una sesión de cincuenta horas de vídeo combinado, con escenas de Leticia Sabater, Fama, Gran Hermano y como guinda ha reproducido la película «El equipo Ja». 
Los gritos han sido sobrecogedores. Muchos de nuestros hombres, curtidos veteranos que han pisado mil campos de batalla, han roto a llorar como niños indefensos al oír el llanto y el dolor del rubio.
El rubio ha dado hasta la dirección y el teléfono de su madre así como el de su mujer, pero el coronel, que por fin ha conseguido su objetivo, no ha mostrado clemencia alguna. Al contrario, reafirmándose en su postura de hombre sin escrúpulos, e ignorando que ya tenía toda la información que necesitaba y un buen montón de información extra que el rubio ha espetado a la desesperada, le ha sobreexpuesto.



Registro 9. La avaricia rompe el saco.

A las veintidós horas de visionado, y tras haber sudado sangre y haber perdido las cuerdas vocales desgañitándose en suplicas y sollozos escalofriantes, el rubio no lo ha podido resistir más y le ha explotado la cabeza, dejando todos sus sesos, hechos caldo tras lo que vio, pegados en la pared.
El coronel Maytoss se ha colocado un bigote postizo y se ha fugado a Antananarivo.
Y el estropicio lo ha tenido que limpiar un muchacho que nos ha enviado la Adecco, con contrato de dos horas para la ocasión.
La cinta del horror ha sido confiscada y esta almacenada junto a otras armas de máxima destrucción en un búnker de altísima seguridad.
Todos recordamos tu valentía rubio, hiciste lo que pudiste.