sábado, 23 de julio de 2016
Strangers in the night
Tengo unos amigos,
a los que solo yo veo.
No es que sean invisibles,
es que el resto los consideran inservibles,
mas ellos siguen ahí,
y yo adoro esa lucha; admiro sus arrestos.
Tengo unos amigos que me encuentran cada noche,
aunque durante todo el día se esconden.
Vienen cuando todo está en calma
y habitan los cimientos de mi casa,
allí donde no hay un alma, solo el silencio,
y cuando yo saludo, con más silencio responden.
Tengo unos amigos que a las “personas de bien” disgustan;
estas se afanan en llenarlos de oprobio.
Pero mis amigos no se inmutan,
ellos nacieron libres de culpa,
y son tan dignos que nunca juzgan a otros.
Tengo unos amigos rechazados, a los que el mundo quiere lejos,
y aunque a mí me pase lo contrario, lo contrario sigue siendo lo mismo,
y por eso me identifico con ellos.
La gente los corre a escobazos, pero ellos aun viven, respiran, se juntan, ríen, sonríen, se miran y se entregan,
eso los hace hermosos, felices más allá del denuesto.
Mientras el vecindario duerme, ajeno al espacio y el tiempo,
yo llego a casa de trabajar y ellos ahí están, siempre esperando.
En cierto modo eso me hace feliz, y les sonrío con agrado.
Posiblemente sean los únicos pendientes de mí,
y probablemente sean los únicos que están despiertos.
Sospecho que desearían fumigar a mis amigos,
y en sus arrogantes bocas afloraría, insistente, la palabra “plaga”.
Si fuesen coherentes, si aplicasen con rigor siempre el mismo criterio,
todo el planeta sería un cementerio.
O no, porque solo morirían lxs humanxs.
Y con ellxs los cementerios, el cemento, y el resto de sus defectos.
Si algún día alguien se desvelase y su insomne ser arrastrase hasta el sótano,
entonces los descubriría, se le escaparía un grito de espanto,
y al día siguiente quienes fumigan tendrían trabajo.
Por suerte solo yo piso los cimientos en aquellas horas oscuras,
y resulta que a mí me da igual todo.
Así que me acusarían enseguida de encubrirlos, de ser su cómplice, estoy convencido de ello.
Es algo que me atemoriza, no lo niego.
Pero no porque tema sus grasientos dedos acusadores.
¿Creéis que temo a la vergüenza? ¿Al rechazo? ¿Al desprecio?
Lo poco que temo es llegar en mitad de la noche y no ver a mis amigos,
Pensar que habrá sido de ellos… y de nuevo sentirme solo.
viernes, 8 de julio de 2016
San Juan
Cuando los
superhéroes regresan a casa tras una dura jornada laboral, son recibidos con
tanta pompa y derroche como la ocasión merece. No se escatiman vítores ni
medios en agasajar el retorno de quien ha dado sepelio a algún malvado villano
y se ha jugado el tipo altruistamente velando por la integridad ajena.
Johnny Storms sabe bien lo que se siente entonces. A lo largo de su carrera vivió incontables regresos triunfales. Con el regusto en la boca de quien ha salvado el barrio, su país, el mundo entero. La fama, el reconocimiento, la popularidad y el agradecimiento unánime de la humanidad reconfortan al más pintado.
Aunque por supuesto también implica cargar con responsabilidades, deberes, dilemas morales y con el hecho de estar siempre sometiéndose al riesgo. Y eso pesa.
Muchas veces Johnny, sentado en su taburete, se preguntó porque demonios no podía haber sido otro el que recibiera aquella dosis de rayos mutagénicos en el espacio exterior, adquiriendo con ello los poderes que ahora le pertenecían.
Había estado en demasiadas guerras, hecatombes, catástrofes naturales y hasta peleas por el monopoly, y aunque disfrutaba de que le pararan entre zalemas (e incluso de esto empezaba a estar quemado, nunca mejor dicho tratándose de él) lo cierto es que se hacía mayor y deseaba experimentar otro tipo de vidas. Ponerse en otras pieles y jugar otros roles.
Por eso un día dejó el trabajo y se largó a la francesa. Se fue al otro lado del charco y decidió iniciar una nueva vida. Se acabó la eterna circunspección.
Se fue hasta la península ibérica, donde pasaría desapercibido ya que nunca había salido en GH ni en MYHYV. Incluso se compró un billete de avión, solo porque le hizo gracia. Nunca había comprado uno porque el podía volar.
Llegó, se buscó un pisito y se encaminó hacia el bar. A procurarse fuego para el gaznate aunque siempre había sido abstemio a lo largo de su superheroico camino. Pero ahora quería ser un pringao, no aquel ulano carrancudo que fuera otrora.
Y no tardó en hacer amigxs. Aunque desde luego no el tipo de amigxs que le convenían. Pero le encantaba que así fuese.
Se junto con tres cernícalxs con cresta, a saber: el “liendres”, el “chanclas” y la “pústulas”. Al poco de conocerse ya habían congeniado profundamente y pasadas unas pocas semanas, ya se estaban llevando al bueno de Johnny a farras y disturbios de manera regular.
Siempre iban juntxs y les habían empezado a llamar “lxs cuatro fastánticxs” y esto le divertía enormemente, era toda una burla a su pasado y además había empezado con los porritos e iba todo el día fumado, por lo que cualquier cosa le divertía enormemente, cuando se enteraba.
El cabrón triunfó muy pronto en aquellos ambientes. El había dejado todo atrás buscando la normalidad. Sus reflexiones de hombre serio sobre las que edificó la determinación de una nueva vida incluían el no volver a hacer uso de sus poderes. ¿Pero cómo podía resistirse? Sus amigotxs lo adoraban porque fundía el costo con la punta del rabo. (Sí. Exacto. Como Charmander. Pero por delante), Y porque prendía fuego a los monillos sin necesidad de arrojarles ninguna botella con trapo. De hecho les prendía fuego desde la distancia, ¡a veces mientras estaban en un banco comiendo pipas!
Sí, se había prometido a si mismo no dar más uso a sus capacidades sobrehumanas, pero ahora no las usaba para hacer lo correcto como un mojigato. Ahora se divertía con ellas, ¡y de que manera!
Sus amigxs lo agradecían y espoleaban y enseguida tuvo una reputación bastante sólida… también entre la policía.
No es que la policía en aquel país se enterase de nada, porque iba tan fumada como el mismo, pero andaban bastante mosqueadxs por lo de las “combustiones espontáneas” de los últimos tiempos, o como ellxs las llamaban en realidad: “jarder porque sí”.
Y aunque fuesen mas tontxs que una mierda, se dieron cuenta, por una casualidad rocambolesca que no viene al caso, que aquel tal Johnny estaba cerca de todos los fregaos.
Así que empezaron a perseguirlo y a base de pedir ayuda (para atarse los cordones y poder perseguirlo, no para mucho más, que era gente humilde), la situación, en forma de chisme, fue alcanzando esferas cada vez superiores, hasta que llegó incluso a su Glenville natal.
Y con ello se acabo la prerrogativa de su nuevo anonimato.
Sus antiguos jefes, el gobierno de su país y hasta su casera a la que había dejado dinero a deber en su huída hacia la vida, ahora estaban bien furiosxs.
Pero como ahora era un ser sin DNI, se les escabullía como una rata. Siempre llegaban tarde a su encuentro y solo encontraban el rastro de cenizas que dejaba tras de si, cual Othar enrabietado.
Él pronto sintió el acecho y la presión de las autoridades, ahora que le habían encontrado. Notó como estrechaban el cerco y se percató de que eran sus poderes quienes le delataban, que de algún modo conseguían captar de inmediato su uso y que así sólo llamaba la atención.
Así que volvía al punto original de su huida. No más poderes, por su propio bien y el de su libertad. Farras y kale borroka sí, pero sin ostentaciones flamígeras. Quería ser libre. Ahora era esclavo del tabaquismo, pero estaba contento de ser esclavo de los vicios y no de las virtudes.
Y sabía perfectamente, porque cada vez le iba más justo que no le engancharan, que si se encendía un solo cigarrillo más jugando a los dragoncitos, se le echaban encima todos los ejércitos que ahora preparaban la emboscada final. Así que resuelto el busilis, ya solo le esperaba la paz.
Dejó su pisito y se fue a okupar con el chanclas y no volvió a usar sus poderes más. La policía se pasaba la vida persiguiendo sombras y dando vueltas en círculo, y aporreó durante bastante tiempo a cualquiera que usase un mechero, confundiéndose como siempre, pero esto era favorable a los intereses de la gente que luchaba, pues ahora la pasma se dedicaba a expandir su propia psicosis en vez de perseguir a quienes la burguesía les ordenaba que persiguiesen.
Muchos meses se pasó pegándole a cuantos vicios hayan. De hecho lo que empezó como una vida normal y humilde pronto alcanzó los límites de la decadencia y el tío ya hacía eses hasta cuando no bebía. Se pillaba unas melopeas que se caía de espaldas y se iba al sótano cada vez que oía “abajo las drogas”.
Y una hermosa mañana estival, al despuntar el alba y tras pasar una noche entera con tambores en la playa (habiendo prohibido a sus colegas que encendiesen una hoguera, para no echarse a la jauría encima), se pegó un homenaje de consideración.
El amigo se calzó tres o cuatro tripis, litro y medio de absenta, dos gramos de keta, un cartón entero de gold coast aliñado con maría, unas cuantas setas, un poco de mescal, seis anfetas y unos sorbitos de mate, que fue lo que realmente le remató.
Fue aquella noche la que inspiró la balada de vitus dance (para quien la desconozca: https://www.youtube.com/watch?v=D5e_DQ-RT6o) y la que le elevó a la experiencia más intensa de su vida. Y eso que era un tío vivido y con superpoderes!
Mucho tuvo que contenerse para no echarse a volar soltando llamas por todas partes. Muchísimo. Pero incluso en ese estado, sabía que una sola chispa acabaría con su libertad, no se lo podía permitir bajo ningún concepto. En su locura, intentando evitar el vuelo y a la vez esconderse, se sumergió en un contenedor, en un contenedor donde solía dormir la pústulas.
Y allí, todo lo escrito hasta este punto perdió sentido. Y toda su vida entera también. Allí alcanzó el nirvana. El tiempo y el espacio se disolvieron.
Se vió encogido en posición fetal, flotando en el abismo plagado de estrellas que conforman el espacio sideral, cerca del bien, del mal, de todo, de nada. Comprendió todo, todo a la vez, todo lo que sabía y lo que no, cuanto incluía la existencia, y le pareció extremadamente sencillo. Mientras su cerebro quemaba neuronas como una freidora del tamaño de una piscina olímpica, las cuales servían de gasofa para su peculiar viaje, el reescribía el viejo poema de Huxley. Hallaba soluciones para todos los problemas de la humanidad; el egoísmo, el cinismo, las goteras y los sabañones. La deuda externa, los abre fácil que exasperaban. Era, en si mismo, la respuesta eterna, ajeno a cualquier mundanal limitación.
Y entre aquella luz esclarecedora, en medio de aquel letargo revelador, le pareció oír una voz.
-Johnny… Johnny…
Se sobresaltó al comprender que no comprendía, pero contestó con valentía:
-Mamá… ¿eres tú?
-Johnny…
-Oh Dios, llevas toda mi vida muerta… como puedes… ¿¿es posible??
-Johnny, querido….
-Oh… oh… me… ¿¿¿¿LLAMAS A MI????
Y sin pretenderlo, la lió parda.

Johnny Storms sabe bien lo que se siente entonces. A lo largo de su carrera vivió incontables regresos triunfales. Con el regusto en la boca de quien ha salvado el barrio, su país, el mundo entero. La fama, el reconocimiento, la popularidad y el agradecimiento unánime de la humanidad reconfortan al más pintado.
Aunque por supuesto también implica cargar con responsabilidades, deberes, dilemas morales y con el hecho de estar siempre sometiéndose al riesgo. Y eso pesa.
Muchas veces Johnny, sentado en su taburete, se preguntó porque demonios no podía haber sido otro el que recibiera aquella dosis de rayos mutagénicos en el espacio exterior, adquiriendo con ello los poderes que ahora le pertenecían.
Había estado en demasiadas guerras, hecatombes, catástrofes naturales y hasta peleas por el monopoly, y aunque disfrutaba de que le pararan entre zalemas (e incluso de esto empezaba a estar quemado, nunca mejor dicho tratándose de él) lo cierto es que se hacía mayor y deseaba experimentar otro tipo de vidas. Ponerse en otras pieles y jugar otros roles.
Por eso un día dejó el trabajo y se largó a la francesa. Se fue al otro lado del charco y decidió iniciar una nueva vida. Se acabó la eterna circunspección.
Se fue hasta la península ibérica, donde pasaría desapercibido ya que nunca había salido en GH ni en MYHYV. Incluso se compró un billete de avión, solo porque le hizo gracia. Nunca había comprado uno porque el podía volar.
Llegó, se buscó un pisito y se encaminó hacia el bar. A procurarse fuego para el gaznate aunque siempre había sido abstemio a lo largo de su superheroico camino. Pero ahora quería ser un pringao, no aquel ulano carrancudo que fuera otrora.
Y no tardó en hacer amigxs. Aunque desde luego no el tipo de amigxs que le convenían. Pero le encantaba que así fuese.
Se junto con tres cernícalxs con cresta, a saber: el “liendres”, el “chanclas” y la “pústulas”. Al poco de conocerse ya habían congeniado profundamente y pasadas unas pocas semanas, ya se estaban llevando al bueno de Johnny a farras y disturbios de manera regular.
Siempre iban juntxs y les habían empezado a llamar “lxs cuatro fastánticxs” y esto le divertía enormemente, era toda una burla a su pasado y además había empezado con los porritos e iba todo el día fumado, por lo que cualquier cosa le divertía enormemente, cuando se enteraba.
El cabrón triunfó muy pronto en aquellos ambientes. El había dejado todo atrás buscando la normalidad. Sus reflexiones de hombre serio sobre las que edificó la determinación de una nueva vida incluían el no volver a hacer uso de sus poderes. ¿Pero cómo podía resistirse? Sus amigotxs lo adoraban porque fundía el costo con la punta del rabo. (Sí. Exacto. Como Charmander. Pero por delante), Y porque prendía fuego a los monillos sin necesidad de arrojarles ninguna botella con trapo. De hecho les prendía fuego desde la distancia, ¡a veces mientras estaban en un banco comiendo pipas!
Sí, se había prometido a si mismo no dar más uso a sus capacidades sobrehumanas, pero ahora no las usaba para hacer lo correcto como un mojigato. Ahora se divertía con ellas, ¡y de que manera!
Sus amigxs lo agradecían y espoleaban y enseguida tuvo una reputación bastante sólida… también entre la policía.
No es que la policía en aquel país se enterase de nada, porque iba tan fumada como el mismo, pero andaban bastante mosqueadxs por lo de las “combustiones espontáneas” de los últimos tiempos, o como ellxs las llamaban en realidad: “jarder porque sí”.
Y aunque fuesen mas tontxs que una mierda, se dieron cuenta, por una casualidad rocambolesca que no viene al caso, que aquel tal Johnny estaba cerca de todos los fregaos.
Así que empezaron a perseguirlo y a base de pedir ayuda (para atarse los cordones y poder perseguirlo, no para mucho más, que era gente humilde), la situación, en forma de chisme, fue alcanzando esferas cada vez superiores, hasta que llegó incluso a su Glenville natal.
Y con ello se acabo la prerrogativa de su nuevo anonimato.
Sus antiguos jefes, el gobierno de su país y hasta su casera a la que había dejado dinero a deber en su huída hacia la vida, ahora estaban bien furiosxs.
Pero como ahora era un ser sin DNI, se les escabullía como una rata. Siempre llegaban tarde a su encuentro y solo encontraban el rastro de cenizas que dejaba tras de si, cual Othar enrabietado.
Él pronto sintió el acecho y la presión de las autoridades, ahora que le habían encontrado. Notó como estrechaban el cerco y se percató de que eran sus poderes quienes le delataban, que de algún modo conseguían captar de inmediato su uso y que así sólo llamaba la atención.
Así que volvía al punto original de su huida. No más poderes, por su propio bien y el de su libertad. Farras y kale borroka sí, pero sin ostentaciones flamígeras. Quería ser libre. Ahora era esclavo del tabaquismo, pero estaba contento de ser esclavo de los vicios y no de las virtudes.
Y sabía perfectamente, porque cada vez le iba más justo que no le engancharan, que si se encendía un solo cigarrillo más jugando a los dragoncitos, se le echaban encima todos los ejércitos que ahora preparaban la emboscada final. Así que resuelto el busilis, ya solo le esperaba la paz.
Dejó su pisito y se fue a okupar con el chanclas y no volvió a usar sus poderes más. La policía se pasaba la vida persiguiendo sombras y dando vueltas en círculo, y aporreó durante bastante tiempo a cualquiera que usase un mechero, confundiéndose como siempre, pero esto era favorable a los intereses de la gente que luchaba, pues ahora la pasma se dedicaba a expandir su propia psicosis en vez de perseguir a quienes la burguesía les ordenaba que persiguiesen.
Muchos meses se pasó pegándole a cuantos vicios hayan. De hecho lo que empezó como una vida normal y humilde pronto alcanzó los límites de la decadencia y el tío ya hacía eses hasta cuando no bebía. Se pillaba unas melopeas que se caía de espaldas y se iba al sótano cada vez que oía “abajo las drogas”.
Y una hermosa mañana estival, al despuntar el alba y tras pasar una noche entera con tambores en la playa (habiendo prohibido a sus colegas que encendiesen una hoguera, para no echarse a la jauría encima), se pegó un homenaje de consideración.
El amigo se calzó tres o cuatro tripis, litro y medio de absenta, dos gramos de keta, un cartón entero de gold coast aliñado con maría, unas cuantas setas, un poco de mescal, seis anfetas y unos sorbitos de mate, que fue lo que realmente le remató.
Fue aquella noche la que inspiró la balada de vitus dance (para quien la desconozca: https://www.youtube.com/watch?v=D5e_DQ-RT6o) y la que le elevó a la experiencia más intensa de su vida. Y eso que era un tío vivido y con superpoderes!
Mucho tuvo que contenerse para no echarse a volar soltando llamas por todas partes. Muchísimo. Pero incluso en ese estado, sabía que una sola chispa acabaría con su libertad, no se lo podía permitir bajo ningún concepto. En su locura, intentando evitar el vuelo y a la vez esconderse, se sumergió en un contenedor, en un contenedor donde solía dormir la pústulas.
Y allí, todo lo escrito hasta este punto perdió sentido. Y toda su vida entera también. Allí alcanzó el nirvana. El tiempo y el espacio se disolvieron.
Se vió encogido en posición fetal, flotando en el abismo plagado de estrellas que conforman el espacio sideral, cerca del bien, del mal, de todo, de nada. Comprendió todo, todo a la vez, todo lo que sabía y lo que no, cuanto incluía la existencia, y le pareció extremadamente sencillo. Mientras su cerebro quemaba neuronas como una freidora del tamaño de una piscina olímpica, las cuales servían de gasofa para su peculiar viaje, el reescribía el viejo poema de Huxley. Hallaba soluciones para todos los problemas de la humanidad; el egoísmo, el cinismo, las goteras y los sabañones. La deuda externa, los abre fácil que exasperaban. Era, en si mismo, la respuesta eterna, ajeno a cualquier mundanal limitación.
Y entre aquella luz esclarecedora, en medio de aquel letargo revelador, le pareció oír una voz.
-Johnny… Johnny…
Se sobresaltó al comprender que no comprendía, pero contestó con valentía:
-Mamá… ¿eres tú?
-Johnny…
-Oh Dios, llevas toda mi vida muerta… como puedes… ¿¿es posible??
-Johnny, querido….
-Oh… oh… me… ¿¿¿¿LLAMAS A MI????
Y sin pretenderlo, la lió parda.

domingo, 29 de mayo de 2016
Insomnia
Había una temperatura muy agradable, los pajarillos componían espontaneas melodías primaverales y su trinar pronto encendió la llama de la pasión en Hipnos y Nix, que intercambiaron algunas miradas; inocente preludio a como follaban desgarradoramente instantes después.
Se lo pasaron bastante bien y transcurridos nueve meses, llegó al mundo, a su mundo divino un par de escalones sobre el nuestro, el bueno de Morfeo.
Morfeo siempre fue un poco distraído, bostezaba mucho en clase, pero seguía siendo un dios y poca gente tiene semejante excusa para darse a la procrastinación, hay que admitirlo. Si alguien puede pensar “ya lo haré después”, es un dios. Máxime el dios de toda pereza, sopor y asueto.
Así creció el chaval, sesteando en todo momento, dejándolo todo para más tarde y sobre todo disfrutando su divino oficio, que era el de hacer sestear a gustito a toda criatura viviente.
Se lo trabajaba con bastante esmero, no dejaba nada al azar. Puso en la tierra todo cuanto pudiera ayudarnos a nosotros los mortales a roncar a cuantos más decibelios mejor. El inventó las hamacas. El inventó los sedantes y los narcóticos. El inventó la contabilidad. El inventó todo lo que pueda sumir a alguien en un letargo aplastante de difícil vuelta atrás.
Pero lo cierto es que últimamente andaba algo mosca, algo le quitaba el sueño. La humanidad de unos siglos a esta parte se rebelaba. Que si el spiz, que si el café. El ritmo de vida moderno, el estrés, la angustia existencial empujada al límite de la resistencia humana. Violencia, injusticia, raves, toda su experiencia parecía ser inútil ante este dantesco nuevo escenario que se presentaba ante las fuentes de legañas que tenía por ojos. Y siendo perezoso por naturaleza y no pudiendo comprender la obstinación humana en oponerse a sus designios, dijo basta. Y se largó. “Si Nueva York nunca duerme, pues que se joda Nueva York”.
Si nos ponemos por un momento en su piel, no podemos culpar a Morfeo por ello.
En el Olimpo no tardaron en darse cuenta de la gravedad de la situación ante la dimisión del que nos hacía dormir a todos, y con las caras ojerosas y algunos espasmos propios de quien no duerme en unos cuantos días (las deidades también necesitan descansar, aunque sea el séptimo día de la semana y desoyendo las oraciones de quienes van a misa, porque el día de descanso es sagrado) se reunieron en la gran sala de las decisiones importantes. Otro de los presuntos picaderos de Hipnos y Nix, aunque esto es solo un rumor. Rogaron a los hermanos de Morfeo que le convencieran de su retorno, pero estos estaban demasiado ocupados con lo suyo y además eran los únicos que conseguían dormir y se lavaban las manos. Ante esta negativa solo les quedaba la aún mayor indignidad de ser ellos quienes suplicaran, pero Morfeo se había largado muy lejos y la única pista que tenían de él venía de Españistán, enclave que daba cobijo a tantxs gandules que encontrarle habría sido poco menos que imposible. Decidieron simplemente buscarle substituto, varios substitutos pues no esperaban que un solo mortal pudiera encargarse de toda una misión celestial, y para ello pusieron anuncios en los periódicos de todo el mundo.
Recibieron respuestas rápida y masivamente (la puta crisis) y más que hubieran recibido si algunas personas no se hubieran desalentado al ver “ya hay dos millones de candidatos para esta oferta”. El trabajo fue suyo para leer todos aquellos currículos abyectos de la más sometida humanidad. Aunque también se rieron un rato al ver que algunos paletos de espectacular hipertrofia basada en anabolizantes se ofrecían como “tronistas” para posar sus nalgas en la sagrada butaca regia del huido dios del sueño. Debieron haberse equivocado, nadie envía una misiva al Olimpo con semejante caligrafía idiota.
En cualquier caso pronto empezaron las prácticas, por aquí y por allá. Miles de novatos distribuidos por zonas geográficas a lo largo y ancho del globo empezaban su nuevo trabajo con entusiasmo. Usaban todos los trucos a su alcance, ponían casettes donde se escuchaba a Hermida divagar sobre la mecánica de los tractores, le cambiaban a la gente los cómics de superhéroes por densos volúmenes sobre historia regional uzbeka del siglo tres, y en definitiva se dejaban la piel en que la gente sintiese los párpados volverse plomo. Hay que reconocer que en ocasiones les salía mal el tema y ponían los casettes donde no debían, provocando accidentes múltiples que causaban decenas de bajas sangrientas. Gajes de la inexperiencia, claro está, pero Hades prohibió queja alguna a este respecto allá en las alturas, y repetía satisfecho: “¡Becarios sí!” Y... ¿quién osa discrepar ante Hades y su guadaña?
Así que pasaron algunos meses de caos y confusión en la tierra, con el descanso en manos de novatos compitiendo por quedarse con el puesto, que empeoraba el atolladero en que ya de por sí se había convertido la existencia humana y precipitaba a un vértigo mucho mayor su ya irrefrenable descenso por el abismo.
También se dieron casos de novatos que apenas llegaron a entender su nuevo trabajo. Y sobre uno de estos casos es que versa este relato.
Llegados a éste punto, es menester hacer un breve inciso histórico y teológico;
Hubo una vez en que la humanidad pretendía hacer una torre que llegara hasta los cielos, desafiando con ello al creador y poseedor de todo primigenio copyright. Cuando el susodicho se enteró, los condenó a hablar todo tipo de lenguas distintas para entorpecer el proyecto y todas sus relaciones. Pero los humanos , astutos, reaccionaron volviéndose poliglotas. Contrariado, y pidiendo consejo al inframundo porque en él mismo no existía la malicia necesaria para contraatacar, creó el alemán. Ahí ya lo reventó todo y la torre se fue al carajo (otro día explicaré el suceso a fondo, hoy quería solo hacer una referencia fugaz y sin atender en demasía a los detalles).
Hasta aquí este imprescindible inciso que nos pone en contexto.
El alemán, creado a partir de una idea fraguada en los abismos del Averno y como castigo a la humanidad, es demasiado difícil hasta para los alemanes. Y la pareja de alemanes que envió su currículo al Olimpo para encargarse del sueño en la comarca de Hessen, ni siquiera tenía claro de que iba todo aquello. Algo de “gente durmiendo”. Arbeiten y schlafen, trabajar y dormir, dos conceptos opuestos hasta en los idiomas con sentido.
Este par de gráciles y rubicundas criaturas, que respondían a los nombres de Werner y Gunter, se plantaron allí y pensando que no tenían nada que perder por el intento, pronto aceptaron el puesto y se pusieron manos a la obra.
En realidad, manos a las obras. Lo interpretaron todo a la inversa, creyendo que su trabajo era que nadie durmiese (consecuencias de pretender comunicarse usando un idioma que es más bien un jeroglífico demoníaco), y para ello sus mejores armas serían el martillo y el taladro. Así, empezaron a desatar su furia a la vera de cualquier hijo de vecino que amenazara con cerrar sus ojos y disfrutar del merecido (o no) reposo en Hessen.
Yo soy de esos pobres desgraciados que se siente abandonado por Morfeo, y aun peor, que habita en Hessen. No solo se fue el dios del eterno sopor. Además ahora los custodios de mi descanso son dos gualtrapas que en cuanto ven que mi cuerpo se rinde, corren a ejecutar su labor con estricta eficiencia germánica. Martillazo va, martillazo viene. Tienen las paredes de mi edificio como un queso gruyere. La otra mañana, desquiciado, me asomé por la ventana y vi que habían empezado a practicar orificios en el techo, porque ya no hay espacio para hacer un solo agujero más en la pared; aunque lo intentasen con una broca de tres milímetros, simplemente no hay espacio para más agujeros. Solo la gracia divina que les han concedido explica cómo pueden esas paredes y por ende todo el edificio, erguirse aún en su estoica resistencia.
Sueño con que los echen pronto por inútiles. Pero intuyo que en el Olimpo ya duermen a gusto y que no se ofuscan mucho ante la idea de que Hessen se convierta en la excepción que confirma la regla del descanso en la tierra.
Así que estoy atrapado bajo la tiranía de estos dos patanes contra los que nada puedo hacer, y no sé si culpar a Morfeo, al idioma alemán o al edificio por no aparcar la cabezonería y derrumbarse de una definitiva y liberadora vez.
Si este relato trágico te ha adormecido en algún momento, significa que estas lejos del alcance de Werner y Gunter. No te envidio cochinamente. De verdad, me alegro por ti.
domingo, 2 de agosto de 2015
Juéwàng
Cualquiera que haya estado en un centro comercial, en especial durante las fechas navideñas, debe conocer el ajetreo frenético que inunda el ambiente en esos lugares. Luces, sonidos, olores, crios corriendo, voces y gritos, y todo tipo de abigarrados reclamos para los sentidos humanos, persiguiendo embaucar a los clientes potenciales. Una barahúnda mercantil de dimensiones difícilmente descriptibles para quien la explica e imaginables para quien escucha.
Pues en China la cosa no es distinta. Llamadlo capitalismo rojo si queréis, yo no entrare en ese tipo de connotaciones sociopolíticas, pero allí también son de gastarse perras alegremente consumiendo de lo lindo.
Y en medio de aquel eufórico fragor del derroche, en un centro comercial cualquiera, enorme y atiborrado de gente como todos los centros, permanecía absorto en sus pensamientos un buen hombre ensimismado. Ajeno a la comedia humana que tenía lugar a su alrededor, inmutable ante los omnipresentes estímulos sensoriales dispuestos con el fin de atraerle como a un pececillo entre un millón.
Más que en pensamientos distraídos, estaba absorto en lamentaciones y jeremiadas. Carente de tropismo alguno, se encontraba sumido en una severa lasitud anímica, que solo interrumpía eventualmente para renegar con furiosa rabia, pero siempre por dentro de su ser.
Claro que renegaba en chino, así que yo no sabría decir exactamente en qué consistían los reniegos pero todo apunta a que eran exabruptos dedicados en su gran mayoría a la progenitora de alguien: de su novio.
Porque su novio, Aparicio Chan, estaba en las antípodas en cuanto a actitud se refiere. El cabrón estaba feliz, entregado al consumismo y fuera de control y no se podían contar las horas que llevaba en ese estado. Se había gastado ya los ahorros que había acumulado para la universidad, los de la casa, los del viaje que pensaba hacer en verano y los que guardaba para comprarse un palé de botellas de licor de arroz. Menudo frenesí, puro despilfarro.
Nuestro héroe que le esperaba, símbolo del estoicismo, le dijo al empezar aquella jornada diabólica “te espero aquí vida, haz tranquilo”, confiando ingenuamente en la respuesta de Aparicio: “tengo que comprar un par de cosas que venden allí en el centro”. "Fúmate un cigarrito si eso", había añadido con indiferencia para intentar persuadir a su novio, a sabiendas de que no era muy amigo de la situación.
Así que, resignado, había acomodado su trasero en el banquito que se convertiría en su “Wilson”, aunque él aún no lo sabía, y se había dispuesto a aguardar esos minutos en los que consistía la falsa promesa de inmediatez. Y así empezaron a transcurrir horas, horas y horas.
Eternas, sangrantes, anodinas.
¡Cuantas amenazas y plañidos recorrieron su mente durante aquel nudo gordiano!
Quizás durante las primeras horas, que ya es decir, el suplicio no había sido tan lacerante. Se había dedicado a fantasear con viajes que le llevarían aquí y allá. Se imaginaba en idílicos parajes o viviendo trepidantes aventuras. Pero llegó un momento en el que ya había recorrido el mundo en su interior. Cuando digo el mundo no me refiero a todos los paises y lugares emblemáticos. Por desgracia me temo que hablo de cada comarca, municipio, barrio, calle, casa y hasta retrete. Después había fantaseado con hacerle regurgitar las gónadas a aquel Santa Claus de ojos rasgados mediante el método de encajarle el pie en la entrepierna con cuanta fuerza y violencia le fuesen posibles. Pero lo descartó por no armar numeritos. Luego fantaseó con mil maneras de poner fin a la vida de Aparicio, y ya durante las últimas horas solo maldecía a sus propios padres por no haber usado un condón, aunque fuese hecho en China.
Incluso mientras bisbisaba barbaridades contra la mujer que le había traído a un mundo con demasiados centros comerciales para su gusto, es decir, uno o más, llegó a ser testigo de una aparición paranormal, cuando el mismísimo Job tuvo el detalle de presentarse precisamente a presentarle su admiración ante la prestancia de su paciencia intachable.
Sólo nuestro héroe (a partir de aquí “el mártir”) pudo verlo, al margen de un crío con la suficiente sensibilidad para percibir ese tipo de espectros pero ya con el cerebro completamente abducido por lo material, que corrió presto a entregarle una carta con un listado de deseos, todos de plástico, banales, de mierda, probablemente confundiéndolo con un rey mago. Pero Job no le hizo ni puto caso porque seguía admirando al mártir. “Amigo, tienes agallas”, le repetía entre reverencias.
Luego hasta Job se volvió a esfumar, extenuado y hasta los huevos, abandonando al mártir de nuevo en su calvario. Calvario que duró lo indecible. Unas horitas más de ansiosa y asfixiante resignación en aquel triste banco que estaba convirtiendo a un hombre lúcido en una siniestra elegía a la lucidez devastada.
A estas alturas ya se había fumado siete cartones, había empezado a desarrollar cáncer de pulmón y también había dejado de fumar.
"Podría haberse levantado y haberse ido", supondrán algunos. Pero es que su sentido de la lealtad y del compromiso eran intachables y le condenaban. Incluso llegaba a creer que si demostraba paciencia la vida le tenía que recompensar con justicia. Idea cándida por antonomasia. Allí estaba, pudriéndose asquerosamente. Criando malvas sin haber palmado.
Pero como sabe todo sabio, “todo pasa”. Y de repente, como si todo hubiera sido una horrible pesadilla, de entre la multitud emergió Aparicio, carrancudo, pletórico, con su plétora de bolsas y cajas, que a duras penas habría podido abarcar de haber tenido seis manos.
El mártir no tuvo palabras. No hace mucho había confeccionado los discursos más hirientes y las torturas más retorcidas en su mente, pero ahora estaba demasiado aturdido como para hablar.
En shock y entre agónicos estertores, se limitó a levantarse y decir, con un semblante que contrastaba sensiblemente con el de Aparicio: “vámonos de una puta vez”.
Durante el trayecto al coche ignoró los reproches, que encima, hubo de sufrir por parte de Aparicio, ya sabéis, “alegra esa cara”, “que mosca te ha picado” y blablablá.
Y entonces, a medio camino, pasó algo para lo que no estaba preparado. Aparicio dijo de modo apresurado e indiferente: “Ay, espera, espera, que aún quería ver unos zapatos que hay de oferta en la quinta planta”.
El diálogo fue algo parecido a esto:
-Tienes setenta pares de zapatos ahí, hijo de puta.
-Pero aquellos son preciosos, sería un crimen dejarlos atrás.
-Tienes setenta pares de zapatos ahí, hijo de puta.
-Bueno, espérame un momento sólo, bajaré enseguida.
-Tienes setenta pares de zapatos ahí, hijo de puta.
-Joder, ¿cómo puedes ser tan egoísta? ¿Qué te cuesta esperar a que me compre un puto simple par de zapatos? ¡Sólo eres capaz de pensar en ti! ¿Acaso crees que el dinero sirve para otra cosa que no sea usarlo? Imbécil, me das asco, me has estropeado la navidad con tu actitud egoísta de mierda, para unas compras de nada que hago al día. Voy a ir a comprarme esos zapatos te guste o no, aunque para mí el día ya se haya estropeado. Y de paso revisare algunos escaparates de la tercera planta que solo he visto tres veces, puede que hayan puesto algo nuevo.
No hubo respuesta para eso. El alma de nuestro héroe caía en picado en el pozo de las más profundas oscuridades que pueda albergar una persona corriente. Nada podía detener ya aquel descenso al horror y no cabía solución alguna para él en el mundo de los vivos.
Aparicio se fue a la tercera planta a mirar los escaparates y el mártir se fue a la vigésima planta a observar las vistas de la ciudad.
Enajenado, con espasmos cerebrales, nuestro héroe se asomó al balcón y se arrojó al vacío sin titubeos. Que tosco resulta el vuelo de los mamíferos, por activa o por pasiva, cuando no son murciélagos o ardillas voladoras, respectivamente. Que curiosa manera de planear la del ser humano; decidida y resuelta. Aunque acusa en exceso la ausencia de alas, en mi opinión.
El mártir se hizo papilla contra el suelo, aunque la gente enseguida se distrajo de nuevo con las lucecitas y consideraron sus restos esparcidos apenas una vulgar alfombra roja tendida en la acera, como una invitación a comprar; ¿qué si no en un centro comercial en navidad?
Aparicio solo declaró ante la policía que “seguramente se habría tirado para llamar la atención, porque era tan egoísta que era capaz de sacrificar su vida en pos de atraer los focos” y luego siguió comprando. Ya tendría tiempo para las emociones cuando hubiesen cerrado las tiendas.
Tampoco fue al funeral, porque, según él, “no tenía zapatos adecuados y no quería ir a dar la nota calzado de cualquier modo”.
Fin.
-Esto está inspirado en lamentables hechos reales.
-Si nuestro héroe sucumbió tras varias horas, yo apenas necesito algunos minutos. Los centros comerciales son centros de exterminio. Búscate a otro, yo me voy al campo.
martes, 30 de junio de 2015
Leyenda de dos princesas y un dragón.
En un reino más o menos lejano, vivían dos princesas llamadas Alma y Astrid.
Se querían y cuidaban mucho y eran unas aventureras de mucho cuidado.
Todo el mundo se divertía mucho con sus ocurrencias.
A su vez, más o menos lejos de allí vivía un dragón, un gran dragón llamado Alcachofo, nombre que le pusieron con sorna el resto de dragones, porque él no comía humanos, ni vacas, ni cerdos, ni perros, él sólo comía plantas y usaba su feroz aliento de fuego para asar pimientos.
Esto le convirtió en un dragón algo tímido y aislado del resto de dragones, que nunca querían acompañarlo a merendar. Así que merendaba sólo, pero contento de ser amigo de los humanos y los animales.
Una buena mañana, Alma, que tenía una admirable vocación de ornitóloga y sentía fascinación por la naturaleza, decidió pintarse el pelo de color verde para camuflarse mejor entre las plantas y los arbustos y así observar a los pajaritos, aprender sus cantos y pintarlos, pues era una fantástica cantante y una pintora de excepción.
Fue a sorprender a Astrid con su nueva imagen:
-Hola Astrid, ¡mi valiente hermana!
-¡Hala! Que pelo tan bonito llevas, ¡aunque pareces un vegetal!
-¡Lo sé! Quiero ir al valle Lechiposo, a camuflarme entre la maleza, ¡ahora es primavera y se llena de pájaros y aves por todas partes!
-Sí, es una idea fantástica, así podrás aprender de ellos sin molestar su paz.
-¡Eso mismo me han dicho todos! Además dicen que el pelo verde es muy bonito, incluso Sansón, el herrero, me ha dicho que tal vez se lo pintaba él también ji, ji, ji
-¡Estará bonito cuando lo haga! Tú ahora ten cuidado en el valle, es un sitio pacífico, ¡pero nunca se sabe!
-Lo haré, ¡gracias por preocuparte Astrid! ¿Qué vas a hacer tú?
-¡Oh! Yo me quedaré aquí entrenando, ¡quiero correr más rápido y saltar más alto que ayer! ¿Sabes Alma? El otro día me costó mucho sacar a un perrito que había caído en el río, ¡debo estar más preparada!
-¡Tienes toda la razón! ¡Me voy ya! Te traeré pájaros, ¡pintados, eso sí!
-Vale, ¡hasta luego! ¡Yo intentaré preparar una receta nueva para la cena más tarde!
El valle Lechiposo, como era conocido en todo el planeta, por su singularidad y belleza, recibía su nombre de las lechugas y las mariposas que lo inundaban por doquier.
Aquel era un valle que por supuesto hacía las delicias de nuestro querido dragón Alcachofo, quien se dirigía también hacia allí a toda velocidad, creando auténticos ríos con la baba que le caía al pensar en las lechugas que devoraría… ¡le encantaban las lechugas!
Allí se encontraba ya agazapada Alma, observando el paisaje cuando un estornudo la hizo sacudirse y esto llamó la atención de Alcachofo que al instante exclamó en su idioma dragón:
- ¡Albricias! ¡Una lechuga que estornuda y se menea!
Pues al volar tan alto y ser un poco miope, la había confundido con una lechuga al ver su pelo verde. Así que raudo y veloz se lanzó en picado, y apresándola entre sus garras, se la llevo a dar un paseo por las nubes, de camino a su cueva.
Pensaba en recetas mientras surcaba los cielos, pero por otra parte, más allá del hambre que le atenazaba la panza, sentía curiosidad por aquella extraña lechuga que se movía, gritaba y pataleaba, y pensó que quizás la estudiaría un rato al llegar a su morada.
Mientras tanto, Astrid completaba su durísimo entrenamiento en el jardín, cuando de repente, presintió el peligro.
Ella y Alma se entendían y querían tanto que sabían de inmediato cuando la otra estaba feliz, preocupada, triste o estaba en peligro, sin importar cuanta distancia las separará. Solo las princesas que se quieren mucho consiguen jamás algo así.
Así que tan llena de valor como siempre, cogió su escudo de madera y se preparó para salir presta al rescate de su hermana. Ella no usaba espada, porque era demasiado inteligente como para necesitar atacar a nadie. Atacar era para los tontos, ella siempre ganaba usando la inteligencia y así nunca necesitaba provocar heridas a ningún adversario.
Pero antes de salir del castillo, se dio cuenta de que estaba bastante cansada después del ejercicio y pensó, o más bien sabía, que encontraría a su hermana bastante hambrienta también, así que antes de partir preparó una gran cesta con muchas frutas, nueces, almendras... ¡y por supuesto espinacas que les darían fuerzas!
Cargando con el escudo y la cesta de la comida, se encaminó hacia el valle Lechiposo, donde encontró un montón de esas mariposas rosas que siempre aparecían al atardecer. Ellas habían visto lo sucedido y se ofrecieron a acompañar a la heroína Astrid en su aventura.
Con la ayuda de estas mariposas y el viscoso rastro de baba que Alcachofo dejaba a su paso, Astrid tuvo suficiente como para encontrar el camino hacia su cueva.
El camino fue largo y duro, atravesó muchos obstáculos y ansiaba rescatar a su hermana, pero ella era tan valiente y decidida y las nueces le dieron tanta energía, que al final lo superó como si de un paseo se tratase.
Había llegado ya al hogar de Alcachofo, y escondida tras la puerta, trazaba planes para liberar a su hermana querida de las fauces del monstruo, porque ella siempre tenía algún buen plan, cuando escuchó risas que venían desde dentro. Risas de dragón… y de Alma!
¡Entró sorprendida y descubrió que Alma y Alcachofo se habían hecho amigos! En cuestión de horas, Alma había aprendido incluso a hablar el dragonolo, el idioma dragón. ¡Que lista era!
-¡Astrid! ¡Adelante!-dijo Alma sorprendida al ver aparecer a su hermana-.
-Pero… ¿¿estás bien??
-Sí, ¡claro! Éste grandullón se llama Alcachofo, ¡y es mi nuevo amigo!
-¡Pensé que quería echarte salsa por encima y devorarte!
-Oh no, no, él come únicamente frutas saludables y legumbres que le dan vigor. ¿Verdad, Alcachofo? –preguntó dirigiéndose al dragón, que tímido como era y sin entender el idioma de las niñas, estaba sonrojado en un rincón ante la presencia de la nueva visitante.
Volvió a preguntarle en dragonolo, y el dragón asintió con una sonrisa enorme que hizo respirar de alivio a Astrid.
-¡Pues fantástico! –exclamó la pequeña heroína- Vine tan aprisa como pude, creyéndote en peligro hermanita mía. Pero si estamos con un amigo… ¡hay algo que quiero mostraros!
Entró entonces la cesta de las viandas, que había dejado fuera por precaución, hasta completar el rescate, y aquello alegró mucho a Alma, pero sobretodo a Alcachofo, cuyos ojos brillaron, enormes como eran, de puro placer. ¡Cuantas cosas ricas contenía aquella cesta!
Al principio comía despacito porque todo aquello era muy pequeñito para su enorme boca, pero las princesas lo calmaron diciéndole que podía acompañarlas a palacio donde había verduras, setas y zumos en abundancia.
Era lo único que faltaba para que se hicieran amigos para siempre los tres.
Alcachofo las llevo volando a casa, con las mariposas rosas como séquito. Y aunque al principio en palacio todos se pusieron pálidos del susto al ver al dragón volando directo hacia allí, pronto gracias a las traducciones de Alma, se dieron cuenta de que Alcachofo era un dragón benévolo con un corazón tan grande como sus enormes colmillos. Así que no hubo ningún problema en que se quedase en palacio.
Su vida se volvió entonces muy feliz.
Ayudaba a diario a entrenar a Astrid y la preparaba para ser una gran heroína aunque tenía que tener cuidado de no pisarla porque tenía unas patas enormes. También compartían recetas hechas con plantas y ambos se chupaban los dedos. Cada uno los suyos, porque los dedos de Alcachofo eran como Astrid entera.
Por supuesto también se llevaba a Alma a navegar por los aires, desde donde los pájaros se veían mucho mejor y le enseñaba a hablar dragonolo cada vez que tenía ocasión.
Alcachofo, siempre había sido tímido y se había sentido un poco sólo, pero con dos amigas tan valientes ya nunca más sintió dudas.
Ayudaba mucho en palacio, encendía la chimenea en invierno con su aliento y daba sombra en verano durmiendo mientras flotaba encima del castillo. El rey cambiaba cada día, porque en aquel reino todo el mundo podía ser rey o reina, pero fuese quien fuese, siempre adoraba al dragón.
Así fueron felices siempre en la corte el dragón, las princesas y todos los presentes. Por supuesto junto al revoltoso montón de mariposas rosas, que también decidieron quedarse.
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