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Aunque
parezca una perogrullada, hubo un tiempo en que el mundo se vio sumido en la
guerra y la barbarie. En el transcurso de aquella era sombría, todos peleaban
contra todos, por grandes asuntos como pueden ser la ocupación y dominios de
grandes extensiones de terreno o de hondas reservas de agua, pero también por
inanes simplezas, como dos o tres almendras. Por menos de tres y de dos
almendras se habían formado auténticas fosas comunes. Imperaban la sangre y el
fuego, en una vorágine destructiva tan descontrolada como por supuesto,
imparable. La fe humana y todas sus esperanzas morían aborrascadas… y entonces sucedió algo que lo cambió todo.
Entonces, aunque parezca un delirio inexplicable, el mundo dio un giro completo
a su situación y se vió repentinamente sumido en la paz y la armonía. La
situación sólo pudo dar un giro tan absoluto gracias a la fortuna, la
casualidad y al careto más impropio que haya tenido que padecer el buen nombre de la
belleza a lo largo de la triste existencia humana.
Uno de esos pocos líderes que enviaban a morir y matar a oleadas a todos los
que se hallaban por debajo de él, resultó ser tan feo que los espejos se
giraban ruborizados ante su presencia, cuando eran capaces de sobrevivir
enteros al primer contacto con la fealdad hecha carne. Esto favoreció y mucho
al fin de todos los conflictos. Pues el tal general se resolvía a acudir a
declarar la guerra aquí o allí, y nunca conseguía cumplir su objetivo. La gente
caía de rodillas rindiéndose antes de saber que el pobre hombre venía a luchar.
Y no sólo aquella gente que él consideraba enemiga. Se postraban a su paso sus
enemigos, sus amigos, sus familiares, los perros, las ratas y las ardillas. Las
genuflexiones solían ir acompañadas de las más sentidas onomatopeyas, destacando
por su popularidad la cada vez más extendida “aaarrgghhh”.
Y de tanto poner a la gente a huir buscando consuelo y protección aunque fuese
tras las barbas del mismo diablo, las conflagraciones y las refriegas llegaron
a su término. Aunque se peleasen dos personas en algún punto lejano, dos
personas ajenas a la paz que palmo a palmo conquistaba el resto del globo,
bastaba con que se arrimase y sonriese el más feo de los hombres para que ambas
dejasen las armas en el suelo, palideciesen, y en caso de ser débiles
mentalmente, rompiesen a llorar como recién nacidos.
Por supuesto, esto le dejo a él como
único gobernante, juez y administrador mundial. Y podrían haber sido tiempos
aciagos, la verdad; pero a falta de rivales, y también de amigos sinceros, él
se vio pronto condenado al más profundo aburrimiento, y el mundo al más plácido
y sereno marasmo.
Se limitó a enterrar su espada, la que nunca pudo llegar a usar en combate, en
un pedestal bautizado por todos como el altar de la paz, y esta simbolizó el
cese definitivo de toda lid terrenal.
Por medio de algún complejo ardid, o tal vez por un fortuito error de la
naturaleza, dispuesta a redundar en su atentado contra la beldad, nuestro amigo
consiguió procrear. Y con su vástago se inició todo un linaje que duraría tantas
épocas como estrellas llenan el firmamento, todas ellas llenas de paz porque la
humanidad ya se había acostumbrado a vivir tranquila y feliz.
Hasta que, de nuevo, algo lo cambió todo.
Uno de sus muchísimos descendientes directos, custodios siempre de la espada y
cuanto esta representaba, nació digamos un poquito cabrón.
Ya acabado de nacer devolvió la hostia
al galeno que le golpeó para hacerle llorar, y pasó su infancia confundiendo a
los maestros, la mayoría de los cuales no podía ni imaginar nada parecido a la
violencia, propinando inopinadamente puñetazos a diestra y siniestra en el
aula.
Tiraba del rabo a los gatos, arrojaba piedras contra los cristales, prendía
fuego a las papeleras y según fue creciendo, también lo fue haciendo su
violencia.
Nadie sabía exactamente cómo reaccionar pues la población provenía de
incontables generaciones de mansedumbre y así, el más violento de los hombres,
simplemente sembraba el caos y el terror a su antojo.
Una buena tarde, a sabiendas de que los oráculos (era cosa común verles
alternar con la débil especie humana por aquel entonces) reprobaban su hostil
actitud y las consecuencias de la misma, decidió ir a visitar a uno de ellos
sólo para hincharle las gónadas a base de bien.
Irrumpió en la humilde morada del oráculo para hacer gala de un completo
repertorio de insolencias e impertinencias capaces de exasperar a cualquiera,
adornadas con un buen montoncito de amenazas, burlas y horrísonas vejaciones
verbales.
El oráculo, sabio, paciente y prudente, pensaba “ya se cansará éste gilipollas”.
Pero lejos de cansarse, el más cabrón de entre los gilipollas no hizo sino encenderse
cada vez más, llegando al culmen de su furia con un alarido atronador que
retumbó en los cimientos y las almas de todo cuanto había en un kilómetro a la
redonda. Un alarido compuesto por cuatro palabras atronadoras: “te vas a
cagar”.
Con el fuego en los ojos y los dientes tan apretados que varios de ellos
llegaron a romperse, se encaminó a la plaza mayor, sacó la espada de la paz de
su secular reposo y volvió a la choza del oráculo, para, sin mediar rebuzno,
degollarlo y derramar una vida alevosamente sobre la faz de la tierra, siglos y
siglos después.
Calmado, trémulo y satisfecho, se reía mezquinamente cuando otro oráculo que
además de tener el don de la oportunidad resultó ser el mejor amigo del cadáver
que yacía en el suelo con la nuez cercenada, abrió la puerta preguntando con su
suave voz… “¿Manolo?”
Oh, toda la tragedia humana y la que aguarda más allá de las humanas
limitaciones se condensó en su mirada al topar frontalmente con la escena del
homicidio, de la brutalidad, de la injusticia. Pero antes de romper en llanto,
y mirando fijamente al criminal, habló
así:
«Has desatado todos los demonios que hasta hoy permanecieron sepultados bajo la
punta de ese arma. La decadencia de la espada y la de la humanidad irán ligadas
por siempre jamás. La espada sólo recuperara su fulgor cuando la humanidad
vuelva a ser digna, y la humanidad sólo volverá a ser digna cuando la hoja
recupere su pulcritud. Sólo el más inteligente podrá hallar alguna vez la
espada y solo la dignidad humana la restaurará. Estáis condenados ad eternum.
Así os maldigo desde ahora y para siempre» . Y tras proferir semejante
juramento, que hizo estremecer hasta al cadáver, comenzó a llorar. Al principio
pausadamente, como si una timidez solemne lo embargara. Después se desató y
lloró como una plañidera. Más y más y más. Tanto que inundó la calle, el
barrio, el país, el mundo. Es cosa seria cuando un ser místico y pseudo divino
decide ponerse llorón. El agua dio a la vez muerte y sepultura a toda la
civilización y allí quedaron, sumergidas y extraviadas, la espada y toda la
sangre inocente del mundo. Lloró tanto que se formaron océanos y mares, y en un
alarde romántico podría bien decir aquella persona curiosa que topase con el
origen de las cosas, que el mar es salado por ser un gran cúmulo de lágrimas
rencorosas e impotentes. Y tendría razón en su apreciación. Con dos excepciones
que es menester señalar: la Barceloneta y la Malvarrosa. Allí el agua es salada
de la cantidad de inmundicia y mierda que se acumula. Pero eso ya forma parte
de la historia contemporánea y los nuevos derroteros que tomo el mundo tras la
anegación. Y antes de profundizar en ellos y trasladarnos a la actualidad, es
forzoso realizar un pequeño inciso.
Hermes de Trismegisto, el tres veces grande, legó una serie de certezas
metafísicas a la humanidad. Leyes universales, siete en total, entre las que se
incluye el principio de polaridad, que dice así: «todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su
par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos
son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan;
todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse» .
Es decir, que la gilipollez extrema y la extrema inteligencia son una misma
cosa, tan sólo disímil en grado.
Alguna
interpretación así de alquímica debió hacer el espíritu del juramento del oráculo
que todo lo inundó, para que solo Dios sabe cuánto tiempo después, sucediera lo
que sucedió.
Y es que hallábase un puto idiota de remate, esforzándose en no tropezar
mientras caminaba a la vera de un acantilado, mientras se entregaba a uno de
sus hobbies predilectos: ponerse bizco para apreciar todo el lustre de la
gomina que inundaba su mostacho. Aunque esta ocupación le llevase a la fatiga
intelectual y le supusiese un desgaste mental atroz que solía acabar en
lacerante jaqueca, a él le fascinaba. El paradigma de la imbecilidad, que para
ahorrarme escribir unas cuantas sílabas y ahorrarte a ti leértelas, basta con
señalar que era patriota, taurino, cazador, madridista y putero, de alguien así
estoy hablando; ese cretino mayúsculo, hiperbólico cenutrio, vergüenza del bien
por defecto y del mal por exceso, renuncia póstuma de Darwin, antítesis de
todas las musas y de cuanta honra hállese en la existencia, ese pedazo de
gilipollas, sintió un súbito impulso y obedeciéndolo sin pensar (en definitiva
la única manera que conocía de proceder), pegó sus manos a sus piernas y se
lanzó al mar con una nada fingida expresión de idiocia crónica en su rostro. De
lado, como pretendiendo ser un pez y desde unos nada desdeñables nueve metros
de altura.
Los peces se apartaron en cuanto rozó el agua, de puro asco, y el se hundió
hasta tocar el fondo de aquella gran masa líquida. Allí halló una espada que
con no poco denuedo consiguió sacar a flote hasta exponerla al aire
salado. No entendía nada, era como si la espada le hubiese llamado y él se
hubiese limitado a obedecer. Y esto es por un sonado desatino del destino, que
siguiendo el principio de polaridad, envió al más abyecto y obtuso espécimen
humano a recuperar el arma, entendiendo que era lo mismo eso que “sólo el más
inteligente podrá alguna vez hallar la espada”, pronunciado por el oráculo en
su maldición definitiva.
Por supuesto hubo testigos de aquel rescate tan peregrino, y pronto hicieron
acto de presencia las autoridades. Le dieron una manta y le explicaron que era
para calentarse porque ya estaba haciendo pases toreros con ella, pobrecito. Y
a la vista del hallazgo, que consideraron excepcional, convinieron en que le
condecorarían.
Mas tras un breve intercambio de palabras con el héroe, se dieron cuenta de que
bastaría poca pompa en la ceremonia. Unos meses antes se había realizado una
convocatoria para un torneo de ping-pong infantil en Matadepera pero nadie lo
ganó porque los niños sólo sabían jugar al ping-pong en la playstation, así que
emplearon aquellas medallas huérfanas en hacer feliz a aquel pobre idiota. Triste
final para un metal llamado a la gloria.
La espada fue ascendiendo de categoría en los despachos que visitaba. Al
principio se la disputaban el museo del pueblo, el ayuntamiento y los del museo
marítimo. Pero tras algunas casuales pruebas, alguien se percató del peso de
aquel objeto en la historia humana y con ello comenzó un periplo para la espada
que la llevó alrededor del globo varias veces y en todas las direcciones (la
burocracia y la diplomacia internacionales, consecuencias directas del rencor
del oráculo que continuaba atenazando a la humanidad), hasta que acabó donde
hoy continua, en un bunker yanqui bastantes metros bajo tierra.
Allí, conscientes ya aunque yo no sepa cómo, de toda la historia oculta bajo el
óxido, luchan a brazo partido por intentar restituir el brillo de la hoja.
La hoja solo volverá a lucir cuando la humanidad vuelva a ser digna, y lo
saben, pero no pierden la esperanza de forzar la situación y lo intentan de
todas las maneras habidas y por haber. La frotan con extracto de plutonio
mezclado con salfumán, la frotan con coca-cola, la someten a las vibraciones de
los discos de Enrique Iglesias (en cámaras convenientemente insonorizadas,
sobra decir) aguardando expectantes a ver si la herrumbre cede y se cuartea…
pero es en vano. Debaten largas horas sobre la necesidad de exterminar a las
principales amenazas para la dignidad humana, pulcramente enumeradas en una
lista que encabeza Paquirrín, pero esto les plantea dilemas morales que
imposibilitan su labor. En fin, se vuelven locos observándola mientras la
especie humana cae en picado arrastrándolo todo consigo. Y toda esa locura es
inútil.
Porque ahí sigue la espada, llena de mierda. Y ahí seguirá. La humanidad no recuperará la dignidad. Y cuanto antes lo
aceptemos, mejor nos irá a todos.
Tengo
unos amigos,
a los que solo yo veo.
No es que sean invisibles,
es que el resto los consideran inservibles,
mas ellos siguen ahí,
y yo adoro esa lucha; admiro sus arrestos.
Tengo unos amigos que me encuentran cada noche,
aunque durante todo el día se esconden.
Vienen cuando todo está en calma
y habitan los cimientos de mi casa,
allí donde no hay un alma, solo el silencio,
y cuando yo saludo, con más silencio
responden.
Tengo unos amigos que a las “personas de bien” disgustan;
estas se afanan en llenarlos de oprobio.
Pero mis amigos no se inmutan,
ellos nacieron libres de culpa,
y son tan dignos que nunca juzgan a otros.
Tengo unos amigos rechazados, a los que el mundo quiere lejos,
y aunque a mí me pase lo contrario, lo contrario sigue siendo lo mismo,
y por eso me identifico con ellos.
La gente los corre a escobazos, pero ellos aun viven, respiran, se juntan,
ríen, sonríen, se miran y se entregan,
eso los hace hermosos, felices más allá del denuesto.
Mientras el vecindario duerme, ajeno al espacio y el tiempo,
yo llego a casa de trabajar y ellos ahí están, siempre esperando.
En cierto modo eso me hace feliz, y les sonrío con agrado.
Posiblemente sean los únicos pendientes de mí,
y probablemente sean los únicos que están despiertos.
Sospecho que desearían fumigar a mis amigos,
y en sus arrogantes bocas afloraría,
insistente, la palabra “plaga”.
Si fuesen coherentes, si aplicasen con rigor siempre el mismo criterio,
todo el planeta sería un cementerio.
O no, porque solo morirían lxs humanxs.
Y con ellxs los cementerios, el cemento, y el resto de sus defectos.
Si algún día alguien se desvelase y su insomne ser arrastrase hasta el sótano,
entonces los descubriría, se le escaparía un grito de espanto,
y al día siguiente quienes fumigan tendrían trabajo.
Por suerte solo yo piso los cimientos en aquellas horas oscuras,
y resulta que a mí me da igual todo.
Así que me acusarían enseguida de encubrirlos, de ser su cómplice, estoy
convencido de ello.
Es algo que me atemoriza, no lo niego.
Pero no porque tema sus grasientos dedos acusadores.
¿Creéis que temo a la vergüenza? ¿Al rechazo? ¿Al desprecio?
Lo poco que temo es llegar en mitad de la noche y no ver a mis amigos,
Pensar que habrá sido de ellos… y de
nuevo sentirme solo.
Cuando los
superhéroes regresan a casa tras una dura jornada laboral, son recibidos con
tanta pompa y derroche como la ocasión merece. No se escatiman vítores ni
medios en agasajar el retorno de quien ha dado sepelio a algún malvado villano
y se ha jugado el tipo altruistamente velando por la integridad ajena.
Johnny Storms sabe bien lo que se siente entonces. A lo largo de su carrera
vivió incontables regresos triunfales. Con el regusto en la boca de quien ha
salvado el barrio, su país, el mundo entero. La fama, el reconocimiento, la
popularidad y el agradecimiento unánime de la humanidad reconfortan al más
pintado.
Aunque por supuesto también implica cargar con responsabilidades, deberes,
dilemas morales y con el hecho de estar siempre sometiéndose al riesgo. Y eso
pesa.
Muchas veces Johnny, sentado en su taburete, se preguntó porque demonios no
podía haber sido otro el que recibiera aquella dosis de rayos mutagénicos en el
espacio exterior, adquiriendo con ello los poderes que ahora le pertenecían.
Había estado en demasiadas guerras, hecatombes, catástrofes naturales y hasta
peleas por el monopoly, y aunque disfrutaba de que le pararan entre zalemas (e
incluso de esto empezaba a estar quemado, nunca mejor dicho tratándose de él)
lo cierto es que se hacía mayor y deseaba experimentar otro tipo de vidas.
Ponerse en otras pieles y jugar otros roles.
Por eso un día dejó el trabajo y se largó a la francesa. Se fue al otro lado
del charco y decidió iniciar una nueva vida. Se acabó la eterna circunspección.
Se fue hasta la península ibérica, donde pasaría desapercibido ya que nunca
había salido en GH ni en MYHYV. Incluso se compró un billete de avión, solo
porque le hizo gracia. Nunca había comprado uno porque el podía volar.
Llegó, se buscó un pisito y se encaminó hacia el bar. A procurarse fuego para
el gaznate aunque siempre había sido abstemio a lo largo de su superheroico
camino. Pero ahora quería ser un pringao, no aquel ulano carrancudo que fuera
otrora.
Y no tardó en hacer amigxs. Aunque desde
luego no el tipo de amigxs que le convenían. Pero le encantaba que así fuese.
Se junto con tres cernícalxs con cresta, a saber: el “liendres”, el “chanclas”
y la “pústulas”. Al poco de conocerse ya habían congeniado profundamente y
pasadas unas pocas semanas, ya se estaban llevando al bueno de Johnny a farras
y disturbios de manera regular.
Siempre iban juntxs y les habían empezado a llamar “lxs cuatro fastánticxs” y
esto le divertía enormemente, era toda una burla a su pasado y además había
empezado con los porritos e iba todo el día fumado, por lo que cualquier cosa
le divertía enormemente, cuando se enteraba.
El cabrón triunfó muy pronto en aquellos ambientes. El había dejado todo atrás
buscando la normalidad. Sus reflexiones de hombre serio sobre las que edificó
la determinación de una nueva vida incluían el no volver a hacer uso de sus
poderes. ¿Pero cómo podía resistirse? Sus amigotxs lo adoraban porque fundía el
costo con la punta del rabo. (Sí. Exacto. Como Charmander. Pero por delante), Y
porque prendía fuego a los monillos sin necesidad de arrojarles ninguna botella
con trapo. De hecho les prendía fuego desde la distancia, ¡a veces mientras
estaban en un banco comiendo pipas!
Sí, se había prometido a si mismo no dar más uso a sus capacidades
sobrehumanas, pero ahora no las usaba para hacer lo correcto como un mojigato.
Ahora se divertía con ellas, ¡y de que manera!
Sus amigxs lo agradecían y espoleaban y enseguida tuvo una reputación bastante
sólida… también entre la policía.
No es que la policía en aquel país se enterase de nada, porque iba tan fumada
como el mismo, pero andaban bastante mosqueadxs por lo de las “combustiones
espontáneas” de los últimos tiempos, o como ellxs las llamaban en realidad:
“jarder porque sí”.
Y aunque fuesen mas tontxs que una mierda, se dieron cuenta, por una casualidad
rocambolesca que no viene al caso, que aquel tal Johnny estaba cerca de todos
los fregaos.
Así que empezaron a perseguirlo y a base de pedir ayuda (para atarse los
cordones y poder perseguirlo, no para mucho más, que era gente humilde), la
situación, en forma de chisme, fue alcanzando esferas cada vez superiores,
hasta que llegó incluso a su Glenville natal.
Y con ello se acabo la prerrogativa de su nuevo anonimato.
Sus antiguos jefes, el gobierno de su país y hasta su casera a la que había
dejado dinero a deber en su huída hacia la vida, ahora estaban bien furiosxs.
Pero como ahora era un ser sin DNI, se les escabullía como una rata. Siempre
llegaban tarde a su encuentro y solo encontraban el rastro de cenizas que dejaba
tras de si, cual Othar enrabietado.
Él pronto sintió el acecho y la presión de las autoridades, ahora que le habían
encontrado. Notó como estrechaban el cerco y se percató de que eran sus poderes
quienes le delataban, que de algún modo conseguían captar de inmediato su uso y
que así sólo llamaba la atención.
Así que volvía al punto original de su huida. No más poderes, por su propio
bien y el de su libertad. Farras y kale borroka sí, pero sin ostentaciones
flamígeras. Quería ser libre. Ahora era esclavo del tabaquismo, pero estaba
contento de ser esclavo de los vicios y no de las virtudes.
Y sabía perfectamente, porque cada vez le iba más justo que no le engancharan,
que si se encendía un solo cigarrillo más jugando a los dragoncitos, se le
echaban encima todos los ejércitos que ahora preparaban la emboscada final. Así
que resuelto el busilis, ya solo le esperaba la paz.
Dejó su pisito y se fue a okupar con el chanclas y no volvió a usar sus poderes
más. La policía se pasaba la vida persiguiendo sombras y dando vueltas en
círculo, y aporreó durante bastante tiempo a cualquiera que usase un mechero,
confundiéndose como siempre, pero esto era favorable a los intereses de la
gente que luchaba, pues ahora la pasma se dedicaba a expandir su propia
psicosis en vez de perseguir a quienes la burguesía les ordenaba que
persiguiesen.
Muchos meses se pasó pegándole a cuantos vicios hayan. De hecho lo que empezó
como una vida normal y humilde pronto alcanzó los límites de la decadencia y el
tío ya hacía eses hasta cuando no bebía. Se pillaba unas melopeas que se caía
de espaldas y se iba al sótano cada vez que oía “abajo las drogas”.
Y una hermosa mañana estival, al despuntar el alba y tras pasar una noche
entera con tambores en la playa (habiendo prohibido a sus colegas que
encendiesen una hoguera, para no echarse a la jauría encima), se pegó un homenaje de consideración.
El amigo se calzó tres o cuatro tripis, litro y medio de absenta, dos gramos de
keta, un cartón entero de gold coast aliñado con maría, unas cuantas setas, un
poco de mescal, seis anfetas y unos sorbitos de mate, que fue lo que realmente
le remató.
Fue aquella noche la que inspiró la balada de vitus dance (para quien la
desconozca: https://www.youtube.com/watch?v=D5e_DQ-RT6o) y la que le elevó a la experiencia más
intensa de su vida. Y eso que era un tío vivido y con superpoderes!
Mucho tuvo que contenerse para no echarse a volar soltando llamas por todas
partes. Muchísimo. Pero incluso en ese estado, sabía que una sola chispa
acabaría con su libertad, no se lo podía permitir bajo ningún concepto. En su
locura, intentando evitar el vuelo y a la vez esconderse, se sumergió en un
contenedor, en un contenedor donde solía dormir la pústulas.
Y allí, todo lo escrito hasta este punto perdió sentido. Y toda su vida entera
también. Allí alcanzó el nirvana. El tiempo y el espacio se disolvieron.
Se vió encogido en posición fetal, flotando en el abismo plagado de estrellas
que conforman el espacio sideral, cerca del bien, del mal, de todo, de nada.
Comprendió todo, todo a la vez, todo lo que sabía y lo que no, cuanto incluía
la existencia, y le pareció extremadamente sencillo. Mientras su cerebro quemaba neuronas como una freidora
del tamaño de una piscina olímpica, las cuales servían de gasofa para su
peculiar viaje, el reescribía el viejo poema de Huxley. Hallaba soluciones para
todos los problemas de la humanidad; el egoísmo, el cinismo, las goteras y los
sabañones. La deuda externa, los abre fácil que exasperaban. Era, en si mismo,
la respuesta eterna, ajeno a cualquier mundanal limitación.
Y entre aquella luz esclarecedora, en medio de aquel letargo revelador, le
pareció oír una voz.
-Johnny… Johnny…
Se sobresaltó al comprender que no comprendía, pero contestó con valentía:
-Mamá… ¿eres tú?
-Johnny…
-Oh Dios, llevas toda mi vida muerta… como puedes… ¿¿es posible??
-Johnny, querido….
-Oh… oh… me… ¿¿¿¿LLAMAS A MI????
Y sin pretenderlo, la lió parda.

Había
una temperatura muy agradable, los pajarillos componían espontaneas melodías
primaverales y su trinar pronto encendió la llama de la pasión en Hipnos y Nix,
que intercambiaron algunas miradas; inocente preludio a como follaban
desgarradoramente instantes después.
Se lo pasaron bastante bien y transcurridos nueve meses, llegó al mundo, a su
mundo divino un par de escalones sobre el nuestro, el bueno de Morfeo.
Morfeo siempre fue un poco distraído, bostezaba mucho en clase, pero seguía
siendo un dios y poca gente tiene semejante excusa para darse a la
procrastinación, hay que admitirlo. Si alguien puede pensar “ya lo haré después”, es un dios. Máxime el dios de toda pereza, sopor y asueto.
Así creció el chaval, sesteando en todo momento, dejándolo todo para más tarde
y sobre todo disfrutando su divino oficio, que era el de hacer sestear a
gustito a toda criatura viviente.
Se lo trabajaba con bastante esmero, no dejaba nada al azar. Puso en la tierra
todo cuanto pudiera ayudarnos a nosotros los mortales a roncar a cuantos más
decibelios mejor. El inventó las hamacas. El inventó los sedantes y los
narcóticos. El inventó la contabilidad. El inventó todo lo que pueda sumir a
alguien en un letargo aplastante de difícil vuelta atrás.
Pero lo cierto es que últimamente andaba algo mosca, algo le quitaba el sueño.
La humanidad de unos siglos a esta parte se rebelaba. Que si el spiz, que si el
café. El ritmo de vida moderno, el estrés, la angustia existencial empujada al
límite de la resistencia humana. Violencia, injusticia, raves, toda su
experiencia parecía ser inútil ante este dantesco nuevo escenario que se
presentaba ante las fuentes de legañas que tenía por ojos. Y siendo perezoso
por naturaleza y no pudiendo comprender la obstinación humana en oponerse a sus
designios, dijo basta. Y se largó. “Si Nueva York nunca duerme, pues que se
joda Nueva York”.
Si nos ponemos por un momento en su
piel, no podemos culpar a Morfeo por ello.
En el Olimpo no tardaron en darse cuenta de la gravedad de la situación ante la
dimisión del que nos hacía dormir a todos, y con las caras ojerosas y algunos
espasmos propios de quien no duerme en unos cuantos días (las deidades también
necesitan descansar, aunque sea el séptimo día de la semana y desoyendo las
oraciones de quienes van a misa, porque el día de descanso es sagrado) se
reunieron en la gran sala de las decisiones importantes. Otro de los presuntos
picaderos de Hipnos y Nix, aunque esto es solo un rumor. Rogaron a los hermanos
de Morfeo que le convencieran de su retorno, pero estos estaban demasiado
ocupados con lo suyo y además eran los únicos que conseguían dormir y se
lavaban las manos. Ante esta negativa solo les quedaba la aún mayor indignidad
de ser ellos quienes suplicaran, pero Morfeo se había largado muy lejos y la
única pista que tenían de él venía de Españistán, enclave que daba
cobijo a tantxs gandules que encontrarle habría sido poco menos que imposible.
Decidieron simplemente buscarle substituto, varios substitutos pues no
esperaban que un solo mortal pudiera encargarse de toda una misión celestial, y para ello pusieron anuncios en los periódicos de todo el mundo.
Recibieron respuestas rápida y masivamente (la puta crisis) y más que hubieran
recibido si algunas personas no se hubieran desalentado al ver “ya hay dos
millones de candidatos para esta oferta”. El trabajo fue suyo para leer todos
aquellos currículos abyectos de la más sometida humanidad. Aunque también se
rieron un rato al ver que algunos paletos de espectacular hipertrofia basada en
anabolizantes se ofrecían como “tronistas” para posar sus nalgas en la sagrada
butaca regia del huido dios del sueño. Debieron haberse equivocado, nadie envía
una misiva al Olimpo con semejante caligrafía idiota.
En cualquier caso pronto empezaron las prácticas, por aquí y por allá. Miles de
novatos distribuidos por zonas geográficas a lo largo y ancho del globo
empezaban su nuevo trabajo con entusiasmo. Usaban todos los trucos a su
alcance, ponían casettes donde se escuchaba a Hermida divagar sobre la mecánica
de los tractores, le cambiaban a la gente los cómics de superhéroes por densos volúmenes sobre historia regional
uzbeka del siglo tres, y en definitiva se dejaban la piel en que la gente
sintiese los párpados volverse plomo. Hay que reconocer que en ocasiones les
salía mal el tema y ponían los casettes donde no debían, provocando accidentes
múltiples que causaban decenas de bajas sangrientas. Gajes de la inexperiencia,
claro está, pero Hades prohibió queja alguna a este respecto allá en las alturas, y
repetía satisfecho: “¡Becarios sí!” Y... ¿quién osa discrepar ante Hades y su
guadaña?
Así que pasaron algunos meses de caos y confusión en la tierra, con el descanso en manos de novatos compitiendo por quedarse con el puesto, que empeoraba
el atolladero en que ya de por sí se había convertido la existencia humana y
precipitaba a un vértigo mucho mayor su ya irrefrenable descenso por el abismo.
También se dieron casos de novatos que apenas llegaron a entender su nuevo
trabajo. Y sobre uno de estos casos es que versa este relato.
Llegados a éste punto, es menester hacer un breve inciso histórico y teológico;
Hubo una vez en que la humanidad pretendía hacer una torre que llegara hasta
los cielos, desafiando con ello al creador y poseedor de todo primigenio
copyright. Cuando el susodicho se enteró,
los condenó a hablar todo tipo de lenguas distintas para entorpecer el
proyecto y todas sus relaciones. Pero los humanos , astutos, reaccionaron
volviéndose poliglotas. Contrariado, y pidiendo consejo al inframundo porque en
él mismo no existía la malicia necesaria para contraatacar, creó el alemán. Ahí ya lo reventó todo y la torre se fue
al carajo (otro día explicaré el suceso a fondo, hoy quería solo hacer una
referencia fugaz y sin atender en demasía a los detalles).
Hasta aquí este imprescindible inciso que nos pone en contexto.
El alemán, creado a partir de una idea fraguada en los abismos del Averno y
como castigo a la humanidad, es demasiado difícil hasta para los alemanes. Y la
pareja de alemanes que envió su currículo al Olimpo para encargarse del sueño
en la comarca de Hessen, ni siquiera tenía claro de que iba todo aquello. Algo de “gente durmiendo”. Arbeiten y
schlafen, trabajar y dormir, dos conceptos opuestos hasta en los idiomas con sentido.
Este par de gráciles y rubicundas criaturas, que respondían a los nombres de
Werner y Gunter, se plantaron allí y pensando que no tenían nada que perder por
el intento, pronto aceptaron el puesto y se pusieron manos a la obra.
En realidad, manos a las obras. Lo interpretaron todo a la inversa, creyendo que su trabajo era que nadie
durmiese (consecuencias de pretender comunicarse usando un idioma que es más
bien un jeroglífico demoníaco), y para ello sus mejores armas serían el martillo y el
taladro. Así, empezaron a desatar su furia a la vera de cualquier hijo de vecino que amenazara con cerrar sus ojos y disfrutar del merecido (o no) reposo en Hessen.
Yo soy de esos pobres desgraciados que se siente abandonado por Morfeo, y aun
peor, que habita en Hessen. No solo se fue el dios del eterno sopor. Además
ahora los custodios de mi descanso son dos gualtrapas que en cuanto ven que mi
cuerpo se rinde, corren a ejecutar su labor con estricta eficiencia germánica.
Martillazo va, martillazo viene. Tienen las paredes de mi edificio como un
queso gruyere. La otra mañana, desquiciado, me asomé por la ventana y vi que
habían empezado a practicar orificios en el techo, porque ya no hay espacio
para hacer un solo agujero más en la pared; aunque lo intentasen con una broca
de tres milímetros, simplemente no hay espacio para más agujeros. Solo la
gracia divina que les han concedido explica cómo pueden esas paredes y por ende
todo el edificio, erguirse aún en su estoica resistencia.
Sueño con que los echen pronto por inútiles. Pero intuyo que en el Olimpo ya
duermen a gusto y que no se ofuscan
mucho ante la idea de que Hessen se convierta en la excepción que confirma la
regla del descanso en la tierra.
Así que estoy atrapado bajo la tiranía de estos dos patanes contra los que nada
puedo hacer, y no sé si culpar a Morfeo, al idioma alemán o al edificio por no
aparcar la cabezonería y derrumbarse de una definitiva y liberadora vez.
Si este relato trágico te ha adormecido en algún momento, significa que estas
lejos del alcance de Werner y Gunter. No te envidio cochinamente. De verdad, me alegro por
ti.