domingo, 2 de abril de 2017

Ocaso hemopluvial



Ahora ya está. Por fin, tras una larguísima espera, todo ha terminado.  Ya no hay promesas, venganzas, sueños, citas, propósitos de año nuevo, ni meta alguna por cumplir. Menuda liberación y que despilfarro de tiempo el entregado a todo eso hasta este punto y final redentor. Si antes todas las utopías parecían ridículas, ahora se ha confirmado que nunca fueron más que castillos en el aire, un bonito autoengaño con el que hacerse el sueco ante la realidad aplastante, la cual también se ha esfumado, junto a todo lo demás.
Todos los planes, analíticos y objetivos, calculados con esforzado esmero; pero también todas las disparatadas quimeras, divagaciones sin pies ni cabeza, todo se ha quedado por siempre jamás a medias.

Me he despertado pronto, circunstancia desagradable tras haberme dormido tarde, pero salta a la vista que hay quien ha despertado antes que yo. La dama de la guadaña ha madrugado (quizás buscando la ayuda divina prometida por un refranero que se chotea de la clase obrera) y  a juzgar por lo acaecido se le ha ido la huesuda mano con el café. No ha dejado títere con cabeza, salvo a mí, vaya usted a saber por qué. Seguramente porque su obra necesitaba de algún espectador para poder estar completa. Las obras que no han sido nunca vistas por nadie son una auténtica mierda. O eso supongo, porque yo no las he visto. Pero como nadie más las ha visto estando así en posición de contradecirme, mi criterio prevalece. Además, qué más da, ahora ya nadie va a poder contradecirme en absolutamente nada. Pero retomando mi duda;  si la vida me ignoraba, ¿por qué no iba a ignorarme también la muerte?

En este instante el infierno debe estar saturado, no debe haber espacio ni para un alfiler. Ni para el cerebro de un nazi. Deben haber sofocado toda llama por la falta de oxigeno, tan apretujados estarán. Puedo imaginar al encargado de ubicar a los recién llegados amenazando con convertirse al cristianismo con tal de irse de ahí, que en el paraiso cristiano no hay absolutamente nadie, al menos en el celestial, que el paraíso cristiano terrestre sí que estuvo hasta ayer lleno de bastardos comiendo opíparamente a costa de los diezmos ajenos. Me río yo de los siete sacramentos eclesiásticos. Pero esa es otra historia.

El caso es que me he despertado demasiado pronto, me he asomado a la ventana con una mezcla de irritación y desidia y vaya panorama se ha descubierto ante mis ojos. Todo el mundo ha fallecido, todo el mundo. ¡Y de qué manera! Visto lo visto, sus almas han abandonado su cuerpo mediante una especie de estallido atroz que ha terminado por convertir el esternón en una especie de puerta abierta a las entrañas. O en el caso que nos ocupa, en sentido contrario, puerta abierta a la inmensidad del aire libre. El penúltimo en morir, después de todo la última seré yo, habrá disfrutado de un espéctaculo sin igual en la triste historia de este mundo. El evento debe haberse asemejado a una gran guerra de globos de agua rellenos de plasma sanguíneo desintegrándose con brutal fuerza acompañado por la acústica de trillones de burbujas de plástico de embalar desintegrándose a su vez en harmónico compás.

No queda ya a estas alturas más que reconocer que el cuerpo humano estaba mal diseñado. Toda alma debería disponer de algún conducto de escape, como lo hace todo aquello destinado a abandonar el cuerpo en algún momento. El alma humana no siempre está conforme con su situación de constreñimiento forzoso, muy a menudo solo anhela expandirse y difuminarse en lo etéreo. Por no hablar de todas esas personas, caducas ya, que me reservaré nombrar no ya por sus imposibles reproches si no por los que pueda hacerme yo a mí misma (en mis manos estaba segar parcialmente la cosecha nocturna de la más antigua dama, aliviando su carga y la mía), en las que el espíritu habíase tornado poco más que algo residual y desechable, a tal grado de inmundicia habían logrado reducirlo por activa y por pasiva.
Entonces una puertecita de salida en su cárnica jaula habría resultado del máximo provecho y evitado casquerías tan cruentas como las que han tenido lugar en el transcurso de esta noche.
Una noche movidita, que si quedase algún historiador para hacerla constar, pasaría a ser denominada como “la noche de los tiempos”, sin el menor género de duda. Ha explotado el pecho de todo ser humano, de un modo violento e implacable, como vaticinara Raffaella Carrà. La susodicha puertecita ha brillado por su ausencia. A lo bestia, un pecho tras otro, gordos o flacos, blancos o negros, femeninos o masculinos, ancianos o infantiles, depilados o no. Todos sin más excepción que el mío. Hay restos del interior anatómico de cada ser humano esparcidos por todas partes. Dicen que lo más bonito de las personas está en su interior. Pues su interior ahora decora el planeta cubriéndolo como un manto viscoso y yo no consigo captar las delicadezas de esa belleza siempre oculta. Solo sé que al final fue una muy buena decisión pintar mi fachada de rojo, por más que me criticara mi exvecina, ahora reducida a un cuerpo agujereado espontáneamente. Ya no me dará más la lata, y aún ha enrojecido más mi pared; que graciosa ironía que ese haya sido su último acto en este mundo desde hoy mucho mejor.

Tras unas breves e ingeniosas pesquisas que he llevado a cabo, sin moverme demasiado, todo sea dicho, que no estoy de humor ni tengo ganas de grandes ceremonias, que a mí todo esto me da un poco igual, pues he podido averiguar algunos datos de interés sobre esta explosión colectiva. Todos los indicios apuntan a que el fenómeno se ha producido siguiendo el orden de los husos horarios. Supongo que ha sido la manera que ha tenido la muerte de no armarse líos, porque imáginate, lector amable que podría existir si no hubiese palmado el resto de mi especie en su totalidad, lo complicado que debe ser ir con una listita similar a la de la compra tachando nombres. Estoy seguro de que optó por la vía metódica, lo que me hace sentir cierta admiración por ella. Y no es que mi gratitud me condicioné eh, que ni siquiera estoy segura de que no se trate de un error y de que su verdadera intención no fuera la de posponer el último suspiro de cualquier otro. Si puede llamarse suspiro al ruido que hace un tórax al reventar.

Ese recorrido definitivo, las postrerías del lamentable paso de la humanidad por un mundo que habría podido ser tan hermoso, incluso con la humanidad a cuestas si esta no se hubiese obstinado en perpetuar la idiocia imperante, dio la vuelta al globo sin dejar vida a su paso, y puedo imaginar lo que supuso en determinados escenarios, como momentos solemnes interrumpidos por sonoras muertes súbitas, o el caldo tibio que debia impregnar las grandes aglomeraciones de personas. Tal vez solo hayan quedado limpias las bibliotecas. Si me detengo a analizarlo detenidamente, que para eso me he sentado en mi taburete junto a la ventana, no puedo sino alegrarme por toda aquella gente a la que los estados y su moral conservadora les negaba la eutanasia. Por quienes querian suicidarse y no terminaban de reunir arrestos. Por los esclavos de sus hipotecas. Por la gente casada. Por los trabajadores de Precusa. En definitiva por toda la gente infeliz que sin verse obligada a mover un dedo para desfacer el entuerto, ha visto su cruel condena tocar a su fin.
Podría parecer una psicópata si hubiese quedado alguien vivo para escucharme. Con toda esta frivolidad, indiferencia, con este incrustado pasotismo que me incapacita para conmoverme por el percal. Pero vamos, era una posibilidad que siempre estuvo ahí, ¿no es cierto? Ya sabíamos todos y todas que íbamos a fenecer. Lo sabíamos perfectamente. Si absolutamente toda la poblacion mundial tenía esta certeza, ¿por qué no iba a poder darse la casualidad de que sucedería (soy el casi del caso) al unísono? Era matemáticamente improbable… pero no imposible. Tal vez no hayáis sido lo bastante precavidos o tal vez hayáis sido ingenuos al desdeñar esa lejana posibilidad que esta noche, según la hora local, os ha explotado en los morros. O mejor dicho en el pecho.

Y eso os convierte postumamente en lo que ya fuistéis en vida: tontos. Pudistéis pasar la noche follando, pero la pasastéis discutiendo. Pudistéis ir y pedir perdón a vuestros familiares y amigos, o ir y perdonarlos aunque no os lo pidieran y disfrutar de unos momentos de ligereza en vuestras vidas antes de que esta saliese disparada a traves de vuestro plexo solar. Pero preferistéis ser orgullosos. Me cuesta no reír. Ni siquiera tuvistéis la decencia de liberar a todos vuestros esclavos. Ahora me toca a mí recorrer los cinco continentes abriendo jaulas y vaciando peceras en mares y ríos. Ahora debo apañármelas para sacar a las panteras de los zoos (no tengo miedo, es obvio que la muerte me ama. O me teme. O respeta. O ignora. Lo que sea), para sacar a los monos y ratas de vuestros laboratorios inmundos, para sacar a las orcas y los delfines de los delfinarios. Para eximir a los gatos de recorrer sus millas verdes en los restaurantes chinos. Muchísimo trabajo voy a tener, podriáis haber tenido un último, o en la mayoría de los casos primero y único, gesto altruista. Es obvio que lo más difícil va a ser devolver a esos seres a sus hogares sin que en sus hogares me perciban a mí. Porque la fiesta a esta hora en el reino animal debe ser la más grande celebración que haya tenido lugar sobre la faz de esta tierra que hoy vuelve a nacer. Los mugidos, balidos, aullidos, relinchos  y rebuznos, los cantos de las ballenas y de los ruiseñores, los bailes de cortejo, las carreras arriba y abajo, la felicidad pandémica que debe recorrer las arterias de todo orden taxonómico. Puedo sentir hasta a las plantas respirando con más alivio que de costumbre. Si apareciese yo en todas esas juergas que ahora mismo se suceden globalmente, ¿qué pensaría el resto de animales? Represento su desesperanza, su sentencia irrevocable. La especie letal y destructiva, la que incendia su propia casa quemando con ella la del vecino, aún vive, perdura. Soy en mí misma la encarnación de toda pesadilla ecológica o moral. Los otros animales no deben verme, pero con todo, debo liberarlos. Ya veré como me las apaño. Quien algo desea siempre halla el modo, y quien no desea, siempre halla la excusa.

Eso sí, necesitaré tiempo… porque tal vez yo también explote de aquí a un rato.
Aunque la muerte haya pasado de largo (tal vez mi exvecina tuviera razón y este color provocaría rechazo hasta en el inframundo) no puedo por ello creer ahora que soy inmortal. Es de suponer que mi momento también llegará. Es la misma certeza de siempre pero ahora sometida a este contexto de portada de Cannibal Corpse y olor a hierro. ¿Qué va a ser de mí? Y sobre todo, ¿por qué no lo ha sido ya? No quiero sucumbir ante un renovado temor a la muerte, era una sentencia que ya pesaba sobre mí desde mi nacimiento y a la que me había acostumbrado.  Creo que lo mejor va a ser un punto medio a la hora de enfocarlo. Es decir, me encenderé un cigarrito. Si la muerte me excluye de su temido y eterno libro, al fin podré fumar sin consecuencias. Si tan solo me quiere castigar con su rechazo y terminará por venir, en cuyo caso su existencia se volverá tan aburrida como la mía al poder estar tan solo pendiente de mí (el resto de animales debe suponerle poco mas que aburrimiento, pues nunca merecen su visita en realidad), pues mira, esta es mi manera de decirle que su espectáculo no me impresiona y que sigo sin dejarme apabullar por ella. ¿Fumar mata? Pues yo me mato, no sea que la muerte me deje de lado por pereza, nada de eso, vienes aquí y cumples con tu cometido, que no haber tenido ni un minuto de descanso en millones de años me parecería un motivo comprensible para tu ausencia, pero ser yo la damnificada me impide aplaudirlo. Y habiendo encendido ya el veneno concentrado y sosteniéndolo entre mis dedos, pues me limitaré a ver qué tal queda la tarde. Antes de explotar los meteorólogos dejaron un último prónostico, sería un homenaje póstumo bastante atinado que por una vez su predicción, tan parecida siempre a los palos del ciego, se correspondiese casualmente con la realidad. Me gustaría haber disfrutado de su vaticinio de haber presenciado ellos semejantes circunstancias. Porque parece una obviedad que estos mares de sangre afectarán irremediablemente al ciclo del agua, ese que Rajoy desconoce y al que su mente relaciona con la magia y los ritos ancestrales de druidas y chamanes. El planeta azul ahora luce escarlata y todo ese líquido tibio está llamado a pasear por los cielos. Lloverá sangre antes o despues, y eso haría feliz a Erszébet Bathory. Así que si hace sol como dijeron, saldré a pasear. Y si se equivocaron por enésima y última vez, también. En cualquiera de los dos escenarios, me veré obligada a calzarme las botas de goma, que ahora son blancas pero pronto seran rosadas, como los labios de los bebes o los cerezos en primavera.





viernes, 24 de marzo de 2017

Limpieza de sable











Aunque parezca una perogrullada, hubo un tiempo en que el mundo se vio sumido en la guerra y la barbarie. En el transcurso de aquella era sombría, todos peleaban contra todos, por grandes asuntos como pueden ser la ocupación y dominios de grandes extensiones de terreno o de hondas reservas de agua, pero también por inanes simplezas, como dos o tres almendras. Por menos de tres y de dos almendras se habían formado auténticas fosas comunes. Imperaban la sangre y el fuego, en una vorágine destructiva tan descontrolada como por supuesto, imparable. La fe humana y todas sus esperanzas morían aborrascadas…  y entonces sucedió algo que lo cambió todo.
Entonces, aunque parezca un delirio inexplicable, el mundo dio un giro completo a su situación y se vió repentinamente sumido en la paz y la armonía. La situación sólo pudo dar un giro tan absoluto gracias a la fortuna, la casualidad y al careto más impropio que haya tenido que padecer el buen nombre de la belleza a lo largo de la triste existencia humana.
Uno de esos pocos líderes que enviaban a morir y matar a oleadas a todos los que se hallaban por debajo de él, resultó ser tan feo que los espejos se giraban ruborizados ante su presencia, cuando eran capaces de sobrevivir enteros al primer contacto con la fealdad hecha carne. Esto favoreció y mucho al fin de todos los conflictos. Pues el tal general se resolvía a acudir a declarar la guerra aquí o allí, y nunca conseguía cumplir su objetivo. La gente caía de rodillas rindiéndose antes de saber que el pobre hombre venía a luchar. Y no sólo aquella gente que él consideraba enemiga. Se postraban a su paso sus enemigos, sus amigos, sus familiares, los perros, las ratas y las ardillas. Las genuflexiones solían ir acompañadas de las más sentidas onomatopeyas, destacando por su popularidad la cada vez más extendida “aaarrgghhh”.
Y de tanto poner a la gente a huir buscando consuelo y protección aunque fuese tras las barbas del mismo diablo, las conflagraciones y las refriegas llegaron a su término. Aunque se peleasen dos personas en algún punto lejano, dos personas ajenas a la paz que palmo a palmo conquistaba el resto del globo, bastaba con que se arrimase y sonriese el más feo de los hombres para que ambas dejasen las armas en el suelo, palideciesen, y en caso de ser débiles mentalmente, rompiesen a llorar como recién nacidos.
Por supuesto, esto le dejo a él como único gobernante, juez y administrador mundial. Y podrían haber sido tiempos aciagos, la verdad; pero a falta de rivales, y también de amigos sinceros, él se vio pronto condenado al más profundo aburrimiento, y el mundo al más plácido y sereno marasmo.
Se limitó a enterrar su espada, la que nunca pudo llegar a usar en combate, en un pedestal bautizado por todos como el altar de la paz, y esta simbolizó el cese definitivo de toda lid terrenal.
Por medio de algún complejo ardid, o tal vez por un fortuito error de la naturaleza, dispuesta a redundar en su atentado contra la beldad, nuestro amigo consiguió procrear. Y con su vástago se inició todo un linaje que duraría tantas épocas como estrellas llenan el firmamento, todas ellas llenas de paz porque la humanidad ya se había acostumbrado a vivir tranquila y feliz.
Hasta que, de nuevo, algo lo cambió todo.
Uno de sus muchísimos descendientes directos, custodios siempre de la espada y cuanto esta representaba, nació digamos un poquito cabrón.
Ya acabado de nacer devolvió  la hostia al galeno que le golpeó para hacerle llorar, y pasó su infancia confundiendo a los maestros, la mayoría de los cuales no podía ni imaginar nada parecido a la violencia, propinando inopinadamente puñetazos a diestra y siniestra en el aula.
Tiraba del rabo a los gatos, arrojaba piedras contra los cristales, prendía fuego a las papeleras y según fue creciendo, también lo fue haciendo su violencia.
Nadie sabía exactamente cómo reaccionar pues la población provenía de incontables generaciones de mansedumbre y así, el más violento de los hombres, simplemente sembraba el caos y el terror a su antojo.
Una buena tarde, a sabiendas de que los oráculos (era cosa común verles alternar con la débil especie humana por aquel entonces) reprobaban su hostil actitud y las consecuencias de la misma, decidió ir a visitar a uno de ellos sólo para hincharle las gónadas a base de bien.
Irrumpió en la humilde morada del oráculo para hacer gala de un completo repertorio de insolencias e impertinencias capaces de exasperar a cualquiera, adornadas con un buen montoncito de amenazas, burlas y horrísonas vejaciones verbales.
El oráculo, sabio, paciente y prudente, pensaba “ya se cansará éste gilipollas”. Pero lejos de cansarse, el más cabrón de entre los gilipollas no hizo sino encenderse cada vez más, llegando al culmen de su furia con un alarido atronador que retumbó en los cimientos y las almas de todo cuanto había en un kilómetro a la redonda. Un alarido compuesto por cuatro palabras atronadoras: “te vas a cagar”.
Con el fuego en los ojos y los dientes tan apretados que varios de ellos llegaron a romperse, se encaminó a la plaza mayor, sacó la espada de la paz de su secular reposo y volvió a la choza del oráculo, para, sin mediar rebuzno, degollarlo y derramar una vida alevosamente sobre la faz de la tierra, siglos y siglos después.
Calmado, trémulo y satisfecho, se reía mezquinamente cuando otro oráculo que además de tener el don de la oportunidad resultó ser el mejor amigo del cadáver que yacía en el suelo con la nuez cercenada, abrió la puerta preguntando con su suave voz… “¿Manolo?”
Oh, toda la tragedia humana y la que aguarda más allá de las humanas limitaciones se condensó en su mirada al topar frontalmente con la escena del homicidio, de la brutalidad, de la injusticia. Pero antes de romper en llanto, y mirando fijamente al  criminal, habló así:
«Has desatado todos los demonios que hasta hoy permanecieron sepultados bajo la punta de ese arma. La decadencia de la espada y la de la humanidad irán ligadas por siempre jamás. La espada sólo recuperara su fulgor cuando la humanidad vuelva a ser digna, y la humanidad sólo volverá a ser digna cuando la hoja recupere su pulcritud. Sólo el más inteligente podrá hallar alguna vez la espada y solo la dignidad humana la restaurará. Estáis condenados ad eternum. Así os maldigo desde ahora y para siempre» . Y tras proferir semejante juramento, que hizo estremecer hasta al cadáver, comenzó a llorar. Al principio pausadamente, como si una timidez solemne lo embargara. Después se desató y lloró como una plañidera. Más y más y más. Tanto que inundó la calle, el barrio, el país, el mundo. Es cosa seria cuando un ser místico y pseudo divino decide ponerse llorón. El agua dio a la vez muerte y sepultura a toda la civilización y allí quedaron, sumergidas y extraviadas, la espada y toda la sangre inocente del mundo. Lloró tanto que se formaron océanos y mares, y en un alarde romántico podría bien decir aquella persona curiosa que topase con el origen de las cosas, que el mar es salado por ser un gran cúmulo de lágrimas rencorosas e impotentes. Y tendría razón en su apreciación. Con dos excepciones que es menester señalar: la Barceloneta y la Malvarrosa. Allí el agua es salada de la cantidad de inmundicia y mierda que se acumula. Pero eso ya forma parte de la historia contemporánea y los nuevos derroteros que tomo el mundo tras la anegación. Y antes de profundizar en ellos y trasladarnos a la actualidad, es forzoso realizar un pequeño inciso.


Hermes de Trismegisto, el tres veces grande, legó una serie de certezas metafísicas a la humanidad. Leyes universales, siete en total, entre las que se incluye el principio de polaridad, que dice así: «
todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse» .
Es decir, que la gilipollez extrema y la extrema inteligencia son una misma cosa, tan sólo disímil en grado.

Alguna interpretación así de alquímica debió hacer el espíritu del juramento del oráculo que todo lo inundó, para que solo Dios sabe cuánto tiempo después, sucediera lo que sucedió.

Y es que hallábase un puto idiota de remate, esforzándose en no tropezar mientras caminaba a la vera de un acantilado, mientras se entregaba a uno de sus hobbies predilectos: ponerse bizco para apreciar todo el lustre de la gomina que inundaba su mostacho. Aunque esta ocupación le llevase a la fatiga intelectual y le supusiese un desgaste mental atroz que solía acabar en lacerante jaqueca, a él le fascinaba. El paradigma de la imbecilidad, que para ahorrarme escribir unas cuantas sílabas y ahorrarte a ti leértelas, basta con señalar que era patriota, taurino, cazador, madridista y putero, de alguien así estoy hablando; ese cretino mayúsculo, hiperbólico cenutrio, vergüenza del bien por defecto y del mal por exceso, renuncia póstuma de Darwin, antítesis de todas las musas y de cuanta honra hállese en la existencia, ese pedazo de gilipollas, sintió un súbito impulso y obedeciéndolo sin pensar (en definitiva la única manera que conocía de proceder), pegó sus manos a sus piernas y se lanzó al mar con una nada fingida expresión de idiocia crónica en su rostro. De lado, como pretendiendo ser un pez y desde unos nada desdeñables nueve metros de altura.

Los peces se apartaron en cuanto rozó el agua, de puro asco, y el se hundió hasta tocar el fondo de aquella gran masa líquida. Allí halló una espada que con no poco denuedo consiguió sacar a flote hasta exponerla al aire salado. No entendía nada, era como si la espada le hubiese llamado y él se hubiese limitado a obedecer. Y esto es por un sonado desatino del destino, que siguiendo el principio de polaridad, envió al más abyecto y obtuso espécimen humano a recuperar el arma, entendiendo que era lo mismo eso que “sólo el más inteligente podrá alguna vez hallar la espada”, pronunciado por el oráculo en su maldición definitiva.

Por supuesto hubo testigos de aquel rescate tan peregrino, y pronto hicieron acto de presencia las autoridades. Le dieron una manta y le explicaron que era para calentarse porque ya estaba haciendo pases toreros con ella, pobrecito. Y a la vista del hallazgo, que consideraron excepcional, convinieron en que le condecorarían.
Mas tras un breve intercambio de palabras con el héroe, se dieron cuenta de que bastaría poca pompa en la ceremonia. Unos meses antes se había realizado una convocatoria para un torneo de ping-pong infantil en Matadepera pero nadie lo ganó porque los niños sólo sabían jugar al ping-pong en la playstation, así que emplearon aquellas medallas huérfanas en hacer feliz a aquel pobre idiota. Triste final para un metal llamado a la gloria.

La espada fue ascendiendo de categoría en los despachos que visitaba. Al principio se la disputaban el museo del pueblo, el ayuntamiento y los del museo marítimo. Pero tras algunas casuales pruebas, alguien se percató del peso de aquel objeto en la historia humana y con ello comenzó un periplo para la espada que la llevó alrededor del globo varias veces y en todas las direcciones (la burocracia y la diplomacia internacionales, consecuencias directas del rencor del oráculo que continuaba atenazando a la humanidad), hasta que acabó donde hoy continua, en un bunker yanqui bastantes metros bajo tierra.
Allí, conscientes ya aunque yo no sepa cómo, de toda la historia oculta bajo el óxido, luchan a brazo partido por intentar restituir el brillo de la hoja.
La hoja solo volverá a lucir cuando la humanidad vuelva a ser digna, y lo saben, pero no pierden la esperanza de forzar la situación y lo intentan de todas las maneras habidas y por haber. La frotan con extracto de plutonio mezclado con salfumán, la frotan con coca-cola, la someten a las vibraciones de los discos de Enrique Iglesias (en cámaras convenientemente insonorizadas, sobra decir) aguardando expectantes a ver si la herrumbre cede y se cuartea… pero es en vano. Debaten largas horas sobre la necesidad de exterminar a las principales amenazas para la dignidad humana, pulcramente enumeradas en una lista que encabeza Paquirrín, pero esto les plantea dilemas morales que imposibilitan su labor. En fin, se vuelven locos observándola mientras la especie humana cae en picado arrastrándolo todo consigo. Y toda esa locura es inútil.
Porque ahí sigue la espada, llena de mierda. Y ahí seguirá. La humanidad no recuperará la dignidad. Y cuanto antes lo aceptemos, mejor nos irá a todos.



sábado, 23 de julio de 2016

Strangers in the night


Tengo unos amigos,
a los que solo yo veo.
No es que sean invisibles,
es que el resto los consideran inservibles,
mas ellos siguen ahí,
y yo adoro esa lucha; admiro sus arrestos.

Tengo unos amigos que me encuentran cada noche,
aunque durante todo el día se esconden.
Vienen cuando todo está en calma
 y habitan los cimientos de mi casa,
allí donde no hay un alma, solo el silencio,
 y cuando yo saludo, con más silencio responden.

Tengo unos amigos que a las “personas de bien” disgustan;
estas se afanan en llenarlos de oprobio.
Pero mis amigos no se inmutan,
ellos nacieron libres de culpa,
y son tan dignos que nunca juzgan a otros.

Tengo unos amigos rechazados, a los que el mundo quiere lejos,
y aunque a mí me pase lo contrario, lo contrario sigue siendo lo mismo,
y por eso me identifico con ellos.
La gente los corre a escobazos, pero ellos aun viven, respiran, se juntan, ríen, sonríen, se miran y se entregan,
eso los hace hermosos, felices más allá del denuesto.

Mientras el vecindario duerme, ajeno al espacio y el tiempo,
yo llego a casa de trabajar y ellos ahí están, siempre esperando.
En cierto modo eso me hace feliz, y les sonrío con agrado.
Posiblemente sean los únicos pendientes de mí,
y probablemente sean los únicos que están despiertos.

Sospecho que desearían fumigar a mis amigos,
 y en sus arrogantes bocas afloraría, insistente, la palabra “plaga”.
Si fuesen coherentes, si aplicasen con rigor siempre el mismo criterio,
todo el planeta sería un cementerio.
O no, porque solo morirían lxs humanxs. 
Y con ellxs los cementerios, el cemento, y el resto de sus defectos.

Si algún día alguien se desvelase y su insomne ser arrastrase hasta el sótano,
entonces los descubriría, se le escaparía un grito de espanto,
y al día siguiente quienes fumigan tendrían trabajo.
Por suerte solo yo piso los cimientos en aquellas horas oscuras,
y resulta que a mí me da igual todo.
Así que me acusarían enseguida de encubrirlos, de ser su cómplice, estoy convencido de ello.
Es algo que me atemoriza, no lo niego.
Pero no porque tema sus grasientos dedos acusadores.
¿Creéis que temo a la vergüenza? ¿Al rechazo? ¿Al desprecio?
Lo poco que temo es llegar en mitad de la noche y no ver a mis amigos,
Pensar que habrá sido de ellos…  y de nuevo sentirme solo.






viernes, 8 de julio de 2016

San Juan



Cuando los superhéroes regresan a casa tras una dura jornada laboral, son recibidos con tanta pompa y derroche como la ocasión merece. No se escatiman vítores ni medios en agasajar el retorno de quien ha dado sepelio a algún malvado villano y se ha jugado el tipo altruistamente velando por la integridad ajena.

Johnny Storms sabe bien lo que se siente entonces. A lo largo de su carrera vivió incontables regresos triunfales. Con el regusto en la boca de quien ha salvado el barrio, su país, el mundo entero. La fama, el reconocimiento, la popularidad y el agradecimiento unánime de la humanidad reconfortan al más pintado.
Aunque por supuesto también implica cargar con responsabilidades, deberes, dilemas morales y con el hecho de estar siempre sometiéndose al riesgo. Y eso pesa.

Muchas veces Johnny, sentado en su taburete, se preguntó porque demonios no podía haber sido otro el que recibiera aquella dosis de rayos mutagénicos en el espacio exterior, adquiriendo con ello los poderes que ahora le pertenecían.
Había estado en demasiadas guerras, hecatombes, catástrofes naturales y hasta peleas por el monopoly, y aunque disfrutaba de que le pararan entre zalemas (e incluso de esto empezaba a estar quemado, nunca mejor dicho tratándose de él) lo cierto es que se hacía mayor y deseaba experimentar otro tipo de vidas. Ponerse en otras pieles y jugar otros roles.
Por eso un día dejó el trabajo y se largó a la francesa. Se fue al otro lado del charco y decidió iniciar una nueva vida. Se acabó la eterna circunspección.

Se fue hasta la península ibérica, donde pasaría desapercibido ya que nunca había salido en GH ni en MYHYV. Incluso se compró un billete de avión, solo porque le hizo gracia. Nunca había comprado uno porque el podía volar.
Llegó, se buscó un pisito y se encaminó hacia el bar. A procurarse fuego para el gaznate aunque siempre había sido abstemio a lo largo de su superheroico camino. Pero ahora quería ser un pringao, no aquel ulano carrancudo que fuera otrora.
 Y no tardó en hacer amigxs. Aunque desde luego no el tipo de amigxs que le convenían. Pero le encantaba que así fuese.
Se junto con tres cernícalxs con cresta, a saber: el “liendres”, el “chanclas” y la “pústulas”. Al poco de conocerse ya habían congeniado profundamente y pasadas unas pocas semanas, ya se estaban llevando al bueno de Johnny a farras y disturbios de manera regular.
Siempre iban juntxs y les habían empezado a llamar “lxs cuatro fastánticxs” y esto le divertía enormemente, era toda una burla a su pasado y además había empezado con los porritos e iba todo el día fumado, por lo que cualquier cosa le divertía enormemente, cuando se enteraba.
El cabrón triunfó muy pronto en aquellos ambientes. El había dejado todo atrás buscando la normalidad. Sus reflexiones de hombre serio sobre las que edificó la determinación de una nueva vida incluían el no volver a hacer uso de sus poderes. ¿Pero cómo podía resistirse? Sus amigotxs lo adoraban porque fundía el costo con la punta del rabo. (Sí. Exacto. Como Charmander. Pero por delante), Y porque prendía fuego a los monillos sin necesidad de arrojarles ninguna botella con trapo. De hecho les prendía fuego desde la distancia, ¡a veces mientras estaban en un banco comiendo pipas!
Sí, se había prometido a si mismo no dar más uso a sus capacidades sobrehumanas, pero ahora no las usaba para hacer lo correcto como un mojigato. Ahora se divertía con ellas, ¡y de que manera!
Sus amigxs lo agradecían y espoleaban y enseguida tuvo una reputación bastante sólida… también entre la policía.
No es que la policía en aquel país se enterase de nada, porque iba tan fumada como el mismo, pero andaban bastante mosqueadxs por lo de las “combustiones espontáneas” de los últimos tiempos, o como ellxs las llamaban en realidad: “jarder porque sí”.
Y aunque fuesen mas tontxs que una mierda, se dieron cuenta, por una casualidad rocambolesca que no viene al caso, que aquel tal Johnny estaba cerca de todos los fregaos.
Así que empezaron a perseguirlo y a base de pedir ayuda (para atarse los cordones y poder perseguirlo, no para mucho más, que era gente humilde), la situación, en forma de chisme, fue alcanzando esferas cada vez superiores, hasta que llegó incluso a su Glenville natal.
Y con ello se acabo la prerrogativa de su nuevo anonimato.

Sus antiguos jefes, el gobierno de su país y hasta su casera a la que había dejado dinero a deber en su huída hacia la vida, ahora estaban bien furiosxs.

Pero como ahora era un ser sin DNI, se les escabullía como una rata. Siempre llegaban tarde a su encuentro y solo encontraban el rastro de cenizas que dejaba tras de si, cual Othar enrabietado.
Él pronto sintió el acecho y la presión de las autoridades, ahora que le habían encontrado. Notó como estrechaban el cerco y se percató de que eran sus poderes quienes le delataban, que de algún modo conseguían captar de inmediato su uso y que así sólo llamaba la atención.

Así que volvía al punto original de su huida. No más poderes, por su propio bien y el de su libertad. Farras y kale borroka sí, pero sin ostentaciones flamígeras. Quería ser libre. Ahora era esclavo del tabaquismo, pero estaba contento de ser esclavo de los vicios y no de las virtudes.
Y sabía perfectamente, porque cada vez le iba más justo que no le engancharan, que si se encendía un solo cigarrillo más jugando a los dragoncitos, se le echaban encima todos los ejércitos que ahora preparaban la emboscada final. Así que resuelto el busilis, ya solo le esperaba la paz.

Dejó su pisito y se fue a okupar con el chanclas y no volvió a usar sus poderes más. La policía se pasaba la vida persiguiendo sombras y dando vueltas en círculo, y aporreó durante bastante tiempo a cualquiera que usase un mechero, confundiéndose como siempre, pero esto era favorable a los intereses de la gente que luchaba, pues ahora la pasma se dedicaba a expandir su propia psicosis en vez de perseguir a quienes la burguesía les ordenaba que persiguiesen.

Muchos meses se pasó pegándole a cuantos vicios hayan. De hecho lo que empezó como una vida normal y humilde pronto alcanzó los límites de la decadencia y el tío ya hacía eses hasta cuando no bebía. Se pillaba unas melopeas que se caía de espaldas y se iba al sótano cada vez que oía “abajo las drogas”.
Y una hermosa mañana estival, al despuntar el alba y tras pasar una noche entera con tambores en la playa (habiendo prohibido a sus colegas que encendiesen una hoguera, para no echarse a la jauría encima),  se pegó un homenaje de consideración.
El amigo se calzó tres o cuatro tripis, litro y medio de absenta, dos gramos de keta, un cartón entero de gold coast aliñado con maría, unas cuantas setas, un poco de mescal, seis anfetas y unos sorbitos de mate, que fue lo que realmente le remató.
Fue aquella noche la que inspiró la balada de vitus dance (para quien la desconozca: 
https://www.youtube.com/watch?v=D5e_DQ-RT6o
) y la que le elevó a la experiencia más intensa de su vida. Y eso que era un tío vivido y con superpoderes!

Mucho tuvo que contenerse para no echarse a volar soltando llamas por todas partes. Muchísimo. Pero incluso en ese estado, sabía que una sola chispa acabaría con su libertad, no se lo podía permitir bajo ningún concepto. En su locura, intentando evitar el vuelo y a la vez esconderse, se sumergió en un contenedor, en un contenedor donde solía dormir la pústulas.

Y allí, todo lo escrito hasta este punto perdió sentido. Y toda su vida entera también. Allí alcanzó el nirvana. El tiempo y el espacio se disolvieron.
Se vió encogido en posición fetal, flotando en el abismo plagado de estrellas que conforman el espacio sideral, cerca del bien, del mal, de todo, de nada. Comprendió todo, todo a la vez, todo lo que sabía y lo que no, cuanto incluía la existencia, y le pareció extremadamente sencillo. Mientras  su cerebro quemaba neuronas como una freidora del tamaño de una piscina olímpica, las cuales servían de gasofa para su peculiar viaje, el reescribía el viejo poema de Huxley. Hallaba soluciones para todos los problemas de la humanidad; el egoísmo, el cinismo, las goteras y los sabañones. La deuda externa, los abre fácil que exasperaban. Era, en si mismo, la respuesta eterna, ajeno a cualquier mundanal limitación.

Y entre aquella luz esclarecedora, en medio de aquel letargo revelador, le pareció oír una voz.
-Johnny… Johnny…
Se sobresaltó al comprender que no comprendía, pero contestó con valentía:
-Mamá… ¿eres tú?
-Johnny…
-Oh Dios, llevas toda mi vida muerta… como puedes… ¿¿es posible??
-Johnny, querido….
-Oh… oh… me… ¿¿¿¿LLAMAS A MI????

Y sin pretenderlo, la lió parda.