jueves, 25 de mayo de 2017

Waldeinsamkeit

Habiendo sucumbido la madre Gea ante el imparable avance del plástico, los residuos y el hormigón asfixiantes, tan solo unos pocos reductos de vida y naturaleza sobrevivieron sobre ella. Y probablemente a causa del instinto, toda la fauna del globo emigró hacia uno de estos escasos huecos que podía ofrecerle cobijo. Aunque necesitaron algún tiempo para adaptarse, pues el éxodo animal comprendió  especies de toda laya y orden, con el tiempo se establecieron como una gran familia, un poco apretada en un nuevo hogar de dimensiones limitadas, pero a salvo.

Aquel paraje, no obstante, ya contaba con un inquilino, un inquilino humano, que estando harto de la civilización y su hostilidad, huyó hacia el único bosquecillo del que quedaba constancia en su continente y que como todo residuo de naturaleza, había sido adjetivado por el poder como “prohibido”. Allí levantó con sus propias manos un habitáculo que le protegiese de las inclemencias del tiempo, y se dispuso a descansar, reflexionar y soñar con cualquier tiempo pasado que por supuesto siempre fue mejor. Y en una ocasión, tanto descansó, reflexionó y soñó que al volver a abrir los ojos, ni sabía cuánto tiempo había durado su asueto ni a que respondía el hecho de que una horda inacabable de animales rodease su guarida. Tuvo que frotarse los ojos varías veces pues no daba crédito a lo que estos tenían ante sí. Pero a fin de cuentas él había seguido el mismo impulso que toda aquella fauna, así que lo comprendió y aceptó con cierta alegría su nueva situación; ahora tenía compañía y eso era sin duda bueno. Tenía compañía y no era humana, y eso era sin duda lo mejor.

En primera instancia pensó en acoger y dar un nombre a todos sus nuevos compañeros, pero la humildad atravesó su espíritu con paso firme y concluyó que debía ser él el aceptado, pidiendo a su vez un nuevo nombre y renunciando a emular al primigenio hombre bíblico. Los animales, en su brillantez emocional, olvidaron todo cuanto la humanidad les había hecho con anterioridad y eximieron al ya no tan solitario ermitaño del peso de representar a toda la especie humana y todas sus iniquidades.
Le perdonaron, le adjudicaron un nombre precioso, que fue para él como mil nombres nuevos, pues cada animal lo dijo en su propia lengua, y así fue como pasó a llamarse Cuac para los patos y Muu para los toros.
Le gustaba tener mil nombres nuevos, pero era una circunstancia con cierto poso agridulce, ya que a ratos sentía cierta curiosidad por saber cómo evolucionaba la masacre que se había formado bajo el plástico y que  había tomado posesión de –casi- todo el planeta. Era evidente que pocas respuestas podría obtener de su nueva familia en virtud de las barreras lingüísticas que los separaban. Con el tiempo sí llegó a entender todos los idiomas que ahora oía a diario, pero para entonces ya no tenía el menor interés en rememorar nada. Las raíces pueden ser fuertes dentro de alguien, pero el hormigón todo lo asfixia y aplasta.

Una civilización que había tomado posesión del mundo siguiendo los designios de quienes así lo desearon, con el único e innoble propósito de controlar y subyugar todo cuanto viviese.
Y a efectos prácticos, ciñéndonos solo a la consecución de objetivos y el éxito de planes y previsiones, hay que reconocer que obtuvieron todo un triunfo.
Sin embargo nunca dejaron de hallar una ferviente oposición, la que tenía lugar en la infancia. Antes de conseguir plastificarles el cerebro, la personalidad y las ideas (aunque cada vez lo consiguieran mucho antes), la infancia se sublevaba de un modo tan indómito como inocente; simplemente soñaba, reía e imaginaba.
Y toda esta infancia soñadora, risueña e imaginativa consumía las entrañas de una niña que un buen día sintió el mismo impulso que el ermitaño Guau guau, o Miau, o como prefieras llamarle, y que las orcas y los cisnes que ahora, de manera magistralmente resuelta por la naturaleza, convivían en el que posiblemente era el único reducto de libertad en todo su hemisferio.
Sintió la llamada como un escalofrío que erizó todo su sistema nervioso, y dejándose llevar por él, echó a correr.
Saltó muros, burló controles, se arrastró bajo alambre de espino, eludió milagrosamente la mirada de mil sicarios al servicio del poder y jadeando y roja y sudorosa a causa del esfuerzo, se presentó ante si de un modo súbito aquel único bosquecillo, tan olvidado por muchos como prohibido por unos pocos.
Sus primeras impresiones fueron parecidas a las de Alicia cuando llegó al país de las maravillas. Ella no había visto naturaleza, ni flores, ni arboles, ni nada de todo aquello. Ella que había llegado hasta aquí corriendo, ahora avanzaba muy lentamente, de un modo casi imperceptible, porque cada detalle la detenía y encandilaba. Las texturas, los aromas, los colores.


Pero el bosque estaba habitado y sus habitantes no permanecían ajenos a la irrupción de la totalmente inesperada visita.

Debatían mientras la acechaban… era de la especie maldita, y pese a que Grrr o Croac, o cualquiera que fuese su nombre ya vivía allí, bueno, él estaba antes y además se había disculpado y había hecho propósito de enmienda con un resultado más que aceptable.
Aunque por otra parte, era solo una niña y eso despertaba en ellos toda la empatía que los cachorros despiertan siempre.
Así, tras un largo intercambio de rebuznos y graznidos, decidieron mostrarse ante ella para guiarla hasta la humilde edificación que ocupaba el centro de aquella poca dignidad, sobrante en el mundo.

Ella jamás había visto animales, y caminaba a su lado atónita y en silencio, y con la misma expresión llegó a la cabaña y entró y observó a Kikiriki o Ñiiii o como fuese su nombre, y aunque ambos se sorprendieron y asustaron, eso no les impidió sonreírse.
Ella le explicó como había llegado hasta allí, con el corazón al galope pero movida por un deseo inenarrable. Él a su vez le contó como había sentido el mismo impulso, aunque mucho tiempo atrás y como un buen día habían aparecido a su alrededor millones de animales. Ni siquiera él tenía explicación para la manera en que habían logrado adaptarse hasta alcanzar la sinergia que ahora predominaba en su convivencia, pero estaba encantado de cómo había transcurrido todo y no necesitaba complejas explicaciones que lo justificaran.
Pasaron largas horas hablando, como solían hacer sus ancestros antes de que sus espíritus fuesen anegados por la cilivización y su morralla, y llegó el momento en que la niña se percató de que debía volver.
Cua Cua, Hiiiii o el hombre del millón de nombres, le mostró un camino que al venir parecía escondido pero que ahora resultaba más que evidente, y es que sucedía con el oasis rodeado de muerte lo mismo que sucede en los centros comerciales, pero a la inversa. Era muy difícil llegar porque así se lo habían propuesto los plastificadores, pero era sencillo salir, porque así era la vida en libertad que aún resistía en aquel paraje.
Le pidió a la niña que volviera un ratito cada día, pues aunque no sentía ningún apego por el nuevo mundo artificial ni sus atrocidades, no dejaba de sentir curiosidad por el devenir de todo lo que había conocido alguna vez en un tiempo que ahora le parecía excesivamente remoto. Así mismo, le pidió que fuese descalza siempre que entrase en el bosquecillo. El quería que ella disfrutase del suelo vivo y fértil que sólo en aquel recóndito enclave podía hallarse.
Ella accedió encantada a ambas peticiones y se esfumó, nerviosa y feliz.
Durante una semana entera, consiguió escabullirse de entre la opresión del asfalto y el metal, de la depresión colectiva imperante y la desesperanza que todo lo consumía, y visitó por el camino que ahora conocía aquel pequeño pero embriagadoramente auténtico de sus nuevos (y primeros y únicos) amigos los animales.
Cada tarde disfrutaba del atardecer entre los árboles charlando con Oink Oink, Grrrr, o del modo en que sepas pronunciarlo tú, y este le hacía montones de preguntas sobre el mundo de mentira gris y le daba montones de respuestas sobre el mundo real y de colores que encantaban a la niña.
El primer día él le pregunto sobre la justicia, sobre como la humanidad resolvía ahora sus conflictos, si era ecuánime, si era digna. Ella le explicó la desagradable realidad del sistema judicial. Todo se había reducido a un negocio perpetrado por quienes deseaban perpetuar sus privilegios. Se oprimía por igual a todos y se pisoteaba a quienes protestaban. Si había cualquier disputa, pese a la uniformidad impuesta de un modo dictatorial, siempre se resolvía a favor de quien tuviese más dinero o influencia, y a fin de cuentas el poder jamás quiso nada más que dinero a priori y control a posteriori, así que cualquier cosa dejaba de ser considerada crimen si alguien poseía el suficiente dinero o influencias como para costeárselo.
Cuando la niña se fue al asomar las primeras estrellas y él se dispuso a dormir, no pudo evitar sentir cierta repugnancia.
El segundo día, sentados entre osos y jabalíes, y mientras ella se deleitaba soplando los vilanos de un montón de dientes de león, su amigo le preguntó por la comida. Si todo era plástico y residuos industriales, ¿cómo podían cultivarse legumbres y cereales, frutas o verduras?
Ella le contó como ya no había recetas, sino fórmulas químicas. Las plantas antaño eran la comida, las plantas antaño eran la medicina. Ahora todo se hacía en laboratorios. La gente comía química hasta enfermar y volverse dependiente de la otra química, la farmacéutica, que por supuesto no era si no paliativa. Incluso se conservaban animales para ser devorados, pero estos permanecían ocultos a los ojos del mundo, como simple mercancía, y allí en sus escondrijos eran degollados y despiezados y entregados a una masa cada vez más enferma, con nombres estúpidos como “panceta” o “solomillo”, que solo eran eufemismos para que la gente no sintiese rechazo por la barbárica verdad.
Las luciérnagas empezaban a mostrarse radiantes y la chiquilla se despidió y huyó de vuelta a su hogar. Aquella noche los ojos de nuestro amigo fueron un calco de los de los búhos, abiertos de par en par por el horror. Creía que al menos gracias al "progreso" la humanidad habría dejado de ser tiránica con los animales, pero la realidad era que la situación sólo había empeorado, y no sólo se mantenía la injusticia, además venia aliñada con basura química. Esa era otra manera horrible de llenar de plástico a la gente.


Al tercer día la niña ya se había hecho amiga de unos patos la mar de extravagantes y dicharacheros, y jugando con ellos estaba cuando se encontró con el excluído social de tantos nombres como estrellas adornan el cielo nocturno.

Él inquirió sobre las artes, ¿acaso la humanidad había perdido sus habilidades y sensibilidades? Debía ser difícil hallar cosas que expresar en aquel entorno asfixiante. La niña respondió con franqueza, como siempre hacen los niños. La verdad es que la humanidad lo hacía todo mejor que nunca. Pero esto la había llevado a ser más inútil que nunca. Es decir, se habían creado procesos que podían llevar a cualquiera a hacer auténticas obras de arte, pero estos procesos a su vez lo habían simplificado todo tanto que no requería esfuerzo ni pericia alguna conseguirlo. Amén de que habían degradado todo en la medida de lo posible. Si antaño la música eran Bach o Haydn, hoy era el reggaeton. Así, antes había que saber de fotografía, ahora bastaba con comprar una cámara que supiese. Antes uno hallaba consuelo a sus inquietudes espirituales o emocionales en la música. Ahora esas inquietudes no existían porque solo había detritus plastificada en el interior humano y por ello bastaba con basura sonora para mantener la mente embotada. Un desastre a todos los niveles.
Cuando la pequeña hubo regresado al hormigón alambrado y él se encontraba a solas con sus pensamientos, una tristeza sobrecogedora se apoderó de él y lo sometió durante horas a un llanto desconsolado.


Cuando llegó el cuarto día tras el descubrimiento de la vida real por parte de la niña, esta volvió ávida como siempre de sensaciones y sorpresas, y halló a su amigo algo taciturno, aunque por supuesto él se alegró de verla una vez más.

Él le mostró como sembraba las semillas que luego se convertirían en plantas que le servirían de alimento, y la novata observaba con mucho entusiasmo todo el proceso, pudiendo a duras penas creer que se produciría toda esa magia que le contaban mientras hundían pequeñísimas semillas en la tierra húmeda.
Mientras se afanaba en su periódico ritual, tan necesario para su sustento, le interrogó sobre cómo era posible que la gente hubiese consentido, o incluso consintiese una vez consumada, que aquella situación continuase, cuando era meridiano que solo ensombrecía sus vidas. ¿Es que ya no había camaradería, apoyo mutuo o solidaridad? ¿Nadie dispuesto a luchar? Ella contestó presta como de costumbre, aunque antes le aclaró que el mundo de los adultos era un poco indescifrable para ella. No obstante, hasta donde había podido ver, la gente se había encerrado en sí misma, presa de sus miedos. Estos miedos se transformaban en odios, recelos, competiciones, mentiras y mil cosas más, todas ellas horribles. Los civilizadores habían inculcado el uso de otros métodos de comunicación, mucho más alienantes, sin contacto ni esfuerzo, que mucha gente usaba para decir que era lo que le gustaría ser, sin tener que esforzarse en serlo realmente. Creían tener más amigos que nunca y en realidad se habían quedado solos. Toda reunión había sido prohibida, fuera directamente mediante la represión, o indirectamente mediante la presión. Nada de asambleas, cenas del barrio al aire libre, nada de paseos por la plaza ni de asociaciones que tuviesen aspiraciones fuera de lo establecido. Sólo asfalto y orden, y relaciones artificiales atrapadas en canales ficticios que aplastaban la espontaneidad como el plástico aplastaba la vida.
Esta vez el que se escabulló fue Hi-Ha, Groarrr o como le llamaban las cabras, Beee, y al cabo de un rato que empleó en ayudar al prójimo sembrando las semillas restantes, experimentando así sensaciones ya olvidadas en el mundo exterior, ella notó que él ya no volvería y que debía empezar a recorrer ese sendero secreto que le llevaría de vuelta a casa, donde sus padres empezaban a mosquearse por sus ausencias cotidianas. Aunque se mosqueaban más por miedo a lo desconocido y toda posible represalia derivada del mismo que por la naturaleza misma de la situación. Puede que hasta envidiaran a su pequeña por esas volátiles muestras de libertad.
Si el hombre solitario se hubo escabullido fue por no poder soportar el relato de la cría. La angustia conquistó todo su ser y le postró en una posición fetal que duró lo que a él le pareció una infinidad. La manera en la que el mundo exterior se adentraba cada día en su pequeño vergel de vida comenzaba a hacer mella en él, pero mucho más lo hacía la manera en que el mundo exterior se adentraba cada día en su espíritu, tan acostumbrado a la sencillez y la bondad.


Al día siguiente apareció la chiquilla dando saltos y cantando canciones que ella misma había compuesto (no quedaba música en el mundo exterior, solo basura sintética) y al ver el semblante del hombre en el ostracismo sintió cierta aflicción, y esta le llevó a sentir culpa, y esta a disculparse, sensaciones todas que también eran una novedad para ella. Él por toda respuesta la abrazó, y la descargó de toda culpa, cosa que ella agradeció profundamente, aunque siguiera preocupada por su aspecto entristecido.

Grrr o Bzzz como le llamaban las abejas, continuó con sus pesquisas que empezaban a parecer masoquistas. Quiso saber cómo podía soportar la humanidad aquello que parecía tan brutal y despiadado. ¿De dónde sacaban fuerzas sus almas? Estaba convencido de que semejante escenario debía haber fortalecido su fe hasta más allá de los límites jamás imaginados por los filósofos.
Un buen rato necesitó para hacer comprender a la jovenzuela conceptos tales como “fe” o “filosofía”, pero cuando lo hubo conseguido, la respuesta de la misma volvió a ser un mazazo para él. La manera que había encontrado el poder de mitigar las ansias de libertad que de un modo natural surgían en la gente, esos conatos de rebeldía fugaces e inspiradores, era por supuesto asfaltar sus mentes y espíritus, pero para cuando aún estos brotes aparecían, se encontraban con lo que volvían a ser poco más que sucedáneos de lo auténtico. Se había creado una red de mafias basadas en una espiritualidad falaz, que a base de manipular y atemorizar a la gente, no hacían sino amedrentarla aún más y someter del todo su voluntad. Se obtenía mucho dinero con ello, aunque el dinero era lo de menos, sólo otra forma de represión basada en la deuda, que hacía muchísimo tiempo que resultaba innecesaria para el poder, que ya lo había plastificado todo. Sobre todo, en consecuencia, se obtenía muchísimo control. La gente siempre sentía miedo y culpa, y vendiéndole esa calma maquillada de respuesta trascendental y veraz, se aplacaba sus ánimos y se le inducía al letargo autocomplaciente. Amén de sutilmente, infundir aún más miedo basado en las consecuencias de alejarse del rebaño. Si la gente hubiese podido buscar por si misma en su interior hasta descubrir el océano profundo de virtudes sepultadas bajo la capa de alquitrán, gracias a esas instituciones organizadas de un modo malévolo, sólo era capaz de hallar que lo establecido era bueno y correcto, y que tal vez en otra vida su tormento sería recompensado. O aún peor, que si no lo aceptaba hoy, en otra vida su tormento sería incrementado. Incluso, llegando al colmo del cinismo, habían conseguido llegar a fanatizar a la gente enfrentándola por bandos según a que institución la hubiesen encadenado. La infamia total, atenazar a la gente y enfrentarla entre sí valiéndose de promesas disfrazadas de bondad.
El hombre anónimo,  anónimo según el lenguaje humano, escuchaba destrozado el panorama descrito por su diminuta amiga y tras despedirla con un beso en la frente, se volvió hacia su hogar y se dedicó a descargar golpes furibundos contra la ya de por sí maltrecha pared del inmueble, que bailaba con cada impacto y que no podía hacer nada más que asistir a la furia de su inquilino y resistirla hasta donde llegase su entereza. La rabia lo consumía, y la rabia es sólo un disfraz. Sentía miedo y desamparo en realidad.


Al sexto día, que sería el último en que vería a la amiguita que repentinamente había aparecido en su vida aunque él aún no lo sabía, tras enseñarle a trepar a los árboles y a bailar y a pelar piñas con un método secreto y sorprendentemente eficaz que el mismo había conseguido desarrollar, hizo la última de las preguntas sobre en que se había convertido el planeta otrora azul. Al menos a él le pareció la última y definitiva. Está bien, pensó, la humanidad ha perdido el juicio, tal vez porque se lo han arrebatado, o porque le resulta más cómodo no pensar y no luchar. Tal vez las circunstancias impidan que se revuelvan y defiendan y pueda parecer que todo está perdido. Pero, ¿la naturaleza? ¿Cómo se supone que ha conseguido el poder doblegar a la naturaleza? ¿No se levantan por doquier las manifestaciones de su poder? ¿No aparecen flores agrietando el cemento?

Tal y como él había supuesto, la respuesta de la infancia sí fue la última y definitiva.
La naturaleza había sido doblegada por la fuerza bruta. Había sido asfaltado incluso el fondo del océano, enviando gente a asfaltar hasta las fosas abisales, mucha de la cual había perecido en su labor. Se había cercenado de raíz toda planta cualquiera que fuera su ralea, se habían segado sin distinción los matojos de mala hierba, las flores y los árboles seculares y milenarios. Los animales habían sido reemplazados por versiones electrónicas de los mismos, (incluso algunas personas habían sufrido tal cambiazo), primero con versiones robóticas de las abejas para polinizar las pocas flores que aún quedaban y versiones maquinales de perritos que hicieran compañía a la gente sin exigir a cambio engorrosos cuidados y atenciones. En semejante contexto el agua y el aire ya dependían, naturalmente según la nueva naturaleza, de máquinas. Enormes máquinas producían fluidos y gases que mantenían en pie a las personas, máquinas que ocupaban el espacio que tiempo atrás habían pertenecido a las grandes masas de agua o al lienzo en que se disponían las nubes, y en realidad, resultaba un milagro que en el ínfimo espacio al que habían huido los animales y el hombre sólo, consiguiera llegar el sol y que consiguiera hacerlo rodeado de cielo con estrellas al caer la noche; probablemente fuera el último milagro de la naturaleza, un último cartucho gastado a la desesperada. Aquella bóveda celeste antes de ser cubierta por maquinaria monstruosa que hacía las veces de cúpula sobre las cuadriculadas ciudades, había sido sistemáticamente intoxicada de químicos. Aunque los fluidos y gases artificiales que ahora inundaban los organismos desesperanzados que rompían la monotonía del gris, además cumplían la función de embotar y docilitar a la población, así como  habían hecho los químicos que les precedían y que habían sido la víspera de todas estas tribulaciones. Llamar a la nueva realidad naturaleza era una especie de metonimia demoníaca que transpiraba cinismo por todos sus poros y letras.
Toda esta explicación sobre la metamorfosis mundial apretó un enrevesadísimo nudo en el estómago del hombre ajeno a todo. Despidió con dudas a la pitusa, temeroso de enviarla a perder el brillo que había nacido en sus ojos a lo largo de esta semana en la que había recibido su visita puntual. Pero las cosas deben seguir su propio curso, y tras acompañarla allí donde ella siempre abandonaba sus zapatos al llegar a la tierra, respiró hondo y se sentó a reflexionar, o al menos a combatir la poderosa confusión que le había embargado. Paso horas y horas sollozando, rodeado por todos sus amigos animales que asistían consternados a su inaudita postura y estado de ánimo. Así se quedó y el tiempo transcurrió implacable y el calendario pasó página sin mirar atrás.


Y al séptimo día Oink Oink descansó. Y descansó para siempre. Se hizo una corbata con una liana y anudando un extremo en la rama de un nogal y el otro en su gaznate, intentó apretarlos tanto como para que el nudo de su estómago no fuese nada en comparación. Y lo consiguió; el nudo de su estómago desapareció para siempre.

Pensó en primera instancia que podría quedarse en su rincón y ser feliz, pero, ¿quién puede ser feliz a sabiendas de que el resto del mundo es infeliz? Su propia humanidad era incompatible con un mundo que había destrozado la humanidad existente en todos sus coetáneos. Dejando en manos de su familia de millones de especies la lucha de la naturaleza por mantener ese sorprendente círculo rebosante de resistencia y vida que él había tenido el privilegio de habitar por pura casualidad, decidió, valiente o cobardemente, expirar. Dejó algunas manzanas y algunas flores para la chiquilla y se largó.

Cuando ella llegó al lugar y se encontró con su amigo pendiendo de un árbol y exhibiendo una alargada sombra, simplemente suspiró. Estaba demasiado acostumbrada a la brutalidad. Sin embargo, algo parecido al orgullo la hizo estremecer, y descubriendo lo que eran el amor y la esperanza, asumió el relevar a Glu-glu-glu en su papel. E integrándose en su nueva familia y prendiendo fuego a sus zapatos, ocupó la casa y la cama del fallecido. Allí creció en todos los sentidos y con el tiempo tomó parte de una revolución sin líderes, la de los animales, los vientos, las aguas y las plantas. Revolución que reventó al poder, al pavimento y emancipó a la humanidad, para fortuna y gloria de quienes consiguieron sobrevivir hasta aquel momento en cuerpo y alma. Quienes se vendieron deliberadamente, convirtiéndose en cómplices del mal, fueron considerados también pavimento, y destruidos como tal.





domingo, 2 de abril de 2017

Ocaso hemopluvial



Ahora ya está. Por fin, tras una larguísima espera, todo ha terminado.  Ya no hay promesas, venganzas, sueños, citas, propósitos de año nuevo, ni meta alguna por cumplir. Menuda liberación y que despilfarro de tiempo el entregado a todo eso hasta este punto y final redentor. Si antes todas las utopías parecían ridículas, ahora se ha confirmado que nunca fueron más que castillos en el aire, un bonito autoengaño con el que hacerse el sueco ante la realidad aplastante, la cual también se ha esfumado, junto a todo lo demás.
Todos los planes, analíticos y objetivos, calculados con esforzado esmero; pero también todas las disparatadas quimeras, divagaciones sin pies ni cabeza, todo se ha quedado por siempre jamás a medias.

Me he despertado pronto, circunstancia desagradable tras haberme dormido tarde, pero salta a la vista que hay quien ha despertado antes que yo. La dama de la guadaña ha madrugado (quizás buscando la ayuda divina prometida por un refranero que se chotea de la clase obrera) y  a juzgar por lo acaecido se le ha ido la huesuda mano con el café. No ha dejado títere con cabeza, salvo a mí, vaya usted a saber por qué. Seguramente porque su obra necesitaba de algún espectador para poder estar completa. Las obras que no han sido nunca vistas por nadie son una auténtica mierda. O eso supongo, porque yo no las he visto. Pero como nadie más las ha visto estando así en posición de contradecirme, mi criterio prevalece. Además, qué más da, ahora ya nadie va a poder contradecirme en absolutamente nada. Pero retomando mi duda;  si la vida me ignoraba, ¿por qué no iba a ignorarme también la muerte?

En este instante el infierno debe estar saturado, no debe haber espacio ni para un alfiler. Ni para el cerebro de un nazi. Deben haber sofocado toda llama por la falta de oxigeno, tan apretujados estarán. Puedo imaginar al encargado de ubicar a los recién llegados amenazando con convertirse al cristianismo con tal de irse de ahí, que en el paraiso cristiano no hay absolutamente nadie, al menos en el celestial, que el paraíso cristiano terrestre sí que estuvo hasta ayer lleno de bastardos comiendo opíparamente a costa de los diezmos ajenos. Me río yo de los siete sacramentos eclesiásticos. Pero esa es otra historia.

El caso es que me he despertado demasiado pronto, me he asomado a la ventana con una mezcla de irritación y desidia y vaya panorama se ha descubierto ante mis ojos. Todo el mundo ha fallecido, todo el mundo. ¡Y de qué manera! Visto lo visto, sus almas han abandonado su cuerpo mediante una especie de estallido atroz que ha terminado por convertir el esternón en una especie de puerta abierta a las entrañas. O en el caso que nos ocupa, en sentido contrario, puerta abierta a la inmensidad del aire libre. El penúltimo en morir, después de todo la última seré yo, habrá disfrutado de un espéctaculo sin igual en la triste historia de este mundo. El evento debe haberse asemejado a una gran guerra de globos de agua rellenos de plasma sanguíneo desintegrándose con brutal fuerza acompañado por la acústica de trillones de burbujas de plástico de embalar desintegrándose a su vez en harmónico compás.

No queda ya a estas alturas más que reconocer que el cuerpo humano estaba mal diseñado. Toda alma debería disponer de algún conducto de escape, como lo hace todo aquello destinado a abandonar el cuerpo en algún momento. El alma humana no siempre está conforme con su situación de constreñimiento forzoso, muy a menudo solo anhela expandirse y difuminarse en lo etéreo. Por no hablar de todas esas personas, caducas ya, que me reservaré nombrar no ya por sus imposibles reproches si no por los que pueda hacerme yo a mí misma (en mis manos estaba segar parcialmente la cosecha nocturna de la más antigua dama, aliviando su carga y la mía), en las que el espíritu habíase tornado poco más que algo residual y desechable, a tal grado de inmundicia habían logrado reducirlo por activa y por pasiva.
Entonces una puertecita de salida en su cárnica jaula habría resultado del máximo provecho y evitado casquerías tan cruentas como las que han tenido lugar en el transcurso de esta noche.
Una noche movidita, que si quedase algún historiador para hacerla constar, pasaría a ser denominada como “la noche de los tiempos”, sin el menor género de duda. Ha explotado el pecho de todo ser humano, de un modo violento e implacable, como vaticinara Raffaella Carrà. La susodicha puertecita ha brillado por su ausencia. A lo bestia, un pecho tras otro, gordos o flacos, blancos o negros, femeninos o masculinos, ancianos o infantiles, depilados o no. Todos sin más excepción que el mío. Hay restos del interior anatómico de cada ser humano esparcidos por todas partes. Dicen que lo más bonito de las personas está en su interior. Pues su interior ahora decora el planeta cubriéndolo como un manto viscoso y yo no consigo captar las delicadezas de esa belleza siempre oculta. Solo sé que al final fue una muy buena decisión pintar mi fachada de rojo, por más que me criticara mi exvecina, ahora reducida a un cuerpo agujereado espontáneamente. Ya no me dará más la lata, y aún ha enrojecido más mi pared; que graciosa ironía que ese haya sido su último acto en este mundo desde hoy mucho mejor.

Tras unas breves e ingeniosas pesquisas que he llevado a cabo, sin moverme demasiado, todo sea dicho, que no estoy de humor ni tengo ganas de grandes ceremonias, que a mí todo esto me da un poco igual, pues he podido averiguar algunos datos de interés sobre esta explosión colectiva. Todos los indicios apuntan a que el fenómeno se ha producido siguiendo el orden de los husos horarios. Supongo que ha sido la manera que ha tenido la muerte de no armarse líos, porque imáginate, lector amable que podría existir si no hubiese palmado el resto de mi especie en su totalidad, lo complicado que debe ser ir con una listita similar a la de la compra tachando nombres. Estoy seguro de que optó por la vía metódica, lo que me hace sentir cierta admiración por ella. Y no es que mi gratitud me condicioné eh, que ni siquiera estoy segura de que no se trate de un error y de que su verdadera intención no fuera la de posponer el último suspiro de cualquier otro. Si puede llamarse suspiro al ruido que hace un tórax al reventar.

Ese recorrido definitivo, las postrerías del lamentable paso de la humanidad por un mundo que habría podido ser tan hermoso, incluso con la humanidad a cuestas si esta no se hubiese obstinado en perpetuar la idiocia imperante, dio la vuelta al globo sin dejar vida a su paso, y puedo imaginar lo que supuso en determinados escenarios, como momentos solemnes interrumpidos por sonoras muertes súbitas, o el caldo tibio que debia impregnar las grandes aglomeraciones de personas. Tal vez solo hayan quedado limpias las bibliotecas. Si me detengo a analizarlo detenidamente, que para eso me he sentado en mi taburete junto a la ventana, no puedo sino alegrarme por toda aquella gente a la que los estados y su moral conservadora les negaba la eutanasia. Por quienes querian suicidarse y no terminaban de reunir arrestos. Por los esclavos de sus hipotecas. Por la gente casada. Por los trabajadores de Precusa. En definitiva por toda la gente infeliz que sin verse obligada a mover un dedo para desfacer el entuerto, ha visto su cruel condena tocar a su fin.
Podría parecer una psicópata si hubiese quedado alguien vivo para escucharme. Con toda esta frivolidad, indiferencia, con este incrustado pasotismo que me incapacita para conmoverme por el percal. Pero vamos, era una posibilidad que siempre estuvo ahí, ¿no es cierto? Ya sabíamos todos y todas que íbamos a fenecer. Lo sabíamos perfectamente. Si absolutamente toda la poblacion mundial tenía esta certeza, ¿por qué no iba a poder darse la casualidad de que sucedería (soy el casi del caso) al unísono? Era matemáticamente improbable… pero no imposible. Tal vez no hayáis sido lo bastante precavidos o tal vez hayáis sido ingenuos al desdeñar esa lejana posibilidad que esta noche, según la hora local, os ha explotado en los morros. O mejor dicho en el pecho.

Y eso os convierte postumamente en lo que ya fuistéis en vida: tontos. Pudistéis pasar la noche follando, pero la pasastéis discutiendo. Pudistéis ir y pedir perdón a vuestros familiares y amigos, o ir y perdonarlos aunque no os lo pidieran y disfrutar de unos momentos de ligereza en vuestras vidas antes de que esta saliese disparada a traves de vuestro plexo solar. Pero preferistéis ser orgullosos. Me cuesta no reír. Ni siquiera tuvistéis la decencia de liberar a todos vuestros esclavos. Ahora me toca a mí recorrer los cinco continentes abriendo jaulas y vaciando peceras en mares y ríos. Ahora debo apañármelas para sacar a las panteras de los zoos (no tengo miedo, es obvio que la muerte me ama. O me teme. O respeta. O ignora. Lo que sea), para sacar a los monos y ratas de vuestros laboratorios inmundos, para sacar a las orcas y los delfines de los delfinarios. Para eximir a los gatos de recorrer sus millas verdes en los restaurantes chinos. Muchísimo trabajo voy a tener, podriáis haber tenido un último, o en la mayoría de los casos primero y único, gesto altruista. Es obvio que lo más difícil va a ser devolver a esos seres a sus hogares sin que en sus hogares me perciban a mí. Porque la fiesta a esta hora en el reino animal debe ser la más grande celebración que haya tenido lugar sobre la faz de esta tierra que hoy vuelve a nacer. Los mugidos, balidos, aullidos, relinchos  y rebuznos, los cantos de las ballenas y de los ruiseñores, los bailes de cortejo, las carreras arriba y abajo, la felicidad pandémica que debe recorrer las arterias de todo orden taxonómico. Puedo sentir hasta a las plantas respirando con más alivio que de costumbre. Si apareciese yo en todas esas juergas que ahora mismo se suceden globalmente, ¿qué pensaría el resto de animales? Represento su desesperanza, su sentencia irrevocable. La especie letal y destructiva, la que incendia su propia casa quemando con ella la del vecino, aún vive, perdura. Soy en mí misma la encarnación de toda pesadilla ecológica o moral. Los otros animales no deben verme, pero con todo, debo liberarlos. Ya veré como me las apaño. Quien algo desea siempre halla el modo, y quien no desea, siempre halla la excusa.

Eso sí, necesitaré tiempo… porque tal vez yo también explote de aquí a un rato.
Aunque la muerte haya pasado de largo (tal vez mi exvecina tuviera razón y este color provocaría rechazo hasta en el inframundo) no puedo por ello creer ahora que soy inmortal. Es de suponer que mi momento también llegará. Es la misma certeza de siempre pero ahora sometida a este contexto de portada de Cannibal Corpse y olor a hierro. ¿Qué va a ser de mí? Y sobre todo, ¿por qué no lo ha sido ya? No quiero sucumbir ante un renovado temor a la muerte, era una sentencia que ya pesaba sobre mí desde mi nacimiento y a la que me había acostumbrado.  Creo que lo mejor va a ser un punto medio a la hora de enfocarlo. Es decir, me encenderé un cigarrito. Si la muerte me excluye de su temido y eterno libro, al fin podré fumar sin consecuencias. Si tan solo me quiere castigar con su rechazo y terminará por venir, en cuyo caso su existencia se volverá tan aburrida como la mía al poder estar tan solo pendiente de mí (el resto de animales debe suponerle poco mas que aburrimiento, pues nunca merecen su visita en realidad), pues mira, esta es mi manera de decirle que su espectáculo no me impresiona y que sigo sin dejarme apabullar por ella. ¿Fumar mata? Pues yo me mato, no sea que la muerte me deje de lado por pereza, nada de eso, vienes aquí y cumples con tu cometido, que no haber tenido ni un minuto de descanso en millones de años me parecería un motivo comprensible para tu ausencia, pero ser yo la damnificada me impide aplaudirlo. Y habiendo encendido ya el veneno concentrado y sosteniéndolo entre mis dedos, pues me limitaré a ver qué tal queda la tarde. Antes de explotar los meteorólogos dejaron un último prónostico, sería un homenaje póstumo bastante atinado que por una vez su predicción, tan parecida siempre a los palos del ciego, se correspondiese casualmente con la realidad. Me gustaría haber disfrutado de su vaticinio de haber presenciado ellos semejantes circunstancias. Porque parece una obviedad que estos mares de sangre afectarán irremediablemente al ciclo del agua, ese que Rajoy desconoce y al que su mente relaciona con la magia y los ritos ancestrales de druidas y chamanes. El planeta azul ahora luce escarlata y todo ese líquido tibio está llamado a pasear por los cielos. Lloverá sangre antes o despues, y eso haría feliz a Erszébet Bathory. Así que si hace sol como dijeron, saldré a pasear. Y si se equivocaron por enésima y última vez, también. En cualquiera de los dos escenarios, me veré obligada a calzarme las botas de goma, que ahora son blancas pero pronto seran rosadas, como los labios de los bebes o los cerezos en primavera.