domingo, 5 de enero de 2020

Alteridades


Una de las cosas que más me gusta hacer es quedarme encerrado en casa para poder dedicarme a hacer el resto de cosas que más me gustan. Reconozco, empero, que en ocasiones me creo a mí mismo expectativas muy por encima de lo que ha de suceder. En esos ratos en los que me veo obligado a salir para ir a trabajar, por ejemplo, no hago más que convencerme de lo feliz que seré cuando pueda yacer en mi escondrijo, y mi mente empieza acto seguido a engendrar grandiosos proyectos con los que me complaceré muy gratamente. ¿Y qué sucede? Pues que a menudo al llegar el ansiado momento no tengo muy claro cómo acometer dichos proyectos.
Pienso por ejemplo: “escribiré esto o aquello, y lo haré así y asá, luego emplearé este recurso para dar un giro y lo acabaré de este otro modo”. Pero cuando me acompañan las circunstancias y todo se presta para la ejecución, el que falla soy yo. Tal vez piense demasiado. O tal vez no piense tanto como debería. Puede ser algo debido a la motivación, por exceso o por defecto. O tal vez a la inspiración.
¿Dónde está la inspiración? “Hay que buscarla”, me digo a mí mismo, olvidando mis propias teorías sobre lobas feraces en remotas ínsulas. Y viéndome ante el folio en blanco una vez más, que es como mirarse ante un espejo de esos que distorsionan la imagen, pensé en salir a por ella, falto de ideas con las que arrancar.
Ningún viento es favorable para quien no sabe a dónde se dirige, le dijo Séneca a Lucilio, muy acertadamente. Yo me limité a ir en todas direcciones siguiendo una sola dirección: hacia adelante. Y caminé muchísimo y también me frustré muchísimo por no conseguir reaccionar y hallar sobre qué escribir. Y tanto caminé que perdí el norte como algunas, y tanto me frustré que empecé a jurar en lenguas muertas, en un arrebato de glosolalia impropio de mí y mis morigerados modales.
Tal escenita debió mover a compasión a "algo", o "alguien", que desde un plano mucho más compasivo que el que sufro yo en mis carnes a diario, intentó inútilmente concederme una oportunidad. O tal vez fuese solo casualidad y mi hastío e ignorancia buscasen como atribuirle tintes paranormales, que al cabo es el recurso humano por excelencia en tales circunstancias.

El caso es que había caminado yo ya hasta las abundantes arenas de algún alejado desierto (el resultado de equipar a una fijación enfermiza con dos piernas largas) cuando algo de repente me hizo levantar la vista. Ante mí se erguían desmedidos espejos, claramente fuera de contexto. Mientras respiraba hondamente, me acerqué, intentando observar los espejos y a la vez evitar verme a mí mismo manifestado en su superficie lisa e impoluta. ¿Con qué objeto despistarme reparando en mi propia imagen?
No parecían espejos al uso, no como los que yo había conocido. Un análisis próximo los descubría viscosos y gelatinosos y no pudiendo ignorar un acuciante impulso, acerqué la mano para tocarlos, pero esta se hundió en la pegajosa pared.
Se hundió a través de aquella viscosidad destellante y asomando yo mi cabeza para observar el lado contrario, pude ver que mi mano no aparecía por allí. Así que no tuve que pensar demasiado, de pronto se me habían regalado puertas a sabe Dios dónde, y para alguien que desea hallazgos extraordinarios, aquel momento no puede escaparse entre titubeos. Atravesé la puerta temblando pero sonriendo.

Abrí los ojos y me descubrí con una tez mucho más morena, en una especie de furgoneta que hacía las veces de transporte público y que iba colmada de gente, definitivamente muy por encima de su capacidad. A duras penas hubiera cabido ahí un alfiler y en lo que a mi atañe, no gozaba del menor asomo de espacio vital. Si había conseguido relajar mis pulmones tras la presurosa caminata hacia ninguna parte, ahora estos se encontraban severamente exigidos una vez más, oprimidos por el gentío.
Conseguí girar mi cabeza hacia el conductor de aquel vehículo saturado, y era un fiel reflejo del vehículo mismo: aquel hombre estaba a punto de desbordarse.
La palanca de cambios respondía medalaganariamente para incomodidad suya y encima saltaba a la vista, bueno no a la suya ya que era miope consagrado, que era incapaz de controlarla. Su miopía le obligaba a entornar los ojos arrugando la nariz y poniendo los pómulos tan arriba que creo que aún le dificultaban más el obligado gaje de mirar al frente.
El tío apestaba a poso de alcohol en las arterias, desprendía un tufo rancio de juergas previas ahora ya avinagradas y además algunos de los otros pasajeros se obstinaban en atormentarle.  Niños impertinentes, abuelos seniles, cazurros bobos, le incordiaban incansablemente. Se mascaba la tragedia, el automóvil oscilaba a ambos lados en cada curva, en un tira y afloja épico entre el peso de las circunstancias y el peso de los ocupantes.
Y según me pareció ver entre aquellas incontables cabezas, alguien consiguió estirar el brazo lo suficiente como para introducir un casete (pirata, púdrete Ramoncín) en el equipo de música del fatídico trasto en el que circulábamos.
No tengo ni idea de qué sonó ni de cómo describirlo. Parecía un repulsivo sonido perpetrado en la letrina de Belfegor, una serie de notas dispuestas de modo tal, que junto a la voz horripilante que las acompañaba, harían sangrar los tímpanos de un sordo. Imposible describir toda su crudeza y repugnancia, paridas en las entrañas más esperpénticas del inframundo. Una cacofonía con ínfulas artísticas. El último recuerdo que tengo es el del chofer emitiendo un desgarrador alarido de espanto y claudicando, intentando huir de su realidad como lo había intentado yo poco antes al cruzar el portal viscoso. Desgraciadamente no tuve tiempo para la empatía, la furgoneta había volcado y aunque durante unos segundos eternos pude ver a los que iban en el techo sepárandose del vehículo de estampía, yo que iba dentro, vi a través de la ventanilla como el asfalto se aproximaba hacia mi rostro de un modo que no daba lugar a réplica alguna.

Reabrí los ojos en el desierto, con la boca llena de arena y los tímpanos suplicando la eutanasia. Vi que aquella primera puerta en forma de espejo ya no estaba y fue una suerte de alivio para mí. No quise cavilar mucho y entré valientemente en la segunda.

Esta vez me vi siendo una chica, nórdica, a juzgar por su (mi) apariencia. Un cambio de sexo tan drástico e inesperado como el sufrido por Orlando según la malograda Virginia Woolf. Todo el contexto que me envolvía era a su vez decididamente nórdico, al menos en base a mi parva experiencia en contextos nórdicos.
Hallábame en una casa bastante acogedora, en lo que parecía ser un evento social, alguna celebración o algo por el estilo. Desde luego había mucha gente allí reunida y estando yo en un rincón pude hacerme una idea general del escenario con bastante comodidad.
Las personas parecían felices, olía a sándalo merced al incienso, la chimenea crepitaba con amabilidad y en el centro de la sala había un banquete aguardando, al que me pareció escuchar que llamaban “smorgasbord” o algo por el estilo.
Empecé a relajarme al ver a estos desconocidos sonreír tan profusamente, sin aquel atisbo lejano de amabilidad fingida que siempre se intuye en las sonrisas de la tierra que me vio nacer. Sonreí yo también y me pregunté si mi metamorfosis vendría dotada de habilidades lingüísticas, así que me dispuse a intentar decir algo, solo por descubrir en qué idioma salía el aire de mi boca. Pero no llegué a decir nada porque de buenas a primeras a una de aquellas rubicundas y risueñas criaturas le explotó el corazón con cruel violencia. El asombro y el pánico fueron unánimes y fugaces, porque los otros corazones explotaron a su vez. Seguían un orden que por alguna razón deduje que respondía, a pequeña escala, al orden de los husos horarios, y siendo yo la más alejada, tuve el dudoso privilegio de observar la tarantinesca escena hasta el final, con su olor a hierro y la sangre tiñendo absolutamente todo el mobiliario y las bonitas cortinas. Mi esternón se abrió con la misma saña que todos los demás…


…Y volví a estar en el desierto.  De nuevo era yo, aunque tenía la ropa hecha jirones sobre el pecho y un susto de muerte en las entrañas. A estas alturas comprendí que estaba visitando realidades que yo mismo había creado, aunque mientras vagaba por aquellos otros mundos no tenía modo de reconocerlo, tan solo al recordarlos. Me adentré en el que antes fuera el tercer espejo, ahora el primero de los tres que quedaban.

Enseguida me llamo la atención una circunstancia sorprendente,
por alguna razón que escapaba a mi entendimiento,
 mi mente procesaba motu proprio todo en verso.

Esto no sería sencillo, lidiar con tantos cambios era ya bastante tragedia,
ahora además debería hacerlo sujeto a los mandatos de la rima y de la métrica.

Pensé “que se ocupe mi cerebro”, que a fin de cuentas ya lo estaba haciendo.
Y asomándome a la ventana vi un paisaje rural típico, resulta que estaba en un pueblo.

Los oriundos parecían consternados, había en la plaza un enorme revuelo.
No conseguían aclararse y en sus primitivos rostros podía verse el desconcierto.

Hablaban, entendiendo hablar como un eufemismo, sobre un monstruo sanguinario
que, según pude traducir de sus berridos, les estaba fastidiando.

Pero un tal Aurelio, un héroe improvisado, se había lanzado en su busca.
Escopeta en ristre se había aventurado al monte en pos de la guarida,
y lo cierto es que ahora sus vecinos y hasta su familia
 solo se preocupaban por heredar su hucha.

Yo no sentí ganas de bajar a mezclarme con la turba, ni de descubrir como responderían ante mi aparición.
Me limite a esconderme como pude, y así pase días en penumbras y ayunas, dejando al tiempo encargarse de la conclusión.

No tardó en acaecer la misma pese a que otra vez más adquirió tristes tintes trágicos.
Aurelio había vuelto peor de lo que se fue, convertido en un licántropo. Y dando rienda suelta a su insensatez, demostró ser un endriago abyecto y despiadado.

Hizo cuántos destrozos pudo a lo largo de la aldea,
 pero los aldeanos obviamente plantaron cara.
E hicieron de muchas casas teas en su determinación de darle caza.

En una de ellas me agazapaba yo, pensando en qué sería peor, si caer a manos de Aurelio el engendro o en las zarpas de la aglomeración.
Más fui purificado antes de que ninguno de esos dos temores pudiera tener lugar. Me vi rodeado de llamas y debo agradecer que el espejo me escupiera de vuelta sin torturarme mucho más…



De pie en el desierto, oliendo a ceniza y sin pelo, ya no me sentía tan agradecido por aquella “oportunidad”. Si la intención era refrescar aquello que me inspirara en otros momentos en pos de avivar mi motivación, el lance estaba llevándome a todo lo contrario. Empezaban a parecerme más bien una putada aquellas puertas. Y reconozco que me deje llevar un poco por el hastío y procedí a dar rienda suelta a un necio berrinche que me empujó a patear el suelo. Pero fue solo hasta recordar que mi idea original era precisamente la de enfrentarme a lo desconocido. Conseguí persuadirme a mí mismo recordándome que no siempre había escrito barrabasadas, alguna extraña excepción había en mi creación, y aferrándome a esa posibilidad como a un clavo ardiendo, me adentré por cuarta vez en la viscosidad.


Me sentí calmado, dueño de mí, experto. Aunque me dolían todos los huesos y mi vista estaba fatigada. Me vi rodeado de amigas y amigos, todas ellas personas veteranas como yo, de avanzada edad, pero que en aquel momento parecían infantes risueños. Estábamos disfrutando mucho en un local de planta baja en el que se había organizado un bingo, por pasar el rato más que nada. Temblaban los cartones en mis manos, por culpa del desgaste celular pero también de la emoción y en un maravilloso momento en que me acompañó la fortuna, me levanté haciendo caso omiso a los dolores reumáticos y grité: ¡Línea!
Qué contento me sentí entonces. Hubo algún gruñido de decepción pero no consiguió solapar las voces de reconocimiento y alguna que otra carcajada.
En esas estábamos cuando una patada derribó la puerta del local y vociferando rabiosamente apareció una horda de anacronismos.
Digo anacronismos porque claramente eran cavernícolas, y sin embargo vestían uniformes conforme a la época que nos tocaba vivir. Mi vista cansada no me permitía recrearme demasiado en los detalles, pero su experiencia me permitía ver otro tipo de cosas. Pude ver que aquella horda de patanes era idiota de cuna. Pude ver en sus ojos que eran el tipo de trogloditas que ponen retrovisores a las bicis estáticas. El tipo de necios que cortan el papel de culo con tijeras. Descerebrados capaces de intentar escupir a los aviones y enfadarse cuando la gravedad estrella el escupitajo contra sus rostros impávidos. En aras de evitarme redundar hasta el hartazgo, baste decir: el tipo de personas capaces de ofrecerser a cumplir órdenes tan infames como molestar y golpear a unos abuelos a cambio de un sueldo. Unos tarugos. Pero eso sí, armados hasta los dientes, con sus porras extensibles, sus botes de humo y sus pelotas de goma. Cómo no.
Hablaban de “timbas” y de “ley y orden”, mientras la farlopa en sus mostachos temblaba y sin otorgar el conveniente espacio para la reflexión que debería preceder a cualquier acción, comenzaron una cruel ofensiva contra todos los abuelos de la sala.
¿Qué podíamos hacer? Ninguna agresión sin respuesta, nihil inultum renamebit.
Nos pertrechamos y plantamos cara, usando las mesas a modo de improvisadas barricadas. Una pasión juvenil ya olvidada volvió a nosotros y nos inundó las venas de rabia y dignidad. Y aunque fue una batalla cruenta y desequilibrada en cuanto a las fuerzas, contábamos con una baza incontestable: la inteligencia.
Ellos pronto empezaron a agredirse mutuamente, confundidos por el tumulto. Uno intentó vaciarnos un extintor por encima, pero pronto no vio nada porque se le llenó la visera del casco de espuma, así que se lo quitó para poder ver, pero entonces la misma espuma se le metió en los ojos y salió de allí llorando y maldiciendo. Una elegía al intelecto. Claro que aprovechó la coyuntura para pintarse unas rayitas antes de volver a la carga.
Teníamos todas las de perder, nuestra rebelión tenía más carga sentimental y simbólica que garantías de éxito, pero no pudimos evitar defendernos, y al menos durante unos minutos, darles de lo lindo.
Muchos objetos hacían las veces de proyectiles en ambas direcciones, y hasta donde puedo recordar, mi sien se entrometió en la trayectoria de uno de ellos. De pronto me vi con la boca en el suelo y observando mi sangre brotar y formar un bonito charco, uniforme y de una extraña belleza. Cerré los ojos para coger fuerzas y retomar mi posición, pero cuando los abrí ya no era un abuelo en lucha. Ni siquiera estaba allí.



 En la que a la postre sería mi última vez en el desierto, con una jaqueca lacerante y hasta los cojones ya de la tontería, encaré la única puerta restante. Pensé muy mucho si merecía la pena adentrarme en una nueva tragedia, o si merecía la pena permanecer en lo que ya conocía.
Así, planteándome si mi último cartucho podría ser una nueva decepción, la definitiva, me persuadí fatigosamente de que no tenía sentido haber nadado hasta aquí para ahora desistir en la orilla.
Crucé la única puerta reflectante que había ante mí, y se obró un nuevo milagro.
Probablemente movida por la misma compasión que la llevara a presentarme aquellas cinco puertas en primera instancia, la irreconocible entidad responsable de todo aquello, fuera o no esta la caótica Fortuna, esta vez no me enfrentó a mis propios textos.

 Esta vez solo hubo una paz sobrecogedora, la quietud total. Aún con los ojos cerrados, una voz retumbó dentro de todo mi cuerpo y mi mente. Una voz con unas antiguas instrucciones tan sencillas como complejas: HAZ LO QUE QUIERAS.
Abrí los ojos y me encontré ante una vieja conocida: la inmensidad albar. El espejo más temible, la presión mental más íntima. El papel en blanco. Se me concedía crear la realidad que me viniese en gana y asumir sus consecuencias. Qué temible empresa. ¿Por dónde empezar?
Estaba de nuevo en el punto de partida pero esta vez desde dentro. Y si no supe decir cómo empezar cuando estuve fuera, tampoco sé decirlo ahora. Así que aquí sigo, arrostrando estas posibilidades inabarcables. Lo que pasa es que ahora mismo no se me ocurre nada. Ni albadas ni alboradas, ni ying ni yang, ni bien ni mal. No tengo ni idea de qué poner. Tenía razón aquel mentiroso de dos metros y mancha blanca en la testa (no yo, el otro, Holden, el que aspiraba a ser un guardián entre el centeno protegiendo a los niños del abismo): “para esto hay que estar en vena”. Pues ya me vendrá la inspiración, supongo. Si no la encuentro yo a ella, que me encuentre ella a mí.  De momento este infinito espacio vacío molesta, pero debo decir que no lo hace tanto como el mundo de ahí fuera. Al menos aquí dentro nadie espera de mí que vaya a trabajar.




viernes, 6 de diciembre de 2019

Ed Gein en Tinder




Soy un chico apasionado y sensible, con muchas ganas de conocer a personas nuevas.
Uno de mis rasgos más significativos, es la capacidad para ver a través de los ojos ajenos, de percibir el mundo a través de la piel de los demás. Esto me ha permitido siempre, de algún modo, transformar a quienes se acercaron a mí.  Aunque no sé si fue la causa o la consecuencia.
A través de mi innata habilidad para ponerme en su piel, las demás personas han conseguido cambiar mucho, ser algo completamente distinto a lo que eran antes de que nuestros caminos coincidieran. Si debo ser honesto, pocas veces me han agradecido tales cambios. Pero no lo tengo en consideración, no persigo reconocimiento alguno.
Debido a mi pasión, vivo con enorme intensidad todo este proceso. Para mí no se limita a ponerme en la piel ajena, para mí la situación alcanza límites insospechables para otros. Realmente siento que llego a fundirme con el prójimo, que somos una sola persona.
Si crees que nadie te comprende o que hay demasiados problemas en tu cabeza, yo soy tu hombre.  Te ayudaré a vaciarla, a liberarla, para dar cabida a cosas mucho más prácticas que esas molestas preocupaciones y todos esos tráfagos que te oprimen. Solo imagínalo, tu hermosa  cabeza sin esos problemas ocupando todo el espacio.
Podría parecer dadas mis inclinaciones que soy alguna suerte de poeta o filósofo, pero lo cierto que es que tengo aficiones bastante mundanales, que ejecuto con gran alegría y empeño.
Adoro el bricolaje. Me parece muy constructivo decorar mi hogar con los objetos que yo mismo creo. Soy un artesano y tengo un estilo único y muy original. No sabría explicar los pormenores, es algo muy personal, pero sobra decir que estás invitada a mi casa para que puedas llegar a presenciarlo por ti misma. Tal vez a sentirte parte de él. Te invito a un piscolabis, almaceno verdaderos manjares en mi nevera, te encantarán.
Asimismo me sublima la moda. Y del mismo modo, soy yo quien lleva a cabo sus propias creaciones. A veces con la ayuda desinteresada de quienes vienen a mi hogar. Creo mis propios accesorios y prendas, de una fantasía y un buen gusto exquisitos.
Seguro que consigo aprovechar todas tus virtudes dando rienda suelta a mi inspiración. Si te crees merecedora de ello o incluso simplemente curiosa al respecto, quiero que sepas que para mí será un orgullo y un honor ir a todas partes contigo ceñida a mi talle.
Estas son algunas de mis aficiones, de mis maneras para reconvertir a los demás, para canalizar mi don.
Personas que se creían perdidas, ahora despiertan la admiración de terceros, abriendo sus ojos como platos, incrédulos ante los cambios que yo mismo he obrado.
Y es que tengo muchísimo afecto y pasión para volcar en ti. Solo necesitas aceptar mi invitación. Si aún dudas, yo no te lo recrimino, comprendo que mucha gente sienta una hermética cerrazón ante lo desconocido. Pero precisamente ese es un motivo por el que acudir a la casa de un experto en abrir a las personas como lo soy yo.
Si tu sueño ha sido ser protagonista en colecciones de moda rompedora, o formar parte de talleres de ebanistería de un modo totalmente relajado, habiéndote olvidado de todo lo demás, incluso si más allá de todo eso, siempre has deseado hallar a ese ser especial que sepa comprenderte entrando dentro de ti, derribando tus muros y abriéndote de par en par ante la vida, que sepa poner bocabajo tu mundo y darte una nueva perspectiva, entonces, ha llegado el gran día. Ven a mi hogar y seamos felices juntos.
Pon tu corazón en mis manos: yo seré tu ebanista, tu sastre, tu canalizador, aquel destinado a sacar todo lo bueno que hay dentro de ti.
Llámame.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Pantone 428


   «La vida es movimiento»: premisa ejemplificada a la perfección en las migraciones animales. La exuberante estampa de las aves en perfecta formación, copando las nubes y empleando a su favor los vientos alisios, en su milenario propósito de, entre otros, hallar un lugar más cálido en el que yacer a su antojo. Cómete tú el invierno, que no tienes alas. Ellas no se van a esperar ni a titubear siquiera un segundo. Tienen prisa por huir del frío, o a veces del calor, o a veces sencillamente recorren velozmente grandes distancias solo por follar, siempre eso sí pensando en perpetuar la especie; no por vicio. No del todo.
Su convicción y arrojo en estos lances, paradigmas del movimiento vital intrínseco, son admirables. Pero no son rivales para otra veloz determinación mucho más contundente e incontenible: el ansia humana por tirar metros de cemento, de asfalto, de hormigón.
Pueden parecer cosas inconexas entre sí, pero expondré por qué, por desgracia, no lo son.

   Con ambas situaciones dándose a la vez, llegó el día en que la destrucción se anticipó a los propios alados. El afán por desplegar cemento a lo largo y ancho terminó por sepultar, junto a todo lo demás, el destino idílico de nuestros viajeros plumíferos. El lugar al que se dirigían dejó de existir, o por lo menos no pudieron atisbar su existencia bajo aquel manto pétreo.
   Todo cubierto de cemento, por doquier.
Como dijo en un suspiro profundo mi vecino el basurero: «un mundo mortecino a base de mortero». 
   Este frenesí por ataviar todo con argamasa no persiguió ideales estéticos, ni mucho menos éticos. Los sepultureros del mundo siquiera saben lo que es «ética». El afán por cubrir todo de gris fue simple y llanamente afán de lucro y poder.
O al menos así empezó, como afán de lucro y poder. Porque llegó el momento en que la malignidad se apoderó tanto de las entrañas de estos demonios, que se tornó tangible. Se espesó hasta el punto de ocupar espacio físico en sus venas y a paso lento e implacable se apoderó de las mismas. Maldad pura enganchándose a sus órganos, solidificándose. Toda esa vileza ahora palpable, entorpeciendo toda sístole y diástole, terminó por transformar sus corazones en algo parecido a hormigoneras con arterias. «En vez de venas, cables y filamentos; en vez de corazón, un bloque de cemento», así lo describieron los Pituak. Y en virtud de la ley universal de correspondencia, así como sucedió dentro, sucedió también fuera.

   El ingenio ideológico mediante el cual pretendieron justificar el duro velo con el que cubrieron todo, si acaso se molestaron en justificar nada, me fue revelado hace ya bastante tiempo en lo que fuese la zona de Los Naranjos, en Valencia. Allí un intrépido y genuino liberal de pro me espetó: «Los edificios son más rentables que la huerta». 
   –¿Y la comida? –inquirí yo inocentemente, ignorante de mí– a lo que respondió mirándome con suficiencia y arguyendo con brillantez:
   –La comida está en el supermercado. 
Por un instante temí que nos considerara a todos descendientes de la estirpe de Pyernrajzark, legendario comerrocas que nos presentara (y tal vez presintiera) Michael Ende. Y así como lo padeciera el comerrocas, en ese momento vi ante mí a La Nada engullendo voraz el escenario de la realidad.
   A este pretexto se redujo siempre su explicación verbal de la tragedia, a eufemismos como «progreso» y «beneficio económico». 
   Semejante coartada abominable sirvió para afianzar más sus actos y espoleó la solidificación interior que dio paso a la exterior de un modo irrefrenable.
   Conforme la maldad se hizo sólida sobre sus venas, el cemento ocultó los campos. La vorágine destructora no se detuvo ante nada.
   Sepultó maizales, valles, ortigas, huertos, bosques, tomillo y amatistas. Los hundió bajo centros comerciales, calles, vigas, aeropuertos, bloques, ladrillos y autopistas.

   No pararon hasta convertir la tierra en el planeta gris. Sé que otrora fue conocido como el planeta azul por sus grandes masas de agua y comprendo que parezca no encajar, pero resultó que, para pena nuestra, hallaron también el modo de pavimentar el líquido elemento; maravillas de la ciencia al servicio de la demencia.         Cubrieron con su concreto ríos, arroyos, océanos y lagos. Ampliando el célebre silogismo del gran jefe indio Seattle: solo cuando hubieron enlosado el último charco, comprendieron que necesitaban agua para hacer la mezcla.
   Extendieron su sólida alfombra de un modo uniforme sobre prácticamente toda la esfera terráquea, sin escrúpulos ni miramientos, sin sonrojarse.
   Cabe preguntarse: ¿cómo pudo continuar la vida en tales condiciones, sobre una inmensa bola yerma?
   El reino animal, como todo el mundo sabe, se divide en dos grandes ramas: los animales indignos y los dignos. En el primer grupo se encuentran los humanos (salvo contadas y honrosas excepciones que no hacen más que demostrar la regla); en el segundo el resto. ¿Qué sucedió con los animales dignos? Es una situación difícil de exponer aquí... los métodos de la naturaleza para subsistir superan con creces a mi capacidad para explicarlos. Pero sí puedo decir lo que ocurrió con los humanos.
   Cargaron con bombonas de oxígeno en sus espaldas, las cuales solo pudieron rellenar cuando «se portaron bien», concepto volátil y difuso que respondía a los arbitrios caprichosos de los sepultureros. Comieron «comida» sintética creada de cualquier manera en laboratorios fríos e inhumanos. Oh, pero no padezcas por eso, sus estómagos estaban tan acostumbrados a la aberración que apenas se dieron cuenta.

   Casi podría aseverarse que las más afortunadas fueron aquellas aves que permanecieron dando vueltas en círculo sobre la inmensa esfera plomiza y sus sucios humos. Nunca llegaron a su destino pero siempre creyeron que se acercaban y continuaron con enorme tenacidad y coraje su recorrido. De vez en cuando se toparon con algún bosquecillo o algún cuerpo de agua olvidado por despiste por quienes deseaban aplastarlo todo, y entonces se arremolinaron sobre los mismos, graznando endechas estremecedoras. Un verdadero símbolo de la esperanza y la resistencia. Ambas tan inútiles a largo plazo como imprescindibles ante la inmediatez.

   No obstante la corrupción también alcanzó a las aves y su lucha. Era cuestión de tiempo, no cabía siquiera considerar lo contrario: hallarían como edificar sobre el aire. Concluyeron su obra aplastando entonces el firmamento y las estrellas fugaces. Expandieron su horror metro a metro hasta los confines del cosmos, emparedaron los vientos y las nubes, tapiaron los astros, ocultaron la luz solar. Y así quedó el cielo enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará?



domingo, 27 de octubre de 2019

Hécate venida a menos.


Por la mañana me levanto y lo primero que hago es ponerme manos a la obra, a la laboriosa obra de visualizar. Hay tantas ambiciones y expectativas brollando impetuosas en mi ser. Me desperezo, visualizando, me acicalo y una vez atildada, salgo al mundo a por aire. Me desplazo implacable mostrando mi mirada altiva, la de quien ya se siente en los laureles del éxito y está bien despierta en ellos. La gente se deja impresionar, me ve tan exitosa como me veo yo misma y dejo tras de mí la estela de admiración que dejaría un navío en el mar. No cualquier navío, uno de esos mega yates mega exclusivos de cuantiosos metros de eslora. ¿Qué haré? Puedo hacer lo que yo quiera, pues tengo fe y el poder de atraer. Eso es importante: ATRAER. ¡Hay tantas posibilidades!
Siempre me ha gustado observar el cosmos, ese cosmos en el que deposito mi destino. Seré astrónoma, o astronauta, o astróloga, o astrocito, lo que se tercie o mejor se adapte a mis impulsos. Ya lo estoy viendo: nebulosas bautizadas con mi apellido; tener nombradía en el barrio a partir del firmamento. Todo lo que sube tiene que volver a bajar.
O tal vez estudiaré ingeniería. Construiré puentes revolucionarios que no necesitarán sostenerse en nada. Ya veré como me las apaño, con mi fe, seguro que encuentro el modo. ¡La fe los sostendrá! Lo tengo tan claro que empiezo a mirar por encima del hombro. Están en deuda conmigo. Esto es precisamente lo que necesita el mundo: ACTITUD. Lo vi en un publirreportaje sobre Steve Jobs.
Dejaré de beber, de fumar, de olisquear disolvente. Juro solemnemente, que desde este mismo instante toda esa corrupción queda fuera de mi vida y mi ser.
Seré bailarina, cantante, modelo, vedette y titerera. Lo que me salga de la entrepierna. Campeona mundial de Go, pintora hiperrealista o tal vez resuelva la hipótesis de Riemann o la conjetura de Hodge. Desde niña he tenido facilidad, me lo decía mi mamá y también mi profesora de ciencias. Solo carecía del combustible que siempre ha impulsado el motor de los grandes logros humanos: UNA VISIÓN. Y yo no tengo una, las tengo todas a mi disposición. Lo estoy deseando con tanta fuerza que temo llegar a alterar el equilibrio gravitacional interplanetario.
Me ha parado uno a pedirme fuego y pensé que quería un autógrafo, absorta como iba en mis ensoñaciones. He sentido incluso la tentación de ofenderme al ver una demanda tan inapropiada por su parte. Pronto deseará ese autógrafo, pero yo ya estaré en Palaos. Al menos podrá decir que le alumbré cuando más lo necesitó y sin pedirle nada a cambio.
El mundo no es lo bastante perspicaz como para anticipar en qué se convertirá lo que ahora tiene enfrente.
Aún no sé a qué me consagraré, pero sé, SÉ, que irá de la mano con el éxito. ¿Qué haré con tanto dinero? Me compraré un mega yate mega exclusivo y también un Lamborghini Murciélago. Los murciélagos son criaturas mamíferas que vuelan escuché en cierta ocasión. Tal vez me haga bióloga. Además el murciélago es el único animal con las cinco vocales en su nombre. Tal vez me haga filóloga. Hay mucha gente, con mucha menos fe que yo, que estudia varias cosas al mismo tiempo. ¿Por qué razón renunciar al incontenible éxito heterogéneo? Talento multidisciplinar sustentado sólidamente en la capacidad de soñar y de ATRAER. Si salgo a la calle es solo a modo de advertencia, de adelanto, de prólogo del triunfo de la fe sobre la mediocridad. El mundo debe abrir los ojos, estoy aquí pisando fuerte el suelo y con el poder del cosmos empujando en la dirección que a mí me apetezca avanzar.



Por la tarde, aún sigo sumida en mi éxtasis místico aunque este se ha desvanecido un poco entre las brumas de la ñoña y la siestaza. No importa, estoy resuelta, va a ser la ostia. Quedo enseguida con mis seres queridos para hacerles partícipes de mis metas. Llegan, me abrazan y  les devuelvo el abrazo en un despliegue de humildad digno de encomio. Pongo sobre la mesa todas mis cartas y en vez de corresponderme con entusiasmo, realizan pequeñas acotaciones, puñeteras todas, que en el fondo cuestionan todos mis planes. ¿Que hay que estudiar matemáticas cuántos años? Bueno. Mi fe no se deja amedrentar. Mañana mismo, o el lunes mejor, me busco un profesor particular. Que sí, que calcular es una tarea exigente y fatigosa. No importa, compraré una calculadora científica. Mañana mismo. O el lunes. No, no, el martes, el lunes estaré contactando con aquel que debe guiar mi carrera meteórica en sus primeros compases.
Vale. Necesito un carnet de conducir para el yate, es insoslayable. Incluso para el Lamborghini. Eso se hace enseguida, en cuanto me ponga lo hago. ¿Quién sabe? Tal vez el cosmos lo meza suavemente hasta mi orilla del mismo modo en que arrastrará hasta mí cualquiera de mis otros deseos. Es cuestión de cerner cuidadosamente los mismos.
¿Cuatro años mínimo para formarme como bióloga? La madre que me parió. De acuerdo, en algún momento arrancaré. ¿Academias de bellas artes? Por lo pronto me compraré un bloc de dibujo y compondré algunos versos. En cuanto tenga cámara, lo juro, subo alguna de mis canciones a Youtube. Ah, ¡si me prestas tu una cámara podré empezar mucho antes! ¿Lo ves? El universo ya ha puesto en marcha la maquinaria. Pronto su desplazamiento no encontrará oposición. Me quedo más tranquila al saber que el plan divino ya gatea. Os invito a cerveza a todos para celebrarlo, aquí y ahora. Pagadlas y ya os lo devolveré, pronto la abundancia económica será lo único que conozca.


Por la noche estoy sola en mi habitación, borracha y asqueada, y me duelen los pies del peso. Del peso de la máscara ante el mundo, del peso de las excusas ante quienes me quieren. Puedo engañar a cualquiera menos al espejo. El esfuerzo me da alergia, los murciélagos me dan asco, los yates me marean. El Go me da dolor de cabeza y mis aptitudes plásticas no van más allá del “con un seis y un cuatro hago tu retrato”. Pero me pondré eh, me pondré. En cuanto… tenga una calculadora. Hoy ha sido un día agotador. Mañana, mañana sí que sí. Este tipo de espinosos obstáculos forman parte del rosal. Solo hay que desear, con mucha fuerza y ganas, especialmente cuando estás a solas y nadie puede oler las consecuencias de tanta fuerza concentrada en el bajo vientre. Ahora es momento de seguir soñando, esta vez dormida. A ver si me despierta mi madre a tiempo para ir a preguntar por autoescuelas, para luego ir a las autoescuelas para preguntar por horario y precio, para luego ir a preguntar por financiación, para luego... bah.




sábado, 12 de octubre de 2019

Augurio aviar

   Junto a un cimero nido ubicado en las torres del Paine y entre los fríos celajes que suelen envolver las cumbres, un chincol susurra a sus vástagos, aún no llegados a la eclosión, con su característico canto. Les susurra una antigua leyenda, transmitida por generaciones en todas las familias de aves y siempre siguiendo el mismo proceso. Se narra por tradición, cada ave con su propio canto, a las crías cuando aún están en el huevo.
   El objeto del método es evitar distorsiones del lenguaje, confiando plenamente en el subconsciente del nonato y su predisposición a asimilar el importante apólogo que atañe al futuro de todas las aves venideras.
   Podría uno pensar que esta manera de proceder no asegura la integridad de la misiva con el paso de los años, las décadas y los siglos; y sin embargo, sorprendentemente, el mensaje no ha hecho sino enriquecerse. Pareciera que determinadas criaturas aladas llevasen una parte del mismo en su ser y por ello siglo tras siglo la leyenda se ha ido nutriendo de detalles y episodios, adicionados espontáneamente por los más inesperados mensajeros, que se han sorprendido a sí mismos relatando para sus crías en estado embrionario nuevos matices de una antiquísima tradición.
   Por alguna desconocida razón, de vez en cuando la leyenda es narrada, tal vez por error o por un fallo en la planificación, a otras especies. Los ñus, los manatíes o incluso los humanos puede que lleguen a escuchar esto mientras están en el interior de sus madres, aunque pronto lo olvidan porque es algo que no les incumbe ni afecta en modo alguno.  
Pero yo tengo buena memoria y si bien es cierto que no me compete todo este asunto en lo más mínimo, recuerdo la historia de cabo a rabo. Esto es lo que el chincol solfeaba ufano desde su pico, lo que tantas veces corearon petirrojos, alondras y pingüinos. Lo que también escuché yo por casualidad poco antes de asomarme a la luz del mundo:

«El mundo, a diario más hostil, nos depara a las aves un largo tormento, un cruel suplicio. Está marcado nuestro destino por la crueldad y la avaricia ajenas: ser víctimas del infierno de la explotación. Pero no todo está perdido.
   Nacerá una muchacha de la que poco podrá asegurarse su condición humana. Nacerá entre ellos, pero tendrá un corazón hecho de viento que le empujara a la búsqueda de los cielos. Como Ícaro huyendo de Creta, pero mucho después en el tiempo. Sin embargo, no alcanzará esos cielos... por no tener –aún– alas.
   Duros serán los años en los que se explorará e intentará comprender a sí misma. Un duro trance mirando a las nubes, preguntándose ¿por qué no subes?, soñando con no necesitar caminar para alcanzar las cimas.
   Pero de algún modo deberá arrostrarlo. No queda más remedio y quien nació para surcar vientos no se permite un semblante acibarado. O por lo menos no permite que este le impida avanzar, así como tampoco permite la inmovilidad del llanto.
   He aquí que empleará sus fuerzas, las energías ahorradas en los nunca cumplidos vuelos, en liberar a sus hermanos plumados, en abrir jaulas, en destruir cepos y en sentirse feliz alentándolos mientras se elevan.
   Cuantiosos episodios de alada revuelta se ejecutarán bajo su impulso.                         Sorprenderá a los amantes de la cetrería, y los halcones y los azores ya estarán en el horizonte antes de que los dominadores puedan reaccionar, pues todo será breve y fugaz, cuestión de segundos.
   Ni un solo ganso más será torturado por el negocio del foie y todas las instalaciones para ello erigidas, una vez vaciadas, serán destruidas. Cada uno de esos gansos se irá, todo habrá quedado atrás y podrán empezar una nueva vida.
   Abrirá todos los zoológicos. Ni exhibiciones de aves exóticas, ni tropicales, ni de ningún otro tipo. Todas volando libres, entregándose al que siempre debió ser su destino.
   Tampoco permitirá que sus hermanos sean considerados máquinas de expender plumas. No más colchas, no más abrigos, no más arrancar queratinosos apéndices a su familia mientras esta grazna el desgarro, aunque en derredor nunca nadie escucha.
   No más gallinas hacinadas, no más pollitos triturados. No más canarios enjaulados por su grácil canto, no más peleas de gallos.
   Se acabará usar a las palomas como correo ordinario, se acabará asar "pollos". Ni una sola criatura destinada a adornar la bóveda celeste será objeto de tormento o privación mientras ella pueda librar su guerra, mientras pueda dar rienda suelta a la furia contra el expolio.
   Tras la liberación, todas esas criaturas celícolas reconocerán a su libertadora, y ofrecerán su apoyo presto a la causa, como si fueran una sola.
   Una gran asonada, desde abajo hasta arriba, devolviendo a su sitio a quienes vuelan, a quienes pertenecen a las alturas, desde donde cantan y trinan.
   Un movimiento así no pasará inadvertido. Un ejército de plumíferos rebelándose al unísono y colmando los cielos infundirá, claro está, un temor supino. Cuánto dinero se perderá, cuántos explotadores patalearán, incapaces de aceptar lo sucedido. Cuántos caprichos egoístas y desconsiderados expirarán entre berrinches y vagidos.
   El Poder se opondrá, y perseguirá a la muchacha, la cual a estas alturas empezará a tener plumas en lugar de su sedeña piel, aunque seguirá –aún– sin tener alas. Cubrirá sus plumas con velos, por no delatarse, pero seguirá entregada a su deber, sin miedo al Poder ni a tener que enfrentarle.
   Reclutarán los Estados a los más necios y descerebrados, a los tarugos que solo sirven para dar palos. Los entrenarán, los insuflarán de odio y les pondrán hombreras y cascos, como medida preventiva ante los más que previsibles picotazos.

   Y al amanecer del quinto año exacto de sublevación, la chica será acorralada. Ni todas las aves unidas podrán evitarlo, ni agradecerle como lo desearían, es decir, pudiendo liberarla. Aunque en el fondo ella no desea que se pongan en peligro, por eso desde la distancia, impotentes, sus hermanas liberadas simplemente observarán la escena entre su hermana y el enemigo. 
   Será torturada y humillada, objeto de burlas y afrentas, le arrancarán las incipientes plumas, le escupirán en la cara, se burlarán de ella.
   Y entre sornas y agresiones, sus cabezas huecas concebirán la última de las ideas, abrirle la ventana e invitarle entre risitas a saltar por ella. "A ver si vuela".
   Ella se negará, pero entre empellones concluirá que es preferible morir en libertad a vivir sujeta por el enemigo y siendo su presa. Y se lanzará. Y los catetos se asomarán a contemplar el violento fin, pero sus ojos serán solo nistagmos cuando no vean nada al mirar hacia abajo, pues ella no estará allí. Ellá podrá al fin volar.

   Al roce con el vacío se convertirá en millones de aves y pajaritos, en ánsares y calaos, en tecolotes y albatros. En halietos y lechuzas, en palomas y halcones. En petirrojos, en búhos, en cernícalos, mirlos y en grajos. En cigüeñas y chorlitejos, en cuervos y codornices, en faisanes y guardabarrancos. En colibríes y azulejos, en águilas y vencejos. Será una y millones a la vez, grullas y gavilanes. Y nunca más podrán apresarla, y esta nueva y multitudinaria legión, será para siempre bulliciosa e imparable, allende los aires. 
   Recuperaremos así nuestra libertad y jamás volverá a mancillarla nadie».