viernes, 28 de mayo de 2010

Tarde arde su ciudad suciedad (2003)



Paseo por pasear, por perder el tiempo, por divagar y escachar el tedio.
Sin tener a donde ir, con algunos pitis. Sin ninguna prisa, vagueando por ahí.
¿Y qué me encuentro? Cada día está esto peor, demasiada gente, en según que lugares. 
Intuyo que es de esas tardes en que vuelves a casa más cabreado de lo que sales…

Cruzo la primera esquina y ahí la encuentro, la administración de lotería. A petar. Cago en Dios con la ludopatía. O no, me huelo que toda esa miseria desesperada se intenta refugiar en fantasías materialistas.
 También rebosan las farmacias, y es que salud tampoco sobra. Aunque por suerte o por desgracia, hay parte de la clientela que parece que zozobra, y esxs están ahí por otras historias. Toda esa miseria abstinente se refugia en otro tipo de fantasías, de codeína, prozacs o metadona.
No puedo ver tras la tenebrosa y cobarde solidez de esos muros, pero me imagino como está también la comisaría, llena hasta los topes, hasta bien arriba.
Delincuencia...delincuencia…delincuencia…
Me mareo con la cantinela, no hay quien se lo trague. Intuyo que querían decir “desesperación, rabia, impotencia”…
Que a gusto los quemaría, o por los menos sus coches. Y sus armas. Y sus trajes.

Aquello es un paso previo a la cárcel, al cementerio de pobres, ahí se confina a los que atentan porque a su costa hay quien currando menos de la mitad gana mucho más del doble.
Es “el crimen” la venganza, vengándose del progreso, que es la estafa.

Hay mierda en las aceras, sirviendo de alfombra roja para escaparates de perfumerías,
tiendas de complementos y de mil trastos caros que no ayudan a comprender la vida.
Son un muestrario de carteras llenas de esas que sirven para comprar sonrisas,
fútiles para ahuyentar según que penas. La miseria emocional se regodea en prebendas modernas. O digamos que lo intenta.
Se nutre de prendas de puertas para fuera y cara a la galería, esas mentes huecas propias de almas a su vez vacías, aún juegan a ser solidarias con su calderilla. Así dan humillantes lisonjas, migajas para desfavorecidxs que no son más que un denuesto y una ofensa a la dignidad de las personas.

Van por ahí dos niños ajenos a todo esto, correteando pues son pequeños, enganchados a sendos celulares, mejores dicho sea de paso que el mío, y tal y como están las cosas, puede que hasta se hablen entre ellos. A lxs adultxs les he visto en grandes plazas hacer algo por el estilo, y ell=s son su ejemplo.
Carteles de grupos de mierda de moda, algunas pegatas fascistas. Mucha gente que se va de la bola, y otra tanta que la imita.

Miro hacia todas partes, casi por no querer mirar a ninguna parte, y todas partes me miran a mí. En mi periplo por las aceras, voy camino de ser otra gran estrella. 
He protagonizado fotos y escenas sin darme cuenta, casi como en una telenovela.
Me pregunto si Orwell se reiría, o me reprocharía:
-“¡¿Lo ves, lo ves? Y tú que te reías, colega!”. 
Es por cosas así que me cago en los profetas y me doy como ellos y los poetas vagos, a las anfetas y los tragos largos.

Aún me quedan fuerzas, o aburrimiento de ese al que llamo paciencia por no perderla.
Lentamente pululo dando tumbos, y me llevo los empujones de quienes tensos llevan prisa, esa si es pura idiocia idiosincrática urbanita.
Si cada vez que llegan corriendo a tiempo, han vendido un ratito de alegría, han perdido un poquito de tiempo que podría ser alegre en su única y triste vida. Si no van a ninguna parte, se ve de lejos. Es solo que llegan tarde, pero no para hacerse viejos.
A mi perpleja diestra dos catetos armados, a mi siniestra un choni con un coche a propulsión y algunas pegatinas horteras (que no lleva casettes de Bach precisamente en la guantera) y en el centro bolsas del Mercadona y propaganda electoral con las que el viento juega.
 La estampa me anima y silbo un clásico:

“Caminando por la calle sin cesar,
de abajo a arriba,
de arriba a abajo...”

“Renegando de la calle hasta potar,
no me dan birra, ni me dan tajo”,
añado, 
y observo que apenas me queda tabaco.

Me sentaré junto a algunas de esas obras que crecen por todas partes cuales caprichos del alcalde a pedir alguno, o mejor me abro ya que he visto bastante y a estas alturas ya sudo.

Me vuelvo entre caretos de tragaldabas, prenotando la apatía, y topo con la gasolinera.
Paso fumando a su vera.
Un olor fuerte, tentando a la suerte y al “me alegro de verte, muerte”.
Caigo en la cuenta de que si tiro mi última colilla sobre la primera cisterna, además quizás convierta media ciudad en una tea.
De acuerdo, lo admito.
De vez en cuando uno sí sonríe mientras pasea.





miércoles, 26 de mayo de 2010

A la parrilla sebo mayor






Hubo un tiempo en que los hombres se desarrollaron a pasos de gigante, mejorando sus costumbres, empeñándose en progresar en todos los aspectos. Parecían por fin dueños de todas sus posibilidades y su época dorada se antojaba interminable dadas sus nuevas capacidades y habilidades.
Pero el esplendor nunca resulta eterno, y sin que pudieran siquiera percatarse, lentamente la desgracia de la rapidez se cernió sobre ellos, haciéndose fuerte a costa de su ingenuidad, de su proceder sosegado e incapaz de desconfiar, obcecado en agilizarlo todo.
Sus intentos por automatizar todo proceso, por perpetuar el pragmatismo (algo que hubiese irritado a Momo y con razón) fueron convirtiendo sus vidas en frenéticas y esquemáticas. Prácticas, pero vacuas.
O no tan vacuas. Una de las facetas que se vio sensiblemente alterada por esta tendencia fue la gastronómica. Todo empezó siendo (o pareciendo) una innovación tremendamente útil, y poco a poco, se instauró por completo en la vida de los pragmáticos. La comida rápida, dejó atrás las digestiones pausadas, los ingredientes naturales, las conversaciones de sobremesa, los olores y las texturas propias de la tierra.
Un severo varapalo para el intelecto y para el correcto funcionamiento del organismo.
Aunque por desgracia el intelecto es algo a lo que progresivamente ya habían renunciado casi por completo los hombres en el resto de sus rutinarios quehaceres esquematizados, y quizás por esto no se resintiera tanto, pues ya estaba hecho puré.
El patético esbozo de lo que fueran personalidades definidas y satisfechas vagaba ahora errátil.
Sin embargo, el organismo aún tenía mucho que padecer.
Entre filfas alimenticias, se vio sometido a la ingesta sistemática y constante de todo tipo de químicos, grasas, aceites de coco y palma, y sal como para llorar estalactitas y mear rocas.
El cuerpo claudicaba y por el contrario, el monstruo en que se había convertido el fast-food se acrecentaba por instantes.
Pronto, gracias al sometimiento intelectual y el agotamiento físico, se convirtió en un burdo tirano para aquellos quienes le crearon, y campaba a sus anchas sembrando el caos a diestro y siniestro mediante la manteca hirviendo y las bebidas ultra edulcoradas.
Los recursos que los humanos habían invertido en alimentar a la criatura para que a su vez les alimentase, como las hectáreas de terreno antaño selvático en América, las enormes cantidades de energía aplicadas a la refrigeración y conservación de las grasas, el sacrificio de las antiguas dietas y tradiciones o el gravoso tiempo invertido en convencerse de que era el camino a seguir dada su praxis a priori incuestionable, ahora eran expelidos por el monstruo en forma de saña y sorna.
La lipo-brutalidad se agigantaba y conquistaba cada vez más territorio, su paso implacable dejaba la huella de la obesidad infantil, el desequilibrio nutricional y las toneladas de residuos de espinosa biodegradación.
Devino en paradoja que la humanidad fuese devorada por aquello que devoraban ellos antes, bajo el nombre de “comida”, que no era sino una piadosa hipálage.
Y así, condenada a morir sepultada bajo las toneladas de antiapelmazantes, colorantes, estabilizantes, conservantes y aditivos en general, la raza humana se empequeñecía, y se iba a la mierda.
Pero aún guardaba una última lección de instinto de supervivencia la agonizante naturaleza, y sucedió que los sistemas cardiovasculares decidieron desvincularse de los imbéciles de los humanos y sus cerebros ya inservibles.
¿Cómo podían pensar y decidir con autonomía los corazones? Pues seria consecuencia de que el cerebro a esas alturas ya poseía la misma capacidad cognitiva que los pelos de la nariz, pero no tratamos las causas, sino las consecuencias del giro anatómico propiciado por el avance mortal de la bestia sebosa.
En definitivas cuentas, aquellos órganos, entre arritmias galopantes y renunciando a bombear más grasa saturada a la plastilina que tenían por vecino de arriba en los organismos humanos, proclamaron su independencia.
Y no fue fácil, nada fácil escapar de aquellas prisiones grasientas. Estaban muy débiles tras la ingesta prolongada de tanta basura industrial. No sin taquicardias resultantes de la ansiedad, y entre mordiscos desgarradores que buscaban el menor resquicio por el que atravesar las costillas pudieron dejar atrás el que hubiese sido su ataúd de no haber actuado a tiempo.
Algunos otros lo consiguieron ascendiendo. Esto produjo escenas sorprendentes, pues iban las personas a regurgitar, como hacían de manera rutinaria a raíz de sus costumbres alimenticias, cuando de repente sentían como un órgano se abría paso a empujones y patadas por sus gargantas. Vomitar el corazón no era agradable, pero menos agradable era para el pobre corazón caer en el retrete entre mil fluidos difluidos con regusto a coca-cola, aunque siempre era mas agradable estar entre la mierda que dentro de las personas.
Otros optaron por apostar por la fuerza de gravedad, e hicieron el camino inverso.
También más de unx se sorprendió de haber cagado su corazón, aunque la verdad, la mayoría de las ocasiones eran cadáveres cuando los corazones lograban su cometido de cualquiera de los modos. Sólo unxs cuantxs tuvieron el dudoso honor de contemplar el resultado de su afición por deglutir basura, de ser espectadores de la rebeldía de sus vísceras ante la apatía de su criterio.
Al final, el balance de la epopeya cardiovascular fue el previsto.
Millones de cuerpos yacían inertes por los suelos, mutilados desde dentro y con un extraño material untuoso de un color brillante (que para nada se asemejaba al gris) deslizándose entre las malezas de sus orejas sordas para siempre. Seborrea escapista.
De entre estas colinas cadavéricas que ahora ornamentaban el horizonte urbano, asomaba la bestia de ácidos grasos y glicerina, arrasando con su poder hipercalórico.
Muchos corazones cayeron derrotados tras no aclimatarse a las condiciones externas y estos se libraron de la última venganza del tirano, otros huían despavoridos entre sístoles y diástoles indignas y llorosas, aunque consiguieron refugiarse y sobrevivir un tiempo mediante astutas tretas.
Los más decididos, hicieron acopio de todo el coraje que no demostraron sus dueñ=s en su día, y haciendo de tripas corazón, trazaron planes de resistencia ante la tiranía sebácea.
Hicieron trincheras con las cajas torácicas en las que habían vivido tanto tiempo y desde allí se enfrentaron valerosamente al monstruo armados con lavavajillas que en realidad no eran para tanto como prometían.
No se sabe quien ganó, pero se entiende que los corazones acabaron sucumbiendo entre infartos y excesos lípidos. Con todo, tal vez el monstruo resbaló en algún charco aceitoso y se desnucó a su vez, uno nunca sabe.

sábado, 15 de mayo de 2010

Vandellós vanejà






Maribel treballava com a recepcionista en un hotel. Llarguíssimes jornades de falsos somriures per a desconeguts. Valorava la seva feina i per això parava especial atenció a la seva imatge. Aquest fou precisament el motiu de que aconseguís conservar la seva llustrosa cabellera. Les quantitats obscenes de químics que havia anat vessant sobre la mateixa l’havien fet resistent a la pluja de plutoni, tot just com va passar amb el vestit del seu marit.De la resta del seu cos no se’n va salvar gaire.Li va brotar una mamella al cap, de la qual en Quimet solia penjar-se amb les seves aberrants genives. No podia parar de mirar-se-la, encara que només amb l’ull dret. L’esquerre vivia pendent de la que li quedava intacta al tors, i és aquest el motiu pel qual sempre mirava dalt i baix alhora, en una dualitat que poc tenia a veure amb clamar al cel tocant de peus a terra. Eren només anomalies post nuclears.
A diferència del d’en Marcel, el seu coll es convertí en un desnerit tub que amb prou feines podia sostenir el pes del seu crani, i encara menys després que emergís la “cefalo-teta”.
Això feia que el seu cap ballés dibuixant òrbites impossibles, i entre aquests moviments i els seus ulls estràbics sempre semblava a punt de perdre el seny.
El seu apetit sexual també es va veure afectat per la sobreexposició a l’urani enriquit, i ara gaudia una barbaritat introduint-se cactus (als quals prèviament havia tret les espines, això sí) per l’anus mentre en Marcel li clavava les seves dues tranques simultàniament i li estimulava el mugró del pit amb els seus peus abdominals. Era aquest un passatemps molt més noble que el del seu marit amb la puta TV després de tot.
Una vegada es va menjar un grà de blat torrat, un kiko, i aquest va mutar dins seu. Quan el kiko es va sentir preparat va sortir al món per la força, esmicolant el ventre de porcellana de la Maribel, i així es com en Quimet va tenir súbitament un germanet.
Encara arrossega els òrgans que varen quedar penjant un cop conclosa la cesària espontània, i el Marcel diu que li recorden als jardins de Babilònia.

El Marcel és un home de 43 anys aficionat al Nàstic. Tenia una feina com a executiu en una empresa de compreses, i de pressa sempre en portava.
A partir del desolador soscaire atòmic, començà a veure els partits del seu equip amb un sol ull, això sí, gegantí i desmesurat. 
Té serioses dificultats per fer la digestió, perquè els aliments se li embussen en el quilomètric recorregut que separa la seva boca dels seus budells. La seva enrevessada tràquea no facilita gens cap mena d’ingesta, i hi ha qui diu que l’ull el va perdre intentant empassar saliva al arreplegar valor per satisfer una tarda boja de la Maribel.
El seu vestit d’executiu sotmès a la rutina va quedar intacte tot i el percaç (això demostra quant naturals eren els materials dels que estava fet), però tot i així no va resistir l’empenta de les extremitats que una tarda brollaren del seu abdomen i que van acabar per convertir-se en un apèndix antropomòrfic més. Ara ja ho té per mà i gaudeix més rebent copets a les natges d’aquest annex que a les seves pròpies.
Quan es concentra massa part del seu cervell es liqua i per poder resoldre tal circumstància el seu crani desenvolupà una mandíbula que vomita la mielina fosa, però que tanmateix busca el seu propi manteniment caçant mosques i tota mena de criatures apocalíptiques. És per això que no li agrada resoldre mots encreuats a l’estiu, doncs la boca cranial no pot estar en tot.
Generalment en aquestes situacions opta per desconnectar del tot de les seves reflexions radioactives, i per abstreure’s de l’exercici de rumiar, es deixa endur per la puta TV, deixant anar d’aquesta manera el timó.
És molt amic d’aquesta inactiva activitat, encara que el Quimet, enmig d’un atac de violència i disputant-se una mosca de quilo i mig amb la aberració del seu crani, li va posar en una ocasió la puta TV com a barret.
La seva llengua bífida penja d’un raspall de wàter orgànic.

En Quimet ja era prou entremaliat per no dir fill de puta abans de la devastació radioactiva, i aquesta no va fer més que empitjorar-ho dràsticament. El marrec, acostumat a lligar llaunes a les cues dels gossos, ara s’ho passa teta escopint mocs àcids per allà on va.
També gaudeix com un posés fregant-se els ous, amb una urpa per davant i l’altra per darrere, doncs li varen sortir quatre més i ara en té mitja dotzena.
Li va caure tot el pèl, amb una precoç alopècia mutant, però també és cert que li va sortir molt més a l’esquena, i quan se li emboliquen els mocs al dors ho passa prou malament la criatura.
Al gos continua lligant-li llaunes, però com va ser fulminat per l’ona expansiva el dia de la catàstrofe, ara és més aviat un element ornamental, i no li fa tanta gràcia a en Quimet veure les llaunes romandre immòbils. De totes maneres riu posant-li abrics confeccionats amb pèls que li cauen de l’esquena quan té dies de fúria. Aquests dies també els aprofita per destruir els electrodomèstics que té a casa, i de fet així és com li va incrustar la puta TV al crani al Marcel.
Les seves dents no desaparegueren per culpa del plutoni, desaparegueren a causa de les seves viscerals mostres de ràbia, com tot just mossegar els marcs de les portes. El que si va aconseguir el plutoni va ser deformar les seves genives grollerament.

Joan, el nen kiko, doncs no és més que això, un kiko vingut a més gràcies a maquiavèl·liques mutacions pròpies del caos genètic.
Sort en va tenir de que Maribel no el mastegués gaire, ja que li hauria costat molt més travessar la placenta pel seu compte essent un puré, per més endiastrat que fos.
Li agrada perfilar les seves dents metàl·liques i ho fa mossegant els budells que en surten de la panxa de la mare.
De fet sovint es veu arrossegat pel cordó umbilical que va desenvolupar miraculosament i que encara penja de la seva mare i els manté units. Tot i que qualsevol dia el desfarà mitjançant una mossegada que esquitxarà fins a son pare.

De la iguana i el veí poca cosa es pot dir. El veí els visitava la tarda de la infàmia nuclear i no va sobreviure a la mateixa, i la iguana es va convidar ella mateixa a can Montoliu, i allà es va quedar, menjant cuques gegantines i pixant colònies de tots colors.

Totes aquestes extravagants mutacions que ha patit la família Montoliu podien haver estat evitades si haguessin triat anar a viure al mig del Montseny en comptes de al costat d’una central nuclear, però es decantaren per Vandellós, i allò resultà ser perillós.
Tot i que no deixen de ser una típica família catalana de la zona al 2022.





domingo, 9 de mayo de 2010

Lúpulo pupilar pluvial

Ante todo, cabe tener en consideración que este tipo de habilidad es innata, mas sin dedicación constante no son accesibles sus máximas cotas.

Primero, hay que nacer con cierta tendencia al birrismo. Es más, para ir bien, habría que golpear a nuestra madre la primera vez que con cariño maternal nos ofrece el pecho, y demostrarle que si lloramos es únicamente porque estamos avid=s de cerveza fría.
Y Armando no sólo actuó con tal contundencia al llegar al mundo, sino que a posteriori consagró su vida entera al dorado líquido.

Mucho le deben algunas familias otrora paupérrimas, que nunca vieron recompensada su labor como recolectoras de cebada mas que con punzadas lumbares, pues apareció él y se multiplicó por trescientos la demanda de sus cereales. Ahora nadan en la abundancia y atan los perros con longanizas.
Llegó incluso a editar una oda de quince tomos que llevaba por título: “No diga cerveza, diga maná”, en la que aseguraba, beodo al límite, que añadir el elemento de la diversión a una bebida de por si compuesta por la maravillosa combinación de agua con cereales, debía ser el capricho de algún sapientísimo Dios para compensar a la humanidad por todos los tormentos a los que la sometían sus compañerxs de oficio.
El infame ensayo no tuvo mucho éxito, pero al menos le aportó el capital necesario para satisfacer uno de sus delirios oníricos más perseguidos: llenarse una piscina con cerveza.
Puede parecer una gilipollez, pero para él era la razón de existir. A fin de cuentas, ¿para que conformarse con un mísero barril que no resiste tres de sus envites?
Se le ocurrió que podría incorporar a su gigantesco recipiente una barra, con sus taburetes sumergidos y demás, que era una pijada que había visto en series horteras de televisión. Así, cuando se cansase de chapotear entre la espuma amarga, podría acudir a servirse una pinta para reposar un poco y retomar fuerzas.
Dicho y hecho, terminó por construir su ambicioso vicioso proyecto, y alegre como era él, se tiró de cabeza por primera vez a su ecuórea charca etílica.
Sus primeros chapuzones, entre celebrantes y cenestésicos, fueron de pura comunión con el cosmos, de un reencuentro espiritual que le hizo pasar por todos los estadios de la felicidad humana.
Poco después, en aquel mismo enclave sagrado, ofreció una fiesta a la que fuimos invitadxs ilustres y reputadxs cervecerxs de los confines terrestres, y allí, por enésima vez, volvió a dar muestras de su profunda sensibilidad.

Y es que con haber sustituido la sangre que inunda las arterias por cerveza no es suficiente. No basta con la rareza de poseer “birroglobina“, compuesta por glóbulos dorados dopados.
Para poder llegar a llorar cerveza es muy importante poseer además una sensibilidad sobrehumana. Y él la posee.
Una persona con su enorme capacidad de absorber sentimientos (como si fuesen birra, huelga decir), capaz de interiorizar los fugaces destellos de emoción que percibe en las más inanes situaciones, necesita la facultad de dar rienda suelta a su interior. Y su interior, como todo el mundo sabe, es cerveza.
Es la pescadilla que se muerde la cola.
Así, realiza efusivas y entusiastas muestras de amor incondicional hacia su morena y su rubia, conocidas por doquier como Guinness y Estrella, respectivamente, entre genuflexiones y cánticos alzados a las criaturas celícolas como muestra de gratitud por las bebidas terrenales.
Tras la ingesta de algunos kilolitros, su júbilo se dispara, porque la verdad es que la cerveza le hace feliz al puñetero, y explota entre plañidos de puro “maná”, Armando dixit.
No quiere kleenex, ni quiere fregonas. No quiere ni oír hablar de limpiar los regueros que provoca.
Sólo quiere que sus amigxs estén cerca, y a poder ser, que beban tras de él, o al menos que hagan lo posible por evitar que el preciado líquido llegue a contactar con el suelo, por evitarse tener que lamerlo.

La siguiente instantánea, que se erige en el mejor ejemplo de su facultad, fue realizada en una tarde cualquiera de esas en que se reúne con sus allegadxs para practicar algo de deporte.
Ell=s practican deporte y él mientras tanto se retira a la barra del bar más próximo a ponerse ciego, hasta que no lo soporta más y llora de la emoción.
Entonces, y sólo entonces, corre por el césped del campo como un poseso, pretiriendo las desdichas mundanales y explayándose en eufóricos llantos ebrios, mientras sus amigxs corretean detrás, jarras en alto, haciendo lo posible por rescatar cuanta más birra mejor.





jueves, 22 de abril de 2010

Las aventuras y desventuras de Simbad el marino y Simbad el morino.




                                            Simbad senior el marino.
                                                 




Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador. - ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!

Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.

En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
"Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad..."

Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.

Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
"Volví  a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo  y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.

"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas..."

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.

El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.

"Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."

Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...

Aún así, al cabo de un tiempo, el anciano añoró sus excursiones marítimas y el aliciente de descubrir mundo, y decidió enrolarse en una nueva travesía, cediendo el timón por quincuagésima vez a la jurisdicción de la diosa Fortuna.



Confiando en esta, y llevándose al muchacho consigo, surco los mares durante unas cuantas jornadas, anotando en su cuaderno de bitácora sus sensaciones y las fantasías que evocaban en él los nuevos horizontes.

Una mañana, hallábase precisamente anotando sus impresiones, cuando escuchó al vigía exclamar “¡¡tierra a la vista!!”, y rápidamente, excitado, se asomo por la borda a contemplar con su catalejo su próximo destino.
Aquellas tierras le parecieron a priori fascinantes, y deseó tener mejor suerte esta vez.

Pero a posteriori deseó haberse quedado viendo el techo de su salita de estar.

Poco antes de haber conseguido incluso acercarse, unos extraños personajes con uniforme verde empezaron a arrojar piedras sobre él y su embarcación, y de hecho extrayendo pistolas de sus cinturas, consiguieron hundirla y obligarle a nadar los extensos metros que le separaban aún de la orilla entre disparos e improperios.

Simbad el anciano, presa del pánico y exhausto por el esfuerzo, terminó por sentir sus pulmones abnegados irse al fondo del mar mediterráneo, donde se mezclarían con mil residuos industriales. Fue un trágico fin para una longeva vida de peripecias.

Simbad el muchacho y algunos de los tripulantes del navío, en cambio, persistieron. La fuerza y el coraje juveniles empujaron a Simbad hasta la orilla, y aunque estaba agotado al alcanzarla, tras toser agua con violencia no pudo sino echar a correr, pues seguía cayendo sobre el una lluvia de piedras e insultos, y algún que otro balazo por suerte lanzado por alguien demasiado idiota como para acertar.

Se topó de frente con una alambrada, circunstancia que no había notificado el vigía, (ahora pasto de los peces y las gambas) y sin pensarlo dos veces, saltó y apretó a correr como alma que lleva el diablo, como vio hacer a sus compañeros. Consiguió alejarse lo suficiente y oyó a sus depredadores incluso reír en la lejanía, pero al menos estaba a salvo.
Con rasguños, una hipotermia, hambre y agotamiento, en un país extraño, pero a salvo.

Lo primero que sintió fueron las lacerantes quejas de su estómago. Había oído con pasión los relatos del difunto Simbad, pero nunca hubiera imaginado que sería tan duro verse en tan precaria situación, siempre habíase mostrado mucho más valiente en su imaginación.

El instinto le hizo olvidar sus temores, o mejor, atenazar levemente su pánico, e intento solicitar ayuda por las calles, pero antes de poder mediar palabra, siete transeúntes de poco pelo en la cabeza le estaban dejando el rostro hecho un mapa, pisoteando sus sienes y rompiendo sus costillas al rebuzno de “¡viva España!”, o algo así le pareció entender, pues no entendía el idioma y para colmo la sangre encharcaba sus oídos.

Cuando volvió en sí, se recuperaba en una especie de tienda que en vez de media luna roja lucía una cruz roja, y donde le interrogaban con desdén y agresividad unos cuantos tipos de verde como aquellos que acabaron con la vida de su benefactor y casi con la suya.

Tal fue la impresión al abrir los ojos y encontrarse con los sádicos, que echó a correr dejándose el catéter y parte de la vena tras de sí, y tras esquivar a algunos sádicos mas de tricornio y mostacho, con una pizca de suerte, pudo poner pies en polvorosa.

Vagó acojonado y procurando pasar desapercibido durante unas cuantas horas hasta que encontró a algunos hombres que hablaban un dialecto parecido al suyo, y le ofrecieron algo de comida y techo al menos por una noche. Les narró su traumática odisea, y se rieron de él como se ríe la gente experta de la ingenuidad de los principiantes.

Ellos también habían luchado contra los elementos y los sádicos, y contra la furia del mar.
Le explicaron que no esperaban encontrar el paraíso con incertidumbre, sino que en su país el hambre y los conflictos bélicos, (propiciados paradójicamente por Europa) estaban devastando sus pueblos, y que les habían jurado que Europa era la tierra prometida donde abundaban el trabajo, las comodidades y los lujos.
Tenían esa certeza inocente.
Así pues, tras ahorrar durante meses y meses de duro trabajo míseramente remunerado, consiguieron un carísimo billete para una patera, cayuco, crucero mal visto, o como diablos se llamase, y tras despedirse entre lágrimas y desesperación de sus mujeres e hijxs, se habían embarcado, apretando los dientes dispuestos a arriesgar su vida por dignificar y estabilizar la de su familia.

Esto impactó a Simbad, que había vivido una experiencia náutica de lo más placentera y que ahora, pese al territorio hostil que le rodeaba, se sentía sin derecho a quejarse ante estos hombres.

Cuando preguntó por alternativas para sobrevivir, le ofrecieron algunas. Uno de ellos conocía a un nativo llamado “Manolo”, que les proporcionaba droga mal cortada a precios relativamente asequibles y otro dijo poder ponerle en contacto con una casa donde había un tipo que les vendía música estúpida de esa que escuchaban lxs nativxs de cerebro adormecido.
No parecían ser del todo halagüeñas las perspectivas, pues Simbad tenía un gran sentido de la ética y no quería ser participe de la decadencia ajena vendiendo drogas, y en cuanto a la música, pues es que nunca había valido para negociar, lo suyo era cargar fardos.

Así, gracias a la propuesta de un tercero, decidió ir a recoger fresas.
A modo de advertencia, éste tambíen le explicó que le humillarían y le tratarían como a un perro, que lxs nativxs le acusarían de usurpador, que le pagarían una PUTA MIERDA que en comparación a lo que ellos conocían como sueldos en sus países estaba bien pero que en este “paraíso” no tendría suficiente para pagarse un café al día.
También le ofrecieron unirse a sus rezos, agradeciendo a Alá estar vivos una jornada más, pero el respondió que era agnóstico.

Esa misma madrugada, débil y con las costillas aún doliéndole horrores, pero esperanzado, se aseó como buenamente pudo y se dirigió junto al que esperaba sería su nuevo compañero hacia el campo en cuestión.

Allí vio a los gallos dormir a lo lejos, y a muchos de sus paisanos jadear con la lengua fuera, y poner las manos brevemente en sus riñones antes de proseguir con su labor.
También vio al tipo que su compañero le había señalado como el mandamás, hacer un extraño y sospechoso negociete con un sádico de aquellos de gracioso sombrero de charol.
Su compañero le aseguró que no debía preocuparse por la presencia del torturador, y que procurase no mirar con demasiado descaro el trapicheo que allí se estaba llevando a cabo.
Al final, el de verde se fue en su Nissan Patrol (verde también), y llegó el turno de Simbad.

El tal “Empre-no-se-que-más”, le gritó con un pesado aliento a brandy cuatro cosas relativas a unas monedas y unas cajas de fresas diarias, y le dijo a su compañero que le pusiese manos a la obra de inmediato, con unos guantes roídos, que el chaval parecía provechoso y no quería perder unos dedos productivos.

Simbad recordó sus días de cargador de fardos, llenándose de valor. Se convenció de sus propias capacidades y arrancó a trabajar, jurando que en cuanto consiguiese el dinero necesario, volvería a su país, donde al menos tenía parte de la riqueza que Simbad Senior le había regalado.

Fue una jornada bestial. Con apenas tres tragos de una manguera en la que había visto también beber a un perro, su cuerpo se vio sometido a un esfuerzo sobrehumano, bajo el sol andaluz, sol que le dejó la piel hecha jirones. Por suerte, los riñones le impedían sentir dolor en cualquier otro lugar del cuerpo, tal era la intensidad con que reclamaban protagonismo.

Le dijeron que hasta el viernes no vería un céntimo por el sudor de su frente, pero allí conoció a dos chicos que le ofrecieron unirse a su campamento, bajo un puente considerablemente próximo. Lo sopesó y llegó a la conclusión de que al menos tendría compañía y de que así podría ahorrar, por lo tanto aunque con algún reparo, accedió.

En el “campamento”, que no era más que una colección de cartones y trozos de metal desvencijados, de colchones con manchas acojonantes y de residuos del “paraíso” (situado a siete kilómetros de ellos) de toda índole, pudo ver a más personas de las que esperaba.

Personas de varías nacionalidades y edades. Eso sí, ni un solo nativo, aunque le explicaron que a veces se acercaban dos o tres de ellxs de buena voluntad, a repartir un poco de comida y abrigo, pero que los sádicos los perseguían con las porras en alto así que eran ocasiones muy esporádicas.

Transcurrieron los días entre idas y venidas del campo de concentración de fresas al campamento y viceversa, y al fin llegó el viernes.
Estaba exhausto, quería morir. Deseaba que uno de esos sádicos por fin acertase con la pistola y acabase con su tormento, deseaba poder cargar el doble de fardos de los que cargó en su día, pero con los suyos, deseo ser un pájaro y poder volar lejos y lejos, escurriéndose entre nubes de algodón pero estaba divagando de puro cansancio, y su amigo le hizo reaccionar de un grito.
-¡Eh, Simbad! Te estoy hablando, joder. ¿Me acompañarás mañana a la ciudad a por algunas provisiones?
- ¡Claro!- exclamó mientras unas monedas tintineaban en sus manos alegrándole ligerísimamente. La perspectiva de comer y entablar amistad le hizo olvidar por unos instantes el emético devenir de su destino.

Por la mañana, moribundos pero con las fuerzas que imprimen cierta libertad, se acercaron a la ciudad.
No fue muy larga su estancia, pero pese a su brevedad, se sorprendió de que la mitad de las personas le mirasen con desprecio y asco, con cierto brillo en sus ojos, como el brillo de una pantalla de televisión o algún cristal parecido, aunque más bien ese.
Mas lo que le acabo de dejar atónito fue que la otra mitad, sin conocerle de nada, le paraba para preguntarle por “Costo”. El no conocía a ningún Costo, ¿que coño querían?, estaba hecho polvo y le imprecaban con sandeces inoportunas, por suerte su amigo les daba puerta rápidamente.

Compraron dos o tres paquetes de arroz y poco más, y volvían cargados con algunas bolsas cuando a Simbad se le congeló el alma del susto. Otra panda de la que conformaban los chicos de una ceja que gritaban “Viva Ejpaña” o algo así, estaba frente a ellos sonriendo con malicia. Oyó decir a uno de ellos “Sí mamá, enseguida llegaré” a través de una especie de teléfono que guardó en su bolsillo, e instantes después, el arroz había
caído al suelo y se había iniciado una frenética persecución.

Rebuznaban otra vez aquello de ejpaña mientras corrían, y esto daba más fuerzas a Simbad, que se habría enfrentado a ellos de no ser porque les triplicaban en número y porque estaba desnutrido. Al final, consiguió darles esquinazo, pero se percató de que había perdido a su amigo por el camino.

Así, aterrorizado ante la posibilidad de cruzarse con los niños violentos o los sádicos del mostacho, sin arroz, y sobre todas las cosas, sin saber nada de su amigo, volvió al campamento. A punto de echarse a llorar.

Su único día libre se había consumido entre desgracias, y ese mismo amanecer, debía volver a la rutina.
Pasó unas semanas de calamitosa exigencia física, y aun mas dolorosa exigencia anímica, pues nada supo de su amigo hasta los veintitrés días, cuando un conocido común le comunico que había sido apuñalado por los niñatos violentos.
Un sádico uniformado de verde encontró un teléfono móvil en la escena del crimen y había reestablecido la última llamada, para hacer sus pesquisas respecto al sospechoso, y resulta que le había contestado su mujer.
Así, su hijo y su panda de amigos habían quedado libres de sospecha y posibles consecuencias.

Esto sentó como un mazazo a Simbad que sintiendo como todo se acumulaba dentro de su ser, empezó a notar algo peor que la combustión de sus riñones y súbitamente, entre bellos recuerdos de su tierra, arrepintiéndose por haberse lamentado entonces por su suerte, cayó fulminado entre los campos de concentración de fresas para no volverse a levantar.
El cansancio, el desánimo, la injusticia, la discriminación, la soledad, el miedo, la desnutrición, los prejuicios, en definitiva, el estar rodeado de garrulxs, habían sido más fuertes que él.

Simbad Senior había sobrevivido a muchos horrores y situaciones peliagudas gracias a su ingenio y su valor, pero el pobre Simbad Junior había ido a parar a un país de garrulismo y crueldad, y no hay nada más peligroso que eso. Ni cíclopes gigantes antropófagos, ni pollas en vinagre. El horror cabalga desatado a lomos del etnocentrismo egoísta e ignorante.



                        
                                            Simbad junior el morino.

viernes, 16 de abril de 2010

Aurelicántropo.










En una distante aldea,
por la verde falda de una montaña,
pastorea Aurelio a sus cabras.

Es Aurelio un cateto de la vieja escuela,
de ideas fijas y mente estrecha,
un machito facha.

No es que en la aldea le aprecien en demasía,
no podría decirse que destaca,
y no es por que no ponga empeño,
es solo que la mayoría son igual de carcas.

Mas no gozan de tiempo
para solazarse en su estupidez,
pues de un tiempo a esta parte algo les quita el sueño:
un monstruo sigiloso ataca a sus borregos.
Y se caga en sus arados.
Todo a la vez.

“Maldita bestia inmunda”,
exclaman en la asamblea,
“¡quien la cace nos rescata!”
Y esto a Aurelio se la levanta,
su ceja, una,
clavada en la escopeta.

“¡Lo tiraremos del campanario!”,
“¡Le prenderemos fuego!”,
“¡Le llevaremos al bibliotecario, que le lea textos!”

Dejábanse llevar por el frenesí,
sopesando castigos crueles,
y Aurelio ya lejos de allí,
buscaba a la bestia entre vaivenes.
La idea del éxito le hacía sonreír,
y saboreaba ya sus mieles.

Mas tropezó como un idiota,
en realidad como lo que era,
y sangró su boca,
y se descargó su escopeta.

Así, de pronto,
pues no dejaba de ser un machito,
se sintió tonto,
asténico y desprotegido.
Se le encogió aún más el pito.

Miró hacia atrás,
predispuesto a poner pies en polvorosa,
y mientras se incorporaba, sin más,
emergió de entre los arbustos,
“la cosa”.

¡Acabáramos tanto revuelo!
Se había dejado llevar por la inventiva el pueblo,
No era un monstruo sino un lobo,
aunque grande desde luego.

Se conoce que aquella criatura,
quedo abandonada a su suerte,
pues diez cazadores de algún pueblo vecino,
dieron a su manada fin, que no sepultura,
y tan sólo él había escapado a la muerte.

Aurelio se relajó ligerísimamente,
al no tener al diablo enfrente,
y aunque aún temblaba por ir desarmado,
concluyó que debía saberlo la gente.
Entre todos ya arreglarían el desaguisado.

Sin tiempo para más cábalas,
el lobo se lanzo sobre el muy necio,
y hundió los colmillos en sus carnes blandas.

El cateto en un alarde intelectual, hizo lo mismo,
combinando así en su gesto,
la sandez con el desprecio,
la pataleta con el garrulismo.

Ambos seres retrocedieron al instante,
con expresiones nauseabundas,
el lobo estaba sucio de tres meses,
y aunque Aurelio si se había duchado antes,
quien tanta idiocia acumula,
a cualquiera hace rechinar los dientes.

Vomitaban con violencia,
se rehuían como cobardes,
y resplandeciente lucía la luna llena,
se había hecho ya bastante tarde.

Así, en plena medianoche,
sometidos a su influjo,
la bestia y el fantoche,
tornáronse licántropos,
como por obra de algún brujo.

El Aurelio por fin tenia tranca,
aunque ahora le importara menos,
y el lobo se percató de que pensaba,
había conciencia refleja en su cerebro.

Ambos en la noche desaparecieron,
espantados, confundidos,
huyeron durante un tiempo

Y tras llorar el pueblo a Aurelio,
suponiendo que había muerto matando al monstruo,
una vez finiquitadas pompas y sepelios,
consiguieron en dos días,
olvidar al pobre tonto

Pero al cabo de algunos meses,
volvió la bestia por la aldea,
y no fue con ninguna sana intención.
Volvió follando nenes y degollando abuelas,
sembrando caos y destrucción,
poniendo patas arriba la villa entera.

Es que el lobito había adquirido rasgos humanos,
desarrollando la crueldad, el egoísmo y la venganza,
y ahora cual bestia despiadada,
escupiendo a los cadáveres y cagando en las camas,
disfrutaba como enano.

El lobo-hombre destruía por doquier,
a merced de su nueva conciencia,
y ya había huido media aldea,
pues los catetos ni relacionaban al bicho con la luna llena,
ni tenían puta idea de que hacer.

Organizaron cierta resistencia,
con antorchas y rastrillos,
y prendieron fuego incluso a sus propias casas,
pero nada pudieron contra el monstruo,
ni dejaron de temblar ante la visión de sus colmillos.

Al final llegó a un acuerdo con el alcalde,
bestia mucho más inmunda que él,
se haría militar o policía,
que a la porquería el uniforme le sienta bien.
Total podría seguir dando rienda suelta a la crueldad,
pero al menos ya no en balde,
sino “cumpliendo con su deber”.

Por su parte Aurelio, de por si tonto, perdió facultades cognitivas,
y eso le convirtió en un ser aún más simple,
con ideas claras y definidas y de espíritu libre.
Su otrora idiota vida, habíase vuelto digna.

Ya no se sentía superior a nadie,
ni pegaba a su mujer,
vivía buscándose el sustento,
pues las noches de luna llena,
le hacían sentir contento,
y sacaban “lo mejor” de él.


Así sucedió que Aurelio
perdió el raciocinio,
y al actuar solo por instinto,
se pareció ligeramente,
a lo que se entiende por criatura noble.

Por vez primera,
actuó (casi) como un hombre.

Es bien sabido que a fin de cuentas,
la bestia no es la que vive guiada por su instinto,
sino la que teniendo conciencia,
actúa sin compasión ni benevolencia
hacia el resto de seres vivos.



viernes, 9 de abril de 2010

Más temática con pena: la matemática condena.





Golpearon su puerta con una fuerza de 7’5 newtons, y profiriendo alaridos a unos terribles 70 decibelios, consiguieron activar las 2 neuronas que conservaba en la región cerebral encargada de alertarle, despertándole así.
Sus tímpanos y trompas de Eustaquio, con esfuerzo y 6 miligramos de cerumen mediante, consiguieron descifrar, entre las vibraciones que arrastraba el aire, el siguiente conjunto de 38 letras y en el siguiente orden: “Joder, ya vas teniendo una edad, ¡baja a por zanahorias!”***.
Resopló, desplazando 15 millones de ácaros en suspensión, y tras asir 2 zapatos del número 42 cada uno, alivió los 200 muelles de su cama de la resistencia de 60 kilogramos que su masa les había ofrecido durante 374 minutos y 38 segundos.
Tras incorporarse y elevar su punto de gravedad hasta los 160 cm desde el suelo del 4to piso que habitaba, cogió 5 piezas de ropa, que sumaban un total de 425% algodón y el 75% restante polyester, y se las puso por encima, para evitar denuncias según el artículo G-235 del código penal, que trata sobre el exhibicionismo. Se calzó los mencionados 2 zapatos y bostezó poniendo a prueba la elasticidad de sus comisuras.
Giró unos 24 grados el pomo de su puerta, y tras dar 7 pasos un poco torpes hasta el lavabo, giró otro pomo 17 grados esta vez, entro en la estancia, levanto una tapa hasta los 45 grados y sosteniéndola en aquella posición, descargó 0’18 litros de orina.
Se apresuró en girar sobre su propio eje antes de que le espetaran más lindezas relativas a la escala de valores, y tras recorrer la distancia de 15 pasos que le separaba de la puerta principal, introdujo la llave, de una composición metálica con un 80% de aluminio en una ranura de escasos 1’6 x 0’9 pulgadas, y girándola 180 grados, consiguió un espacio mediante el cual atravesar la pared de 230 centímetros de altura que se interponía en su camino hacia la verdulería.
Pulsó el 3er botón, y el ascensor se desplazó diligente hasta su posición, rechinante, evidenciando la falta de lubricante en las poleas que empleaba para equilibrarse con el contrapeso de 350 Kg y que le permitían alejarse o acercarse a sus 2 límites, el superior y el inferior.
Al salir a la calle, la brisa le acarició la cara a unos afables 6 m/s, y eso le ayudo a combatir los 36º Celsius que los 152 000 000 Km que separaban el sol de la tierra imponían con dureza.
Se cruzó con un canis lupus familiaris, vertebrado, mamífero, cuadrúpedo, reino animal, un chucho en definitiva, que no parecía dispuesto a mover sus 4 patas de la sombra en que las había apalancado, pues esta le evitaba el impacto directo de la longitud de onda ultravioleta del orden de 15 000 000 de angstroms, tan perniciosa para los millones de células epidérmicas. La sombra, por cierto, provenía de un naranjo de 3 metros de altura, común en la flora local, junto a 24 especies geraniáceas y algunas malas hierbas. La fauna se componía de elevados porcentajes de palomas, siendo el número de individuos de esta población 500 000 aproximadamente, aunque también se contaban múltiples insectos y alguna que otra rata dentro de la misma.

Tras avanzar 0’32 yardas hasta alcanzar la verdulería, situada en un enclave con un 10% más de humedad que el camino previo, dada su cercanía a un estanque de unos 72 metros cúbicos, apartó las 55 cadenas suspendidas de una barra de hierro en el marco superior, que habían dispuestas a modo de cortina, e hizo vibrar sus cuerdas vocales hasta que las ondas se propagaron en el aire cargado de polen y otras materias volátiles orgánicas: “Buenos días”.
El verdulero, hizo una mueca consistente en alzar los 700 000 pelos de 15 mm que conformaban su mostacho con desgana.
Una vez hubo pedido 1 galón de agua y 0’001 toneladas de zanahorias, pagó con aproximadamente 300 céntimos de la moneda en curso, el euro, otrora peseta o ducado, y aún más distante en la línea cronológica, doblón, o denario, o a saber.
Otra vez, aún con 5 legañas aproximadamente en sus ojos, se dispuso a reducir la distancia que le separaba de la intimidad cúbica de su habitación, donde los 15 cm de espesor de sus paredes le separaban de los 24 ojos de sus vecinos de enfrente, y los millones de peatones que pudieran atravesar el segmento de ciudad que conformaba su calle rectilínea.
Sonrió al perro, que aun seguía allí pese a los 3 crí=s que despilfarraban bastantes centilitros de agua entre gritos estridentes a escasos 2 metros de la criatura, y esta no pareció prestar importancia al tamaño de su colmillo, molares e incisivos diestros, pulcramente dispuestos por pura casualidad.
Tras avanzar entre un insoportable caos sonoro ocasionado por el parque móvil de 40 000 coches existente en la ciudad, que debía rondar los 110 impertinentes decibelios, y que iba acompañado de una densidad de CO2 del 7’5% en el aire, tornándolo semi opaco alcanzó por fin su objetivo, y por la pereza de no sacar la llave del bolsillo mientras ejercía a la vez la fuerza contraria a la gravedad indispensable para sostener en alto su carga, pulso un botón que hizo recorrer los amperios suficientes mediante los circuitos allí colocados para tal menester, hasta un martillo que repicó con insistencia una campana metálica, a razón de 25 veces por segundo.
Así, mediante las maravillas de la ciencia, la puerta de abajo se abrió automáticamente tras la pulsación del pertinente botón 4 pisos más arriba.
Empezó a subir, por las escaleras esta vez, pues quería desgastar algunos centenares de calorías y exigir esfuerzo a su sistema cardiovascular, y mientras contaba los escalones, 1, 2, 3, … 35, … tuvo un súbito mareo  y se sentó.


Y al perder la cuenta de los escalones, mareado, se preguntó para que carajo los había estado contando, y de repente se dio cuenta de lo estúpido que era el afán humano por medirlo, contarlo y calcularlo TODO, y lo corto que se le habría hecho el mismo camino y el texto hasta las zanahorias sin ese estúpido impulso, necesario a veces, pero definitivamente estúpido en su exceso.

Y así, olvidó de sopetón y voluntariamente sus dimensiones y longitudes. Y se alegró de ser como era, por estar.

Olvidó la cifra de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros y décadas que había existido, y se emocionó con todos aquellos intensos momentos que recordaba.
Y se alegro de ser quien era, por ser.

El mundo de repente se sacudió de ecuaciones y fórmulas a sus ojos y se torno algo próximo, cercano y cómplice.

Se había quitado un peso incalculable de encima.



Incalculable.








***”Ya tienes edad de...”, sólo es una fórmula chantajista para exigir tu sometimiento y obediencia, mediante la que debería ser tu conducta prototípica en base a lo establecido. No importa cuantos años cuentes, puedes oírla cuando no te sometas. No hagas caso, la edad no existe.