jueves, 10 de junio de 2010

Destruye


Las cosas las carga el diablo.
Perchas dobladas que empujan la ropa a caer al fondo del armario. Radios con la antena rota que no sintonizan más que nieve. Sobres que sólo se abren si rasgas su contenido. Condones frágiles como las pompas de jabón. Bebidas refrescantes coloreadas a base de colorantes concentrados. Ventiladores impotentes que parecen suspirar entre achaques. Sacos rotos que dejan escapar las palabras que se pronuncian una vez y ni una más, y diccionarios que no contienen las comunes e imprescindibles.
Lápices de mina quebradiza. Bolígrafos llenos de tinta seca. Calculadoras con contratiempos decimales. Flautas con un agujero añadido sin razón y escobillas de W.C. que ensucian más de lo que limpian. Navajas sin filo. Latas con “abrefácil” que en caso de llegar a abrirse, salpican el contenido en un radio de diez metros a la redonda, siguiendo el ejemplo del “abrefácil” de los cartones de vino.
La puta TV que intenta venderme cosas como a un imbécil y que intenta que me venda yo mismo como un imbécil. Bicicletas con cadena saltarina. Ordenadores que se ralentizan por abrir una simple carpeta. Copas rotas que te destrozan los labios. Imperdibles que se extravían. Móviles que se formatean cuando les place sin consultar. Llaves tímidas que se avergüenzan de salir a la palestra. Colchones con muelles como puñales pensados para faquires. Fruta transgénica que aguanta dos semanas hermosa y señorial fuera de la nevera, y neveras que no enfrían pero que consumen electricidad como un ordenador de la NASA.
Alfombras que abrazan el pelo felino y se niegan a separarse de él si no te pones de rodillas. Jeringuillas que se rompen con excesiva facilidad y se zambullen en tus tubos internos. Balones de baloncesto con chichones. Cuchillas de afeitar que buscan conocerte más a fondo. Cortinas traslúcidas. Sillas mareadas que se tambalean en cuanto dejas caer tu peso sobre ellas. Mortadela del Mercadona. Lupas sin aumento.
Maquinas de escribir sin la letra “s”. Libros cuyas últimas quince páginas han desaparecido. Chocolate que se derrite en la mochila untándose por doquier. Auriculares que dimiten, por separado o ambos a la vez. Cocaína cortada con Ariel. Gorras de visera ridículamente corta. Pantalones que no se abrochan pero que en caso de abrocharse de algún modo consiguen caerse constantemente.
Viagras perpetuas. Gasolina diluida en agua que detiene el coche a 400 metros de la gasolinera. Furbys autistas y Furbys lenguaraces y soeces. Coches a radio control con tendencia a lanzarse por el primer hueco que encuentran. Relojes atrasados o adelantados según a quien le preguntes. Papel de fumar espeso que atraviesa como una lija la garganta. Papel de fumar fino que se rompe cinco veces y a la sexta se despega. Altavoces con devoción por los bajos. Calzoncillos que aprietan hasta hacerte hablar cual castrati afónico hasta las cejas de helio.
Pistolas que expelen la munición por la culata. Camisas con idilios entre botones y agujeros que no se corresponden. Monedas que ruedan cuanta distancia les separe de los pies del rico de turno. Toboganes por los que no te deslizas ni untadx en aceite de oliva. Pinzas que se divorcian, y otras con alergia al sol. Papeleras más anchas que la bolsa de la basura y/o bolsas de la basura más estrechas que la papelera. Calcetines con un agujero como el de Banesto, que coincide con el agujero de las bambas, que más que ventilar, se posan sobre el pequeño y solitario charco que resistía en la amplia avenida.
Coches que se quedan sin batería, móviles que se quedan sin batería, todo tipo de trastos que se quedan sin batería. Siempre cuando más los echas en falta, sobra decir. Arena de gatos de nula capacidad absorbente. Cerveza sin alcohol. Puentes que se vienen abajo.
Micrófonos desafinados. Sartenes hambrientas que se aferran a la comida. Discos compactos con más surcos que un disco de vinilo. Botas que destrozan el pie. Cometas escapistas que exploran el horizonte en busca de una vida mejor. Café sin cafeína. Mecheros que se inmolan. Gafas que van a ensuciarse de modo irreversible en el centro del cristal. Freidoras que escupen el aceite hirviendo, y otras que le sueltan sibilinamente por debajo.
Cepillos de dientes de cerdas de acero. Espejos que deforman. Sofás pétreos sin piedad de la ergonomía. Inodoros que se atascan. Pajitas agujereadas. Ruedas pinchadas. Cristales a prueba de escobas. Escobas que acumulan la mierda igual que un palo acumula el azúcar en la feria.
Mapas incompletos y jeroglíficos. Jarras de difícil sujeción asiduas a derramar el líquido por varios puntos simultáneamente. Botellas de plástico que liberan sustancias cancerígenas si intentas utilizarlas una vez más.
Patines sin engrasar. Patines que pierden las ruedas delanteras en medio de una bajada de pronunciada inclinación. Saleros mal enroscados. Casettes con tendencia a enredarse en el equipo de música. Petardos insumisos y petardos precoces. Fuentes secas. Duchas de agua gélida pese a la inversión realizada en el calentador. Toallas de esparto. Reproductores de VHS que pierden los cuatro cabezales.
Champú irritante que surca tus sienes y se acomoda en tus retinas. Cortauñas ambiciosos que quieren también tu carne.  Gomas de borrar que llenan el papel de mugre indeleble. Ostias consagradas con regusto a cicuta. Trajes de astronauta rasgados. Motocicletas con una pésima distribución del peso. Monederos con más inmundicia que dinero. Jaulas de todo tipo. Campanas de extracción que se interponen en el camino de mis sienes, aunque inspiren éste tipo de textos.
Ventanas amplias que dan a una pared demasiado próxima y sin pintar.
Postales de gente que ya no te llama. Monos de trabajo demasiado tiempo doblados y expectantes. Peluches gigantes que ocupan espacio a cambio de nada. Cajas inútiles conteniendo todo tipo de miscelánea inútil a su vez. Armarios con estantes en los que pones el peso de un lápiz y se van abajo, llevándose consigo todos los estantes a un nivel inferior.
Y un larguísimo etcétera de objetos que además de tener precio te putean.
Así es el mundo de las posesiones y del abarcar mucho.
¿Y bien? La materia está completamente a tu merced. Arrasa hoy con todo, destrúyela sin reparos y mañana verás como tú aún sigues en pie.
Que se busque a otrx imbécil el diablo.

domingo, 6 de junio de 2010

LOS 40 (millones de) SUBNORMALES











Al cretino aquel le habían ofrecido un puesto como DJ en la radio gracias a su meteórica carrera en el mundo de la “música”, tócate los huevos.






 Sus inicios fueron muy precoces, y ya con cuatro años se quedaba ensimismado moviendo la cabeza al ritmo de los sonidos que emitía el horno microondas para avisar de que había finalizado el tiempo programado de cocción.
Su madre, desalentada e incluso con cierta sensación de repugnancia, veía a su hijo mover la cabeza hacía adelante y hacía atrás: Pip pip pip. Pip pip pip. Pip pip pip. No sintió el orgullo y la esperanza que pudieron sentir los padres de Mozart al verle acariciar un clavicémbalo en su más tierna edad, ni mucho menos. Y sin embargo, en las pútridas circunstancias modernas, su hijo iba camino de tener un nombre en el panorama “musical”. Mozart debería revolverse en su tumba, tanto por la escoria sonora que motivaba al chaval, como por el éxito que le auguraba la misma.
El niño se quedaba enganchado como un bobo cada día con más facilidad en cuanto oía cualquier tipo de pitiditos, y costaba hacerle reaccionar, pues entraba en una especie de trance estúpido que le hacía insensible al estímulo externo y le hacía salivar descontroladamente, por lo que solía llevar babero con ocho años largos.
A veces también le inundaba cierta necesidad de coreografiar su necedad, y simulaba estar ante una "tabla de mezclas", colocándose una mano en la oreja y haciendo aspavientos espasmódicos con el brazo que le quedaba libre. Era una imagen sobrecogedora ver al idiota ese llevar a cabo la aberrante representación con cualquier “chumba chumba” de fondo, una vergüenza para la familia y que más de un bofetón le había llevado a merecer, tanto por parte de propios como de extraños, incapaces de contenerse ante la voluntariedad de la decadencia humana.
Así fue creciendo, entre guantazos más que merecidos, y adicto a los “tamagotchis”, a los despertadores, a dejar la puerta de la nevera abierta, a pegar patadas a las puertas de los coches para hacer saltar sus alarmas, y a todo tipo de imbecilidades auditivas semejantes. Un auténtico maquinero con vocación de DJ plasta y plomizo.
Como era de esperar no había Dios ni persona en sus cabales que soportase, comprendiese o aceptase al tonto de turno, o más bien, su afición por torturar al personal con su gota malaya auditiva.
Claro que hay que distinguir entre personas en su sano juicio y el resto. Porque entre quienes miran la puta TV sí tuvo éxito el condenado.
No sin antes abrirse paso (más por darse el gusto de degradarse que en busca del éxito) en fiestas raves de ésas en las que la juventud demostraba en vertederos que estamos atravesando el apocalipsis, o al menos el ocaso del respeto propio y ajeno, llegó a lo más alto.
En otra de esas campañas orquestadas desde la sombra con el único fin de embotar el intelecto juvenil, (como había sucedido en las raves pero a escala masiva) pronto le erigieron en paladín de la “música” vanguardista. De repente lxs audiólog=s y l=s fabricantes de fonómetros se vieron obteniendo pingües beneficios sin explicación aparente. Bueno, sabían que era fruto de la sandez colectiva, pero no se explicaban que la gente lo consintiese.
El tío, que había aprendido a procurarse sus propios sonidos repetitivos y atroces frente a unos platos, de la noche a la mañana se veía en la cumbre, colmado de lujos y privilegios, de fama y mujeres imbéciles adictas al “chumba chumba” como él. Estaba en la gloria.
DJ Sandro (Sandio para quienes conservaban cierto respeto por la dignidad humana y admiración por el arte como forma de expresión), estaba en la cúspide. Y como mucha gente sabe, desde ahí es tremendamente sencillo caer en las tentaciones más mundanales, pues todos los caprichos y deseos que antes suponían esfuerzo, ahora se veían satisfechos de inmediato a golpe de tarjeta.
Así fue como pronto su de por si estúpida personalidad se vio cayendo en el pozo de las drogas de un modo imparable e irreversible.
¿Pero alguien cree que un tipo cuya estupidez alcanza las dimensiones necesarias como para hacerse DJ y crear pitiditos sin descanso, se iba a conformar con drogas corrientes?
Se hizo eco de la existencia de I-dosers y enseguida quedo fascinado por la idea.
Esos archivos de audio estaban diseñados para someter al cerebro a las reacciones adecuadas para enfrentarse a la toxicidad de los estupefacientes, pero mediante la emisión de frecuencias de ondas cortas. Pitiditos que colocaban, la panacea para el chaval. Ahora mearse en los pentagramas además tenía premio.
Así estuvo enganchado bastante tiempo a los archivos en cuestión, cosa que tampoco molestó nunca a los directivos encargados de su imagen, personalidad, trayectoria y modo de hablar. Los directivos de la radio que le encumbraron para lucrarse a su costa, para lucrarse a costa de la imbecilidad de la juventud actual, y lo más importante, para ampliar y perpetuar la susodicha.
Los directivos a lo suyo, a planear que canción escucharía la gente encantada la semana ulterior.
Así que no encontró impedimentos para dejarse llevar por los pitiditos que colocaban y llegó a llevarlos en el mp3 e incluso en vinilo, siempre consigo.
Una mañana de esas en las que “trabajaba” la “música” en la popular emisora de radio que alquilaba sus servicios y con la resaca de haber pasado la noche entre colocones furtivos (aunque nadie notaba la diferencia en su obra, así de asquerosa era), anunció una canción pero fruto de sus profundos problemas psicomotrices no consiguió poner lo previsto sino uno de sus I-dosers. Concretamente uno diseñado para disparar la agresividad de los individuos mediante reacciones parecidas a las ocasionadas por las anfetaminas, la cafeína, la cocaína y las patadas en los riñones, todo a la vez.
Su acto morbífico tuvo prontas consecuencias.
Por desgracia, aquella mañana la cuantía de borregos enganchada a los medios, era superior a la media. También por desgracia, el programita de DJ Sandio estaba sonando en centros comerciales, supermercados, cuarteles militares, peluquerías, taxis, por todos lados, hasta en los quirófanos. Argucias del clásico desatino del destino para joder la marrana.
La población expuesta (casi toda) se vio súbitamente enfervorizada, y con el acuciante deseo de destruir y asesinar sin motivo ni razón. En apenas media hora se había propagado el caos y a tenor de la escena que representaba, parecería que toda la ciudadanía se hubiese hecho militar o policía, así de gratuitamente se hostiaban y asesinaban. Lo cierto es que no dejaban de recordar a lo conseguido por Grenouille pero con trepanaciones y desmembramientos en vez de sexo oral y lujuria desbocada.
Cuando la ultraviolencia se diluyó un poco, apenas si quedaba un diez por ciento de la población en pie.
Un diez por ciento de la población, que no supo como asimilar el bajón y que rápidamente quiso sentir su adrenalina dispararse de nuevo.
Desesperados y tirándose de los pelos, incapaces de asimilar lo que habían hecho y buscando más sensaciones que le ayudasen a evadirse de sus responsabilidades, clamaban por más ondas repercutiendo en las huecas profundidades de sus seseras.
Así que se fueron a ver a DJ Sandio esquivando cuerpos o pasándoles por encima directamente con los tanques que el ejército había dejado atrás en la vorágine destructiva.
Al entrar en su estudio, le vieron a lo suyo, enganchado a sus discos, empapándose de uno con efectos parecidos a los de la daturina, observando el techo con risa sardónica y expresión enajenada.
Le pidieron más y más de aquello que tenía, pero él, fuera de sí, dijo:
- ¡Jamás! ¡Es todo para mí!
Y así, aunque ahora plenamente conscientes de sus actos, lxs supervivientes le dieron una bestial paliza, le metieron el micro por el culo de una patada, le arrancaron la cabeza y la lanzaron por el belvedere y para concluir su performance colgaron su cuerpo de mil cables de esos que hay en todos los estudios.
El puto maquinero, tras desquiciar a los borregos del “eres lo que escuchas” empujándoles a darse fin entre ell=s mismxs, había sido salvajemente asesinado. Y ese es a todas luces un final feliz.

viernes, 28 de mayo de 2010

Tarde arde su ciudad suciedad (2003)



Paseo por pasear, por perder el tiempo, por divagar y escachar el tedio.
Sin tener a donde ir, con algunos pitis. Sin ninguna prisa, vagueando por ahí.
¿Y qué me encuentro? Cada día está esto peor, demasiada gente, en según que lugares. 
Intuyo que es de esas tardes en que vuelves a casa más cabreado de lo que sales…

Cruzo la primera esquina y ahí la encuentro, la administración de lotería. A petar. Cago en Dios con la ludopatía. O no, me huelo que toda esa miseria desesperada se intenta refugiar en fantasías materialistas.
 También rebosan las farmacias, y es que salud tampoco sobra. Aunque por suerte o por desgracia, hay parte de la clientela que parece que zozobra, y esxs están ahí por otras historias. Toda esa miseria abstinente se refugia en otro tipo de fantasías, de codeína, prozacs o metadona.
No puedo ver tras la tenebrosa y cobarde solidez de esos muros, pero me imagino como está también la comisaría, llena hasta los topes, hasta bien arriba.
Delincuencia...delincuencia…delincuencia…
Me mareo con la cantinela, no hay quien se lo trague. Intuyo que querían decir “desesperación, rabia, impotencia”…
Que a gusto los quemaría, o por los menos sus coches. Y sus armas. Y sus trajes.

Aquello es un paso previo a la cárcel, al cementerio de pobres, ahí se confina a los que atentan porque a su costa hay quien currando menos de la mitad gana mucho más del doble.
Es “el crimen” la venganza, vengándose del progreso, que es la estafa.

Hay mierda en las aceras, sirviendo de alfombra roja para escaparates de perfumerías,
tiendas de complementos y de mil trastos caros que no ayudan a comprender la vida.
Son un muestrario de carteras llenas de esas que sirven para comprar sonrisas,
fútiles para ahuyentar según que penas. La miseria emocional se regodea en prebendas modernas. O digamos que lo intenta.
Se nutre de prendas de puertas para fuera y cara a la galería, esas mentes huecas propias de almas a su vez vacías, aún juegan a ser solidarias con su calderilla. Así dan humillantes lisonjas, migajas para desfavorecidxs que no son más que un denuesto y una ofensa a la dignidad de las personas.

Van por ahí dos niños ajenos a todo esto, correteando pues son pequeños, enganchados a sendos celulares, mejores dicho sea de paso que el mío, y tal y como están las cosas, puede que hasta se hablen entre ellos. A lxs adultxs les he visto en grandes plazas hacer algo por el estilo, y ell=s son su ejemplo.
Carteles de grupos de mierda de moda, algunas pegatas fascistas. Mucha gente que se va de la bola, y otra tanta que la imita.

Miro hacia todas partes, casi por no querer mirar a ninguna parte, y todas partes me miran a mí. En mi periplo por las aceras, voy camino de ser otra gran estrella. 
He protagonizado fotos y escenas sin darme cuenta, casi como en una telenovela.
Me pregunto si Orwell se reiría, o me reprocharía:
-“¡¿Lo ves, lo ves? Y tú que te reías, colega!”. 
Es por cosas así que me cago en los profetas y me doy como ellos y los poetas vagos, a las anfetas y los tragos largos.

Aún me quedan fuerzas, o aburrimiento de ese al que llamo paciencia por no perderla.
Lentamente pululo dando tumbos, y me llevo los empujones de quienes tensos llevan prisa, esa si es pura idiocia idiosincrática urbanita.
Si cada vez que llegan corriendo a tiempo, han vendido un ratito de alegría, han perdido un poquito de tiempo que podría ser alegre en su única y triste vida. Si no van a ninguna parte, se ve de lejos. Es solo que llegan tarde, pero no para hacerse viejos.
A mi perpleja diestra dos catetos armados, a mi siniestra un choni con un coche a propulsión y algunas pegatinas horteras (que no lleva casettes de Bach precisamente en la guantera) y en el centro bolsas del Mercadona y propaganda electoral con las que el viento juega.
 La estampa me anima y silbo un clásico:

“Caminando por la calle sin cesar,
de abajo a arriba,
de arriba a abajo...”

“Renegando de la calle hasta potar,
no me dan birra, ni me dan tajo”,
añado, 
y observo que apenas me queda tabaco.

Me sentaré junto a algunas de esas obras que crecen por todas partes cuales caprichos del alcalde a pedir alguno, o mejor me abro ya que he visto bastante y a estas alturas ya sudo.

Me vuelvo entre caretos de tragaldabas, prenotando la apatía, y topo con la gasolinera.
Paso fumando a su vera.
Un olor fuerte, tentando a la suerte y al “me alegro de verte, muerte”.
Caigo en la cuenta de que si tiro mi última colilla sobre la primera cisterna, además quizás convierta media ciudad en una tea.
De acuerdo, lo admito.
De vez en cuando uno sí sonríe mientras pasea.





miércoles, 26 de mayo de 2010

A la parrilla sebo mayor






Hubo un tiempo en que los hombres se desarrollaron a pasos de gigante, mejorando sus costumbres, empeñándose en progresar en todos los aspectos. Parecían por fin dueños de todas sus posibilidades y su época dorada se antojaba interminable dadas sus nuevas capacidades y habilidades.
Pero el esplendor nunca resulta eterno, y sin que pudieran siquiera percatarse, lentamente la desgracia de la rapidez se cernió sobre ellos, haciéndose fuerte a costa de su ingenuidad, de su proceder sosegado e incapaz de desconfiar, obcecado en agilizarlo todo.
Sus intentos por automatizar todo proceso, por perpetuar el pragmatismo (algo que hubiese irritado a Momo y con razón) fueron convirtiendo sus vidas en frenéticas y esquemáticas. Prácticas, pero vacuas.
O no tan vacuas. Una de las facetas que se vio sensiblemente alterada por esta tendencia fue la gastronómica. Todo empezó siendo (o pareciendo) una innovación tremendamente útil, y poco a poco, se instauró por completo en la vida de los pragmáticos. La comida rápida, dejó atrás las digestiones pausadas, los ingredientes naturales, las conversaciones de sobremesa, los olores y las texturas propias de la tierra.
Un severo varapalo para el intelecto y para el correcto funcionamiento del organismo.
Aunque por desgracia el intelecto es algo a lo que progresivamente ya habían renunciado casi por completo los hombres en el resto de sus rutinarios quehaceres esquematizados, y quizás por esto no se resintiera tanto, pues ya estaba hecho puré.
El patético esbozo de lo que fueran personalidades definidas y satisfechas vagaba ahora errátil.
Sin embargo, el organismo aún tenía mucho que padecer.
Entre filfas alimenticias, se vio sometido a la ingesta sistemática y constante de todo tipo de químicos, grasas, aceites de coco y palma, y sal como para llorar estalactitas y mear rocas.
El cuerpo claudicaba y por el contrario, el monstruo en que se había convertido el fast-food se acrecentaba por instantes.
Pronto, gracias al sometimiento intelectual y el agotamiento físico, se convirtió en un burdo tirano para aquellos quienes le crearon, y campaba a sus anchas sembrando el caos a diestro y siniestro mediante la manteca hirviendo y las bebidas ultra edulcoradas.
Los recursos que los humanos habían invertido en alimentar a la criatura para que a su vez les alimentase, como las hectáreas de terreno antaño selvático en América, las enormes cantidades de energía aplicadas a la refrigeración y conservación de las grasas, el sacrificio de las antiguas dietas y tradiciones o el gravoso tiempo invertido en convencerse de que era el camino a seguir dada su praxis a priori incuestionable, ahora eran expelidos por el monstruo en forma de saña y sorna.
La lipo-brutalidad se agigantaba y conquistaba cada vez más territorio, su paso implacable dejaba la huella de la obesidad infantil, el desequilibrio nutricional y las toneladas de residuos de espinosa biodegradación.
Devino en paradoja que la humanidad fuese devorada por aquello que devoraban ellos antes, bajo el nombre de “comida”, que no era sino una piadosa hipálage.
Y así, condenada a morir sepultada bajo las toneladas de antiapelmazantes, colorantes, estabilizantes, conservantes y aditivos en general, la raza humana se empequeñecía, y se iba a la mierda.
Pero aún guardaba una última lección de instinto de supervivencia la agonizante naturaleza, y sucedió que los sistemas cardiovasculares decidieron desvincularse de los imbéciles de los humanos y sus cerebros ya inservibles.
¿Cómo podían pensar y decidir con autonomía los corazones? Pues seria consecuencia de que el cerebro a esas alturas ya poseía la misma capacidad cognitiva que los pelos de la nariz, pero no tratamos las causas, sino las consecuencias del giro anatómico propiciado por el avance mortal de la bestia sebosa.
En definitivas cuentas, aquellos órganos, entre arritmias galopantes y renunciando a bombear más grasa saturada a la plastilina que tenían por vecino de arriba en los organismos humanos, proclamaron su independencia.
Y no fue fácil, nada fácil escapar de aquellas prisiones grasientas. Estaban muy débiles tras la ingesta prolongada de tanta basura industrial. No sin taquicardias resultantes de la ansiedad, y entre mordiscos desgarradores que buscaban el menor resquicio por el que atravesar las costillas pudieron dejar atrás el que hubiese sido su ataúd de no haber actuado a tiempo.
Algunos otros lo consiguieron ascendiendo. Esto produjo escenas sorprendentes, pues iban las personas a regurgitar, como hacían de manera rutinaria a raíz de sus costumbres alimenticias, cuando de repente sentían como un órgano se abría paso a empujones y patadas por sus gargantas. Vomitar el corazón no era agradable, pero menos agradable era para el pobre corazón caer en el retrete entre mil fluidos difluidos con regusto a coca-cola, aunque siempre era mas agradable estar entre la mierda que dentro de las personas.
Otros optaron por apostar por la fuerza de gravedad, e hicieron el camino inverso.
También más de unx se sorprendió de haber cagado su corazón, aunque la verdad, la mayoría de las ocasiones eran cadáveres cuando los corazones lograban su cometido de cualquiera de los modos. Sólo unxs cuantxs tuvieron el dudoso honor de contemplar el resultado de su afición por deglutir basura, de ser espectadores de la rebeldía de sus vísceras ante la apatía de su criterio.
Al final, el balance de la epopeya cardiovascular fue el previsto.
Millones de cuerpos yacían inertes por los suelos, mutilados desde dentro y con un extraño material untuoso de un color brillante (que para nada se asemejaba al gris) deslizándose entre las malezas de sus orejas sordas para siempre. Seborrea escapista.
De entre estas colinas cadavéricas que ahora ornamentaban el horizonte urbano, asomaba la bestia de ácidos grasos y glicerina, arrasando con su poder hipercalórico.
Muchos corazones cayeron derrotados tras no aclimatarse a las condiciones externas y estos se libraron de la última venganza del tirano, otros huían despavoridos entre sístoles y diástoles indignas y llorosas, aunque consiguieron refugiarse y sobrevivir un tiempo mediante astutas tretas.
Los más decididos, hicieron acopio de todo el coraje que no demostraron sus dueñ=s en su día, y haciendo de tripas corazón, trazaron planes de resistencia ante la tiranía sebácea.
Hicieron trincheras con las cajas torácicas en las que habían vivido tanto tiempo y desde allí se enfrentaron valerosamente al monstruo armados con lavavajillas que en realidad no eran para tanto como prometían.
No se sabe quien ganó, pero se entiende que los corazones acabaron sucumbiendo entre infartos y excesos lípidos. Con todo, tal vez el monstruo resbaló en algún charco aceitoso y se desnucó a su vez, uno nunca sabe.

sábado, 15 de mayo de 2010

Vandellós vanejà






Maribel treballava com a recepcionista en un hotel. Llarguíssimes jornades de falsos somriures per a desconeguts. Valorava la seva feina i per això parava especial atenció a la seva imatge. Aquest fou precisament el motiu de que aconseguís conservar la seva llustrosa cabellera. Les quantitats obscenes de químics que havia anat vessant sobre la mateixa l’havien fet resistent a la pluja de plutoni, tot just com va passar amb el vestit del seu marit.De la resta del seu cos no se’n va salvar gaire.Li va brotar una mamella al cap, de la qual en Quimet solia penjar-se amb les seves aberrants genives. No podia parar de mirar-se-la, encara que només amb l’ull dret. L’esquerre vivia pendent de la que li quedava intacta al tors, i és aquest el motiu pel qual sempre mirava dalt i baix alhora, en una dualitat que poc tenia a veure amb clamar al cel tocant de peus a terra. Eren només anomalies post nuclears.
A diferència del d’en Marcel, el seu coll es convertí en un desnerit tub que amb prou feines podia sostenir el pes del seu crani, i encara menys després que emergís la “cefalo-teta”.
Això feia que el seu cap ballés dibuixant òrbites impossibles, i entre aquests moviments i els seus ulls estràbics sempre semblava a punt de perdre el seny.
El seu apetit sexual també es va veure afectat per la sobreexposició a l’urani enriquit, i ara gaudia una barbaritat introduint-se cactus (als quals prèviament havia tret les espines, això sí) per l’anus mentre en Marcel li clavava les seves dues tranques simultàniament i li estimulava el mugró del pit amb els seus peus abdominals. Era aquest un passatemps molt més noble que el del seu marit amb la puta TV després de tot.
Una vegada es va menjar un grà de blat torrat, un kiko, i aquest va mutar dins seu. Quan el kiko es va sentir preparat va sortir al món per la força, esmicolant el ventre de porcellana de la Maribel, i així es com en Quimet va tenir súbitament un germanet.
Encara arrossega els òrgans que varen quedar penjant un cop conclosa la cesària espontània, i el Marcel diu que li recorden als jardins de Babilònia.

El Marcel és un home de 43 anys aficionat al Nàstic. Tenia una feina com a executiu en una empresa de compreses, i de pressa sempre en portava.
A partir del desolador soscaire atòmic, començà a veure els partits del seu equip amb un sol ull, això sí, gegantí i desmesurat. 
Té serioses dificultats per fer la digestió, perquè els aliments se li embussen en el quilomètric recorregut que separa la seva boca dels seus budells. La seva enrevessada tràquea no facilita gens cap mena d’ingesta, i hi ha qui diu que l’ull el va perdre intentant empassar saliva al arreplegar valor per satisfer una tarda boja de la Maribel.
El seu vestit d’executiu sotmès a la rutina va quedar intacte tot i el percaç (això demostra quant naturals eren els materials dels que estava fet), però tot i així no va resistir l’empenta de les extremitats que una tarda brollaren del seu abdomen i que van acabar per convertir-se en un apèndix antropomòrfic més. Ara ja ho té per mà i gaudeix més rebent copets a les natges d’aquest annex que a les seves pròpies.
Quan es concentra massa part del seu cervell es liqua i per poder resoldre tal circumstància el seu crani desenvolupà una mandíbula que vomita la mielina fosa, però que tanmateix busca el seu propi manteniment caçant mosques i tota mena de criatures apocalíptiques. És per això que no li agrada resoldre mots encreuats a l’estiu, doncs la boca cranial no pot estar en tot.
Generalment en aquestes situacions opta per desconnectar del tot de les seves reflexions radioactives, i per abstreure’s de l’exercici de rumiar, es deixa endur per la puta TV, deixant anar d’aquesta manera el timó.
És molt amic d’aquesta inactiva activitat, encara que el Quimet, enmig d’un atac de violència i disputant-se una mosca de quilo i mig amb la aberració del seu crani, li va posar en una ocasió la puta TV com a barret.
La seva llengua bífida penja d’un raspall de wàter orgànic.

En Quimet ja era prou entremaliat per no dir fill de puta abans de la devastació radioactiva, i aquesta no va fer més que empitjorar-ho dràsticament. El marrec, acostumat a lligar llaunes a les cues dels gossos, ara s’ho passa teta escopint mocs àcids per allà on va.
També gaudeix com un posés fregant-se els ous, amb una urpa per davant i l’altra per darrere, doncs li varen sortir quatre més i ara en té mitja dotzena.
Li va caure tot el pèl, amb una precoç alopècia mutant, però també és cert que li va sortir molt més a l’esquena, i quan se li emboliquen els mocs al dors ho passa prou malament la criatura.
Al gos continua lligant-li llaunes, però com va ser fulminat per l’ona expansiva el dia de la catàstrofe, ara és més aviat un element ornamental, i no li fa tanta gràcia a en Quimet veure les llaunes romandre immòbils. De totes maneres riu posant-li abrics confeccionats amb pèls que li cauen de l’esquena quan té dies de fúria. Aquests dies també els aprofita per destruir els electrodomèstics que té a casa, i de fet així és com li va incrustar la puta TV al crani al Marcel.
Les seves dents no desaparegueren per culpa del plutoni, desaparegueren a causa de les seves viscerals mostres de ràbia, com tot just mossegar els marcs de les portes. El que si va aconseguir el plutoni va ser deformar les seves genives grollerament.

Joan, el nen kiko, doncs no és més que això, un kiko vingut a més gràcies a maquiavèl·liques mutacions pròpies del caos genètic.
Sort en va tenir de que Maribel no el mastegués gaire, ja que li hauria costat molt més travessar la placenta pel seu compte essent un puré, per més endiastrat que fos.
Li agrada perfilar les seves dents metàl·liques i ho fa mossegant els budells que en surten de la panxa de la mare.
De fet sovint es veu arrossegat pel cordó umbilical que va desenvolupar miraculosament i que encara penja de la seva mare i els manté units. Tot i que qualsevol dia el desfarà mitjançant una mossegada que esquitxarà fins a son pare.

De la iguana i el veí poca cosa es pot dir. El veí els visitava la tarda de la infàmia nuclear i no va sobreviure a la mateixa, i la iguana es va convidar ella mateixa a can Montoliu, i allà es va quedar, menjant cuques gegantines i pixant colònies de tots colors.

Totes aquestes extravagants mutacions que ha patit la família Montoliu podien haver estat evitades si haguessin triat anar a viure al mig del Montseny en comptes de al costat d’una central nuclear, però es decantaren per Vandellós, i allò resultà ser perillós.
Tot i que no deixen de ser una típica família catalana de la zona al 2022.





domingo, 9 de mayo de 2010

Lúpulo pupilar pluvial

Ante todo, cabe tener en consideración que este tipo de habilidad es innata, mas sin dedicación constante no son accesibles sus máximas cotas.

Primero, hay que nacer con cierta tendencia al birrismo. Es más, para ir bien, habría que golpear a nuestra madre la primera vez que con cariño maternal nos ofrece el pecho, y demostrarle que si lloramos es únicamente porque estamos avid=s de cerveza fría.
Y Armando no sólo actuó con tal contundencia al llegar al mundo, sino que a posteriori consagró su vida entera al dorado líquido.

Mucho le deben algunas familias otrora paupérrimas, que nunca vieron recompensada su labor como recolectoras de cebada mas que con punzadas lumbares, pues apareció él y se multiplicó por trescientos la demanda de sus cereales. Ahora nadan en la abundancia y atan los perros con longanizas.
Llegó incluso a editar una oda de quince tomos que llevaba por título: “No diga cerveza, diga maná”, en la que aseguraba, beodo al límite, que añadir el elemento de la diversión a una bebida de por si compuesta por la maravillosa combinación de agua con cereales, debía ser el capricho de algún sapientísimo Dios para compensar a la humanidad por todos los tormentos a los que la sometían sus compañerxs de oficio.
El infame ensayo no tuvo mucho éxito, pero al menos le aportó el capital necesario para satisfacer uno de sus delirios oníricos más perseguidos: llenarse una piscina con cerveza.
Puede parecer una gilipollez, pero para él era la razón de existir. A fin de cuentas, ¿para que conformarse con un mísero barril que no resiste tres de sus envites?
Se le ocurrió que podría incorporar a su gigantesco recipiente una barra, con sus taburetes sumergidos y demás, que era una pijada que había visto en series horteras de televisión. Así, cuando se cansase de chapotear entre la espuma amarga, podría acudir a servirse una pinta para reposar un poco y retomar fuerzas.
Dicho y hecho, terminó por construir su ambicioso vicioso proyecto, y alegre como era él, se tiró de cabeza por primera vez a su ecuórea charca etílica.
Sus primeros chapuzones, entre celebrantes y cenestésicos, fueron de pura comunión con el cosmos, de un reencuentro espiritual que le hizo pasar por todos los estadios de la felicidad humana.
Poco después, en aquel mismo enclave sagrado, ofreció una fiesta a la que fuimos invitadxs ilustres y reputadxs cervecerxs de los confines terrestres, y allí, por enésima vez, volvió a dar muestras de su profunda sensibilidad.

Y es que con haber sustituido la sangre que inunda las arterias por cerveza no es suficiente. No basta con la rareza de poseer “birroglobina“, compuesta por glóbulos dorados dopados.
Para poder llegar a llorar cerveza es muy importante poseer además una sensibilidad sobrehumana. Y él la posee.
Una persona con su enorme capacidad de absorber sentimientos (como si fuesen birra, huelga decir), capaz de interiorizar los fugaces destellos de emoción que percibe en las más inanes situaciones, necesita la facultad de dar rienda suelta a su interior. Y su interior, como todo el mundo sabe, es cerveza.
Es la pescadilla que se muerde la cola.
Así, realiza efusivas y entusiastas muestras de amor incondicional hacia su morena y su rubia, conocidas por doquier como Guinness y Estrella, respectivamente, entre genuflexiones y cánticos alzados a las criaturas celícolas como muestra de gratitud por las bebidas terrenales.
Tras la ingesta de algunos kilolitros, su júbilo se dispara, porque la verdad es que la cerveza le hace feliz al puñetero, y explota entre plañidos de puro “maná”, Armando dixit.
No quiere kleenex, ni quiere fregonas. No quiere ni oír hablar de limpiar los regueros que provoca.
Sólo quiere que sus amigxs estén cerca, y a poder ser, que beban tras de él, o al menos que hagan lo posible por evitar que el preciado líquido llegue a contactar con el suelo, por evitarse tener que lamerlo.

La siguiente instantánea, que se erige en el mejor ejemplo de su facultad, fue realizada en una tarde cualquiera de esas en que se reúne con sus allegadxs para practicar algo de deporte.
Ell=s practican deporte y él mientras tanto se retira a la barra del bar más próximo a ponerse ciego, hasta que no lo soporta más y llora de la emoción.
Entonces, y sólo entonces, corre por el césped del campo como un poseso, pretiriendo las desdichas mundanales y explayándose en eufóricos llantos ebrios, mientras sus amigxs corretean detrás, jarras en alto, haciendo lo posible por rescatar cuanta más birra mejor.





jueves, 22 de abril de 2010

Las aventuras y desventuras de Simbad el marino y Simbad el morino.




                                            Simbad senior el marino.
                                                 




Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador. - ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!

Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.

En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
"Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad..."

Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.

Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
"Volví  a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo  y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.

"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas..."

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.

El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.

"Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."

Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...

Aún así, al cabo de un tiempo, el anciano añoró sus excursiones marítimas y el aliciente de descubrir mundo, y decidió enrolarse en una nueva travesía, cediendo el timón por quincuagésima vez a la jurisdicción de la diosa Fortuna.



Confiando en esta, y llevándose al muchacho consigo, surco los mares durante unas cuantas jornadas, anotando en su cuaderno de bitácora sus sensaciones y las fantasías que evocaban en él los nuevos horizontes.

Una mañana, hallábase precisamente anotando sus impresiones, cuando escuchó al vigía exclamar “¡¡tierra a la vista!!”, y rápidamente, excitado, se asomo por la borda a contemplar con su catalejo su próximo destino.
Aquellas tierras le parecieron a priori fascinantes, y deseó tener mejor suerte esta vez.

Pero a posteriori deseó haberse quedado viendo el techo de su salita de estar.

Poco antes de haber conseguido incluso acercarse, unos extraños personajes con uniforme verde empezaron a arrojar piedras sobre él y su embarcación, y de hecho extrayendo pistolas de sus cinturas, consiguieron hundirla y obligarle a nadar los extensos metros que le separaban aún de la orilla entre disparos e improperios.

Simbad el anciano, presa del pánico y exhausto por el esfuerzo, terminó por sentir sus pulmones abnegados irse al fondo del mar mediterráneo, donde se mezclarían con mil residuos industriales. Fue un trágico fin para una longeva vida de peripecias.

Simbad el muchacho y algunos de los tripulantes del navío, en cambio, persistieron. La fuerza y el coraje juveniles empujaron a Simbad hasta la orilla, y aunque estaba agotado al alcanzarla, tras toser agua con violencia no pudo sino echar a correr, pues seguía cayendo sobre el una lluvia de piedras e insultos, y algún que otro balazo por suerte lanzado por alguien demasiado idiota como para acertar.

Se topó de frente con una alambrada, circunstancia que no había notificado el vigía, (ahora pasto de los peces y las gambas) y sin pensarlo dos veces, saltó y apretó a correr como alma que lleva el diablo, como vio hacer a sus compañeros. Consiguió alejarse lo suficiente y oyó a sus depredadores incluso reír en la lejanía, pero al menos estaba a salvo.
Con rasguños, una hipotermia, hambre y agotamiento, en un país extraño, pero a salvo.

Lo primero que sintió fueron las lacerantes quejas de su estómago. Había oído con pasión los relatos del difunto Simbad, pero nunca hubiera imaginado que sería tan duro verse en tan precaria situación, siempre habíase mostrado mucho más valiente en su imaginación.

El instinto le hizo olvidar sus temores, o mejor, atenazar levemente su pánico, e intento solicitar ayuda por las calles, pero antes de poder mediar palabra, siete transeúntes de poco pelo en la cabeza le estaban dejando el rostro hecho un mapa, pisoteando sus sienes y rompiendo sus costillas al rebuzno de “¡viva España!”, o algo así le pareció entender, pues no entendía el idioma y para colmo la sangre encharcaba sus oídos.

Cuando volvió en sí, se recuperaba en una especie de tienda que en vez de media luna roja lucía una cruz roja, y donde le interrogaban con desdén y agresividad unos cuantos tipos de verde como aquellos que acabaron con la vida de su benefactor y casi con la suya.

Tal fue la impresión al abrir los ojos y encontrarse con los sádicos, que echó a correr dejándose el catéter y parte de la vena tras de sí, y tras esquivar a algunos sádicos mas de tricornio y mostacho, con una pizca de suerte, pudo poner pies en polvorosa.

Vagó acojonado y procurando pasar desapercibido durante unas cuantas horas hasta que encontró a algunos hombres que hablaban un dialecto parecido al suyo, y le ofrecieron algo de comida y techo al menos por una noche. Les narró su traumática odisea, y se rieron de él como se ríe la gente experta de la ingenuidad de los principiantes.

Ellos también habían luchado contra los elementos y los sádicos, y contra la furia del mar.
Le explicaron que no esperaban encontrar el paraíso con incertidumbre, sino que en su país el hambre y los conflictos bélicos, (propiciados paradójicamente por Europa) estaban devastando sus pueblos, y que les habían jurado que Europa era la tierra prometida donde abundaban el trabajo, las comodidades y los lujos.
Tenían esa certeza inocente.
Así pues, tras ahorrar durante meses y meses de duro trabajo míseramente remunerado, consiguieron un carísimo billete para una patera, cayuco, crucero mal visto, o como diablos se llamase, y tras despedirse entre lágrimas y desesperación de sus mujeres e hijxs, se habían embarcado, apretando los dientes dispuestos a arriesgar su vida por dignificar y estabilizar la de su familia.

Esto impactó a Simbad, que había vivido una experiencia náutica de lo más placentera y que ahora, pese al territorio hostil que le rodeaba, se sentía sin derecho a quejarse ante estos hombres.

Cuando preguntó por alternativas para sobrevivir, le ofrecieron algunas. Uno de ellos conocía a un nativo llamado “Manolo”, que les proporcionaba droga mal cortada a precios relativamente asequibles y otro dijo poder ponerle en contacto con una casa donde había un tipo que les vendía música estúpida de esa que escuchaban lxs nativxs de cerebro adormecido.
No parecían ser del todo halagüeñas las perspectivas, pues Simbad tenía un gran sentido de la ética y no quería ser participe de la decadencia ajena vendiendo drogas, y en cuanto a la música, pues es que nunca había valido para negociar, lo suyo era cargar fardos.

Así, gracias a la propuesta de un tercero, decidió ir a recoger fresas.
A modo de advertencia, éste tambíen le explicó que le humillarían y le tratarían como a un perro, que lxs nativxs le acusarían de usurpador, que le pagarían una PUTA MIERDA que en comparación a lo que ellos conocían como sueldos en sus países estaba bien pero que en este “paraíso” no tendría suficiente para pagarse un café al día.
También le ofrecieron unirse a sus rezos, agradeciendo a Alá estar vivos una jornada más, pero el respondió que era agnóstico.

Esa misma madrugada, débil y con las costillas aún doliéndole horrores, pero esperanzado, se aseó como buenamente pudo y se dirigió junto al que esperaba sería su nuevo compañero hacia el campo en cuestión.

Allí vio a los gallos dormir a lo lejos, y a muchos de sus paisanos jadear con la lengua fuera, y poner las manos brevemente en sus riñones antes de proseguir con su labor.
También vio al tipo que su compañero le había señalado como el mandamás, hacer un extraño y sospechoso negociete con un sádico de aquellos de gracioso sombrero de charol.
Su compañero le aseguró que no debía preocuparse por la presencia del torturador, y que procurase no mirar con demasiado descaro el trapicheo que allí se estaba llevando a cabo.
Al final, el de verde se fue en su Nissan Patrol (verde también), y llegó el turno de Simbad.

El tal “Empre-no-se-que-más”, le gritó con un pesado aliento a brandy cuatro cosas relativas a unas monedas y unas cajas de fresas diarias, y le dijo a su compañero que le pusiese manos a la obra de inmediato, con unos guantes roídos, que el chaval parecía provechoso y no quería perder unos dedos productivos.

Simbad recordó sus días de cargador de fardos, llenándose de valor. Se convenció de sus propias capacidades y arrancó a trabajar, jurando que en cuanto consiguiese el dinero necesario, volvería a su país, donde al menos tenía parte de la riqueza que Simbad Senior le había regalado.

Fue una jornada bestial. Con apenas tres tragos de una manguera en la que había visto también beber a un perro, su cuerpo se vio sometido a un esfuerzo sobrehumano, bajo el sol andaluz, sol que le dejó la piel hecha jirones. Por suerte, los riñones le impedían sentir dolor en cualquier otro lugar del cuerpo, tal era la intensidad con que reclamaban protagonismo.

Le dijeron que hasta el viernes no vería un céntimo por el sudor de su frente, pero allí conoció a dos chicos que le ofrecieron unirse a su campamento, bajo un puente considerablemente próximo. Lo sopesó y llegó a la conclusión de que al menos tendría compañía y de que así podría ahorrar, por lo tanto aunque con algún reparo, accedió.

En el “campamento”, que no era más que una colección de cartones y trozos de metal desvencijados, de colchones con manchas acojonantes y de residuos del “paraíso” (situado a siete kilómetros de ellos) de toda índole, pudo ver a más personas de las que esperaba.

Personas de varías nacionalidades y edades. Eso sí, ni un solo nativo, aunque le explicaron que a veces se acercaban dos o tres de ellxs de buena voluntad, a repartir un poco de comida y abrigo, pero que los sádicos los perseguían con las porras en alto así que eran ocasiones muy esporádicas.

Transcurrieron los días entre idas y venidas del campo de concentración de fresas al campamento y viceversa, y al fin llegó el viernes.
Estaba exhausto, quería morir. Deseaba que uno de esos sádicos por fin acertase con la pistola y acabase con su tormento, deseaba poder cargar el doble de fardos de los que cargó en su día, pero con los suyos, deseo ser un pájaro y poder volar lejos y lejos, escurriéndose entre nubes de algodón pero estaba divagando de puro cansancio, y su amigo le hizo reaccionar de un grito.
-¡Eh, Simbad! Te estoy hablando, joder. ¿Me acompañarás mañana a la ciudad a por algunas provisiones?
- ¡Claro!- exclamó mientras unas monedas tintineaban en sus manos alegrándole ligerísimamente. La perspectiva de comer y entablar amistad le hizo olvidar por unos instantes el emético devenir de su destino.

Por la mañana, moribundos pero con las fuerzas que imprimen cierta libertad, se acercaron a la ciudad.
No fue muy larga su estancia, pero pese a su brevedad, se sorprendió de que la mitad de las personas le mirasen con desprecio y asco, con cierto brillo en sus ojos, como el brillo de una pantalla de televisión o algún cristal parecido, aunque más bien ese.
Mas lo que le acabo de dejar atónito fue que la otra mitad, sin conocerle de nada, le paraba para preguntarle por “Costo”. El no conocía a ningún Costo, ¿que coño querían?, estaba hecho polvo y le imprecaban con sandeces inoportunas, por suerte su amigo les daba puerta rápidamente.

Compraron dos o tres paquetes de arroz y poco más, y volvían cargados con algunas bolsas cuando a Simbad se le congeló el alma del susto. Otra panda de la que conformaban los chicos de una ceja que gritaban “Viva Ejpaña” o algo así, estaba frente a ellos sonriendo con malicia. Oyó decir a uno de ellos “Sí mamá, enseguida llegaré” a través de una especie de teléfono que guardó en su bolsillo, e instantes después, el arroz había
caído al suelo y se había iniciado una frenética persecución.

Rebuznaban otra vez aquello de ejpaña mientras corrían, y esto daba más fuerzas a Simbad, que se habría enfrentado a ellos de no ser porque les triplicaban en número y porque estaba desnutrido. Al final, consiguió darles esquinazo, pero se percató de que había perdido a su amigo por el camino.

Así, aterrorizado ante la posibilidad de cruzarse con los niños violentos o los sádicos del mostacho, sin arroz, y sobre todas las cosas, sin saber nada de su amigo, volvió al campamento. A punto de echarse a llorar.

Su único día libre se había consumido entre desgracias, y ese mismo amanecer, debía volver a la rutina.
Pasó unas semanas de calamitosa exigencia física, y aun mas dolorosa exigencia anímica, pues nada supo de su amigo hasta los veintitrés días, cuando un conocido común le comunico que había sido apuñalado por los niñatos violentos.
Un sádico uniformado de verde encontró un teléfono móvil en la escena del crimen y había reestablecido la última llamada, para hacer sus pesquisas respecto al sospechoso, y resulta que le había contestado su mujer.
Así, su hijo y su panda de amigos habían quedado libres de sospecha y posibles consecuencias.

Esto sentó como un mazazo a Simbad que sintiendo como todo se acumulaba dentro de su ser, empezó a notar algo peor que la combustión de sus riñones y súbitamente, entre bellos recuerdos de su tierra, arrepintiéndose por haberse lamentado entonces por su suerte, cayó fulminado entre los campos de concentración de fresas para no volverse a levantar.
El cansancio, el desánimo, la injusticia, la discriminación, la soledad, el miedo, la desnutrición, los prejuicios, en definitiva, el estar rodeado de garrulxs, habían sido más fuertes que él.

Simbad Senior había sobrevivido a muchos horrores y situaciones peliagudas gracias a su ingenio y su valor, pero el pobre Simbad Junior había ido a parar a un país de garrulismo y crueldad, y no hay nada más peligroso que eso. Ni cíclopes gigantes antropófagos, ni pollas en vinagre. El horror cabalga desatado a lomos del etnocentrismo egoísta e ignorante.



                        
                                            Simbad junior el morino.