domingo, 12 de enero de 2014
Ander Jailander + Episodio primero: Huele a quemado.
Hacia el mercado iba yo la otra mañana, acompasando mis movimientos al ritmo de risueños silbidos invernales.
Mi estómago acompañaba con su tronante rugir la melodía, pues iba al mercado precisamente a comprar o sisar, según se terciara, algunos kilos de remolachas, que me apetecían bastante.
Y tras cruzar la calle y fundirme entre el gentío hueco que pulula siempre sin objeto por las aceras, me tope frontalmente con mi viejo amigo Ander. Ander Jailander, para más señas, así que obviamente, al menos para quienes conozcan tan peculiar saga familiar, lo de “viejo” abarcaba toda connotación y significado que pueda contener tal adjetivo.
Que Ander proviene del celebérrimo clan escocés de los Highlander, (aunque no de un modo directo, pues éste es de la rama del árbol que emigró a Santurze hace ya algunos siglos) y el pobre sólo morirá, y sólo entonces, si le decapitan, porque así ha funcionado siempre su familia, y cada familia tiene sus costumbres, o eso nos hacen creer.
La gente suele exclamar de inmediato “¡Que bicoca!” y Juande responde con la velocidad y soltura que le dan la experiencia de más de dos mil años (su clan es previo al de los gualtrapas de la película) sobre el planeta gris: “Bicoca el coño de tu madre”.
Y es que no está del todo satisfecho con su condición el hombre. Y no precisamente por sus rasgos de zanahorio céltico, que los juicios y prejuicios ajenos los superó hace siglos.
Cada vez que se pone a comentar su situación, acaba como una plañidera. Me invita a tropecientas cervezas, porque él está a salvo de que ninguna cirrosis le mate, y nunca tiene tiempo de contarme todas sus desgracias. Aunque le escuche durante días que se vuelven semanas, que se vuelven meses y me obligan a recordarle: “macho que yo no soy inmortal como tú…”
Siempre empieza por lamentar su soledad. A él eso de haber conocido más gente que nadie no le supone ningún consuelo. De hecho eleva su grito al cielo tildándolos a todxs de gilipollas, cobardes, egoístas, o directamente de ser una conjunción esperpéntica de todo lo anteriormente dicho.
Es más, para él el mundo se divide en dos grandes grupos: lxs gilipollas, y lxs gilipollas que salen al mundo ingenuamente ilusionadxs con conocer gente que no sea gilipollas, aunque sea mintiéndose para así sentirse “super”-afortunadxs. Con todo, él también ha sabido resignarse, hacer de tripas corazón, y, como lxs mortales, obviar la gilipollez ajena y centrarse en sus virtudes puntuales, aún a sabiendas de la realidad.
Y así, engañándose por necesidad como todo hijo de vecino, también ha llegado a querer a algunas personas muy, muy, muy concretas.
Claro, estas personas tan concretas, al ser mortales han ido cayendo como moscas, una y otra vez, como reza el manido tópico, tan recurrente en los densos coloquios de salón en torno al paradójico concepto de la inmortalidad.
Y entre una cosa y la otra, pues se siente sólo, es muy comprensible. Aunque aún conserva la dignidad y no lo paga con nadie. Se limita a llevar su solitaria frente bien arriba.
El pobre Ander está bastante quemado por muchas otras razones, y también literalmente como relataré en breves.
El caso es que tras tener millones de amantes, ya sólo disfruta de darse palillo como un mandril, pues confiesa que no encuentra quien le satisfaga. Aún tiene que recordar a sus amantes el fluir del ritmo, la cadencia o el tacto.
Si es que tiene siglos de experiencia; y encima, ya tiene los instintos atrofiados, como es natural en un ser antinatural.
Esta desidia sexual, en la que no encuentra motivo para actuar más que matar el tedio, impera no sólo a este nivel, sino en todos los ámbitos de su dilatada vida.
Me cuenta que ya ha tenido miles de profesiones, todos los oficios, domina la mayoría de las artes y las ciencias, y que se ha estancado.
El bricolaje lo lleva a cabo con el badajo, sin ir más lejos, tras concienzudas tardes dedicadas a pulir la técnica.
Se sienta ante el piano y encadena sutiles melodías con los pies, juega al ajedrez con los ojos vendados y escuchando a los Dimmu Borgir al mismo tiempo, ha escalado algún que otro ocho mil para escupir desde arriba y volver a bajar, en fin, cuanto pueda hacer un hombre por pasar el rato tras cientos y cientos de años de hastío.
Ha pasado por todas las adicciones posibles, porque es consciente de que no existe el término “sustancia letal” para su cuerpo. Así que se ha podido tirar más de doscientos años metiéndose jaco a gogó, que no ha pasado nada. Además admite que aunque le parecía enormemente más divertido imaginar gilipolleces abstractas que estar obligado a ver gilipolleces concretas, de aquello también se aburrió.
Le ha dado a todo lo habido y por haber, no ha dejado droga tranquilita ahí donde estaba, no.
Pero ya agotó su cupo, ya dejaron de llamarle la atención, y espera a que lxs gilipollas del quimicefa se arranquen con un nuevo ramalazo de inspiración. Porque el domina la química, pero sabe que no hay nada más efectivo que la maldad ajena como fuente de inspiración. Ese tipo de cosas las deja en manos de lxs mortales, que son lo bastante retorcidxs como para crear auténticas genialidades de la autodestrucción. Desde el Actimel hasta el MDMA.
Y en cuanto a la violencia, en fin, que le voy a contar al bueno de Ander Jailander. Más de una vez se ha enfrentado a tal o cual imperio. Y aunque a día de hoy él lo considere una desgracia, tuvo la suerte de que nadie pensara nunca en decapitarle.
Lo que habrá pasado ese hombre cada vez que le han pillado por banda sólo lo sabe él. Porque cuando le empiezan a torturar, aquello es un no parar.
Le han enchufado mil latigazos, le han tirado el aliento de mil vagabundos flatulentos en todo lo alto de la tocha, le han hecho ver “Sálvame”, lo han crucificado, le han dado galletas hasta cansarse, en fin, electrodos, gases, mutilaciones, desmembramientos, privaciones de descanso y comida, todo tipo de humillaciones, goteros sobre el cráneo, y cuanto puedas imaginar. Y ahí estaba el tío, sufriendo como una persona buena que confiase en lxs demás.
Regenerándose por su naturaleza caprichosa, para poder seguir sufriendo otro rato más. Está ya hasta los huevos.
Al final pasa de rebelarse, porque tiene poder como para matar uno por una a seis mil millones de gilipollas, pero es que siempre terminan por reducirle y está más que aburrido de las salas de tortura. Así que mira, a resignarse y gruñir entre dientes. La violencia también ha dejado de parecerle una solución.
Ander habla con fluidez todas las lenguas del globo. Ahora ya se ha hecho mayor y se burla de todo lo que tenga que ver con gentilicios, razas y al final, hasta culturas (y no digamos patrias putas…), pues entiende que es todo lo mismo con sutiles matices pintorescos en función de las coordenadas. Y le revienta ver a lxs gilipollas chauvinistas sentirse especiales o distintxs porque les hayan parido en este palacete maloliente o aquel gueto perfumado.
Pero bueno, para poder espetarles estas simples reflexiones en los morros, se ha molestado en aprender cuantas lenguas ha escuchado por ahí. Y le va bastante bien, nunca fue un apasionado de las exposiciones extensas, pero le basta para poder expresarse con su habitual simpatía hacia lxs mortales tontorronxs.
Aunque sin duda, lo más intenso de su vida han sido sus escarceos con la dama de la guadaña. Ha atravesado un sinfín de situaciones que han terminado por atrofiar también su instinto de supervivencia. Y si disfruta de algo, es de encontrarme a mi para contármelas, porque sabe que el resto de gente me aburre y que sentimos una honesta fascinación recíproca por nuestra paciencia, asi que en fin, nos fuimos a un bar y empezó a relatar, con expresion indiferente…
EPISODIO 1: Huele a quemado.
Me contó Ander que en cierta ocasión cuando aún estaba cargado de impetuoso desdén “juvenil” (aunque sepamos que conceptos como joven o viejo son incompatibles con nuestro desdichado héroe), se enfrentó a la inquisición, pero por pura casualidad. Es mas, la verdad es que como solía pasar, la inquisición se enfrentó a él. No fue exactamente por erigirse en paladín de la cruzada contra la injusticia, ni nada parecido, vamos.
Simplemente andaba él por un sendero, y se distrajo observando cuantas nueces de las que se había molestado en cascar a cabezazos quedaban en su zurrón, aunque siempre haya comido más por amor al arte que por necesidad.
Mantenía la mirada centrada en su cadera, cuando un frailecillo montado en asno que compartía su camino se acercó demasiado y el asno terminó por pisarle el pie.
El alarido del señor Jailander fue de una cantidad de decibelios atronadora, porque aunque se regenere, que te pise un asno el pie duele, y no hay que bromear con ese sufrimiento que no es poco.
El frailecillo, espantado, y para que negarlo, hasta más arriba de las cejas de lo que se empeñaba en llamar "sangre de Cristo", cayó del asno y fue a dar de bruces contra las heces que había ido depositando el animal con tal de amenizar su marcha soltando lastre. Bastante peso tenía ya encima con el julai aquel, como para soportar voluntariamente y por añadidura todo ese peso interior.
Lo siguiente al alarido de tan desgraciadas consecuencias por parte de Ander fue una blasfemia de tal calibre, que me ahorraré reproducir por pura prudencia. No es que sea un timorato, pero algo tenía que ver con el coño de la madre de Dios, que Juande siempre fue adepto a mentar al prójimo los órganos maternos de su progenitora. Una secuencia de insultos y barbaridades cósmicas y mundanales tan atroz que no la habría podido decir alguien que no hubiese vivido tantos años como él, porque nadie tiene tiempo en una sola vida para aprender a decir algo tan bestia.
Claro, al orondo frailecillo se le helaron los huevos y el alma, y si Ander no pudo ver cuan pálido quedó, fue simplemente porque su palidez estaba oculta por el estiércol que le cubría la cara.
¿El resultado? Ander a la pira.
No sin forcejeos, juramentos, hombres caídos y demás. Pero a la pira.
Le prepararon un bonito altar de leños resecos, le llamaron hijo del diablo (aunque el frailecillo aseguraba que debía ser directamente el padre según la barbaridad que le había oído pronunciar) y condenaron su alma inmortal, ignorando que su cuerpo también era inmortal, para acto seguido dar lumbre a la hoguera con él en el centro.
Ander era inmortal, pero no ignífugo (cachís).
Tras dieciséis horas de olor a carne chamuscada, con la sangre hirviendo, el cerebro ardiendo empujándole a delirar, uñas derretidas, pelo inexistente, y aullidos en fa mayor que pese a salir de las llamas provocaban curiosamente escalofríos, los monjes decidieron poner pies en polvorosa, presas del pánico y conteniéndose para no secundar las blasfemias proferidas por la victima del fuego. Aunque algún cabroncete se quedó dándole vidilla a un fuelle que le habían regalado por Pascua para esas ocasiones especiales e incluso soplando a la vez.
Como no hubo modo de zafarse de los clavos a los que estaba sujeto, allí estuvo hasta que ardió hasta la última de las ramitas dispuestas a sus pies, y eso que los cabrones de los monjes antes de huir despavoridos y haciéndole cortes de mangas desquiciados, renunciaron a toda la leña almacenada para el invierno y la invirtieron en su infierno, acumulando así material para unos días más, por si acaso. La que liaron fue bastante gorda, casi queman el pueblo y al carboncillo que era en aquellos momentos Ander ni se le alcanzaba a ver.
No lucía su mejor aspecto al liberarse del tormento, la verdad. Ademas había ido soltando ceniza según se regeneraba y se volvía a quemar asi que más que negro estaba gris por la polvareda. Pero se recuperó, se recuperó, porque no le habían decapitado. Y así, tras bloquear a Torquemada y borrarlo de su lista de contactos, se largó de allí sin nueces ni ganas de nada.
Yo, que escuchaba atónito en el bar, observé a Ander observar a su vez la llama del mechero en silencio, porque se quedaba callado con cara de "que harto estoy, copón" cada vez que terminaba de narrarme una de sus tragedias. Pero siempre ponía fin a su silencio y se disponía a empezar de nuevo, pues tenía muchas historias, quizás demasiadas. Pero ya habrá tiempo para eso.
domingo, 28 de julio de 2013
Forever young
Cuando uno tiene que lidiar con el tormento del despertador,
suele arrastrar la molestia todo el día, como un zumbido impertinente
sacudiendo el cerebro.
Son horas de trance y sopor, en las que el alma divaga y el
cuerpo sufre espasmos, máxime cuando las mencionadas horas se dilatan hasta el
infinito en un trabajo repetitivo y monótono.
Así que cuando mis ojos se abrieron como platos ante aquel
escenario absolutamente surrealista e insólito, sólo pude pensar que se trataba
de una alucinación provocada por el cansancio más atenazador.
Nada más lejos.
Al salir del curro como cada día, vi en el cielo aeronaves
desplazándose a gran velocidad y me quedé estupefacto. Aeronaves con publicidad
de objetos que no conocía recomendados por meapilas de aspecto plástico que
jamás había visto antes.
Mientras mis compañeros salían hacia la calle, se sucedían
las reacciones más expresivas, desde los “buat de fac” hasta las paradas
cardiacas, pero si hubiera que calificar aquello de algún modo preciso, las
palabras certeras serían pavor y desbandada frenética.
Así (habiendo ya fichado claro está, no íbamos a eludir
nuestro deber por un quítame de aquí este suceso apocalíptico), pusimos todxs
pies en polvorosa en pos de encontrar refugio, explicaciones y en general, la
supervivencia.
Pronto descubrimos que habían pasado doscientos años, y
doscientos años son mucho tiempo.
El mundo ahora era gobernado por alguna descendiente bizarra
de Belén Esteban, que se había casado con algún memo de la generación de turno
de los Rotschild, en pos de pegar un braguetazo para salir en las revistas
holográficas del corazón más asqueroso; y mira por donde, le había acabado reportando su cuota en la
dominación global totalitaria.
Mis compañerxs supervivientes se horrorizaban ante las
nefastas consecuencias de todo ese patético devenir del destino. Ahora el mundo
era garrulo por imposición, tan garrulo como la nueva tecnología imperante le
permitía ser. Mis pobres colegas se tiraban de los pelos, se arrinconaban y se mecían sobre ellxs
mismxs, repitiendo la palabra “no” como un mantra desesperado y extenuante. En
fin, no lo llevaban bien.
Yo no tardé en entender como cabía semejante posibilidad
espacio-temporal tan aplastantemente paradójica. Como demonios podían pasar
doscientos años sin que esto afectase de modo alguno a mí ni a mis compañerxs.
Y si no tardé en comprender lo sucedido fue porque en realidad venía
avisando hace tiempo del riesgo que corríamos.
Solía decirles “¿chicxs, no os parece que hoy la mañana va
más despacio?”, solía pedir a lxs encargadxs que al menos pusieran hilo
musical; hasta escribí una poesía en la puerta del lavabo mientras deyectaba,
un hermoso verso que rezaba algo así como “nunca vamos a envejecer, el tiempo
se espesa hasta hacerse puré”.
Es más, en una ocasión hasta noté como me costaba
desplazarme en el espacio, como si de alguna anomalía física relativa a la
cuarta dimensión se tratase. Pero claro, uno siempre da por sentado que es
culpa del sueño.
Pues ese día fatídico la impresión no se debió a sinestesia alguna. Ese día el trabajo fue tan
devastadoramente lento, anodino e infumable, al parecer para la plantilla al
completo simultáneamente, que sucedió lo previsible. El drama anunciado. El
desenlace de nuestro horror cotidiano. Nuestra nefanda tragedia obrera. El
tiempo se detuvo dentro... aunque siguió corriendo fuera.
domingo, 3 de marzo de 2013
Ferrankenstein
A sabiendas de mi escasa enjundia a la hora de pretender riquezas, es normal que te preguntes como puedo vivir de este modo tan abundante y cómodo.
Y a sabiendas de mi escasa vocación por perseguir el éxito material, pues te imaginaras que toda esta fortuna ha venido a mí por obra y gracia de la divina providencia, y en efecto, así es.
Todo lo que soy (en argot moderno: tengo) lo debo a mi sótano, ahora ya cuna de razas y La Meca de los científicos.
Es una habitación de lo más normal, y ni yo nadie hubiera podido adivinar que me reportaría pingües beneficios.
Pero resulta que emulando a Moureau, Mengele, Frankenstein y otras eminencias del campo de la genética, y sin tener ni pajolera idea de lo bien que se me daba, me puse yo también a jugar con la vida.
Creé las condiciones precisas, sin saberlo, y la vida, siempre abriéndose paso, hizo el resto. Tú dirás que la culpa es de los cerdos del ayuntamiento, por sacar a paseo el camión de la basura orgánica una escasa vez al mes, bueno, puede ser.
De acuerdo, he estado estudiando el árbol genealógico del alcalde, y sí, desciende directamente de Diógenes, y sí, me he colado en su oficina y he descubierto que trama mil subterfugios para sepultar la ciudad bajo toneladas de basura podrida... pero resulta que los bichos aparecieron primero en mi sótano, así que jódete. No importa a quien le atribuyas todo éste dudoso merito, la guita es para un servidor.
Reconozco que me asusté un poco cuando los vi por vez primera, todos allí en mi sótano jugando al mus, durmiendo por los rincones... que yo bajaba distraído y en pantuflas, y fue todo un impacto topar de bruces con aquel pesebre.
Porqué los había de todos los colores y tamaños. Parecía mentira que todo aquel circo de los horrores hubiera podido salir de unas, cada vez más radiactivas, bolsas de basura. Aunque en fin, considerando que la verdura cada día lleva mas petroquímicos, que el camión de la basura tuvo un fallo mecánico una vez, que al mes siguiente tuvo un fallo gastrointestinal su conductor y que todos sus posibles substitutos estaban en Mallorca perfeccionando el dialecto balear del alemán, pues el desenlace no se antoja tan descabellado. Tres meses de basura orgánica adulterada en plena metamorfosis sólo porque el camión dejó de pasar dos veces. Así es el mundo de mi (ese lentísimo) Sr. Alcalde.
Su mundo y sus subsiguientes submundos, claro está. El de mi sótano estaba bastante bien distribuido, con un sistema social de castas jerarquizado aunque bastante equitativo, criaturas sin catalogar que convivían entre la inmundicia en bastante armonía y no obstante, con cachondeo y despiporre. Una maravilla.
Pero es que el sótano es mío y no hay más que hablar. Por lo tanto decidí deshacerme de ellos. Y en realidad pensé dejarlo en manos de mi espinazo y Mr. Proper (me contó que se había quedado calvo del estrés de luchar contra criaturas del averno cada vez que se estropeaba el camión de la basura en éste pueblo, que antes de eso se hacia cosquillitas en la entrepierna con las puntas de su melena), pero al final pensé que igual los científicos estarían interesados en... en fin, en “aquello”. Y juro solemnemente que no lo hice con ánimo de lucro. Pero me sentí tan profundamente presionado cuando sugirieron distraída e indirectamente darme dinero por ver como me limpiaban la cueva, que pensé... “bueno va”.
Ahora me baño en leche de burra y esnifo cristales de Swarovski, por pasar el rato, porque tanto dinero la verdad es que te vuelve ocioso. Vale, bastardos envidiosos, y vil, ya lo he dicho.
Eso sí, aún conservo el alma pese a ser un potentado, aunque sea mínimamente. Lo sé porque el otro día sentí algo parecido a una ligera emoción cuando vi a una de las criaturillas de mi sótano por la TV. Se conoce que es un personaje muy popular entre los imbéciles que conforman el vulgo, ya se sabe como son, idolatran e imitan cualquier cosa si aparece en esa pantalla.
Y también es cierto que cuando mis vasallos me pasean a hombros por las calles del pueblo me parece distinguir en ocasiones a algunas de mis criaturas bípedas... pero nunca estoy seguro porque la gente de este pueblo es rara de cojones.
La verdad es que observándolos cualquiera diría que son todos criaturas salidas de... Oh, espera! Oh sí, Sr. Alcalde, su maquiavélico plan es sencillamente genial.
domingo, 13 de enero de 2013
Deconstruye
Estuve
allí cuando todo pasó. Yo vi el cielo nublarse de un modo abrumador
y traer consigo la penumbra y la quietud, una especie de sosiego que
nada tenía que ver con todo el vértigo pausado que sobrevendría
después.
Estuve allí sin saber lo que iba a suceder y tan pronto como empezaron a caer cuatro gotas de lluvia en medio del silencio, todxs nos estremecimos y todo se desvaneció.
Todas las cosas se esfumaron, todas. Y de todas las maneras. No quisimos entender nada, ni yo ni ningunx de nosotrxs, sólo lo contemplamos todo con la quietud solemne que embargó la vida durante ese rato.
Era extraño ver como se desmantelaban las cosas. Vimos separarse las tejas de las casas una a una, vimos como desaparecían gradualmente. El metal se hacia líquido y formaba grandes chorros en el suelo que se disolvían entre el agua que el cielo nos regalaba para limpiarlo todo. Los surtidores de gasolina se desvanecían, los coches, despiezados, volaban unos metros y dejaban de existir; y lo mismo sucedía con todo lo demás. El mundo se sostenía en el aire, sin que las fuerzas gravitatorias se esmerasen en llevar la contraria al destino, para luego desaparecer. Y era todo un espectáculo, a veces uno no se da cuenta de la enorme cantidad de cosas que le rodean.
Volaban las chinchetas, los billetes y los bolígrafos. Los teléfonos móviles, las carteras, las perchas y los vasos. Los ordenadores, la mesas, las armas y las macetas. Todo se desintegraba, se desvanecía, se diluía o esfumaba, de un modo u otro, todo desapareció. Ya no había nada.
Tras la cortina de agua ya solo se veían los colores de verdad, los de la vida, ningún sucedáneo accesorio. Se distinguían los bosques y la montañas contrastando con aquel cielo ennegrecido. Descubrimos sonrientes que había paisaje tras los edificios y había suelo bajo el asfalto.
Atonitxs, pero sintiendo más paz que miedo, quedamos todos los seres vivos.
Sin entender nada y aún sin pretender entenderlo, intentando no movernos por si algo nos hacia desintegrarnos a nosotrxs también, allí estábamos, en pie, las ardillas, las vacas, las ratas, los búhos, todos. Naturalmente, también las personas humanas.
Fueron apenas unos minutos de confusión, minutos efímeros en comparación a la espera seglar que había soportado nuestra Madre. Y tras toda esa paz empapada y silenciosa, las personas empezaron a sentir aquel extraño hormigueo a su alrededor y súbitamente se vieron rodeadas por la desintegración; sus ropas empezaban a desvanecerse también.
Algunxs chillaban por puro instinto de supervivencia, con la angustia de no saber si luego serían sus cuerpos los volátiles, mientras todos sus trapos y complementos se elevaban huyendo.
Otrxs, ajenxs a la magnitud de lo que sucedía, intentaban ridículamente ocultar su desnudez con las manos. Anillos, collares, gorras y pantalones, todo sobraba.
Así que en muy corto espacio de tiempo, allí seguíamos todxs, pero ahora desnudxs. A los linces y las urracas no pareció importarles demasiado este ultimo giro, pero a muchxs humanxs aún les provocaba sensaciones que a la postre comprenderían como necias.
Tras toda aquella confusión, continuó la paz de quien asiste a eventos tan grandiosos que le hacen sentir muy pequeño. Y tras esa paz, el miedo.
Un miedo escalofriante que no venía de ninguna amenaza externa, porque ya nada más sucedió, sino del peor sitio posible, de las profundidades de cada ser.
La contemplación de toda esa desnudez y silencio pareció obligar a las personas a mirar dentro, pues fuera todo lo que les distraía había desaparecido, y aquel horror duró horas. Recuerdo como nos desplomamos la mayoría, pálidxs y con el pelo chorreando. Caíamos de rodillas y nos cuestionábamos todos los niveles, los generales y los individuales. En que habíamos convertido nuestra casa y cuanto odio habíamos sentido por seguir unas normas que siempre fueron antinaturales.
El llanto era casi unísono, y una vez más, los animales nos miraban quietos, aunque su quietud también nos delataba y solo nos hacía experimentar la miseria de un modo más acuciante. Lagrimas, temblores y lamentos desgarradores que terminaron por sucumbir cuando hubimos comprendido.
Y cuando hubimos comprendido, todo eso que nos consumía por dentro, también dejó de ser. Las penas se hicieron lágrimas, las culpas gritos de muchos decibelios, y terminaron esfumándose junto con los plásticos y los metales. Con la única salvedad de que esta vez la autoría de tal desintegración era nuestra y sólo nuestra.
De nuevo vivimos intensos instantes de paz y esta vez, nos sentimos bien y no creímos necesario aguardar expectantes que sucedería luego, ya no importaba. Esta vez, los animales se acercaron sin miedo al vernos, y nosotrxs tampoco tuvimos miedo de ellos. Ya no éramos una amenaza mutua.
Desde los nuevos niveles de limpieza interior y conocimiento de las emociones, llegamos a entenderlos. A entender lo que sentían, pues aunque desconociéramos las bases de su lenguaje, sentíamos exactamente lo mismo.
Así, las ardillas me hicieron saber que ahora sobrevivirían los más fuertes. Y a punto estuve de entristecerme. Pero me hicieron entender algo muy simple. Morirían algunxs hasta adaptarse, pero ya no morirían millones por la guerra, el hambre, la avaricia, la frustración, el frío o la pesada tristeza que creaba la soledad. Morirían algunxs como moriremos todxs, como siempre hemos muerto todxs, pero de un modo mucho más digno y natural. A fin de cuentas, la muerte no es nada que deba temerse, aunque es algo que no entenderíamos hasta mucho después.
Ya sólo nos quedaban ganas de abrazarnos, y eso hicimos. Y algunxs empezaron a planear refugios y viviendas y pronto todos tenían objetivos comunes y nadie sentía la necia necesidad de poseer la vivienda más grande, porque todos éramos la misma cosa.
Apenas pude disfrutar de esa extraña felicidad que siempre supe que nos aguardaba, de la sensación espiritual de saber que todo se ha resuelto, porque algo me despertó, y se esfumaron los abrazos con los alces, los planes conjuntos, la preciosa desnudez de todos los cuerpos distintos y no por ello “defectuosos” y la alegría de quienes antaño se sintieron repudiadxs o inferiores y ahora eran uno más del uno que éramos.
Como los coches y los miedos, también todo eso se esfumo para mí y me quede sentado, solo en la cama intentando discernir lo que es un sueño y lo que no. Porque desde luego, sí quedó algo tras todo eso, quedó la paz. La misma paz que me embargaba y me hacía reflexionar sosegadamente.
Si el sistema es odio y destrucción, luego yo soy el sistema cuando lo odio hasta querer destruirlo. Sólo necesitaba obviar las distracciones superfluas y buscar dentro. ¡Que fácil era!
Estuve allí sin saber lo que iba a suceder y tan pronto como empezaron a caer cuatro gotas de lluvia en medio del silencio, todxs nos estremecimos y todo se desvaneció.
Todas las cosas se esfumaron, todas. Y de todas las maneras. No quisimos entender nada, ni yo ni ningunx de nosotrxs, sólo lo contemplamos todo con la quietud solemne que embargó la vida durante ese rato.
Era extraño ver como se desmantelaban las cosas. Vimos separarse las tejas de las casas una a una, vimos como desaparecían gradualmente. El metal se hacia líquido y formaba grandes chorros en el suelo que se disolvían entre el agua que el cielo nos regalaba para limpiarlo todo. Los surtidores de gasolina se desvanecían, los coches, despiezados, volaban unos metros y dejaban de existir; y lo mismo sucedía con todo lo demás. El mundo se sostenía en el aire, sin que las fuerzas gravitatorias se esmerasen en llevar la contraria al destino, para luego desaparecer. Y era todo un espectáculo, a veces uno no se da cuenta de la enorme cantidad de cosas que le rodean.
Volaban las chinchetas, los billetes y los bolígrafos. Los teléfonos móviles, las carteras, las perchas y los vasos. Los ordenadores, la mesas, las armas y las macetas. Todo se desintegraba, se desvanecía, se diluía o esfumaba, de un modo u otro, todo desapareció. Ya no había nada.
Tras la cortina de agua ya solo se veían los colores de verdad, los de la vida, ningún sucedáneo accesorio. Se distinguían los bosques y la montañas contrastando con aquel cielo ennegrecido. Descubrimos sonrientes que había paisaje tras los edificios y había suelo bajo el asfalto.
Atonitxs, pero sintiendo más paz que miedo, quedamos todos los seres vivos.
Sin entender nada y aún sin pretender entenderlo, intentando no movernos por si algo nos hacia desintegrarnos a nosotrxs también, allí estábamos, en pie, las ardillas, las vacas, las ratas, los búhos, todos. Naturalmente, también las personas humanas.
Fueron apenas unos minutos de confusión, minutos efímeros en comparación a la espera seglar que había soportado nuestra Madre. Y tras toda esa paz empapada y silenciosa, las personas empezaron a sentir aquel extraño hormigueo a su alrededor y súbitamente se vieron rodeadas por la desintegración; sus ropas empezaban a desvanecerse también.
Algunxs chillaban por puro instinto de supervivencia, con la angustia de no saber si luego serían sus cuerpos los volátiles, mientras todos sus trapos y complementos se elevaban huyendo.
Otrxs, ajenxs a la magnitud de lo que sucedía, intentaban ridículamente ocultar su desnudez con las manos. Anillos, collares, gorras y pantalones, todo sobraba.
Así que en muy corto espacio de tiempo, allí seguíamos todxs, pero ahora desnudxs. A los linces y las urracas no pareció importarles demasiado este ultimo giro, pero a muchxs humanxs aún les provocaba sensaciones que a la postre comprenderían como necias.
Tras toda aquella confusión, continuó la paz de quien asiste a eventos tan grandiosos que le hacen sentir muy pequeño. Y tras esa paz, el miedo.
Un miedo escalofriante que no venía de ninguna amenaza externa, porque ya nada más sucedió, sino del peor sitio posible, de las profundidades de cada ser.
La contemplación de toda esa desnudez y silencio pareció obligar a las personas a mirar dentro, pues fuera todo lo que les distraía había desaparecido, y aquel horror duró horas. Recuerdo como nos desplomamos la mayoría, pálidxs y con el pelo chorreando. Caíamos de rodillas y nos cuestionábamos todos los niveles, los generales y los individuales. En que habíamos convertido nuestra casa y cuanto odio habíamos sentido por seguir unas normas que siempre fueron antinaturales.
El llanto era casi unísono, y una vez más, los animales nos miraban quietos, aunque su quietud también nos delataba y solo nos hacía experimentar la miseria de un modo más acuciante. Lagrimas, temblores y lamentos desgarradores que terminaron por sucumbir cuando hubimos comprendido.
Y cuando hubimos comprendido, todo eso que nos consumía por dentro, también dejó de ser. Las penas se hicieron lágrimas, las culpas gritos de muchos decibelios, y terminaron esfumándose junto con los plásticos y los metales. Con la única salvedad de que esta vez la autoría de tal desintegración era nuestra y sólo nuestra.
De nuevo vivimos intensos instantes de paz y esta vez, nos sentimos bien y no creímos necesario aguardar expectantes que sucedería luego, ya no importaba. Esta vez, los animales se acercaron sin miedo al vernos, y nosotrxs tampoco tuvimos miedo de ellos. Ya no éramos una amenaza mutua.
Desde los nuevos niveles de limpieza interior y conocimiento de las emociones, llegamos a entenderlos. A entender lo que sentían, pues aunque desconociéramos las bases de su lenguaje, sentíamos exactamente lo mismo.
Así, las ardillas me hicieron saber que ahora sobrevivirían los más fuertes. Y a punto estuve de entristecerme. Pero me hicieron entender algo muy simple. Morirían algunxs hasta adaptarse, pero ya no morirían millones por la guerra, el hambre, la avaricia, la frustración, el frío o la pesada tristeza que creaba la soledad. Morirían algunxs como moriremos todxs, como siempre hemos muerto todxs, pero de un modo mucho más digno y natural. A fin de cuentas, la muerte no es nada que deba temerse, aunque es algo que no entenderíamos hasta mucho después.
Ya sólo nos quedaban ganas de abrazarnos, y eso hicimos. Y algunxs empezaron a planear refugios y viviendas y pronto todos tenían objetivos comunes y nadie sentía la necia necesidad de poseer la vivienda más grande, porque todos éramos la misma cosa.
Apenas pude disfrutar de esa extraña felicidad que siempre supe que nos aguardaba, de la sensación espiritual de saber que todo se ha resuelto, porque algo me despertó, y se esfumaron los abrazos con los alces, los planes conjuntos, la preciosa desnudez de todos los cuerpos distintos y no por ello “defectuosos” y la alegría de quienes antaño se sintieron repudiadxs o inferiores y ahora eran uno más del uno que éramos.
Como los coches y los miedos, también todo eso se esfumo para mí y me quede sentado, solo en la cama intentando discernir lo que es un sueño y lo que no. Porque desde luego, sí quedó algo tras todo eso, quedó la paz. La misma paz que me embargaba y me hacía reflexionar sosegadamente.
Si el sistema es odio y destrucción, luego yo soy el sistema cuando lo odio hasta querer destruirlo. Sólo necesitaba obviar las distracciones superfluas y buscar dentro. ¡Que fácil era!
domingo, 18 de noviembre de 2012
Cerbero, desertor con causa.
Cuando uno decide tumbarse a la bartola a explayarse en el asueto, merecidamente o no, lo último que desea es que vengan a hincharle las narices.
Y con éste noble afan de entregarse a no hacer nada de nada, se había refugiado Pandoro en su cueva. ¿Porqué? Porque fuera de ella sentía asco de lo mal que estaba el patio. Había decidido salir ya única y exclusivamente para ir hasta su lugar de trabajo; lugar que también le asqueaba sobremanera, pero que le permitía mantener y sustentar su guarida cómoda y protectora.
Había sufrido experiencias indecibles y presenciado la aberración social llevada al límite ahí fuera, y por esta razón, un buen día díjose basta. Apagó el teléfono, desconectó el timbre y se repantingó en su sofá dispuesto a gozar del sosiego más improductivo.
Tranquilo estaba él, inundando su fuero interno con profundas reflexiones sobre la naturaleza del cacahuete, cuando alguien irrumpió en aquel sopor aporreando con brío la fuerza.
Resopló, maldijo entre dientes y fue a abrir. Él no salía a molestar a nadie, había renunciado a la interacción con el prójimo, ¿porqué demonios irían a molestarle a él? Le producía cierta urticaria esta injusticia que él consideraba capital.
Al abrir la puerta, se encontró con un tipo pintoresco. Se identificó como un emisario de Azamon, o ago así. Al parecer buscaban reclutar nuevos empleados pues la venta online era un infinito tragín frenético que siempre exigía de recursos humanos frescos. Pandoro preguntó que porque no mantenían simplemente los empleados que ya tenían y así se ahorraban la molestia de picar puertas y en especial le ahorraban a él la molestia de tener que levantarse a verle la puta cara a su interlocutor. La respuesta fue una retahíla de balbuceos entre los que apenas pudo distinguir conceptos tales como “mortadelosis”, “campo de refugiados Seepark”, “autobuses patinando”, y otros tantos términos completamente confusos. Pandoro se hastió y mirando fijamente a los ojos del papanatas, juró que si se le ocurría volver a molestarle le daría de puñetazos hasta cansarse. El panoli titubeó y Pandoro le espetó un portazo.
Pandoro estaba demasiado quemado. Estas cosas le afectaban, que él sólo quería paz, y entre sudores fríos y ciertas arritmias, volvió hasta su sofá.
Necesitó veinte minutos para recuperar la relajación que anhelaba y al vigésimo primer minuto, oyó como aporreaban su puerta. Pandoro rugió la blasfemia más grande jamás pronunciada por el ser humano, y la educación que le habían dado, esa maldita educación contra la que no podía luchar, le obligó a levantarse. Otra vez.
Llegó a la puerta con las mandibulas y los brazos adoloridos de apretar dientes y puños, y al abrir vio ante sí a la muerte.
-¿¿Qué cojones??...
La dama de negro se lo quedo mirando perpleja y él miró perplejo a la dama de negro.
- Mira, ¿¿sabes que?? prefiero que me lleves a seguir vivo para que me sigan manoseando las gónadas, hala, vámonos.
Pero la implacable se limitó a contestar: -¿Es que no vive aquí Hermenegilda, viuda, 81 años? Si tengo esta direccion...-
- Vive en aquella puerta, so imbecil, maldita sea-, contesto Pandoro.
- Ah vale, perdona eh... ya volveré otro día.-
Poca capacidad de reacción tuvo Pandoro tras cerrar la puerta. Se sintió a merced de los brincos y cabriolas de su sistema nervioso, y entre espasmos, algunos de ellos dolorosos, y los tics espontáneos de su ojo derecho, que parecía pedir auxilio a la desesperada en código morse, se desplazó hasta el sofá, el puto sofá, una vez más.
Le costó algo más recuperar la estabilidad en esta ocasión. Estuvo sesenta minutos maldiciendo el mecanismo social infundado que le impedía simplemente ignorar la puerta, y tras respirar profundamente trescientas veinte veces, los espasmos se fueron apaciguando. Aunque ya nunca jamás le abandonaría un eventual guiño de ojo derecho, siempre esporádico e involuntario.
Ya no podía reflexionar sobre la extravagante estética del esturión lombardo, pero aunque sólo pudiese pensar en lo asqueroso de la especie humana, al menos podía tumbarse a pensar en algo en soledad y paz, al fin.
Volvieron a aporrear la puerta. Pandoro sintió entonces que le faltaba el aire, como un pez al que arrancan con violencia del abrazo del agua. Dudó, por primera vez en su vida, dudó, pero que va, su educación fue muy eficiente y no pudo resistirlo. Fue a abrir cagándose en la puta madre de todo ser viviente.
Ahí estaban, dos testigos de Jehová plomizos de esos que no despegas ni con agua caliente. Le traían tiras cómicas de portadas espectaculares, con leones y corderitos abrazándose y leprosos bailando breakdance felices. No se molestaron ni en saludar y ya habían dado rienda suelta a su verborrea. Sometieron a Pandoro a un severo correctivo compuesto por un sinfín de dogmas, aforismos, contradicciones místicas, promesas de cosquilleos póstumos y axiomas sacrosantos, pero Pandoro no estaba ahí.
Aunque su cuerpo estuviera enfrente, su mirada ida evidenciaba que su mente estaba ausente. Su cerebro, en pos de proporcionarle una realidad mejor, le había llevado a revivir los episodios más traumáticos de su infancia y adolescencia, la mayoría de los cuales no había podido superar aún. Estas retrospectivas hicieron asomar una lagrimilla en su ojo derecho, el del tic crónico. Los testigos, emocionados, lo asumieron como una muestra de la enorme contundencia de sus verdades y su efecto sobre el espíritu y le cogieron la mano al hombre ausente, para hacerle firmar documentos como si de un maniquí de tratase. Esto hizo reaccionar al bueno de Pandoro: -“Pero vosotros... ¿cotizáis en bolsa no?”-
Ellos se miraron entre sí, sin saber muy bien que responder. Un momento de estupefacción que aprovechó Pandoro para berrear: -“Pues a tomar por culo, fariseos...”- Les pateó el culo, rodaron por las escaleras y cerró una vez más la puertecita infernal.
Fue cerrarla y cayó allí mismo. Se vio superado por un histórico ataque de ansiedad histérico, que aún se estudia en las universidades y salas de tortura hoy en día. De no ser porque estos ataques no son mortales, habria muerto siete veces, y desde luego la agonía que vivió fue pocas veces experimentada antes en éste planeta. Cinco horas de tormento hasta que su cuerpo sintió compasión y le hizo perder la conciencia.
Le despertó la puerta. Alguien llamaba.
Él , tras levantarse como pudo y babeando, abrió automáticamente, como siempre, pero ya no era él. Al otro lado de la puerta había un hombre desgreñado y ataviado con un traje gris. Un tal Mingo, que representaba a “Sanlu”.
- “Verá es que hemos estado prospectando a saco en la zona y tal, pero aún no habíamos podido hablar con usted...”- y así prosiguió, con una labia impecable mientras Pandoro pensaba si ir a por un cuchillo. -”¿¿Que si tengo seguro de salud?? Mi respuesta es: ¿¿es que no puede uno ya ni perder la conciencia sin que vengan a sodomizar su alma y su paciencia??-
Dio el ultimo portazo que pudo dar aquel dia, su único día de descanso en meses pues en su curro le explotaban, y se arrastró llorando, literalmente, hasta el sofá. Allí le dieron quince soplos consecutivos al corazón y volvió a perder el sentido, desfilando por la delgada linea que divide los mundos.
Despertó en un hospital de mala muerte y relató su martirio al doctor, un charcutero pluriempleado por ETT. Le explicó que no podía negarse a abrir, pero que no podía soportar más que no le diesen tregua. El “galeno”, por llamar de algun modo al carnicero de las SS, le dijo que alguna manera de complicarse a si mismo para abrir la puerta debía existir. Así, tras quedarse en babia cavilando sobre el cacahuete y el esturión, secuelas cognitivas de lo acaecido, Pandoro dedicó unos minutos a reflexionar sobre las palabras del doctor y dio con una solución.
Al día siguiente se instaló una cadenita especial en la puerta, mascullando un juramento solemne: “Por mi alma inmortal que os aburrís y largáis antes de que haya abierto, ahorrándome veros el careto, y eso suponiendo que venza la pereza de enfrentarme a éste laberinto cada vez. Pero como consiga abrir y aun estés ahí, seas quien seas, juro que vacio tu propio instentino grueso en tu bocaza de estólido.”
Por eso yo que conozco la desgracia de Pandoro, me pongo nervioso cada vez que alguien tarda un poco en abrirme la puerta. No es que sea impaciente joder, sólo velo por la integridad de mi intestino, que os gusta mucho criticar.

lunes, 10 de septiembre de 2012
Un día en las carreras.
¡Señoras
y señores!
¡Sean todos bienvenidos a la que promete ser una jornada apasionante, como pocas se recuerdan en nuestro querido y siempre trepidante mundo de la velocidad!
La mañana es inusitadamente cálida para ser el mes de marzo, ¡y el bullicio y el alboroto que se viven a pie de pista son ensordecedores! No en vano nuestros ilustres competidores han estado preparándose a conciencia en la bolsa térmica del Tegut que da origen a este premio que pronto será legendario! Sean todos pues bienvenidos, al primer GP “lebensmittelverdorbendurchunzureichendekühlungkarriereufmoketgrau”celebrado en el céntrico hotel Am Klausturm de Bad Hersfeld.
Entre los avezados participantes de este premio sin parangón, figuran nombres de tanta reputación como: los tomates (nunca creyeron que fueran a convertirse en algo tan BIO), el queso Emmental, el salchichón o por supuesto, el gran favorito para todos los aficionados y también según las casas de apuestas: ¡el queso danés!
La tensión se podría cortar con un cuchillo en la parrilla de salida, y a la voz de ya, determinada por el portazo que pega la desidiosa mujer del servicio de la limpieza al salir, ¡dará comienzo la estrepitosa carrera!
Entra la señora, observa a su alrededor; no se inmuta. Un segundo... acaba de dejar una bolsa de basura sobre la mesa, y sí, con esto ha concluido su labor diaria; ¡así pues se acerca el gran momento por todos ansiado!
La señora cierra la puerta tras de si y en un santiamén, ¡arrancan a correr todos nuestros temerarios pilotos!
¡Sus caras de concentración demuestran el ahínco conque afrontan esta severa prueba! ¡Muy pronto la habitación pasa a ser una sucesión continua de encontronazos, aceleraciones no aptas para cardíacos y derrapes!
Tras las primeras veinte vueltas, el queso danés ha logrado una ventaja considerable con respecto a sus contrincantes y parece dispuesto a elaborar una estrategia basada en la conservación, sin asumir demasiados riesgos, aunque los tomates se estén dejando la piel en alcanzarle.
¡Un momento! ¡Al parecer ha acontecido una tragedia! ¡El colchón, ávido de competición y velocidad, ha saltado para unirse a la carrera! Pero no cabe en el precario circuito que es durante esta jornada la habitación... ¡y el accidente que ha provocado ha sido mayúsculo! ¡Los tomates han chocado de lleno, viéndose obligados a retirarse de la competición, y varios de los demás pilotos se han visto obligados a detenerse para evitar aumentar el colapso!
¡Mas no nuestro héroe! ¡El queso danés, gracias a sus extraordinarias cualidades atléticas, ha conseguido sortear de un salto el enorme obstáculo!
Parece que ha sido la gota que ha colmado el vaso para él, su paciencia raya sus lindes... entre blasfemias, imprecaciones y juramentos soberbios se ha ido por la ventana en busca de nuevos desafíos que le supongan una mayor exigencia.
Sólo el tiempo nos revelará el destino de nuestro intrépido aventurero.
Mientras tanto que recojan Ferran y Eli el estropicio, que el personal de limpieza con presentar sus condolencias tiene más que suficiente.
Y con esta esperanzadora declaración de independencia concluye, de manera un tanto accidentada y antes de lo deseado, la jornada. Los alimentos deben ahora recuperarse, volver a entrenarse y volver a fermentar para poder dar lo mejor de si en la próxima ocasión...
¡Así pues, hasta entonces señoras y señores! ¡Muchas gracias por su atención!
¡Sean todos bienvenidos a la que promete ser una jornada apasionante, como pocas se recuerdan en nuestro querido y siempre trepidante mundo de la velocidad!
La mañana es inusitadamente cálida para ser el mes de marzo, ¡y el bullicio y el alboroto que se viven a pie de pista son ensordecedores! No en vano nuestros ilustres competidores han estado preparándose a conciencia en la bolsa térmica del Tegut que da origen a este premio que pronto será legendario! Sean todos pues bienvenidos, al primer GP “lebensmittelverdorbendurchunzureichendekühlungkarriereufmoketgrau”celebrado en el céntrico hotel Am Klausturm de Bad Hersfeld.
Entre los avezados participantes de este premio sin parangón, figuran nombres de tanta reputación como: los tomates (nunca creyeron que fueran a convertirse en algo tan BIO), el queso Emmental, el salchichón o por supuesto, el gran favorito para todos los aficionados y también según las casas de apuestas: ¡el queso danés!
La tensión se podría cortar con un cuchillo en la parrilla de salida, y a la voz de ya, determinada por el portazo que pega la desidiosa mujer del servicio de la limpieza al salir, ¡dará comienzo la estrepitosa carrera!
Entra la señora, observa a su alrededor; no se inmuta. Un segundo... acaba de dejar una bolsa de basura sobre la mesa, y sí, con esto ha concluido su labor diaria; ¡así pues se acerca el gran momento por todos ansiado!
La señora cierra la puerta tras de si y en un santiamén, ¡arrancan a correr todos nuestros temerarios pilotos!
¡Sus caras de concentración demuestran el ahínco conque afrontan esta severa prueba! ¡Muy pronto la habitación pasa a ser una sucesión continua de encontronazos, aceleraciones no aptas para cardíacos y derrapes!
Tras las primeras veinte vueltas, el queso danés ha logrado una ventaja considerable con respecto a sus contrincantes y parece dispuesto a elaborar una estrategia basada en la conservación, sin asumir demasiados riesgos, aunque los tomates se estén dejando la piel en alcanzarle.
¡Un momento! ¡Al parecer ha acontecido una tragedia! ¡El colchón, ávido de competición y velocidad, ha saltado para unirse a la carrera! Pero no cabe en el precario circuito que es durante esta jornada la habitación... ¡y el accidente que ha provocado ha sido mayúsculo! ¡Los tomates han chocado de lleno, viéndose obligados a retirarse de la competición, y varios de los demás pilotos se han visto obligados a detenerse para evitar aumentar el colapso!
¡Mas no nuestro héroe! ¡El queso danés, gracias a sus extraordinarias cualidades atléticas, ha conseguido sortear de un salto el enorme obstáculo!
Parece que ha sido la gota que ha colmado el vaso para él, su paciencia raya sus lindes... entre blasfemias, imprecaciones y juramentos soberbios se ha ido por la ventana en busca de nuevos desafíos que le supongan una mayor exigencia.
Sólo el tiempo nos revelará el destino de nuestro intrépido aventurero.
Mientras tanto que recojan Ferran y Eli el estropicio, que el personal de limpieza con presentar sus condolencias tiene más que suficiente.
Y con esta esperanzadora declaración de independencia concluye, de manera un tanto accidentada y antes de lo deseado, la jornada. Los alimentos deben ahora recuperarse, volver a entrenarse y volver a fermentar para poder dar lo mejor de si en la próxima ocasión...
¡Así pues, hasta entonces señoras y señores! ¡Muchas gracias por su atención!

jueves, 6 de octubre de 2011
Pla de màrqueting RECASA. Tunegem ta carcasa!
El vertiginós ritme de vida modern, genera constantment noves necessitats en sectors que s’han d adaptar a les exigències del nou transcurs del temps.
A partir d’aquesta premissa, a RECASA (Recanvis Eficients per a Cossos Atrofiats S.A.) hem decidit fer una incursió en el prometedor món de la biogenètica i les infinites possibilitats que ofereix.
La nostra empresa, afiliada a les més prestigioses indústries del camp de la enginyeria biogenètica crearà tot tipus de “recanvis” naturals per a persones que hagin vist malmesos els seus organismes degut a la seva activitat professional o simplement a circumstancies fortuïtes impossibles de preveure. Parlem d’extremitats fetes a mida i creades a partir dels propis gens de la persona que vulgui gaudir dels nostres serveis.
Això obre un ventall de possibilitats molt extens, ja que garanteix una segona oportunitat a molta gent que de no ser per la nostra oferta hauria hagut de resignar-se o conformar-se amb alternatives no tan generoses.
Les perspectives de negoci i rendibilitat son immediates ja que és una solució pràctica i innovadora per a un problema que desgraciadament es repeteix per moments a tot el món.
Quan ja haguem conquerit aquest espai,com a objectiu de mig termini començarem una segona fase d’actuació que consistirà en oferir extremitats amb prestacions extraordinàries triades personalment per cada client, adaptades així als seus desitjos.
Fins i tot cap la possibilitat de millorar els cossos de la nostra clientela sense necessitat de que hagi patit cap accident prèviament, només per la seva voluntat d’aprofitar les opcions que ofereix el progrés científic per a potenciar exponencialment els seus organismes. Per a aquest últim punt, però, calen un seguit d’estudis, permisos i altres entrebancs complexos de resoldre. És per tant un objectiu a llarg termini.
MERCAT
La nostra primera oferta serà adreçada als exercits. La indústria militar és una forta inversionista i el fet de poder reconvertir les seves baixes, fins i tot al ser parcials, en membres de les seves tropes que es reincorporen amb absoluta normalitat al seu càrrec, els hi genera tot un ventall de noves perspectives, en termes estratègics, econòmics, etc.
És cert que els països més poderosos poden accedir a desenvolupar la seva pròpia versió del nostre producte, però encara podem negociar per a participar dels seus projectes, així com oferir versions més rudimentàries per a exercits també necessitats però amb menys recursos.
Per altra banda, hi ha tot un reguitzell de sectors de la societat que de seguida mostraran un gran interès, com ara tots aquells professionals que conviuen amb el risc ja sigui amb una exposició constant i greu (bombers, policies, etc) o a menor escala (com ara els fusters).
La nostra intenció és pactar convenis específics amb cadascun d’aquests col·lectius, però tot i així adreçar-nos de manera directa als hospitals perquè en condició de comissionista ofereixi el nostre servei a tota persona accidentada. D’aquesta manera ens assegurarem la clientela directa a partir dels col·lectius, mentre que ens obrim indirectament la porta a tot tipus d’individualitats.
L’estat del mercat actual, un cop realitzats els estudis sobre els possibles entrebancs morals i legals i l’adaptació social i legislativa als mateixos, i analitzades a fons les estadístiques sobre accidentalitat a múltiples àmbits del món modern, és immillorable.
COMPETÈNCIA
A hores d’ara ningú al món ofereix un servei com el nostre, és un producte únic a la seva espècie. Si bé hem d ‘admetre que encara que sigui viable, tindrà una acceptació bastant difícil per part d’alguns col·lectius, com ara les institucions religioses o altres col·lectius de forta càrrega ètica i moral. Aquests serien els nostres detractors i farien el possible per impossibilitar la nostra tasca.
El que podríem considerar competència directa és únicament el seguit d’alternatives, tot i que molt inferiors a la nostra proposta, que es dóna als nostres clients potencials.
Parlem per exemple del sector de la robòtica, que ha experimentat als últims anys una forta expansió en l’àmbit de les extremitats biòniques. Però aquestes són bastant cares i en termes de percepció, totalment antinaturals.
Les empreses dedicades a la fabricació de pròtesis també ofereixen una alternativa al nostre servei, però en termes de qualitat no tenen ni de lluny les nostres prestacions, i la sola idea de que puguin tornar a algú el seu braç tal i com era abans d’aquell tràgic fa que qualsevol “braç” artificial, ja sigui de fusta o de titani, sembli immediatament obsolet.
PREU
Si bé la nostra oferta partirà d’un preu baix per als grans clients, com ara els exercits, el preu de sortida per als individus interessats en recuperar parts del seu cos serà bastant elevat.
Als exercits, i de forma més reduïda als col·lectius en risc, els oferirem preus tancats per a tot un any, de manera que funcionem pràcticament com a companya asseguradora dels seus cossos. Això ens permetrà oferir preus bastant raonables considerant el servei extraordinari que oferim.
En canvi per als individus que vulguin els nostres serveis de manera puntual, cobrarem en funció de la urgència amb la que vulguin veure el seu cos tornar a la seva forma original, en funció de quantes parts del seu cos haurem de crear i substituir i altres variables.
Més endavant, quan comencem a endinsar-nos en el mercat de les creacions personalitzades amb millores i sense necessitat d’accident previ, augmentarem sensiblement els preus d’aquest servei especial i reduirem a una tarifa mínima i amb poc marge de benefici el nostre servei estàndard. Considerem que a aquestes alçades ja tindrem amb tota probabilitat l’exclusivitat del nostre servei i un volum de negoci prou ostentós com per permetre’ns ésser accessibles per a tota la població.
Segons els primers càlculs els preus que oferirem són els següents:
- Tarifa anual (per a exèrcits i altres possibles grans consumidors): 20 000 000 €
- Tarifa temporal (per a grans consumidors amb necessitats esporàdiques): 4 000 000 €/mes
- Tarifa per a col·lectius no bèl·lics en risc: 300 000 €/mes
- Tarifa per substitució d’extremitat estàndard: 1 peça : 100 000 €
2 peces: 150 000 €
-Tarifa per substitució d’extremitat millorada: 1 peça : 200 000 €
2 peces: 300 000 €
Per a oferir preus sobre peces de petita mida, com ara dits o orelles, avaluarem cada cas detalladament.
DISTRIBUCIÓ.
El nostre servei originàriament serà creat a laboratoris d’empreses associades i “instal·lat” a clíniques d’empreses associades.
Més endavant, un cop assolits els primers objectius, crearem les nostres pròpies instal·lacions (les primeres prop de bases militars i hospitals) i un cop conquerida aquesta fita crearem instal·lacions mòbils que emprarem per acompanyar els exèrcits allà on hi hagi guerra. Això està exclòs de risc ja que oferirem el servei a tots dos bàndols, que en realitat solen ser el mateix. Només participarem del seu negoci de la guerra d’una altra manera.
PROMOCIÓ.
A la primera fase, la d’establir-nos com a part activa de la indústria armamentística no realitzarem cap mena de publicitat, sinó que ens adreçarem a ells per a negociar directament.
Un cop superada aquesta etapa inicial decisiva, ens donarem a conèixer al gran públic mitjançant pocs anuncis però molt demagògics. Gent somrient que torna a fer una vida normal amb música tendra de fons i altres situacions que ens mostrin com una companya amable i esperançadora, són suficients amb el recolzament dels mitjans com per a implantar un posicionament favorable a nosaltres. Tampoc podem oblidar que formarem part del negoci de l’armament, que és el més poderós del món propagandística i econòmicament parlant, i que l’exèrcit i fins i tot els telediaris ens ajudaran a semblar uns autèntics salvadors.
Els hospitals també ens donaran a conèixer a tota persona accidentada a canvi d’una petita comissió i per suposat comptem amb el boca-orella, que sigui positiva o negativament, ens farà omnipresents a tots els nivells de la societat.
En última instància, i per suavitzar la mala imatge que puguin difondre sobre nosaltres els nostres detractors, crearem una “fundació benèfica” que s’encarregarà de operar gratuïtament nens de fins a 15 anys o veterans de guerra, amb la excel·lent publicitat que això comporta, considerant que els ingressos en donatius i subvencions superaran amb escreix la inversió realitzada en aquesta tasca.
PREVISIONS DE VENDES
Un cop hem establert els primers contactes amb els empresaris de la guerra i els seus delegats els governs, hem aconseguit pactes amb el 80% dels exèrcits del món, que en realitat estan directa o indirectament a mans de un grup molt reduït de persones, amb les que, òbviament, ens hem associat.
Aquests mateixos magnats també posicionaran els seus governs i mitjans de comunicació en línea amb els nostres interessos.
Donat que la inversió més important, la referent a investigació i desenvolupament, ja va ser realitzada durant anys, ara només cal realitzar petites aportacions per a la creació de peces orgàniques que en cap cas supera l’amplíssim marge de benefici que ens ofereixen.
Per tant, un cop garantits els objectius gràcies a la cooperació militar al llarg dels primers anys, que de fet ja ens han garantit una mitja de 30 guerres anuals durant el pròxim quinquenni, les vendes ens reportaran ben aviat uns beneficis monstruosos, tant en quant al servei directe com a la venda d’accions de la companyia.

Dos operaris de RECASA en la recerca de cèl·lules mare.
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