viernes, 2 de mayo de 2014

Starsky, Hutch y Magdaleno.





Tras una dilatada vida llena de infortunios, vicisitudes adversas y algunas frugales alegrías, a uno poco le queda más que relajarse y disfrutar de los inanes placeres de la vida.
Por supuesto, entre estos placeres figura la compañía de las amistades y poder compartir con ellas el día a día, esto retroalimenta la satisfacción en sí.
Pero no solo se comparten los contratiempos cotidianos o una botella de coñac, también las actividades lúdicas que tanto animan el espíritu y distraen la mente.
Por eso, para aquel colectivo de ancianos, su reunión de los jueves a las seis, se había convertido en algo ineludible y de consideración casi sacra.
Acudían risueños, dispuestos a olvidar sus pensiones escuetas, preparados para entregarse al ocio como los jóvenes se entregaban al odio y al opio, en cuerpo y alma.
Se reunían en un salón que el “hay untamiento” les cedía sin preguntar siquiera con qué fin lo emplearían,  intentando así apartar sus cuerpos decadentes, improductivos y económicamente residuales de las calles, en un gesto de compasión peyorativa.
Allí, seguían el mismo ritual semana tras semana.
Se saludaban sosegadamente, se preparaban sus anisetes y sus carajillos, sacaban a relucir los caliqueños, y entonces ya estaban listos para darle al bingo con fruición.
Conchi, que había sido encargada para tal menester desde hacía meses, erogaba números maquinalmente mientras un montón de manos trémulas los tachaban en los cartones que controlaban.
Magdaleno, un viejo zorro, había encontrado una manera de alterar el desarrollo de las partidas, obteniendo alguna calderilla extra que no era sino una fortuna en contraposición a su mísero capital. Pero así funcionaban las cosas allí; aunque muchos de ellos llegaban a arriesgar osadamente incluso el treinta por ciento de las lisonjas que el gobierno les daba ingratamente a modo de pensión, no se jugaban más que unos paupérrimos centimillos.
En cualquier caso, Magdaleno disfrutaba como un niño con sus tretas aviesas. Y si bien es cierto que en alguna ocasión le habían descubierto, a esas alturas de la vida ya habían decidido no llegar a las puñaladas por medio euro.
Bajo el amparo de la indiferencia ajena que otorgaba la veteranía, Magdaleno, que de demencia senil sufría muy poca y que había sido una auténtica lumbrera a lo largo de su atormentada vida, se disponía a poner en práctica una nueva modalidad de argucia a la que llevaba dando vueltas desde hacia unas semanas.
Sonreía perversamente, sosteniendo la mirada de sus compañeros de juego, y cuando parecía que empezaban a sospechar, un ruido ensordecedor incluso para aquella troupe ya medio sorda interrumpió cualquier conato de discusión.
La policía, armada hasta los dientes, irrumpió en el local, rebuznando a pleno pulmón: “Quietos, ¡pongan todos las manos arriba, AHORA! Esto es una timba ilegal, os habéis metido en un buen follón hijos de puta”
El estupor y el pánico se apoderaron de la sala, aunque por suerte, muchos de los abuelos ya estaban de vuelta de todo, y a gente que ha atravesado guerras no va a venir ahora un niñato armado a decirle como tiene que hacer las cosas.
Los cuatro veteranos de guerra que había allí presentes, entre ellos Magdaleno, se alzaron, con el brillo en los ojos de quien añora algo de acción, a defender su dignidad.
Ante tal reacción, un cerdo uniformado que había aprendido a leer escasos días antes aunque llevaba años en el cuerpo, empezaba ya a preparar los botes de humo.
Algunos ancianos, víctimas de un estrés cuyos marcapasos no estaban preparados para soportar, yacían en el suelo y babeaban ligeramente a causa del temor.
Magdaleno, dio un paso al frente, botella de Soberano en mano, mas no alcanzó la distancia necesaria como para poder incrustársela en la sien al fascista de turno, ya que una porra lo bastante larga como para anticiparse a sus deseos, le cruzó la cara de tal modo que su dentadura, hecha añicos, de repente estuvo escampada a lo largo del suelo del salón.
Esto disuadió a algunos de sus compañeros insurgentes, pero aunque a costa de su honor e integridad física se empezaban a aplacar los ánimos, el cerdo de los botes de humo se dejó llevar por la visión de la sangre y arremetió también.

Es difícil poner freno a una panda de analfabetos ávidos de violencia una vez que han empezado a dar rienda suelta a la crueldad. Y aunque algún abuelo les atizó con el bastón y se hicieron barricadas tras las mesas de madera, más por salvaguardar su dignidad que por tener posibilidades reales de defenderse, hasta que no sintieron saciada su agresividad los neonazis no se detuvieron.
Tras producir dos amagos de infarto, romper incontables prótesis, caderas y dentaduras, amen de pisar un audífono, acabaron su trabajo como protectores de la ley, que no de las personas, confiscando todo el material empleado para la “timba”.

Días después, y de casualidad, el hijo de una de aquellas personas alienadas socialmente por su supuesta incapacidad productiva, se enteró de lo sucedido.
Fue uno de aquellos extraños caprichos del azar, pues la verdad es que a los abuelos no les hacía caso ni la perra. A lo sumo la hija consentida de alguno que se acercaba esporádicamente a exigir una porción de la pensión alegando que la TV de plasma se le había quedado pequeña para ver “Sálvame Deluxe”.
Pero ahora que el, por desgracia típico, atropello policial había salido a la luz, había que depurar responsabilidades y exponer a los culpables al escarnio público e inmisericorde.
Por eso, enseguida se abrió desde el cuerpo de policía una “investigación oficial” para esclarecer los hechos.
Paripé que acabaría, tras ciertos tejemanejes y retrasos burocráticos, con los abuelos sentados en el banquillo de los acusados, bajo cargos de blanqueo de dinero, fraude fiscal, asociación ilícita, resistencia a la autoridad y apología al terrorismo.
Podría haber habido una feroz oposición popular a toda aquella despiadada tragicomedia capitalista, pero durante la última semana Belén Esteban había sufrido severas indisposiciones estomacales, y el pueblo estaba en vilo, pendiente de su evolución intestinal y sin tiempo para nada más.

Por suerte el juez era sobrino segundo de una de los "delincuentes", y con cierta desidia, desidia que humillaba a unas personas ya bastante indignadas por la situación, despacho el asunto entre bostezos.
-“Tendrán que pagar una multa y afrontar una reducción del orden del veinte por ciento en sus pensiones, así como rezar cuatro padrenuestros y tres avemarías. Venga, el siguiente, que quiero ir a almorzar”.


Inspirado en lamentables hechos reales.



domingo, 12 de enero de 2014

Ander Jailander + Episodio primero: Huele a quemado.


Hacia el mercado iba yo la otra mañana, acompasando mis movimientos al ritmo de risueños silbidos invernales.
Mi estómago acompañaba con su tronante rugir la melodía, pues iba al mercado precisamente a comprar o sisar, según se terciara, algunos kilos de remolachas, que me apetecían bastante.
Y tras cruzar la calle y fundirme entre el gentío hueco que pulula siempre sin objeto por las aceras, me tope frontalmente con mi viejo amigo Ander.  Ander  Jailander, para más señas, así que obviamente, al menos para quienes conozcan tan peculiar saga familiar, lo de “viejo” abarcaba toda connotación y significado que pueda contener tal adjetivo.

Que Ander proviene del celebérrimo clan escocés de los Highlander, (aunque no de un modo directo, pues éste es de la rama del árbol que emigró a Santurze hace ya algunos siglos) y el pobre sólo morirá, y sólo entonces, si le decapitan, porque así ha funcionado siempre su familia, y cada familia tiene sus costumbres, o eso nos hacen creer.
La gente suele exclamar de inmediato “¡Que bicoca!” y Juande responde con la velocidad y soltura que le dan la experiencia de más de dos mil años (su clan es previo al de los gualtrapas de la película) sobre el planeta gris: “Bicoca el coño de tu madre”.

Y es que no está del todo satisfecho con su condición el hombre. Y no precisamente por sus rasgos de zanahorio céltico, que los juicios y prejuicios ajenos los superó hace siglos.
Cada vez que se pone a comentar su situación, acaba como una plañidera. Me invita a tropecientas cervezas, porque él está a salvo de que ninguna cirrosis le mate, y nunca tiene tiempo de contarme todas sus desgracias. Aunque le escuche durante días que se vuelven semanas, que se vuelven meses y me obligan a recordarle: “macho que yo no soy inmortal como tú…”

Siempre empieza por lamentar su soledad. A él eso de haber conocido más gente que nadie no le supone ningún consuelo. De hecho eleva su grito al cielo tildándolos a todxs de gilipollas, cobardes, egoístas, o directamente de ser una conjunción esperpéntica de todo lo anteriormente dicho.
Es más, para él el mundo se divide en dos grandes grupos: lxs gilipollas, y lxs gilipollas que salen al mundo ingenuamente ilusionadxs con conocer gente que no sea gilipollas, aunque sea mintiéndose para así sentirse “super”-afortunadxs. Con todo, él también ha sabido resignarse, hacer de tripas corazón, y, como lxs mortales, obviar la gilipollez ajena y centrarse en sus virtudes puntuales, aún a sabiendas de la realidad.

Y así, engañándose por necesidad como todo hijo de vecino, también ha llegado a querer a algunas personas muy, muy, muy concretas.

Claro, estas personas tan concretas, al ser mortales han ido cayendo como moscas, una y otra vez, como reza el manido tópico, tan recurrente en los densos coloquios de salón en torno al paradójico concepto de la inmortalidad.
Y entre una cosa y la otra, pues se siente sólo, es muy comprensible. Aunque aún conserva la dignidad y no lo paga con nadie. Se limita a llevar su solitaria frente bien arriba.

El pobre Ander está bastante quemado por muchas otras razones, y también literalmente como relataré en breves.
El caso es que tras tener millones de amantes, ya sólo disfruta de darse palillo como un mandril, pues confiesa que no encuentra quien le satisfaga. Aún tiene que recordar a sus amantes el fluir del ritmo, la cadencia o el tacto.
Si es que tiene siglos de experiencia; y encima, ya tiene los instintos atrofiados, como es natural en un ser antinatural.
Esta desidia sexual, en la que no encuentra motivo para actuar más que matar el tedio, impera no sólo a este nivel, sino en todos los ámbitos de su dilatada vida.

Me cuenta que ya ha tenido miles de profesiones, todos los oficios, domina la mayoría de las artes y las ciencias, y que se ha estancado.

El bricolaje lo lleva a cabo con el badajo, sin ir más lejos, tras concienzudas tardes dedicadas a pulir la técnica.
Se sienta ante el piano y encadena sutiles melodías con los pies, juega al ajedrez con los ojos vendados y escuchando a los Dimmu Borgir al mismo tiempo, ha escalado algún que otro ocho mil para escupir desde arriba y volver a bajar, en fin, cuanto pueda hacer un hombre por pasar el rato tras cientos y cientos de años de hastío.

Ha pasado por todas las adicciones posibles, porque es consciente de que no existe el término “sustancia letal” para su cuerpo. Así que se ha podido tirar más de doscientos años metiéndose jaco a gogó, que no ha pasado nada. Además admite que aunque le parecía enormemente más divertido imaginar gilipolleces abstractas que estar obligado a ver gilipolleces concretas, de aquello también se aburrió.

Le ha dado a todo lo habido y por haber, no ha dejado droga tranquilita ahí donde estaba, no.
Pero ya agotó su cupo, ya dejaron de llamarle la atención, y espera a que lxs gilipollas del quimicefa se arranquen con un nuevo ramalazo de inspiración. Porque el domina la química, pero sabe que no hay nada más efectivo que la maldad ajena como fuente de inspiración. Ese tipo de cosas las deja en manos de lxs mortales, que son lo bastante retorcidxs como para crear auténticas genialidades de la autodestrucción. Desde el Actimel hasta el MDMA.

Y en cuanto a la violencia, en fin, que le voy a contar al bueno de Ander Jailander. Más de una vez se ha enfrentado a tal o cual imperio. Y aunque a día de hoy él lo considere una desgracia, tuvo la suerte de que nadie pensara nunca en decapitarle.
Lo que habrá pasado ese hombre cada vez que le han pillado por banda sólo lo sabe él. Porque cuando le empiezan a torturar, aquello es un no parar.

Le han enchufado mil latigazos, le han tirado el aliento de mil vagabundos flatulentos en todo lo alto de la tocha, le han hecho ver “Sálvame”, lo han crucificado, le han dado galletas hasta cansarse, en fin, electrodos, gases, mutilaciones, desmembramientos, privaciones de descanso y comida, todo tipo de humillaciones, goteros sobre el cráneo, y cuanto puedas imaginar. Y ahí estaba el tío, sufriendo como una persona buena que confiase en lxs demás.
Regenerándose por su naturaleza caprichosa, para poder seguir sufriendo otro rato más. Está ya hasta los huevos.
Al final pasa de rebelarse, porque tiene poder como para matar uno por una a seis mil millones de gilipollas, pero es que siempre terminan por reducirle y está más que aburrido de las salas de tortura. Así que mira, a resignarse y gruñir entre dientes. La violencia también ha dejado de parecerle una solución.

Ander habla con fluidez todas las lenguas del globo. Ahora ya se ha hecho mayor y se burla de todo lo que tenga que ver con gentilicios, razas y al final, hasta culturas (y no digamos patrias putas…), pues entiende que es todo lo mismo con sutiles matices pintorescos en función de las coordenadas. Y le revienta ver a lxs gilipollas chauvinistas sentirse especiales o distintxs porque les hayan parido en este palacete maloliente o aquel gueto perfumado.
Pero bueno, para poder espetarles estas simples reflexiones en los morros, se ha molestado en aprender cuantas lenguas ha escuchado por ahí. Y le va bastante bien, nunca fue un apasionado de las exposiciones extensas, pero le basta para poder expresarse con su habitual simpatía hacia lxs mortales tontorronxs.

Aunque sin duda, lo más intenso de su vida han sido sus escarceos con la dama de la guadaña. Ha atravesado un sinfín de situaciones que han terminado por atrofiar también su instinto de supervivencia. Y si disfruta de algo, es de encontrarme a mi para contármelas, porque sabe que el resto de gente me aburre y que sentimos una honesta fascinación recíproca por nuestra paciencia, asi que en fin, nos fuimos a un bar y empezó a relatar, con expresion indiferente…


EPISODIO 1: Huele a quemado.

Me contó Ander que en cierta ocasión cuando aún estaba cargado de impetuoso desdén “juvenil” (aunque sepamos que conceptos como joven o viejo son incompatibles con nuestro desdichado héroe), se enfrentó a la inquisición, pero por pura casualidad. Es mas, la verdad es que como solía pasar, la inquisición se enfrentó a él. No fue exactamente por erigirse en paladín de la cruzada contra la injusticia, ni nada parecido, vamos.

Simplemente andaba él por un sendero, y se distrajo observando cuantas nueces de las que se había molestado en cascar a cabezazos quedaban en su zurrón, aunque siempre haya comido más por amor al arte que por necesidad.

 Mantenía la mirada centrada en su cadera, cuando un frailecillo montado en asno que compartía su camino se acercó demasiado y el asno terminó por pisarle el pie.

El alarido del señor Jailander fue de una cantidad de decibelios atronadora, porque aunque se regenere, que te pise un asno el pie duele, y no hay que bromear con ese sufrimiento que no es poco.

El frailecillo, espantado, y para que negarlo, hasta más arriba de las cejas de lo que se empeñaba en llamar "sangre de Cristo", cayó del asno y fue a dar de bruces contra las heces que había ido depositando el animal con tal de amenizar su marcha soltando lastre. Bastante peso tenía ya encima con el julai aquel, como para soportar voluntariamente y por añadidura todo ese peso interior.

Lo siguiente al alarido de tan desgraciadas consecuencias por parte de Ander fue una blasfemia de tal calibre, que me ahorraré reproducir por pura prudencia. No es que sea un timorato, pero algo tenía que ver con el coño de la madre de Dios, que Juande siempre fue adepto a mentar al prójimo los órganos maternos de su progenitora. Una secuencia de insultos y barbaridades cósmicas y mundanales tan atroz que no la habría podido decir alguien que no hubiese vivido tantos años como él, porque nadie tiene tiempo en una sola vida para aprender a decir algo tan bestia.

Claro, al orondo frailecillo se le helaron los huevos y el alma, y si Ander no pudo ver cuan pálido quedó, fue simplemente porque su palidez estaba oculta por el estiércol que le cubría la cara.
¿El resultado? Ander a la pira.
No sin forcejeos, juramentos, hombres caídos y demás. Pero a la pira.

Le prepararon un bonito altar de leños resecos, le llamaron hijo del diablo (aunque el frailecillo aseguraba que debía ser directamente el padre según la barbaridad que le había oído pronunciar) y condenaron su alma inmortal, ignorando que su cuerpo también era inmortal, para acto seguido dar lumbre a la hoguera con él en el centro.

Ander era inmortal, pero no ignífugo (cachís).

Tras dieciséis horas de olor a carne chamuscada, con la sangre hirviendo, el cerebro ardiendo empujándole a delirar, uñas derretidas, pelo inexistente, y aullidos en fa mayor que pese a salir de las llamas provocaban curiosamente escalofríos, los monjes decidieron poner pies en polvorosa, presas del pánico y conteniéndose para no secundar las blasfemias proferidas por la victima del fuego. Aunque algún cabroncete se quedó dándole vidilla a un fuelle que le habían regalado por Pascua para esas ocasiones especiales e incluso soplando a la vez.

Como no hubo modo de zafarse de los clavos a los que estaba sujeto, allí estuvo hasta que ardió hasta la última de las ramitas dispuestas a sus pies, y eso que los cabrones de los monjes antes de huir despavoridos y haciéndole cortes de mangas desquiciados, renunciaron a toda la leña almacenada para el invierno y la invirtieron en su infierno, acumulando así material para unos días más, por si acaso. La que liaron fue bastante gorda, casi queman el pueblo y al carboncillo que era en aquellos momentos Ander ni se le alcanzaba a ver. 

No lucía su mejor aspecto al liberarse del tormento, la verdad. Ademas había ido soltando ceniza según se regeneraba y se volvía a quemar asi que más que negro estaba gris por la polvareda. Pero se recuperó, se recuperó, porque no le habían decapitado. Y así, tras bloquear a Torquemada y borrarlo de su lista de contactos, se largó de allí sin nueces ni ganas de nada.

Yo, que escuchaba atónito en el bar, observé a Ander observar a su vez la llama del mechero en silencio, porque se quedaba callado con cara de "que harto estoy, copón" cada vez que terminaba de narrarme una de sus tragedias. Pero siempre ponía fin a su silencio y se disponía a empezar de nuevo, pues tenía muchas historias, quizás demasiadas. Pero ya habrá tiempo para eso.










domingo, 28 de julio de 2013

Forever young





Cuando uno tiene que lidiar con el tormento del despertador, suele arrastrar la molestia todo el día, como un zumbido impertinente sacudiendo el cerebro.
Son horas de trance y sopor, en las que el alma divaga y el cuerpo sufre espasmos, máxime cuando las mencionadas horas se dilatan hasta el infinito en un trabajo repetitivo y monótono.

Así que cuando mis ojos se abrieron como platos ante aquel escenario absolutamente surrealista e insólito, sólo pude pensar que se trataba de una alucinación provocada por el cansancio más atenazador.



Nada más lejos.



Al salir del curro como cada día, vi en el cielo aeronaves desplazándose a gran velocidad y me quedé estupefacto. Aeronaves con publicidad de objetos que no conocía recomendados por meapilas de aspecto plástico que jamás había visto antes.

Mientras mis compañeros salían hacia la calle, se sucedían las reacciones más expresivas, desde los “buat de fac” hasta las paradas cardiacas, pero si hubiera que calificar aquello de algún modo preciso, las palabras certeras serían pavor y desbandada frenética.



Así (habiendo ya fichado claro está, no íbamos a eludir nuestro deber por un quítame de aquí este suceso apocalíptico), pusimos todxs pies en polvorosa en pos de encontrar refugio, explicaciones y en general, la supervivencia.



Pronto descubrimos que habían pasado doscientos años, y doscientos años son mucho tiempo.

El mundo ahora era gobernado por alguna descendiente bizarra de Belén Esteban, que se había casado con algún memo de la generación de turno de los Rotschild, en pos de pegar un braguetazo para salir en las revistas holográficas del corazón más asqueroso; y mira por donde, le había acabado reportando su cuota en la dominación global totalitaria.



Mis compañerxs supervivientes se horrorizaban ante las nefastas consecuencias de todo ese patético devenir del destino. Ahora el mundo era garrulo por imposición, tan garrulo como la nueva tecnología imperante le permitía ser. Mis pobres colegas se tiraban de los pelos, se arrinconaban y se mecían sobre ellxs mismxs, repitiendo la palabra “no” como un mantra desesperado y extenuante. En fin, no lo llevaban bien.



Yo no tardé en entender como cabía semejante posibilidad espacio-temporal tan aplastantemente paradójica. Como demonios podían pasar doscientos años sin que esto afectase de modo alguno a mí ni a mis compañerxs.

Y si no tardé en comprender lo sucedido fue porque en realidad venía avisando hace tiempo del riesgo que corríamos.

Solía decirles “¿chicxs, no os parece que hoy la mañana va más despacio?”, solía pedir a lxs encargadxs que al menos pusieran hilo musical; hasta escribí una poesía en la puerta del lavabo mientras deyectaba, un hermoso verso que rezaba algo así como “nunca vamos a envejecer, el tiempo se espesa hasta hacerse puré”.



Es más, en una ocasión hasta noté como me costaba desplazarme en el espacio, como si de alguna anomalía física relativa a la cuarta dimensión se tratase. Pero claro, uno siempre da por sentado que es culpa del sueño.



Pues ese día fatídico la impresión no se debió a sinestesia alguna. Ese día el trabajo fue tan devastadoramente lento, anodino e infumable, al parecer para la plantilla al completo simultáneamente, que sucedió lo previsible. El drama anunciado. El desenlace de nuestro horror cotidiano. Nuestra nefanda tragedia obrera. El tiempo se detuvo dentro... aunque siguió corriendo fuera.













domingo, 3 de marzo de 2013

Ferrankenstein


A sabiendas de mi escasa enjundia a la hora de pretender riquezas, es normal que te preguntes como puedo vivir de este modo tan abundante y cómodo.
Y a sabiendas de mi escasa vocación por perseguir el éxito material, pues te imaginaras que toda esta fortuna ha venido a mí por obra y gracia de la divina providencia, y en efecto, así es.

Todo lo que soy (en argot moderno: tengo) lo debo a mi sótano, ahora ya cuna de razas y La Meca de los científicos.
Es una habitación de lo más normal, y ni yo nadie hubiera podido adivinar que me reportaría pingües beneficios.
Pero resulta que emulando a Moureau, Mengele, Frankenstein y otras eminencias del campo de la genética, y sin tener ni pajolera idea de lo bien que se me daba, me puse yo también a jugar con la vida.

Creé las condiciones precisas, sin saberlo, y la vida, siempre abriéndose paso, hizo el resto. Tú dirás que la culpa es de los cerdos del ayuntamiento, por sacar a paseo el camión de la basura orgánica una escasa vez al mes, bueno, puede ser.
De acuerdo, he estado estudiando el árbol genealógico del alcalde, y sí, desciende directamente de Diógenes, y sí, me he colado en su oficina y he descubierto que trama mil subterfugios para sepultar la ciudad bajo toneladas de basura podrida... pero resulta que los bichos aparecieron primero en mi sótano, así que jódete. No importa a quien le atribuyas todo éste dudoso merito, la guita es para un servidor.

Reconozco que me asusté un poco cuando los vi por vez primera, todos allí en mi sótano jugando al mus, durmiendo por los rincones... que yo bajaba distraído y en pantuflas, y fue todo un impacto topar de bruces con aquel pesebre.
Porqué los había de todos los colores y tamaños. Parecía mentira que todo aquel circo de los horrores hubiera podido salir de unas, cada vez más radiactivas, bolsas de basura. Aunque en fin, considerando que la verdura cada día lleva mas petroquímicos, que el camión de la basura tuvo un fallo mecánico una vez, que al mes siguiente tuvo un fallo gastrointestinal su conductor y que todos sus posibles substitutos estaban en Mallorca perfeccionando el dialecto balear del alemán, pues el desenlace no se antoja tan descabellado. Tres meses de basura orgánica adulterada en plena metamorfosis sólo porque el camión dejó de pasar dos veces. Así es el mundo de mi (ese lentísimo) Sr. Alcalde.

Su mundo y sus subsiguientes submundos, claro está. El de mi sótano estaba bastante bien distribuido, con un sistema social de castas jerarquizado aunque bastante equitativo, criaturas sin catalogar que convivían entre la inmundicia en bastante armonía y no obstante, con cachondeo y despiporre. Una maravilla.

Pero es que el sótano es mío y no hay más que hablar. Por lo tanto decidí deshacerme de ellos. Y en realidad pensé dejarlo en manos de mi espinazo y Mr. Proper (me contó que se había quedado calvo del estrés de luchar contra criaturas del averno cada vez que se estropeaba el camión de la basura en éste pueblo, que antes de eso se hacia cosquillitas en la entrepierna con las puntas de su melena), pero al final pensé que igual los científicos estarían interesados en... en fin, en “aquello”. Y juro solemnemente que no lo hice con ánimo de lucro. Pero me sentí tan profundamente presionado cuando sugirieron distraída e indirectamente darme dinero por ver como me limpiaban la cueva, que pensé... “bueno va”.

Ahora me baño en leche de burra y esnifo cristales de Swarovski, por pasar el rato, porque tanto dinero la verdad es que te vuelve ocioso. Vale, bastardos envidiosos, y vil, ya lo he dicho.

Eso sí, aún conservo el alma pese a ser un potentado, aunque sea mínimamente. Lo sé porque el otro día sentí algo parecido a una ligera emoción cuando vi a una de las criaturillas de mi sótano por la TV. Se conoce que es un personaje muy popular entre los imbéciles que conforman el vulgo, ya se sabe como son, idolatran e imitan cualquier cosa si aparece en esa pantalla.
Y también es cierto que cuando mis vasallos me pasean a hombros por las calles del pueblo me parece distinguir en ocasiones a algunas de mis criaturas bípedas... pero nunca estoy seguro porque la gente de este pueblo es rara de cojones.

La verdad es que observándolos cualquiera diría que son todos criaturas salidas de... Oh, espera! Oh sí, Sr. Alcalde, su maquiavélico plan es sencillamente genial.









domingo, 13 de enero de 2013

Deconstruye


Estuve allí cuando todo pasó. Yo vi el cielo nublarse de un modo abrumador y traer consigo la penumbra y la quietud, una especie de sosiego que nada tenía que ver con todo el vértigo pausado que sobrevendría después.
Estuve allí sin saber lo que iba a suceder y tan pronto como empezaron a caer cuatro gotas de lluvia en medio del silencio, todxs nos estremecimos y todo se desvaneció.

Todas las cosas se esfumaron, todas. Y de todas las maneras. No quisimos entender nada, ni yo ni ningunx de nosotrxs, sólo lo contemplamos todo con la quietud solemne que embargó la vida durante ese rato.

Era extraño ver como se desmantelaban las cosas. Vimos separarse las tejas de las casas una a una, vimos como desaparecían gradualmente. El metal se hacia líquido y formaba grandes chorros en el suelo que se disolvían entre el agua que el cielo nos regalaba para limpiarlo todo. Los surtidores de gasolina se desvanecían, los coches, despiezados, volaban unos metros y dejaban de existir; y lo mismo sucedía con todo lo demás. El mundo se sostenía en el aire, sin que las fuerzas gravitatorias se esmerasen en llevar la contraria al destino, para luego desaparecer. Y era todo un espectáculo, a veces uno no se da cuenta de la enorme cantidad de cosas que le rodean.

Volaban las chinchetas, los billetes y los bolígrafos. Los teléfonos móviles, las carteras, las perchas y los vasos. Los ordenadores, la mesas, las armas y las macetas. Todo se desintegraba, se desvanecía, se diluía o esfumaba, de un modo u otro, todo desapareció. Ya no había nada.

Tras la cortina de agua ya solo se veían los colores de verdad, los de la vida, ningún sucedáneo accesorio. Se distinguían los bosques y la montañas contrastando con aquel cielo ennegrecido. Descubrimos sonrientes que había paisaje tras los edificios y había suelo bajo el asfalto.

Atonitxs, pero sintiendo más paz que miedo, quedamos todos los seres vivos.
Sin entender nada y aún sin pretender entenderlo, intentando no movernos por si algo nos hacia desintegrarnos a nosotrxs también, allí estábamos, en pie, las ardillas, las vacas, las ratas, los búhos, todos. Naturalmente, también las personas humanas.

Fueron apenas unos minutos de confusión, minutos efímeros en comparación a la espera seglar que había soportado nuestra Madre. Y tras toda esa paz empapada y silenciosa, las personas empezaron a sentir aquel extraño hormigueo a su alrededor y súbitamente se vieron rodeadas por la desintegración; sus ropas empezaban a desvanecerse también.

Algunxs chillaban por puro instinto de supervivencia, con la angustia de no saber si luego serían sus cuerpos los volátiles, mientras todos sus trapos y complementos se elevaban huyendo.
Otrxs, ajenxs a la magnitud de lo que sucedía, intentaban ridículamente ocultar su desnudez con las manos. Anillos, collares, gorras y pantalones, todo sobraba.

Así que en muy corto espacio de tiempo, allí seguíamos todxs, pero ahora desnudxs. A los linces y las urracas no pareció importarles demasiado este ultimo giro, pero a muchxs humanxs aún les provocaba sensaciones que a la postre comprenderían como necias.

Tras toda aquella confusión, continuó la paz de quien asiste a eventos tan grandiosos que le hacen sentir muy pequeño. Y tras esa paz, el miedo.

Un miedo escalofriante que no venía de ninguna amenaza externa, porque ya nada más sucedió, sino del peor sitio posible, de las profundidades de cada ser.

La contemplación de toda esa desnudez y silencio pareció obligar a las personas a mirar dentro, pues fuera todo lo que les distraía había desaparecido, y aquel horror duró horas. Recuerdo como nos desplomamos la mayoría, pálidxs y con el pelo chorreando. Caíamos de rodillas y nos cuestionábamos todos los niveles, los generales y los individuales. En que habíamos convertido nuestra casa y cuanto odio habíamos sentido por seguir unas normas que siempre fueron antinaturales.
El llanto era casi unísono, y una vez más, los animales nos miraban quietos, aunque su quietud también nos delataba y solo nos hacía experimentar la miseria de un modo más acuciante. Lagrimas, temblores y lamentos desgarradores que terminaron por sucumbir cuando hubimos comprendido.


Y cuando hubimos comprendido, todo eso que nos consumía por dentro, también dejó de ser. Las penas se hicieron lágrimas, las culpas gritos de muchos decibelios, y terminaron esfumándose junto con los plásticos y los metales. Con la única salvedad de que esta vez la autoría de tal desintegración era nuestra y sólo nuestra.

De nuevo vivimos intensos instantes de paz y esta vez, nos sentimos bien y no creímos necesario aguardar expectantes que sucedería luego, ya no importaba. Esta vez, los animales se acercaron sin miedo al vernos, y nosotrxs tampoco tuvimos miedo de ellos. Ya no éramos una amenaza mutua.

Desde los nuevos niveles de limpieza interior y conocimiento de las emociones, llegamos a entenderlos. A entender lo que sentían, pues aunque desconociéramos las bases de su lenguaje, sentíamos exactamente lo mismo.

Así, las ardillas me hicieron saber que ahora sobrevivirían los más fuertes. Y a punto estuve de entristecerme. Pero me hicieron entender algo muy simple. Morirían algunxs hasta adaptarse, pero ya no morirían millones por la guerra, el hambre, la avaricia, la frustración, el frío o la pesada tristeza que creaba la soledad. Morirían algunxs como moriremos todxs, como siempre hemos muerto todxs, pero de un modo mucho más digno y natural. A fin de cuentas, la muerte no es nada que deba temerse, aunque es algo que no entenderíamos hasta mucho después.

Ya sólo nos quedaban ganas de abrazarnos, y eso hicimos. Y algunxs empezaron a planear refugios y viviendas y pronto todos tenían objetivos comunes y nadie sentía la necia necesidad de poseer la vivienda más grande, porque todos éramos la misma cosa.

Apenas pude disfrutar de esa extraña felicidad que siempre supe que nos aguardaba, de la sensación espiritual de saber que todo se ha resuelto, porque algo me despertó, y se esfumaron los abrazos con los alces, los planes conjuntos, la preciosa desnudez de todos los cuerpos distintos y no por ello “defectuosos” y la alegría de quienes antaño se sintieron repudiadxs o inferiores y ahora eran uno más del uno que éramos.

Como los coches y los miedos, también todo eso se esfumo para mí y me quede sentado, solo en la cama intentando discernir lo que es un sueño y lo que no. Porque desde luego, sí quedó algo tras todo eso, quedó la paz. La misma paz que me embargaba y me hacía reflexionar sosegadamente.

Si el sistema es odio y destrucción, luego yo soy el sistema cuando lo odio hasta querer destruirlo. Sólo necesitaba obviar las distracciones superfluas y buscar dentro. ¡Que fácil era!