sábado, 28 de marzo de 2020

Los límites de Eudaimonia


   En el seno de una familia llena de amor, con los medios suficientes para no sufrir apuros, pasó los primeros años de su existencia una niña jovial y pizpireta de nombre Alaia. ¡Qué afortunada se sintió siempre esta buena niña! Tan rodeada de mimos, de comprensión y de atenciones. Y sin embargo, tanta felicidad, por algún capricho compensatorio de un hado indeciso, se ciñó en la mayoría de las ocasiones al ámbito familiar. 
   Pisaba la calle y las desgracias se sucedían. Perdía los objetos que más valor tenían para ella, se dejaba el paraguas los días de tormenta, tropezaba y se ensuciaba el vestido nuevo, y por encima de todo, las relaciones sociales la destruían.
   Claro que siendo una niña tal vez no tomaba parte en complejísimas relaciones similares a las de los adultos, ni las necesitaba, ¡pero con qué intensidad vivía las pertinentes a su edad! Y qué mal terminaban todas…
   El contacto con otros seres humanos ajenos a su árbol genealógico, del cual era Alaia la rama más verde, se resumía en una sucesión de incontables padecimientos.
   Probablemente el episodio más doloroso tuvo lugar el día de su décimo cumpleaños. Había organizado una gran fiesta temática junto a su familia y por supuesto había invitado a una numerosa cantidad de compañeros de colegio, muchos de ellos considerados como amigos, y naturalmente también a la mejor de sus amigas, Irene, una niña bastante reservada pero que por algún motivo había despertado en Alaia un profundo sentimiento de complicidad y confianza. Posiblemente fuera merced a sus largos silencios, que ofrecían poco espacio para el tipo de palabras hirientes que de un modo injusto solía recibir Alaia por toda respuesta.
   Tras encargarse de los preparativos de la celebración durante horas llenas de ferviente expectación y prometiéndoselas muy felices, Alaia y su familia por fin vieron al reloj marcar las cinco, la hora acordada y establecida en todas las invitaciones que fueron repartidas. Pero allí no se presentó nadie, ni uno solo de los esperados amiguitos.
   Después de un par de horas de patéticos intentos de consuelo por parte de una familia que empatizó en carne viva con la situación de la pobre niña, al fin su madre decidió simplemente llevarla a dar un paseo. Y así, de casualidad, fue como pudo ver Alaia a todos los niños invitados a su hogar congregados en otra fiesta, una que tenía lugar en el jardín de su supuesta mejor amiga, Irene.
   Tal vez esto pueda parecer muy poca cosa para una mente adulta, o fuerte, o muy resistente y resiliente. Pero fue la gota que desbordó el vaso emocional de una niña con un largo historial de vejaciones injustificables. Ni siquiera tuvo arrestos para señalárselo a su madre, que condujo el coche a lo largo de la calle sin reparar en el dramático evento.

   La tristeza más pura inundó todo su mundo, ¡y qué sola se sintió entonces!

   Alaia se encerró en un silencio profundo y era difícil predecir qué resultaría exactamente de su proceso. La familia asistió al mismo consternada e impotente, temiendo por el futuro de la cría.
   Y sin embargo, la cría consiguió hacer de tripas corazón. Y reflexionando sobre la naturaleza de la alegría y la tristeza y comparando lo que recibía en el cálido ambiente del hogar con lo que recibía más allá de la puerta, resolvió decidida y con sólida determinación intentar cambiar las cosas.
   La embargó un poderoso sentimiento de altruismo y filantropía. Consagraría su existencia entera a la realización del más ambicioso de los proyectos: crear un mundo mejor en el que nunca, jamás, nadie, absolutamente nadie, tuviera que sentirse mal, ni padecer, ni sufrir como lo estaba haciendo ella.
   Esta suerte de súbita y silenciosa soledad autoimpuesta fue el terreno perfecto para que la semilla de sus anhelosas metas terminara por convertirse en un árbol gigantesco que daría frutos en abundancia.

   Tras muchos años de arduo y sacrificado silencio, parvo en palabras pero generoso en cuanto a esfuerzos, tras completar con éxito todos y cada uno de los pasos imprescindibles en su camino (que no me detendré a narrar por su cuantía y extensión), hacer valiosos contactos y ver como la fortuna le sonreía de un modo desconocido para ella en más de una oportunísima ocasión, alcanzó su propósito.
   La dulce niña traicionada había desechado calladamente toda su juventud entera, los mejores años de su vida, persiguiendo sus objetivos y ahora, convertida en una mujer hecha a sí misma, una mujer hecha y derecha, los pudo asir con firmeza entre sus dedos. La dulce Alaia, otrora objeto de maltrato por parte del prójimo, se había convertido en la primera presidenta electa de su país.

   ¿Y qué se espera de cualquier persona de bien, con el altruismo y la filantropía entre ceja y ceja, que alcanza el poder? Pues exactamente lo que hizo ella: erradicar todos los formulismos democráticos, dar un golpe de Estado incontinenti e imponer un régimen totalitario. Régimen totalitario filántropo y altruista, huelga decir.
   No cabía esperar de la gente que fuese a cooperar voluntariamente con sus mayúsculas aspiraciones, ni siquiera que llegase a comprenderlas. Ah no, ya sabía ella cómo se las gastaba la gente y el tipo de estímulo que necesitaba recibir para reaccionar adecuadamente.
   Además, era por su propio bien. Pronto serían todos más felices de lo que nunca antes se habían atrevido a soñar.

   Así pues, se dio inicio a la ejecución de todas y cada una de las medidas que prometió implementar durante su campaña electoral. Incluso aquellas que por su desmesura parecieron arriesgadas a sus consejeros, pues en términos políticos podían considerarse locuras disparatadas. ¿Quién iba a creerse todo aquello? Y sin embargo, aquí estaba Alaia, la flamante presidenta, responsabilizándose de su palabra. Es menester señalar que ni su nueva dignidad ni sus nuevos recursos la embriagaron de poder. Se mantuvo siempre humilde, ataviada con sus tejanos y sus camisetas sin estampado. Su prioridad era una y no se permitía distracciones ególatras inservibles a su meta.
   Volcó desde el primer momento todos los recursos de la nación y hasta los suyos propios en dar forma a la más férrea e indiscutible felicidad absoluta.

   Su primera medida fue simbólica. Dado que instauraba el eudemonismo radical, cambió el nombre de su país y lo rebautizó como Eudaimonia.
   Acto seguido, se ocupó de que en Eudaimonia fuese todo proporcional, equitativo, sin castigos, sin abusos, sin plusvalías ni minusvalías. Regaló casas, regaló comida, regaló mantas y abrigos. Por todas partes había sonrisas, abrazos... amabilidad por decreto. Se erradicó de forma tajante cualquier forma de hambre, de violencia, de crueldad, de cualquier circunstancia negativa o de las condiciones que pudiesen suscitarla potencialmente.
   Toda persona que formase parte del régimen tenía a su disposición un buzón en el que depositar, con bastante garantía de éxito, todas sus peticiones y anhelos.
¿Y qué se pedía a cambio de semejante esfuerzo titánico por parte de la administración?
Tan solo que la gente fuera feliz y que ayudase a los demás a serlo a su vez.
¿Y qué sucedía con aquellos deseos que no podían satisfacerse, con los conflictos irresolubles, y en definitiva, con la disidencia?
   Muy sencillo: con los individuos atrapados en lides irremediables se mantenía una reunión, la «reunión última», en la que, en amabilísimos términos se daba al individuo a escoger entre dos opciones: aceptar la imposibilidad del régimen por mejorar la situación específica que propiciaba la reunión y permanecer en el país esbozando una radiante sonrisa, o bien dirigirse al exilio, allende los límites de Eudaimonia, para una vez allí ser tan infeliz, envidioso o amargado como se desease y sin represalias ni rencillas de ningún tipo.
   Sobra decir que todo familiar, amistad o contacto de cualquier ralea cuya felicidad pudiese verse perturbada por dicho exilio, se hallaba inmediatamente conminado, igual de amablemente, a seguir los pasos del exiliado. En un amplio porcentaje de las ocasiones la gente que había mostrado flaqueza prefería reconsiderar su actitud y su predisposición mental y quedarse, aunque fuese reprimiendo sentimientos negativos. Allí se podía vivir a cuerpo de rey y sin necesidad de invertir un gran esfuerzo en ello.
   Tan solo en escenarios extremos, como las depresiones galopantes de causas irreconocibles, tuvo que decretar el régimen exilios fulminantes e irrevocables de manera unilateral.
   Allí no tenía cabida la infelicidad de ninguna clase, sin reparar en su tamaño, naturaleza o contexto.

   Todas estas medidas, con el transcurso de los meses, derivaron en lo que finalmente pudo considerarse una felicidad colectiva total. Un viejo sueño de la infancia de la presidenta, ahora convertido en realidad gracias a su buen hacer. La gente en las calles no quería ni oír hablar del pasado y el futuro se auguraba esplendoroso en lontananza.
La alegría y la paz se derramaron sobre todo el país, lenta, decididamente. El júbilo se introducía en los hogares a través de las ventanas, de las tuberías, deslizándose bajo las puertas y valiéndose de cualquier medio posible.

   ¿Y fueron felices por los siglos de los siglos? Pues no. Más bien no.
El clima de felicidad se convirtió gradualmente en algo omnipresente, la felicidad temblorosa que habían conquistado fue transformándose paulatinamente en «normalidad» y así llegó el día en que la población se había pasado meses luciendo una sonrisa de oreja a oreja día tras día, con cotidianidad, por pura rutina.
   Y fue en aquel momento que empezó a revelarse que aunque no había duda de que todo era felicidad, había distintos grados de felicidad.
   De súbito, entre toda la gente feliz, había gente «más feliz» y otra gente «menos feliz». Y, naturalmente, la segunda representó una amenaza para la fantástica estabilidad del régimen eudemonista. Los «menos felices» eran los nuevos infelices.
Pero a diferencia de lo que sucedía con la gente infeliz, triste o amargada, la gente «menos feliz» era difícil de identificar.             Amén de su poderoso alegato que complicaba aún más las cosas: eran felices y no podían hacer más, aunque fueran «menos felices», cumplían a su manera con lo establecido.
   El régimen tuvo que tomar cartas ante tan aguda rémora para la bonanza imperante obtenida con tanto esfuerzo.
   Se creó un comité especial al que se otorgó autoridad sobre la situación: las autoridades idílicas. Llamadas popularmente “plátanos” por la población de Eudaimonia, por su sonrisa inamovible con la curvatura exacta de una banana -si tal exactitud existe como medida- y porque, obviamente, al ser idílicas, vestían de riguroso amarillo.
   Y estas autoridades, a su vez, quizás buscando aligerar su carga de forma artera, quizás deseando hacer partícipe a la población de manera bienintencionada, crearon a su vez los «núcleos de la felicidad», que ubicaron a lo largo y ancho de todo el país. Estos servían para delatar desde el anonimato a la gente menos feliz para entonces poder citar a la misma a la famosa «reunión última», aunque en esta ocasión con muy poca voluntad por parte del Poder de ofrecer opción alguna que no fuera el exilio. A fin de cuentas si ese era el máximo de felicidad que podía ofrecer la gente menos feliz, ¿a qué conservarla en la población, amargando a los más felices?

   En un breve espacio de tiempo esto degeneró en disparatadas consecuencias: Empezaron a surgir expertos capaces de determinar con exactitud el ángulo de inclinación de las sonrisas. Algunos fabricantes, espoleados por un gobierno incapaz de controlar la admonición que representaba descubrir que gran parte de su gente feliz no lo era tanto, comenzaron a producir aparatosos artilugios que forzaban una sonrisa estática en todo momento. Y sobre todo, mucha gente, temerosa de ser denunciada, se apresuraba a denunciar primero de forma preventiva, con o sin fundamento real, lo que se tradujo en millones de denuncias diarias.
   Ante semejante crisis, incontenible por parte de las autoridades idílicas y que hacía tambalear los alegres cimientos del país, el poder se vio obligado a tomar medidas drásticas.
   Así tuvo lugar la primera gran purga de Eudaimonia. Cientos de miles de personas, las menos felices, se vieron obligadas a irse del país, so pena de renunciar a sus derechos más básicos en caso de aferrarse a la permanencia en suelo feliz, amén de tener que vivir soportando una presión extrema por parte de los más felices, dispuestos a reivindicar su animosa superioridad escupiendo sobre los menos felices.             Escupiendo por supuesto entre carcajadas de la felicidad más eufórica.  
   Este éxodo forzoso dejó el censo de Eudaimonia gravemente mermado. Pero la calidad humana y emocional, según el criterio predominante, aumentó con claridad. Ya solo quedaba allí la mitad de la gente, pero era la gente más feliz de toda.

   ¿Y fueron felices por los siglos de los siglos? En realidad no.
Tras unos pocos meses ufanos en los que todos se vanagloriaban de tener la población «más feliz» del mundo, y habiendo establecido por ley cual era la curvatura mínima que debía lucir una sonrisa dichosa, pronto empezó a vislumbrarse que entre todas aquellas sonrisas impecables, algunas brillaban más que otras. Había gente «mucho más feliz» entre la gente «más feliz». 
   La presidenta Alaia era incapaz de soportar que hubiese gente mucho más feliz que otra, porque esto implicaba a su vez que había gente mucho más infeliz, y reviviendo los meses de esplendor inmaculado que obtuviera tras la primera purga, decidió de un modo empírico repetir la depuración, a sabiendas de que cualquier otro intento sería estéril.

   Tras dos purgas en apenas diez meses, el resultado era un país medio vacío, en el que a duras penas quedaban ahora unas pocas decenas de miles de personas. Eso sí, las «mucho más felices». Estas ya tenían un lenguaje corporal que era indescifrable en condiciones normales, con gestos y muecas forzadas hasta el dolor maxilar, con sonrisas propias de quien contrae el rostro con obscenidad.     Una alegría surgida de un eretismo facial insostenible.
   Sus semblantes parecían máscaras tensas de sonrisa vesánica, casi uniformes. Pero solo casi.
   Enseguida se descubrió que había gente «aún mucho más feliz», que no todos lograban el mismo punto álgido de felicidad. Y, sin remisión, tuvo lugar otra purga más. ¿Para qué posponerla amargando a los de la cumbre de la felicidad?
   Y así el país se fue desocupando mientras el nivel de exigencia, el listón de la felicidad, se disparaba hasta límites difícilmente alcanzables por un ser humano mentalmente sano. Y mucho menos por la fuerza.

   Para cuando quiso darse cuenta, tras sucesivas purgas, Alaia se había quedado prácticamente sola, con apenas diez o quince de sus súbditos. Aunque eran los «extremada y superiormente felices».
Valiéndose de la profilaxis había depurado a su país de cualquier interferencia de infelicidad o tristeza y lo había aupado a la élite de la alegría mundial. 

   La felicidad más pura inundó todo su mundo, ¡y qué sola se sintió entonces!

   A veces deambulaba por las calles desiertas, o visitaba aquellos enclaves antaño poblados hasta la cencerreta por gente eufórica, gozosa de vivir. Y torciendo el gesto, no podía evitar llorar.       Pero de alegría, de alegría, no penséis mal. Otra cosa era inconcebible.
   Allí se quedaba, mirando al horizonte vacío, reflexionando sobre los límites de la felicidad, sobre las fronteras de Eudaimonia. Y siendo muy dura consigo misma, aunque movida por una ávida intriga, se preguntaba: ¿Cómo determinar dónde empiezan la alegría o la tristeza? ¿Dónde acaban?
–Ay, querida –terminó por decirse a sí misma pocas horas antes de dimitir y volver a su antiguo hogar llorando sin consuelo posible– la tristeza y la alegría no son cosas opuestas. No existe tal antinomia. Has luchado en vano. La tristeza y la alegría son la misma cosa… que tan solo difiere en grado.


 

viernes, 6 de marzo de 2020

Metempsicosis cruel



El ambiente en la asamblea ordinaria trimestral de los mustélidos era muy animado, vivaz y bullicioso. Dábanse cita allí martas y martos, garduñas y garduños, mofetas y mofetos, hurones y huronas, comadrejas y comadrejos, tejones y tejonas, nutrias y nutrios, visones y visonas, y en definitiva toda la familia mustélida que habitaba aquel bosque e incluso algunos miembros venidos desde lejos con el único fin de ser partícipes en el concilio.
 Se congregaban en una amplia madriguera secreta, de diáfano y abundante espacio pero apenas una ceñida entrada (y salida), por la cual no pasaban dos martas a la vez, lo que facilitaba mucho el control y registro de los asistentes por parte de la organización.

La expectación era máxima e imperaba una intranquila impaciencia por abordar los puntos del orden del día, entre los que figuraban la gestión de los destrozos en las guaridas causados por la última y torrencial tormenta, los derechos de vivienda sobre los huecos en el gran árbol del sur después de que los armiños que los habitaban decidieran irse a ver mundo o el aumento de las agresiones debidas a la intensificación de la actividad cinegética y al sorprendente incremento en la familia Vulpini, clan de zorros ancestral, que parecía haberse multiplicado de la noche a la mañana.
 Los ánimos estaban a flor de piel y todos los presentes ansiaban exponer sus puntos de vista, dudas, quejas y propuestas. No obstante, había un pequeño y molesto contratiempo. El código mustélido exigía, de manera tajante, la presencia de todos los convocados antes de poder dar inicio a la sesión asamblearia. Y allí, para no incumplir con su tradición, faltaban los dos mismos nutrios que siempre llegaban tarde: Niurto y Turino.

De algún modo, más o menos rocambolesco, conseguían en toda ocasión justificar sus tardanzas y aplacar la hostilidad colectiva que les aguardaba. Pero, con todo, el grupo no terminaba de asumir su desagradable costumbre, contraria a la severa e intachable conducta mustélida.
El hecho de que fueran extranjeros tampoco facilitaba la concordia. Eran Niurto y Turino dos nutrios sevillanos, que tras salvar la vida de milagro en su arroyuelo natal y haber recorrido medio mundo pasando un hambre indecible, siendo arrastrados por las aguas con la única guía de un ángel de la guarda novato y torpe, habían dado con sus huesos en el bosque de las moras rojas, el cual ahora habitaban.
«Dos nutrios desnutríos y un ángel desangelao», en palabras del propio Turino, formaban la comitiva que apareció un buen día en el susodicho bosque. Y aunque la familia mustélida la acogió con amabilidad y de buena gana, la situación estaba ahora cada vez más tensa, por causa y efecto, sobre todo, de las constantes impuntualidades y retrasos por parte de los dos nutrios.

¿Y qué había ocasionado esta vez la dilación de los premiosos nutrios? Pues que Turino y Niurto habían hecho un nuevo amigo, o eso creían. Estando su ángel de la guarda negligentemente extraviado tras ponerse a perseguir una mariposa que empezaba a insultarlo por el acoso al que la estaba sometiendo, los nutrios se cruzaron con un zorro mientras se dirigían al cónclave. ¡Para una vez que iban bien de tiempo!
La reacción normal en cualquier nutria habría sido esfumarse como alma que lleva el diablo, pero nuestros afables e impuntuales amiguitos se quedaron observando con inocencia al zorro, cuyos instintos y estómago reaccionaron al instante, dispuestos a sacar provecho de la situación.
El resto de la historia se compone de una gran actuación y una serie de sibilinos ardides por parte del zorro, que concluyeron con Niurto y Turino llegando a la asamblea tarde como siempre, pero acompañados como nunca.

Ni siquiera entraron a la gran sala asamblearia por la angosta puerta, lo hicieron a lo grande, por el techo. Y es que habiendo revelado al zorro la ubicación de la madriguera, la cual admitió el can que no habría encontrado jamás por sí mismo, así de bien camuflada estaba, este no tardo ni un segundo en desmontar la tapa de la misma como si destapase la cacerola conteniendo su almuerzo. Desde fuera, la ilusión fue máxima. Levantar aquel pedazo de suelo y toparse con decenas, tal vez cientos, de apetitosos mustélidos fue para el zorro como haber hecho el descubrimiento de su vida.
Desde dentro el terror fue máximo. Ver el techo levantarse, y durante unos segundos ser cegados por la luz del sol y confundidos por la imprevista novedad, para entonces distinguir la silueta de un gran zorro con tialismo voraz, fue demasiado para los mustélidos. Se agolparon a la desesperada en la estrecha salida, estampida que terminó por matar a la mayoría de ellos. Los pocos supervivientes de la frenética avalancha fueron descuartizados a base de precisos zarpazos. Una masacre histórica a la que asistieron impávidos Niurto y Turino, paralizados por el horror y la confusión. Tan paralizados estaban que una vez fue despachada la gran familia a la que pertenecían, fueron decapitados también. Todo pasó tan deprisa que a duras penas alcanzaron a comprender nada. Así, murieron como tantos: murieron como tontos.

Se hizo la nada en sus mentes... hasta que abrieron muy despacio sus ojos, que ahora no estaban compuestos de materia alguna, pero aún les permitían ver.  Atravesaron un extraño túnel, imbuido de un silencio estremecedor. Se dejaban arrastrar pacíficamente hasta la luz, embaucados por una relajación que no habían conocido nunca en vida. Al alcanzar dicha luz, la atravesaron con mucha calma y se vieron en una salita muy pequeña, pero que contenía una cantidad incalculable de archivadores. Era evidente que había allí más contenido que continente, imposible todo aquel mobiliario en un espacio tan reducido, pero lo asumieron como parte de todo aquello fuera de su comprensión que ahora debían afrontar. En el centro de la salita, un animal que no conocían ni reconocían, emperejilado con curiosos miriñaques, rebuscó entre los archivos hasta hallar lo que deseaba. Miró el papel, los miró a ellos dos y se limitó a decir con una desidia muy mal disimulada:
–¿Niurto y Turino?
Los nutrios asintieron con la cabeza, incapaces aún de articular palabra.
–Bueno, no me miréis así –dijo el responsable de los archivos con el tono monótono de quien ha dado la explicación mil veces–, yo solo recopilo los informes, vuestra suerte no está en mis manos. Sin embargo, esto no pinta nada bien.
–Hemos sido víctimas –inquirieron al unísono–, nos han embaucado y nos han arrancado la cabeza, prosiguió Niurto a solas después.
–Lo entiendo, lo entiendo, pero yo no juzgo nada, solo redacto el informe. –Se ajustó las ridículas gafas con ostentoso visaje.– Han pasado por aquí todos vuestros compañeros antes que vosotros. Solo uno de ellos consiguió no insultaros ni maldeciros, como tampoco a vuestros progenitores, pero creo que siquiera llegó a comprender lo sucedido; no tuvo tiempo.
–Mira quillo, jamás habríamos hecho algo así a voluntad, ha sido un terrible accidente…
–Y tan terrible –interrumpió el informador– casi doscientas vidas inocentes. La extinción de toda una familia en una zona que habitaba hace siglos. Yo puedo ver que no ha sido con maldad. Pero la tragedia es mayúscula pese a los atenuantes. No soy yo quien dictará sentencia, pero insisto, no pinta nada bien.
Resignados y asumiendo la imposibilidad de hablar en su propia defensa, indignados ante lo que consideraban una injusticia pues su único delito había sido hacer un imaginado amigo, solo desearon que el zorro algún día fuese tratado con la misma severidad con la que iban a ser ajusticiados ellos ahora. Aunque eso no iba a suceder, porque el deber natural del zorro era pergeñar y ejecutar la masacre que llevó a cabo. Con todo, Niurto y Turino nunca supieron qué sucedió con el zorro y al menos les quedó el consuelo de la hipotética equidad que desearon presuponer.
Se quedaron en silencio mientras observaban a aquella especie de funcionario de la dimensión desconocida redactar el informe, el oscuro presagio, hasta que éste les sobresaltó con un súbito y concluyente: 
–Ya podéis pasar.

Se abrió una puertecita en la que ni siquiera habían reparado y que solo dejaba entrever una oscuridad total entre los tres listones que conformaban su marco. Titubearon indecisos, seriamente aco…ngojados, hasta que, desde detrás, un empellón certero les lanzó a la oscuridad.
Tras flotar en el limbo durante unos segundos eternos, una luz cegadora empezó a formarse en la oscuridad total y a adueñarse de todo, y se volvió tan intensa que les obligó a cerrar los ojos con dolor. Cuando los volvieron a abrir, estaban en la gran sala del Destino. De algún modo sabían que ese era su nombre, aunque por supuesto no había allí ningún cartel que lo anunciase.
La sala, sin tener paredes, era esférica y parecía un mirador que asomaba desde todas las direcciones al universo infinito. Desde allí, sin importar a dónde se dirigiese la mirada, podían observarse galaxias enteras, planetas, nebulosas, agujeros negros y trillones de lo que parecían ser titilantes estrellas fugaces en constante movimiento. En primer lugar los nutrios no comprendieron el movimiento de estas luces, pero algo en su ser les explicó también que eran solo vidas transmigrando en un flujo incesante, en aquel proceso de metempsicosis que enérgicamente rechazara Fonollosa.
 Ante sus pies había una delgadísima pasarela, que asustaba de lo lindo con la visión del cosmos amenazante, dispuesto a engullir a quien diese un paso en falso.
En el centro de todo, al final de la pasarela, vieron al ente que rigió, rige y regirá aquella sala y el movimiento de todas aquellas luces infinitas. Una cabeza sin rostro, ni color de piel, sin facciones ni nada con lo que pudiera ser identificada. Sin mediar palabra, dictó sentencia. La voz atronadora retumbó de tal modo que pareció sacudir el universo entero. Tembló el suelo y los nutrios tuvieron que taparse los oídos para poder soportarlo. Aunque oyeron la sentencia perfectamente dentro de ellos.

–Os reencarnaréis en humanos. 

La peor condena posible. El alarido de espanto fue unánime en ambos nutrios y cayeron sobre sendas rodillas, suplicando piedad. 
–Haznos escarabajos peloteros, preferimos una vida de hacer bolas de mierda –deprecaban los mustélidos, pálidos ante la degradación absoluta a la que serían sometidas sus vidas–, transfórmanos en quistes hidásticos, en lagartos de cuernos cortos que escupan sangre por los ojos, por la piedad de todas las deidades... 
Pero sus ruegos se diluyeron en la nada cósmica y de repente se vieron flotando de nuevo en la oscuridad total. Y de nuevo una luz dolorosa les llevó a apretar sus párpados.
Habían tocado fondo, pero con un par de pequeñas concesiones merced a la involuntariedad de su fatal error. Para empezar, se les envió de vuelta juntos.
 La dolorosa luz se suavizó de nuevo y esta vez al abrir los ojos vieron entre lágrimas y bocabajo, un quirófano. Habían sido mellizas.
Y bien, como segunda concesión, de algún modo siguieron recordando el punto de partida que les había llevado a formar parte de la humanidad; fue para ellos una experiencia continuada que no empezaba totalmente desde cero en la conciencia. Un privilegio que casi nadie obtiene.

Pasaron bastantes años de resignación y sometimiento. Intentaron integrarse en la humanidad y dejar atrás su proceder inocente y bondadoso de animales no humanos. Y lo cierto es que llegaron a conseguirlo.
Aprendieron a vivir como lo hacen los humanos: aprendieron a envidiar. Aprendieron a mentir. A odiar en base a criterios arbitrarios y antaño insignificantes para ellos (ahora, circunstancialmente, ellas). Aprendieron a dudar de sí mismos. A tener complejos y a calmarlos encarnizándose con los complejos ajenos. A destruir sin ton ni son. A vanagloriarse. A acumular cachivaches inútilmente. A hacer cosas antinaturales, cosas egoístas. A criticar, sabotear, a chantajear, a corromper con alevosía, a mostrar desprecio, a insultar, a herir por crueldad y capricho, a explotar a los otros animales, los que otrora fueran su familia pese a toda cadena trófica. Adquirieron una racionalidad afilada que solo les sirvió para sobreanalizar hasta caer agotados y rayando la demencia. Aprendieron a perder el respeto por sí mismos y por los demás. 
Y curiosa y sorprendentemente, nada de todo esto les hizo felices.

Así que un buen día, sentados frente a unas calmadas aguas que avivaban dolorosamente la nostalgia en ellos, decidieron declararse en rebeldía. Podrían imponerles otros cuerpos, pero no doblegarían la voluntad de sus espíritus.
«Recordaré lo que antes era», cantó Toomai de los elefantes, harto de su condición de esclavo de los humanos. Y asimismo lo repitieron nuestros decicidos nutrios.
Decidieron volver a ser lo que fueron, ignorando cualquier posible consecuencia.

A finales de la primavera de mil novecientos setenta y nueve, los incipientes calores del inminente verano congregaban a un abundante gentío en el hermoso lago local, engalanado con frondoso verde y un exquisito marco de flores de san Pallari. Pero refrescarse no era la única razón de la visita de la muchedumbre. Allí mismo tenía lugar un sonado caso de disforia zoológica, de amplia repercusión en la prensa local e incluso nacional. No el primero, claro está, todos hemos visto a animales adoptados por otras especies actuar como la especie adoptadora. Pero esta vez eran dos humanas las que actuaban como enajenadas, como si fuesen dos nutrias.
La gente se reía y les lanzaba cosas cerrilmente. Pero Niurto y Turino seguían fieles a su esencia. La única licencia que habían consentido a la humanidad era la de cubrir sus cuerpos con engorrosas telas, y tan solo tras la amenaza del comisario local de llevarlas (él les hablaba como a muchachas) al sanatorio como persistieran en su afán de montar escándalos públicos. Así que habiendo aceptado vestirse, dedicaron a partir de ese día a cerrarse en banda y vivir como perfectos nutrios, recuperando costumbres, sensaciones y tradiciones de su anterior vida. Rodando guijarros con las manos sobre sus pechos. 
Hay que decir también que a la comunidad local mustélida que habitaba originalmente el lago, ver a aquellas dos humanas imitar sus costumbres e incluso hablar su idioma nunca llegó a sentarles bien, por lo que se delimitaron territorios que nunca fueron invadidos en ninguna de las dos direcciones.
Pero esto no fue óbice para nuestros nutrios en cuerpos humanos, que supieron alcanzar la felicidad tumbándose sobre el agua y dejándose mecer por ella. 

Tras superar esta curiosa etapa, esta penosa sanción, de forma humana y fondo nutrio, fueron reencarnados en cualquier otra cosa. Es decir, en algo mejor. 




sábado, 18 de enero de 2020

Est et non

   He aquí a dos hermanitas cuya experiencia vital podría ser considerada todo salvo llevadera.
   Desde los inicios de sus vidas padecieron toda suerte de infortunios y sinsabores. Eso sí, juntas.

  Fue un trayecto durísimo, pero con el consuelo del peso repartido. Tanto se habían necesitado mutuamente que a fuerza de compartir las penas la inercia también les llevó a hacer lo propio con las alegrías. Ahora ya eran como una sola persona que había sufrido el doble o la mitad, según quieras entenderlo. Pensaban juntas, se hacían fuertes juntas, lloraban juntas, resistían juntas.

   No obstante, por mucho apoyo que se encuentre en la desolación, esta desgasta con severidad. El cúmulo de desventuras y desdichas pesa como una losa, en especial cuando se prolonga en el tiempo.  Incluso la persona más fuerte acaba doblegada ante un peso liviano cuando este parece no ceder jamás en su determinación de besar el suelo.
La fatiga hacía mella en ellas. Estas hermanitas bostezaban juntas y se mostraban taciturnas juntas, y en cualquier sitio se quedaban dormidas y soñaban juntas. El cansancio las dominaba juntas. Así que el regular traqueteo del tren que las llevaba de vuelta a casa y el cálido ambiente estival las indujo a echarse una cabezadita juntas.

   Y ya fuera por extensión de su relación recíproca, o por la intensidad de sus pasiones paralelas, fuera por la intensidad de lo vivido por ellas recientemente, fuera por las ansias reprimidas y tristemente postergadas de libertad o fuera porque se durmieron dándose la mano, esta vez no solo soñaron juntas, esta vez soñaron juntas lo mismo.

   ¿Qué puedo añadir yo a lo hasta ahora resuelto por mi especie sobre las brumas oníricas? Creo que está todo dicho ya. Los sueños y su fuerza intrínseca, los sueños y su naturaleza mística, los sueños y sus explicaciones dudosas, los sueños y sus implicaciones nítidas.
   Los mismos que redactó sistemáticamente un insomne Nabókov dispuesto a experimentar con el tiempo. Los mismos que exploró un ávido Freud lanzandose a por la veta existencial en las cavernosas minas del cerebro subconsciente. Los mismos que intentó aprovechar el juntaletras de Coelho para llenarse los bolsillos con su pueril superchería supurante.
   A mi entender la postura más lúcida sobre aquella tenue y grácil linea que ejerce de frontera entre los mundos del sueño y la vigilia la estableció Descartes. «¿Qué es y qué no es?», así que si alguien se propone entender cómo pudo suceder lo que sucedió con nuestras hermanitas, haría bien en dirigirse a él en busca de respuestas.

   Esta podía haber sido cualquier cabezadita ahíta más en el extenso historial de las cabezaditas ahítas humanas, pero no lo fue.
   He aquí dos hermanitas que se durmieron juntas y que soñaron juntas lo mismo y que de algún modo, operaron en el mundo real, pese a la apariencia infrangible del mismo, cuantos cambios soñaron. No es que resultaran ensoñaciones vívidas para ellas, es que todo cuanto soñaron en su interior se hizo realidad ipso facto en el exterior que compartimos todos, conformando una voluble realidad genízara a medio camino entre ambos ámbitos y sus condiciones.
   Por fortuna para todos nosotros, ilustres actores de reparto, de manera oportuna y excepcional no tuvieron pesadillas.

   Soñaron que ahora estaban casi solas en el tren (¿o autobús?) que las transportaba: la gente había desaparecido. Y no porque estorbara, sino porque había hallado la manera de ser feliz y habia saltado por la ventana del vehículo en marcha en pos de su nueva vida. Algunas personas se largaron volando, otras reptando, otras dando brincos, ¿qué importancia tiene cómo te dirijas a la felicidad?
   Las hermanas ya no tenían la cabeza despoblada por la dolorosa (pese a ser compartida) quimioterapia. El cabello estalló de súbito con tanta fuerza en sus cueros cabelludos como la flora se abrió paso entre los suelos. Las flores de adormidera invadieron las ciudades inundando todo con sus soporíferos alcaloides, y así sucedió a su vez con el amargo eléboro, que ahora coronaba en abundancia los rascacielos, de un modo que recordaba a la karela azuzada por Mowgli para vengarse del poblado. 

   El cielo cambiaba rítmicamente de color de un modo vertiginoso, como auroras lisérgicas que derribaban a golpe de colorido ariete las puertas de la percepción para quienes se sentaron a observar los arreboles abigarrados.
   Los animales corrían libres y retomaban todo cuanto les pertenecía y les había sido arrebatado por la cruel y megalómana sinrazón humana. Pudieron verse estampidas de perras suizas y derrapes de rapes suazis sobre las viejas avenidas y sobre recién venidas avenidas, avenidas pero desavenidas, en oposición simbólica a las dos hermanitas. Unas arterias inútiles para un reino donde el tráfico consistía en impulsos desordenados.
   Los pasos de cebra se alargaban tanto como la calle entera y tampoco era problema, porque los coches se desintegraron para dar paso a las bicicletas y los trenes (excepto el tren que las llevaba a ellas que se había transformado definitivamente en autobús). Trenes bocabajo, que volvían a tener locomotoras pero estas en lugar de residuales humaredas según la luz grises, blancas o negras, despedían blancas, negras, fusas, semifusas, corcheas o semicorcheas, las cuales ambientaban la escena formando majestuosos nocturnos de Chopin, Field y Debussy.
   ¿Eran estas delicadas consecuciones de notas causa o consecuencia de un sueño tan profundo y poderoso? ¿Las hacía soñar a ellas o ellas las hacían soñando? Es tremendamente complejo responder a eso.

   Las hermanas eran libres. Su padre ya no las maltrataba, sus maestros ya no las señalaban por negarse a hacer los deberes. Ahora los maestros eran mapaches bizcos y enseñaban moral al estilo animal, al estilo de Diógenes. Los bebés nacían sabiendo y los abuelos tenían fuerzas pero solo para lo que pudiera considerarse aciertos, los errores no podían acometerlos. Qué felicidad trajo a sus vidas este giro.

   Había fuentes de cerveza refrescante por todas partes. Cerveza sin alcohol, porque todo el alcohol se habia evaporado, allí no tenían cabida higados ni familias destruidas, ni resacas dolorosas ni miradas amarillas. Un patadón a la dipsomanía y esta era una buena explicación para la desaparición de algunos podridos maltratos muy poco paternalistas.
   Toda propaganda se despojó de su intención comercial y se tornó en soflamas éticas que empujaban a hacer el bien, de un modo repetitivo y algo molesto: sé amable, sé amable, sé amable.
   Los ropajes de la gente se invirtieron de un modo curioso, y ahora las camisetas ocultaban las piernas y los pantalones y faldas ornaban las cajas torácicas. Las camas se hicieron firmes y cómodas, todas, y otorgaron a las personas el poder de alterar la realidad con sus sueños a su vez, lo que derivó en un caos de consecuencias inenarrables.

   Sin embargo no todo fue lo que yo consideraría amistoso o positivo; por ejemplo los perros y los gatos centuplicaron sus tamaños y se volvieron agresivos, sembrando el temor por todas partes. Pero las autoras del sueño no repararon en si esto compensaba o no el torrente de felicidad, sencillamente lo asumieron como algo natural, tal como asumían con naturalidad la felicidad que se desbordaba.
   Las cosas no son buenas ni malas, las cosas solo son. En esto sus consideraciones demostraban mayor pureza que las mías.
 
   Los prados y las sabanas, los descampados, las calles y carreteras dejaron de ser lisas y llanas y se volvieron sinuosas, ondulantes, como las aguas indecisas que se van y vuelven a venir, ni contigo ni sin ti.
   Y en estas ondulaciones se desplazaba el ahora autobús que alojaba a nuestras soñadoras y sus fraternales sueños, cuando el ornitorrinco (la mejor ciencia es la “indeciencia”, no todo tiene una explicación) que ahora lo manejaba se vio sorprendido por la ondulación muy pronunciada de una curva muy pronunciada, que puso el autobús a dos ruedas a lo largo de bastantes metros muy pronunciados.
   Esta oscilación ladeó las cabezas fantaseadoras en su interior, lo que consiguió que durante unas largas milésimas de segundo (muchos segundos conforman un siglo) se debatieran entre el reino del sueño y el de la realidad, como si el viejo Tutu no quisiera dejarlas escapar y tirara fuerte de sus camisetas pero la fuerza de la gravedad le superase sin remedio. El destino, acostumbrado a los giros más rocambolescos, no esperaba sin embargo tal sacudida brusca ni su nueva posición suspendida y perpendicular. La ventura se quedó pasmada e inclinada horizontalmente junto al autobús. El hado helado de lado.

   El viraje terminó por despertarlas y expulsarlas de los sueños para devolverlas a la realidad. Y como cualquiera que haya estado en ambos sitios sabe, el flujo del tiempo no se comporta del mismo modo aquí y allí. Todo cuanto hubieron creado en su expansión onírica se deshizo tan pronto como hubo sido hecho y lo cierto es que apenas duró unos segundos de nuestro mundo. La gente infeliz volvía a llenar lo que volvía a ser un tren y el conductor volvía a ser un humano harto de su salario precario y sus jornadas inacabables.
   Los cambios fueron tan reales como fugaces. No sé si tú llegaste a darte cuenta de ellos, pero yo sí, aunque duraran tan poco que me obligaran a dudar. Debo aprender a no relacionar las certezas con su longitud en el tiempo. La validez de los hechos no está sujeta a su duración, como solía decir un amigo mío cuya eyaculación era precoz.

   Ellas mismas no llegaron a notar nada, más allá de cierto desasosiego. Su gozo en un pozo, pero sin saber por qué. No entendieron muy bien nada pero enseguida desearon lo que desearan tantas otras veces, volver a dormir y dormir para siempre. Eso sí, juntas.






domingo, 5 de enero de 2020

Alteridades


Una de las cosas que más me gusta hacer es quedarme encerrado en casa para poder dedicarme a hacer el resto de cosas que más me gustan. Reconozco, empero, que en ocasiones me creo a mí mismo expectativas muy por encima de lo que ha de suceder. En esos ratos en los que me veo obligado a salir para ir a trabajar, por ejemplo, no hago más que convencerme de lo feliz que seré cuando pueda yacer en mi escondrijo, y mi mente empieza acto seguido a engendrar grandiosos proyectos con los que me complaceré muy gratamente. ¿Y qué sucede? Pues que a menudo al llegar el ansiado momento no tengo muy claro cómo acometer dichos proyectos.
Pienso por ejemplo: “escribiré esto o aquello, y lo haré así y asá, luego emplearé este recurso para dar un giro y lo acabaré de este otro modo”. Pero cuando me acompañan las circunstancias y todo se presta para la ejecución, el que falla soy yo. Tal vez piense demasiado. O tal vez no piense tanto como debería. Puede ser algo debido a la motivación, por exceso o por defecto. O tal vez a la inspiración.
¿Dónde está la inspiración? “Hay que buscarla”, me digo a mí mismo, olvidando mis propias teorías sobre lobas feraces en remotas ínsulas. Y viéndome ante el folio en blanco una vez más, que es como mirarse ante un espejo de esos que distorsionan la imagen, pensé en salir a por ella, falto de ideas con las que arrancar.
Ningún viento es favorable para quien no sabe a dónde se dirige, le dijo Séneca a Lucilio, muy acertadamente. Yo me limité a ir en todas direcciones siguiendo una sola dirección: hacia adelante. Y caminé muchísimo y también me frustré muchísimo por no conseguir reaccionar y hallar sobre qué escribir. Y tanto caminé que perdí el norte como algunas, y tanto me frustré que empecé a jurar en lenguas muertas, en un arrebato de glosolalia impropio de mí y mis morigerados modales.
Tal escenita debió mover a compasión a "algo", o "alguien", que desde un plano mucho más compasivo que el que sufro yo en mis carnes a diario, intentó inútilmente concederme una oportunidad. O tal vez fuese solo casualidad y mi hastío e ignorancia buscasen como atribuirle tintes paranormales, que al cabo es el recurso humano por excelencia en tales circunstancias.

El caso es que había caminado yo ya hasta las abundantes arenas de algún alejado desierto (el resultado de equipar a una fijación enfermiza con dos piernas largas) cuando algo de repente me hizo levantar la vista. Ante mí se erguían desmedidos espejos, claramente fuera de contexto. Mientras respiraba hondamente, me acerqué, intentando observar los espejos y a la vez evitar verme a mí mismo manifestado en su superficie lisa e impoluta. ¿Con qué objeto despistarme reparando en mi propia imagen?
No parecían espejos al uso, no como los que yo había conocido. Un análisis próximo los descubría viscosos y gelatinosos y no pudiendo ignorar un acuciante impulso, acerqué la mano para tocarlos, pero esta se hundió en la pegajosa pared.
Se hundió a través de aquella viscosidad destellante y asomando yo mi cabeza para observar el lado contrario, pude ver que mi mano no aparecía por allí. Así que no tuve que pensar demasiado, de pronto se me habían regalado puertas a sabe Dios dónde, y para alguien que desea hallazgos extraordinarios, aquel momento no puede escaparse entre titubeos. Atravesé la puerta temblando pero sonriendo.

Abrí los ojos y me descubrí con una tez mucho más morena, en una especie de furgoneta que hacía las veces de transporte público y que iba colmada de gente, definitivamente muy por encima de su capacidad. A duras penas hubiera cabido ahí un alfiler y en lo que a mi atañe, no gozaba del menor asomo de espacio vital. Si había conseguido relajar mis pulmones tras la presurosa caminata hacia ninguna parte, ahora estos se encontraban severamente exigidos una vez más, oprimidos por el gentío.
Conseguí girar mi cabeza hacia el conductor de aquel vehículo saturado, y era un fiel reflejo del vehículo mismo: aquel hombre estaba a punto de desbordarse.
La palanca de cambios respondía medalaganariamente para incomodidad suya y encima saltaba a la vista, bueno no a la suya ya que era miope consagrado, que era incapaz de controlarla. Su miopía le obligaba a entornar los ojos arrugando la nariz y poniendo los pómulos tan arriba que creo que aún le dificultaban más el obligado gaje de mirar al frente.
El tío apestaba a poso de alcohol en las arterias, desprendía un tufo rancio de juergas previas ahora ya avinagradas y además algunos de los otros pasajeros se obstinaban en atormentarle.  Niños impertinentes, abuelos seniles, cazurros bobos, le incordiaban incansablemente. Se mascaba la tragedia, el automóvil oscilaba a ambos lados en cada curva, en un tira y afloja épico entre el peso de las circunstancias y el peso de los ocupantes.
Y según me pareció ver entre aquellas incontables cabezas, alguien consiguió estirar el brazo lo suficiente como para introducir un casete (pirata, púdrete Ramoncín) en el equipo de música del fatídico trasto en el que circulábamos.
No tengo ni idea de qué sonó ni de cómo describirlo. Parecía un repulsivo sonido perpetrado en la letrina de Belfegor, una serie de notas dispuestas de modo tal, que junto a la voz horripilante que las acompañaba, harían sangrar los tímpanos de un sordo. Imposible describir toda su crudeza y repugnancia, paridas en las entrañas más esperpénticas del inframundo. Una cacofonía con ínfulas artísticas. El último recuerdo que tengo es el del chofer emitiendo un desgarrador alarido de espanto y claudicando, intentando huir de su realidad como lo había intentado yo poco antes al cruzar el portal viscoso. Desgraciadamente no tuve tiempo para la empatía, la furgoneta había volcado y aunque durante unos segundos eternos pude ver a los que iban en el techo sepárandose del vehículo de estampía, yo que iba dentro, vi a través de la ventanilla como el asfalto se aproximaba hacia mi rostro de un modo que no daba lugar a réplica alguna.

Reabrí los ojos en el desierto, con la boca llena de arena y los tímpanos suplicando la eutanasia. Vi que aquella primera puerta en forma de espejo ya no estaba y fue una suerte de alivio para mí. No quise cavilar mucho y entré valientemente en la segunda.

Esta vez me vi siendo una chica, nórdica, a juzgar por su (mi) apariencia. Un cambio de sexo tan drástico e inesperado como el sufrido por Orlando según la malograda Virginia Woolf. Todo el contexto que me envolvía era a su vez decididamente nórdico, al menos en base a mi parva experiencia en contextos nórdicos.
Hallábame en una casa bastante acogedora, en lo que parecía ser un evento social, alguna celebración o algo por el estilo. Desde luego había mucha gente allí reunida y estando yo en un rincón pude hacerme una idea general del escenario con bastante comodidad.
Las personas parecían felices, olía a sándalo merced al incienso, la chimenea crepitaba con amabilidad y en el centro de la sala había un banquete aguardando, al que me pareció escuchar que llamaban “smorgasbord” o algo por el estilo.
Empecé a relajarme al ver a estos desconocidos sonreír tan profusamente, sin aquel atisbo lejano de amabilidad fingida que siempre se intuye en las sonrisas de la tierra que me vio nacer. Sonreí yo también y me pregunté si mi metamorfosis vendría dotada de habilidades lingüísticas, así que me dispuse a intentar decir algo, solo por descubrir en qué idioma salía el aire de mi boca. Pero no llegué a decir nada porque de buenas a primeras a una de aquellas rubicundas y risueñas criaturas le explotó el corazón con cruel violencia. El asombro y el pánico fueron unánimes y fugaces, porque los otros corazones explotaron a su vez. Seguían un orden que por alguna razón deduje que respondía, a pequeña escala, al orden de los husos horarios, y siendo yo la más alejada, tuve el dudoso privilegio de observar la tarantinesca escena hasta el final, con su olor a hierro y la sangre tiñendo absolutamente todo el mobiliario y las bonitas cortinas. Mi esternón se abrió con la misma saña que todos los demás…


…Y volví a estar en el desierto.  De nuevo era yo, aunque tenía la ropa hecha jirones sobre el pecho y un susto de muerte en las entrañas. A estas alturas comprendí que estaba visitando realidades que yo mismo había creado, aunque mientras vagaba por aquellos otros mundos no tenía modo de reconocerlo, tan solo al recordarlos. Me adentré en el que antes fuera el tercer espejo, ahora el primero de los tres que quedaban.

Enseguida me llamo la atención una circunstancia sorprendente,
por alguna razón que escapaba a mi entendimiento,
 mi mente procesaba motu proprio todo en verso.

Esto no sería sencillo, lidiar con tantos cambios era ya bastante tragedia,
ahora además debería hacerlo sujeto a los mandatos de la rima y de la métrica.

Pensé “que se ocupe mi cerebro”, que a fin de cuentas ya lo estaba haciendo.
Y asomándome a la ventana vi un paisaje rural típico, resulta que estaba en un pueblo.

Los oriundos parecían consternados, había en la plaza un enorme revuelo.
No conseguían aclararse y en sus primitivos rostros podía verse el desconcierto.

Hablaban, entendiendo hablar como un eufemismo, sobre un monstruo sanguinario
que, según pude traducir de sus berridos, les estaba fastidiando.

Pero un tal Aurelio, un héroe improvisado, se había lanzado en su busca.
Escopeta en ristre se había aventurado al monte en pos de la guarida,
y lo cierto es que ahora sus vecinos y hasta su familia
 solo se preocupaban por heredar su hucha.

Yo no sentí ganas de bajar a mezclarme con la turba, ni de descubrir como responderían ante mi aparición.
Me limite a esconderme como pude, y así pase días en penumbras y ayunas, dejando al tiempo encargarse de la conclusión.

No tardó en acaecer la misma pese a que otra vez más adquirió tristes tintes trágicos.
Aurelio había vuelto peor de lo que se fue, convertido en un licántropo. Y dando rienda suelta a su insensatez, demostró ser un endriago abyecto y despiadado.

Hizo cuántos destrozos pudo a lo largo de la aldea,
 pero los aldeanos obviamente plantaron cara.
E hicieron de muchas casas teas en su determinación de darle caza.

En una de ellas me agazapaba yo, pensando en qué sería peor, si caer a manos de Aurelio el engendro o en las zarpas de la aglomeración.
Más fui purificado antes de que ninguno de esos dos temores pudiera tener lugar. Me vi rodeado de llamas y debo agradecer que el espejo me escupiera de vuelta sin torturarme mucho más…



De pie en el desierto, oliendo a ceniza y sin pelo, ya no me sentía tan agradecido por aquella “oportunidad”. Si la intención era refrescar aquello que me inspirara en otros momentos en pos de avivar mi motivación, el lance estaba llevándome a todo lo contrario. Empezaban a parecerme más bien una putada aquellas puertas. Y reconozco que me deje llevar un poco por el hastío y procedí a dar rienda suelta a un necio berrinche que me empujó a patear el suelo. Pero fue solo hasta recordar que mi idea original era precisamente la de enfrentarme a lo desconocido. Conseguí persuadirme a mí mismo recordándome que no siempre había escrito barrabasadas, alguna extraña excepción había en mi creación, y aferrándome a esa posibilidad como a un clavo ardiendo, me adentré por cuarta vez en la viscosidad.


Me sentí calmado, dueño de mí, experto. Aunque me dolían todos los huesos y mi vista estaba fatigada. Me vi rodeado de amigas y amigos, todas ellas personas veteranas como yo, de avanzada edad, pero que en aquel momento parecían infantes risueños. Estábamos disfrutando mucho en un local de planta baja en el que se había organizado un bingo, por pasar el rato más que nada. Temblaban los cartones en mis manos, por culpa del desgaste celular pero también de la emoción y en un maravilloso momento en que me acompañó la fortuna, me levanté haciendo caso omiso a los dolores reumáticos y grité: ¡Línea!
Qué contento me sentí entonces. Hubo algún gruñido de decepción pero no consiguió solapar las voces de reconocimiento y alguna que otra carcajada.
En esas estábamos cuando una patada derribó la puerta del local y vociferando rabiosamente apareció una horda de anacronismos.
Digo anacronismos porque claramente eran cavernícolas, y sin embargo vestían uniformes conforme a la época que nos tocaba vivir. Mi vista cansada no me permitía recrearme demasiado en los detalles, pero su experiencia me permitía ver otro tipo de cosas. Pude ver que aquella horda de patanes era idiota de cuna. Pude ver en sus ojos que eran el tipo de trogloditas que ponen retrovisores a las bicis estáticas. El tipo de necios que cortan el papel de culo con tijeras. Descerebrados capaces de intentar escupir a los aviones y enfadarse cuando la gravedad estrella el escupitajo contra sus rostros impávidos. En aras de evitarme redundar hasta el hartazgo, baste decir: el tipo de personas capaces de ofrecerser a cumplir órdenes tan infames como molestar y golpear a unos abuelos a cambio de un sueldo. Unos tarugos. Pero eso sí, armados hasta los dientes, con sus porras extensibles, sus botes de humo y sus pelotas de goma. Cómo no.
Hablaban de “timbas” y de “ley y orden”, mientras la farlopa en sus mostachos temblaba y sin otorgar el conveniente espacio para la reflexión que debería preceder a cualquier acción, comenzaron una cruel ofensiva contra todos los abuelos de la sala.
¿Qué podíamos hacer? Ninguna agresión sin respuesta, nihil inultum renamebit.
Nos pertrechamos y plantamos cara, usando las mesas a modo de improvisadas barricadas. Una pasión juvenil ya olvidada volvió a nosotros y nos inundó las venas de rabia y dignidad. Y aunque fue una batalla cruenta y desequilibrada en cuanto a las fuerzas, contábamos con una baza incontestable: la inteligencia.
Ellos pronto empezaron a agredirse mutuamente, confundidos por el tumulto. Uno intentó vaciarnos un extintor por encima, pero pronto no vio nada porque se le llenó la visera del casco de espuma, así que se lo quitó para poder ver, pero entonces la misma espuma se le metió en los ojos y salió de allí llorando y maldiciendo. Una elegía al intelecto. Claro que aprovechó la coyuntura para pintarse unas rayitas antes de volver a la carga.
Teníamos todas las de perder, nuestra rebelión tenía más carga sentimental y simbólica que garantías de éxito, pero no pudimos evitar defendernos, y al menos durante unos minutos, darles de lo lindo.
Muchos objetos hacían las veces de proyectiles en ambas direcciones, y hasta donde puedo recordar, mi sien se entrometió en la trayectoria de uno de ellos. De pronto me vi con la boca en el suelo y observando mi sangre brotar y formar un bonito charco, uniforme y de una extraña belleza. Cerré los ojos para coger fuerzas y retomar mi posición, pero cuando los abrí ya no era un abuelo en lucha. Ni siquiera estaba allí.



 En la que a la postre sería mi última vez en el desierto, con una jaqueca lacerante y hasta los cojones ya de la tontería, encaré la única puerta restante. Pensé muy mucho si merecía la pena adentrarme en una nueva tragedia, o si merecía la pena permanecer en lo que ya conocía.
Así, planteándome si mi último cartucho podría ser una nueva decepción, la definitiva, me persuadí fatigosamente de que no tenía sentido haber nadado hasta aquí para ahora desistir en la orilla.
Crucé la única puerta reflectante que había ante mí, y se obró un nuevo milagro.
Probablemente movida por la misma compasión que la llevara a presentarme aquellas cinco puertas en primera instancia, la irreconocible entidad responsable de todo aquello, fuera o no esta la caótica Fortuna, esta vez no me enfrentó a mis propios textos.

 Esta vez solo hubo una paz sobrecogedora, la quietud total. Aún con los ojos cerrados, una voz retumbó dentro de todo mi cuerpo y mi mente. Una voz con unas antiguas instrucciones tan sencillas como complejas: HAZ LO QUE QUIERAS.
Abrí los ojos y me encontré ante una vieja conocida: la inmensidad albar. El espejo más temible, la presión mental más íntima. El papel en blanco. Se me concedía crear la realidad que me viniese en gana y asumir sus consecuencias. Qué temible empresa. ¿Por dónde empezar?
Estaba de nuevo en el punto de partida pero esta vez desde dentro. Y si no supe decir cómo empezar cuando estuve fuera, tampoco sé decirlo ahora. Así que aquí sigo, arrostrando estas posibilidades inabarcables. Lo que pasa es que ahora mismo no se me ocurre nada. Ni albadas ni alboradas, ni ying ni yang, ni bien ni mal. No tengo ni idea de qué poner. Tenía razón aquel mentiroso de dos metros y mancha blanca en la testa (no yo, el otro, Holden, el que aspiraba a ser un guardián entre el centeno protegiendo a los niños del abismo): “para esto hay que estar en vena”. Pues ya me vendrá la inspiración, supongo. Si no la encuentro yo a ella, que me encuentre ella a mí.  De momento este infinito espacio vacío molesta, pero debo decir que no lo hace tanto como el mundo de ahí fuera. Al menos aquí dentro nadie espera de mí que vaya a trabajar.