domingo, 23 de noviembre de 2014

Jürgens Geschichte (emparedado al aire libre)



Dicen que debe narrarse toda historia desde su origen. Pero yo voy a empezarla por la mitad, porque soy así.
El caso es que después de todo aquel revuelo y de aquellos dos asesinatos, se las vieron negras en aquel recóndito pueblo alemán para volver a atraer inversores que fomentasen el empleo y sostuviesen la economía local, herida de gravedad tras la tragedia acontecida y el éxodo resultante.
Por eso cuando se llegó a un acuerdo con uno de esos personajillos que hacen fortuna de la noche a la mañana y que invierten donde sea sin pensar, para crear un gigantesco polígono industrial, todas las aldeas colindantes y por supuesto la que lo acogería (Schwarzschwanz) estallaron de alegría. Dejaría de ser una aldea fantasma y la vida volvería a funcionar con normalidad; ¿cómo no alegrarse?
Jürgen, vecino ilustre de una de esas aldeas periféricas, llevaba ya bastante tiempo en el paro, la verdad, y aunque él deseaba seguir apoltronado manoseándose el horcate, tan pronto como el polígono de marras comenzó a funcionar, la presión del entorno resultó asfixiante para él.
Gruñendo, redactó su puto lebenslauf, hizo tantas copias como empresas acogía el puñetero nuevo polígono, y se dispuso a recorrer la estrecha senda que separaba su diminuta aldea del faraónico complejo laboral.
La senda avanzaba en línea recta, por suerte para él, eterno detractor de cualquier tipo de rodeo, y manteniendo su gélida expresión llegó a su destino, entregó todas las copias que llevaba consigo y pronto fue contratado por una empresa de tampones para elefantas (otra peregrina inversión del ya mencionado nuevo rico ansioso por despilfarrar)
Bueno, estaba mejor viviendo la vida en posición horizontal, pero con el tiempo, llegó a acostumbrarse a las exigencias de la rutina y las merecidas aunque efímeras alegrías a final de mes.
Más de quince años transcurrieron de esa guisa en la vida de Jürgen, recorriendo a diario dos veces, una en cada sentido, la senda que separaba su sofá de su puesto de trabajo.
Y hubiera podido también llegar a morir de esa guisa, con sus alegrías efímeras, su expresión gélida y sus vaivenes diarios por la senda, de no ser porque sucedió algo que trastocó irreversiblemente su modus vivendi.
Algún cabrón, porque no podía ser menos que eso, le plantó una tapia, exactamente igual de ancha que la senda y dos palmos más alta que él, en su camino hacia el remunerado sopor diario.
Los budistas dicen que solo existe el presente, y que intentando llevar el tiempo a su instante más inmediato uno puede llegar a detenerlo. Algo parecido debió experimentar nuestro héroe, colapsado, ante lo acaecido.
Tras esas aproximadamente dos horas que duraron su estupor y su etapa de negación y aceptación de la realidad, su cabeza buscó resquicios entre las cuadriculas que la conformaban; alguna vía de escape para semejante problemón que amenazaba con alterar el equilibrio del universo.
Pensó “rodea el muro, solo tienes que apartarte dos pasos del camino y volver a incorporarte al mismo una vez al otro lado”. Pero no podía ser, porque eso era improvisación y además suponía desviarse del camino marcado.
Luego pensó “intenta saltarlo”. Pero también lo descartó con expresión amarga (sí, llegó en aquella suerte de trance maldito a alterar su faz e incluso a mostrar emociones), puesto que eso era creatividad y además suponía alterar el plan efectivo que llevaba realizando cada día durante años.
Tras sobrevivir a tres ataques de ansiedad y exclamar centenares de blasfemias, consiguió relajarse y entonces, a sangre fría, le lanzó un órdago al destino. Haría lo que había hecho cada día hasta entonces y punto. Así debía ser, con tapia o sin.
Por consguiente, el currela, siempre de ideas fijas, resolvió caminar hacia su trabajo como si el muro no existiese. Por supuesto, al contacto de su hocico con la fría pared, cayó de culo al suelo, como empujado con sorna por las circunstancias.
Pero él no iba a cejar en su empeño, porque era alemán. Así que volvió a intentarlo. Pero volvió a caer.
Pensó que alguien iba a tener que ceder en algún momento, el muro o él. Así que volvió a intentarlo. Pero volvió a caer. Volvió a intentarlo. Volvió a caer.

En fin, antes de relatar todo lo sucedido durante los seis años transcurridos hasta hoy, debo ahorrar a quien no conozca esta historia la inquietud por conocer el desenlace. Jürgen sigue allí dándose de cabezazos contra el muro.
Se ha quedado tonto y el muro parece que vaya a ceder en cualquier momento (está demasiado reblandecido por la sangre) pero aún siguen ambos contendientes ofuscados en su terrible pulso.
Por supuesto muchas cosas han pasado desde entonces. A Jürgen lo echaron al segundo día del trabajo por no comparecer, y aunque el ignora tal vicisitud, seguiría intentando caminar a través de la senda aunque se lo explicaran. Porque era lo previsto y eso no admite réplica.
La mujer se divorció de él, se puso enfermo varias veces, también echó largas y conciliadoras siestas al margen del camino para recuperar fuerzas y descansar su frente ya con forma de ladrillo (ahora también por fuera).
Se acercaron algunos curiosos, extranjeros por supuesto ya que los alemanes no se saldrían del camino, y le hicieron todo tipo de retratos y fotos desde muchos ángulos distintos. Le jaleaban y acercaban vasos de agua caritativamente. Alguno montó un puesto de salchichas para quienes acudieran a aquel punto fatídico a satisfacer su intriga pero los del ALF lo quemaron y ahora se venden, en el tenderete edificado sobre las cenizas, suvenires representando la épica batalla entre Jürgen y el muro, el fragor de una batalla que persigue dirimir la dominación sobre la senda. La confrontación definitiva entre el tocho negador y la obstinación germánica.
Quien quiera verlo, que se acerque, llevando paraguas eso sí, que ya sabemos que tiempo hace en aquel lugar. Y si aún hay alguien perezoso como para acercarse o incrédulo como para cuestionar la veracidad de lo aquí expuesto, que haga como yo y levante una tapia en el camino de un alemán. El resto cae por su propio peso, os animo a probarlo.















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