domingo, 4 de junio de 2017

Fuga de cerebros





Paseaba por las tierras de mi hermana la reina; tierras hermosas, frondosas y abundantes; pero sobre todo, tierras extensas. Inspirada por el paisaje, me dejaba guiar por los sentidos; ahora un aroma, luego un color, aquellas texturas y sabores, después un sonido.
Así deambulé libremente presa del deleite durante no sabría decir cuánto rato, hasta que una repentina fragancia, cautivó por completo mi olfato. Desde la más tierna edad había sentido una intensa predilección por el olor de la lavanda, y lo conocía bien. Y allí estaba, con muchísima fuerza, aunque con un matiz nuevo y desconocido para mí, arrastrándome hacia el.

No fue sencillo seguir aquel rastro, pues aunque era intenso su origen resultaba confuso, y hube de perderme en varios intentos e incluso sopesar si rechazaba darme el gusto, pero la suerte me sonrió y terminé por hallarlo, caprichosamente escondido tras unos arbustos.

Un pozo majestuoso exhalaba aquel lindo olor y ambos, su olor y su majestuosidad me detuvieron en seco al llegar a su situación. Debía tratarse de un pozo milenario de marcado carácter místico, pues presa de un hechizo vi mis pies dirigirse al mismo y mis ojos mirar dentro con implacable resolución, sin que la duda produjese en mí el menor atisbo, sin que lo desconocido produjese en mí el menor pudor.

Al postrarme y observar descubrí algo inaudito, mucho de lo que se consideraba en este mundo perdido no lo estaba, sino que había ido a dar al interior del pétreo círculo.
No me refiero a objetos ni bienes materiales, sino a pensamientos, deseos, emociones, miedos. A todo aquello que solo en el alma o en la cabeza cabe.
No es algo que se reduzca a hoy ni a estas tierras regias, sino que abarca todo lugar y tiempo, allí estaba todo lo perdido en todas partes desde la creación del firmamento.

Recuperándome del susto pensé que tal maravilla poseía un sólido sentido, a alguna parte van todas las cosas y aunque creyeras barrerlas debajo de una alfombra y haberlas reprimido, estas habían tomado otra forma y se habían condensado en este fragante líquido.
Sin embargo tras la comprensión, sucedió algo no tan maravilloso, más bien un monipodio; y es que el pozo me tomó como su cómplice y decidió compartir desde entonces todo su saber conmigo.

Así empieza toda mi sabiduría, conformado por el interior de cada ser sintiente en este mundo, y con el toda mi miseria, pues si la ignorancia da la felicidad, yo ya no ignoro más; cargo por ello con el peso más profundo.

Ahora conozco la naturaleza de tu melancolía, cuando te constriñe la rutina y agobiado miras por la ventana. Todas esas añoradas palmeras que imaginas en lontananza mientras las nubes grises y las horas de trabajo te aplastan.

Soy consciente de tus complejos y la repulsa que sientes por ti mismo en ciertos aspectos, de cómo eso te subyuga y no te deja disfrutar del silencio.

Conozco los sueños que olvidas al sentarte en el borde de la cama, mientras aún bostezas y reniegas de tu horario; tú los dabas por perdidos, y ahora yo los he encontrado. Sueños que te indicaban el camino a seguir, que te ayudaban y ofrecían soluciones. Sueños que se evaporaron entre tu cansancio y que ahora están a mi merced, en mis manos.

Del mismo modo sé de cada una de tus metas y aspiraciones no concluidas, todos los planes no realizados. De proyectos desechados, de aspiraciones frustradas, de las soluciones que necesitabas ayer pero que se te ocurrirán tarde, porque se te ocurrirán mañana.

De miedos y secretos, de tormentos que deseas reprimir a cualquier precio, y crees que lo has logrado y que nadie sabe de ellos, pero estaban todos en el pozo, aguardando mi encuentro. Sé cómo te avergüenzas y sufres, como te oprime el recuerdo, y no puedo hacer nada por aliviarte, aunque cargue también con tu peso. Adenda el mío. Adenda el del resto.

De los recuerdos que para ti no existen pues han volado como plumas, yo conozco todo tu pasado. ¿Recuerdas que te regalaron por tu quinto cumpleaños? ¿Y por el cuarto? ¿Recuerdas cuando siendo una niña miraste la luna, subida en aquel árbol?

Sé de tus fantasías sexuales, de tus amantes en tímido silencio, de tus lealtades e infidelidades. Sé de tu intimidad, de tu soledad y de cuanto calles, todo va al mismo sitio y ahora de ese sitio formo parte.

Sé incluso que es obvio y meridiano, que muy a mi pesar, sé demasiado.

Y tras mi hallazgo, se han sucedido las consecuencias, fatales para mí. Mi hermana la reina se percató de cuanto sabía y no toleró que hubiese tal amenaza para sus designios, ha sucumbido al pánico y se siente infeliz.

Me amaba con locura y apuesto a que aún lo hace, pero no puede permitir ser desnudada por su propio linaje y de modo prudente y preventivo, sin rencor ni odio alguno, sino solo por lo que pudiese pasar, ha mandado tapiar el pozo y también decapitarme.

Ciertamente pensó primero que podría guardar mi testa como recipiente del saber acumulado, ya privada del riesgo que suponía mi impredecible voluntad. Más meditando largas noches, con miedo de no dejar escapar nada que yo pudiese aprovechar, resolvió cercenar mi cabeza, y arrojarla luego al pozo intentando (o al menos eso ha dicho) no mirar.

El mil veces maldito pozo, con su embriagador olor a lavanda, me atrajo como a una boba y me trajo la desgracia.
Y no me refiero al fin de mis días, que para mi será un alivio, si no a cada uno de los segundos en los que he sabido todo, a cada uno de los segundos de este aparentemente eterno martirio.

Al alba mi cuello será atravesado por una cuchilla y poco después mi cabeza se hundirá en el pozo de las ideas perdidas, y ya no habrá para mi más saber ni ignorancia, ni todo ni nada, ni miedo a la muerte, ni miedo a la vida.

La reina se halla ante la terrible tesitura de tener que sacrificar a su hermana para proteger su reinado y su reino, pero esto le duele tanto, que aunque no quiera ver mi cabeza ni en pintura, me ha prometido que mandará retratar mi cuerpo.
Es grande el amor que siente por mí, de eso no dudo, pero  temo (porque sé) que mucho mayor es su miedo.
 






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