jueves, 25 de mayo de 2017

Waldeinsamkeit

Habiendo sucumbido la madre Gea ante el imparable avance del cemento asfixiante, tan solo unos pocos reductos de vida y naturaleza sobrevivieron sobre ella. Y probablemente a causa del instinto, toda la fauna del globo emigró hacia uno de estos escasos huecos que podía ofrecerle cobijo. Aunque necesitaron algún tiempo para adaptarse, pues el éxodo animal comprendió  especies de toda laya y orden, con el tiempo se establecieron como una gran familia, un poco apretada en un nuevo hogar de dimensiones limitadas, pero a salvo.

Aquel paraje, no obstante, ya contaba con un inquilino, un inquilino humano, que estando harto del cemento, huyó hacia el único bosquecillo del que quedaba constancia en su continente y que como todo residuo de naturaleza, había sido adjetivado por el poder como “prohibido”. Allí levantó con sus propias manos un habitáculo que le protegiese de las inclemencias del tiempo, y se dispuso a descansar, reflexionar y soñar con cualquier tiempo pasado que por supuesto siempre fue mejor. Y tanto descansó, reflexionó y soñó que al volver a abrir los ojos, ni sabía cuánto tiempo había durado su asueto ni a que respondía el hecho de que una horda inacabable de animales rodease su guarida. Tuvo que frotarse los ojos varías veces pues no daba crédito a lo que estos tenían ante sí. Pero a fin de cuentas él había seguido el mismo impulso que toda aquella fauna, así que lo comprendió y aceptó con cierta alegría su nueva situación; ahora tenía compañía y eso era sin duda bueno. Tenía compañía y no era humana, y eso era sin duda lo mejor.
Primero pensó en acoger y dar un nombre a todos sus nuevos compañeros, pero la humildad atravesó su espíritu con paso firme y concluyó que debía ser él el aceptado, pidiendo a su vez un nuevo nombre y renunciando a emular al primigenio hombre bíblico. Los animales, en su brillantez emocional, olvidaron todo cuanto la humanidad les había hecho con anterioridad y eximieron al ya no tan solitario ermitaño del peso de representar a toda la especie humana y todas sus iniquidades.
Le perdonaron, le adjudicaron un nombre precioso, que fue para él como mil nombres nuevos, pues cada animal lo dijo en su propia lengua, y así fue como pasó a llamarse Cuac para los patos y Muu para los toros.
Le gustaba tener mil nombres nuevos, pero era una circunstancia con cierto poso agridulce, ya que a ratos sentía cierta curiosidad por saber cómo evolucionaba la masacre que se había formado sobre el cemento y había tomado posesión de –casi- todo el planeta. Era evidente que pocas respuestas podría obtener de su nueva familia en virtud de las barreras lingüísticas que los separaban. Con el tiempo sí llegó a entender todos los idiomas que ahora oía a diario, pero para entonces ya no tenía el menor interés en rememorar nada. Las raíces pueden ser fuertes dentro de alguien, pero el cemento todo lo asfixia y aplasta.
Un cemento que había tomado posesión del mundo siguiendo los designios de quienes así lo desearon, con el único e innoble propósito de controlar y subyugar todo cuanto viviese.
Y a efectos prácticos, ciñéndonos solo a la consecución de objetivos y el éxito de planes y previsiones, hay que reconocer que obtuvieron todo un triunfo.
Sin embargo nunca dejaron de hallar una ferviente oposición, la que tenía lugar en la infancia. Antes de conseguir cementarles el cerebro, la personalidad y las ideas (aunque cada vez lo consiguieran mucho antes), la infancia se sublevaba de un modo tan indómito como inocente; simplemente soñaba, reía e imaginaba.
Y toda esta infancia soñadora, risueña e imaginativa consumía las entrañas de una niña que un buen día sintió el mismo impulso que el ermitaño Guau guau, o Miau, o como prefieras llamarle, y que las orcas y los cisnes que ahora, de manera magistralmente resuelta por la naturaleza, convivían en el que posiblemente era el único cuerpo de agua no artificial restante en su hemisferio.
Sintió la llamada como un escalofrío que erizó todo su sistema nervioso, y dejándose llevar por él, echó a correr.
Saltó muros, burló controles, se arrastró bajo alambre de espino, eludió milagrosamente la mirada de mil sicarios al servicio del poder y jadeando y roja y sudorosa a causa del esfuerzo, se presentó ante si de un modo súbito aquel único bosquecillo, tan olvidado por muchos como prohibido por unos pocos.
Sus primeras impresiones fueron parecidas a las de Alicia cuando llegó al país de las maravillas. Ella no había visto naturaleza, ni flores, ni arboles, ni nada de todo aquello. Ella que había llegado hasta aquí corriendo, ahora avanzaba muy lentamente, de un modo casi imperceptible, porque cada detalle la detenía y encandilaba. Las texturas, los aromas, los colores.


Pero el bosque estaba habitado y sus habitantes no permanecían ajenos a la irrupción de la visita no esperada.

Debatían mientras la acechaban… era de la especie maldita, y aunque Grrr o Croac, o cualquiera que fuese su nombre ya vivía allí, bueno él estaba antes y además se había disculpado y había hecho propósito de enmienda con un resultado más que aceptable.
Por otra parte, era solo una niña y eso despertaba en ellos toda la empatía que los cachorros despiertan siempre. Así, tras un largo intercambio de rebuznos y graznidos, decidieron mostrarse para guiarla hasta la humilde edificación que ocupaba el centro de aquella poca dignidad, sobrante en el mundo.
Ella jamás había visto animales, y caminaba a su lado atónita y en silencio, y con la misma expresión llegó a la cabaña y entró y observó a Kikiriki o Ñiiii o como fuese su nombre, y aunque ambos se sorprendieron y asustaron, eso no les impidió sonreírse.
Ella le explicó como había llegado hasta allí, con el corazón al galope pero movida por un deseo inenarrable. Él a su vez le contó como había sentido el mismo impulso, aunque mucho tiempo atrás y como un buen día habían aparecido a su alrededor millones de animales. Ni siquiera él tenía explicación para la manera en que habían logrado adaptarse hasta alcanzar la sinergia que ahora predominaba en su convivencia, pero estaba encantado de cómo había transcurrido todo y no necesitaba complejas explicaciones que lo justificaran.
Pasaron largas horas hablando, como solían hacer sus ancestros antes de que sus espíritus fuesen anegados por el cemento, y llegó el momento en que la niña se percató de que debía volver.
Cua Cua, Hiiiii o el hombre del millón de nombres, le mostró un camino que al venir parecía escondido pero que ahora resultaba más que evidente, y es que sucedía con el oasis rodeado de muerte lo mismo que sucede en los centros comerciales, pero a la inversa. Era muy difícil llegar porque así se lo habían propuesto los cementistas, pero era sencillo salir, porque así era la vida en libertad que aún resistía en aquel paraje.
Le pidió a la niña que volviera un ratito cada día, pues aunque no sentía ningún apego por el mundo gris ni sus atrocidades, no dejaba de sentir curiosidad por el devenir de todo lo que había conocido alguna vez en un tiempo que ahora le parecía excesivamente remoto. Así mismo, le pidió que fuese descalza siempre que entrase en el bosquecillo. El quería que ella disfrutase del suelo vivo y fértil que sólo en aquel recóndito enclave podía hallarse.
Ella accedió encantada a ambas peticiones y se esfumó, nerviosa y feliz.

Durante una semana entera, consiguió escabullirse de entre la opresión del asfalto y el metal, de la depresión colectiva imperante y la desesperanza que todo lo consumía, y visitó por el camino que ahora conocía aquel pequeño pero embriagadoramente auténtico de sus nuevos, y primeros y únicos, amigos los animales.
Cada tarde disfrutaba del atardecer entre los árboles charlando con Oink Oink, Grrrr, o del modo en que sepas pronunciarlo tú, y este le hacía montones de preguntas sobre el mundo de mentira y gris y le daba montones de respuestas sobre el mundo real y de colores que encantaban a la niña.
El primer día él le pregunto sobre la justicia, sobre como la humanidad resolvía sus conflictos, si era ecuánime, si era digna. Ella le explicó la desagradable realidad del sistema judicial. Todo se había reducido a un negocio perpetrado por quienes deseaban perpetuar sus privilegios. Se oprimía por igual a todos y se pisoteaba a quienes protestaban. Si había cualquier disputa, pese a la uniformidad impuesta de un modo dictatorial, siempre se resolvía a favor de quien tuviese más dinero o influencia, y a fin de cuentas el poder jamás quiso nada más que dinero a priori y control a posteriori, así que cualquier cosa dejaba de ser considerada crimen si alguien poseía el suficiente dinero o influencias como para costeárselo.
Cuando la niña se fue al asomar las primeras estrellas y él se dispuso a dormir, no pudo evitar sentir cierta repugnancia.

El segundo día, sentados entre osos y jabalíes, y mientras ella se deleitaba soplando los vilanos de un montón de dientes de león, su amigo le preguntó por la comida. Si todo era cemento, ¿cómo podían cultivarse legumbres y cereales, frutas o verduras?
Ella le contó como ya no había recetas, si no fórmulas químicas. Las plantas antaño eran la comida, las plantas antaño eran la medicina. Ahora todo se hacía en laboratorios. La gente comía química hasta enfermar y volverse dependiente de la otra química, la farmacéutica, que por supuesto no era si no paliativa. Incluso se conservaban animales para ser devorados, pero estos permanecían ocultos a los ojos del mundo, como simple mercancía, y allí en sus escondrijos eran degollados y despiezados y entregados a una masa cada vez más enferma, con nombres estúpidos como “panceta” o “solomillo”, que solo eran eufemismos para que la gente no sintiese rechazo por la barbárica verdad.
Las luciérnagas empezaban a mostrarse radiantes y la chiquilla se despidió y huyó de vuelta a su hogar. Aquella noche los ojos de nuestro amigo fueron un calco de los de los búhos, abiertos de par en par por el horror. Creía que al menos gracias al cemento la humanidad habría dejado de ser tiránica con los animales, pero la realidad era que la situación sólo había empeorado, y no sólo se mantenía la injusticia, además venia aliñada con basura química. Esa era otra manera horrible de llenar de cemento a la gente.


Al tercer día la niña ya se había hecho amiga de unos patos la mar de extravagantes y dicharacheros, y jugando con ellos estaba cuando se encontró con el excluido social de tantos nombres como estrellas adornan el firmamento.

Él inquirió sobre las artes, ¿acaso la humanidad había perdido sus habilidades y sensibilidades? Debía ser difícil hallar cosas que expresar en aquel entorno asfixiante. La niña respondió con franqueza, como siempre hacen los niños. La verdad es que la humanidad lo hacía todo mejor que nunca. Pero esto la había llevado a ser más inútil que nunca. Es decir, se habían creado procesos que podían llevar a cualquiera a hacer auténticas obras de arte, pero estos procesos a su vez lo habían simplificado todo tanto que no requería esfuerzo ni pericia alguna conseguirlo. Amén de que habían degradado todo en la medida de lo posible. Si antaño la música eran Bach o Haydn, hoy era el reggaeton. Así, antes había que saber de fotografía, ahora bastaba con comprar una cámara que supiese. Antes uno hallaba consuelo a sus inquietudes espirituales o emocionales en la música. Ahora esas inquietudes no existían porque solo había cemento en el interior humano y por ello bastaba con basura sonora para mantener la mente embotada. Un desastre a todos los niveles.
Cuando la pequeña hubo regresado al cemento y él se encontraba a solas con sus pensamientos, una tristeza sobrecogedora se apoderó de él y lo sometió durante horas a un llanto desconsolado.


Cuando llegó el cuarto día tras el descubrimiento de la vida real por parte de la niña, esta volvió ávida como siempre de sensaciones y sorpresas, y halló a su amigo algo taciturno, aunque por supuesto se alegró de verla una vez más.

El le mostró como sembraba las semillas que luego se convertirían en plantas que le servirían de alimento, y la novata observaba con mucho entusiasmo todo el proceso, pudiendo a duras penas creer que se produciría toda esa magia que le contaban mientras hundían pequeñísimas semillas en la tierra húmeda.
Mientras se afanaba en su periódico ritual, tan necesario para su sustento, le interrogó sobre cómo era posible que la gente hubiese consentido, o incluso consintiese a posteriori, que aquella situación continuase, cuando era meridiano que sólo ensombrecía sus vidas. ¿Es que ya no había camaradería, apoyo mutuo o solidaridad? ¿Nadie dispuesto a luchar? Ella contestó presta como de costumbre, aunque antes le aclaró que el mundo de los adultos era un poco indescifrable para ella. No obstante, hasta donde había podido ver, la gente se había encerrado en sí misma, presa de sus miedos. Estos miedos se transformaban en odios, recelos, competiciones, mentiras y mil cosas más, todas ellas horribles. Los cementistas habían inculcado el uso de otros métodos de comunicación, mucho más alienantes, sin contacto ni esfuerzo, que mucha gente usaba para decir que era lo que le gustaría ser, sin tener que esforzarse en serlo realmente. Creían tener más amigos que nunca y en realidad se habían quedado solos. Toda reunión había sido prohibida, fuera directamente mediante la represión, o indirectamente mediante la presión. Nada de asambleas, cenas del barrio al aire libre, nada de paseos por la plaza ni de asociaciones que tuviesen aspiraciones fuera de lo establecido. Sólo cemento y orden, y relaciones artificiales atrapadas en canales ficticios que aplastaban la espontaneidad como el cemento aplastaba la vida.
Esta vez el que se escabulló fue Hi-Ha, Groarrr o como le llamaban las cabras, Beee, y al cabo de un rato que empleó en ayudar al prójimo sembrando las semillas restantes, experimentando así sensaciones ya olvidadas en el mundo exterior, ella notó que él ya no volvería y que debía empezar a recorrer ese sendero secreto que le llevaría de vuelta a casa, donde sus padres empezaban a mosquearse por sus ausencias cotidianas. Aunque se mosqueaban más por miedo a lo desconocido y toda posible represalia derivada del mismo que por la naturaleza misma de la situación. Puede que hasta envidiaran a su pequeña por esas volátiles muestras de libertad.
Si el hombre solitario se hubo escabullido fue por no poder soportar el relato de la cría. La angustia conquistó todo su ser y le postró en una posición fetal que duró lo que a él le pareció una infinidad. La manera en la que el mundo exterior se adentraba cada día en su pequeño vergel de vida comenzaba a hacer mella en él, pero mucho más lo hacía la manera en que el mundo exterior se adentraba cada día en su espíritu, tan acostumbrado a la sencillez y la bondad.


Al día siguiente apareció la chiquilla dando saltos y cantando canciones que ella misma había compuesto (no quedaba música en el mundo exterior, solo basura sintética) y al ver el semblante del hombre en el ostracismo sintió cierta aflicción, y esta le llevó a sentir culpa, y esta a disculparse, sensaciones todas que también eran una novedad para ella. Él por toda respuesta la abrazó, y la descargó de toda culpa, cosa que ella agradeció profundamente, aunque siguiera preocupada por su aspecto entristecido.

Grrr o Bzzz como le llamaban las abejas, continuó con sus pesquisas que empezaban a parecer masoquistas. Quiso saber cómo podía soportar la humanidad aquello que parecía tan brutal y despiadado. ¿De dónde sacaban fuerzas sus almas? Estaba convencido de que semejante escenario debía haber fortalecido su fe hasta más allá de los límites jamás imaginados por los filósofos.
Un buen rato necesitó para hacer comprender a la jovenzuela conceptos tales como “fe” o “filosofía”, pero cuando lo hubo conseguido, la respuesta de la misma volvió a ser un mazazo para él. La manera que había encontrado el poder de mitigar las ansias de libertad que de un modo natural surgían en la gente, esos conatos de rebeldía fugaces e inspiradores, era por supuesto cementar sus mentes y espíritus, pero para cuando aún estos brotes aparecían, se encontraban con lo que volvían a ser poco más que sucedáneos de lo auténtico. Se había creado una red de mafias basadas en una espiritualidad falaz, que a base de manipular y atemorizar a la gente, no hacían sino amedrentarla aún más y someter del todo su voluntad. Se obtenía mucho dinero con ello, aunque el dinero era lo de menos, sólo otra forma de represión basada en la deuda, que hacía muchísimo tiempo que resultaba innecesaria para el poder, que ya lo había cementado todo. Sobre todo, en consecuencia, se obtenía muchísimo control. La gente siempre sentía miedo y culpa, y vendiéndole esa calma maquillada de respuesta trascendental y veraz, se aplacaba sus ánimos y se le inducía al letargo autocomplaciente. Amén de sutilmente, infundir aún más miedo basado en las consecuencias de alejarse del rebaño. Si la gente hubiese podido buscar por si misma en su interior hasta descubrir el océano profundo de virtudes sepultadas bajo la capa de cemento, gracias a esas instituciones organizadas de un modo malévolo, sólo era capaz de hallar que lo establecido era bueno y correcto, y que tal vez en otra vida su tormento sería recompensado. O aún peor, que si no lo aceptaba hoy, en otra vida su tormento sería incrementado. Incluso, llegando al colmo del cinismo, habían conseguido llegar a fanatizar a la gente enfrentándola por bandos según a que institución la hubiesen encadenado. La infamia total, atenazar a la gente y enfrentarla entre sí valiéndose de promesas disfrazadas de bondad.
El hombre anónimo,  anónimo según el lenguaje humano, escuchaba destrozado el panorama descrito por su diminuta amiga y tras despedirla con un beso en la frente, se volvió hacia su hogar y se dedicó a descargar golpes furibundos contra la ya de por sí maltrecha pared del inmueble, que bailaba con cada impacto y que no podía hacer nada más que asistir a la furia de su inquilino y resistirla hasta donde llegase su entereza. La rabia lo consumía, y la rabia es sólo un disfraz. Sentía miedo y desamparo en realidad.


Al sexto día, que sería el último en que vería a la amiguita que repentinamente había aparecido en su vida aunque él aún no lo sabía, tras enseñarle a trepar a los árboles y a bailar y a pelar piñas con un método secreto y sorprendentemente eficaz que el mismo había conseguido desarrollar, hizo la última de las preguntas sobre en que se había convertido el planeta otrora azul. Al menos a él le pareció la última y definitiva. Está bien, pensó, la humanidad ha perdido el juicio, tal vez porque se lo han arrebatado, o porque le resulta más cómodo no pensar y no luchar. Tal vez las circunstancias impidan que se revuelvan y defiendan y pueda parecer que todo está perdido. Pero, ¿la naturaleza? ¿Cómo se supone que ha conseguido el poder doblegar a la naturaleza? ¿No se levantan por doquier las manifestaciones de su poder? ¿No aparecen flores agrietando el cemento?

Tal y como él había supuesto, la respuesta de la infancia si fue la última y definitiva.
La naturaleza había sido doblegada por la fuerza bruta. Había sido asfaltado incluso el fondo del océano, enviando gente a asfaltar hasta las fosas abisales, mucha de la cual había perecido en su labor. Se había cercenado de raíz toda planta cualquiera que fuera su ralea, se habían segado sin distinción los matojos de mala hierba, las flores y los árboles seculares y milenarios. Los animales habían sido reemplazados por versiones electrónicas de los mismos, (incluso algunas personas habían sufrido tal cambiazo), primero con versiones robóticas de las abejas para polinizar las pocas flores que aún quedaban y versiones maquinales de perritos que hicieran compañía a la gente sin exigir a cambio engorrosos cuidados y atenciones. En semejante contexto el agua y el aire ya dependían, naturalmente según la nueva naturaleza, de máquinas. Enormes máquinas producían fluidos y gases que mantenían en pie a las personas, máquinas que ocupaban el espacio que tiempo atrás habían pertenecido a las grandes masas de agua o al lienzo en que se disponían las nubes, y en realidad, resultaba un milagro que en el ínfimo espacio al que habían huido los animales y el hombre sólo, consiguiera llegar el sol y que consiguiera hacerlo rodeado de cielo con estrellas al caer la noche; probablemente fuera el último milagro de la naturaleza, un último cartucho gastado a la desesperada. Aquella bóveda celeste antes de ser cubierta por maquinaria monstruosa que hacía las veces de cúpula sobre las cuadriculadas ciudades, había sido sistemáticamente intoxicada de químicos. Aunque los fluidos y gases artificiales que ahora inundaban los organismos desesperanzados que rompían la monotonía del gris, además cumplían la función de embotar y docilitar a la población, así como  habían hecho los químicos que les precedían y que habían sido la víspera de todas estas tribulaciones. Llamar a la nueva realidad naturaleza era una especie de metonimia demoníaca que transpiraba cinismo por todos sus poros y letras.
Toda esta explicación sobre la metamorfosis mundial apretó un enrevesadísimo nudo en el estómago del hombre ajeno a todo. Despidió con dudas a la pitusa, temeroso de enviarla a perder el brillo que había nacido en sus ojos a lo largo de esta semana en la que había recibido su visita puntual. Pero las cosas deben seguir su propio curso, y tras acompañarla allí donde ella siempre abandonaba sus zapatos al llegar a la tierra, respiró hondo y se sentó a reflexionar, o al menos a combatir la poderosa confusión que le había embargado. Paso horas y horas sollozando, rodeado por todos sus amigos animales que asistían consternados a su inaudita postura y estado de ánimo. Así se quedó y el tiempo transcurrió implacable y el calendario pasó página sin mirar atrás.


Y al séptimo día Oink Oink descansó. Y descansó para siempre. Se hizo una corbata con una liana y anudando un extremo en la rama de un nogal y el otro en su gaznate, intentó apretarlos tanto como para que el nudo de su estómago no fuese nada en comparación. Y lo consiguió; el nudo de su estómago desapareció para siempre.

Pensó en primera instancia que podría quedarse en su rincón y ser feliz, pero, ¿quién puede ser feliz a sabiendas de que el resto del mundo es infeliz? Su propia humanidad era incompatible con un mundo que había destrozado la humanidad existente en todos sus coetáneos. Dejando en manos de su familia de millones de especies la lucha de la naturaleza por mantener ese sorprendente círculo rebosante de resistencia y vida que él había tenido el privilegio de habitar por pura casualidad, decidió, valiente o cobardemente, expirar. Dejó algunas manzanas y algunas flores para la chiquilla y se largó.

Cuando ella llegó al lugar y se encontró con su amigo pendiendo de un árbol y exhibiendo una alargada sombra, simplemente suspiró. Estaba demasiado acostumbrada a la brutalidad. Sin embargo, algo parecido al orgullo la hizo estremecer, y descubriendo lo que eran el amor y la esperanza, asumió el relevar a Glu-glu-glu en su papel. E integrándose en su nueva familia y prendiendo fuego a sus zapatos, ocupó la casa y la cama del fallecido. Allí creció en todos los sentidos y con el tiempo tomó parte de una revolución sin líderes, la de los animales y las plantas, que reventó al poder, el cemento y emancipó a la humanidad, para fortuna y gloria de quienes consiguieron sobrevivir hasta aquel momento, en cuerpo y alma. Quienes se vendieron deliberadamente, convirtiéndose en cómplices del mal, fueron considerados también cemento, y destruidos como tal.





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